CAPÍTULO 12
CARA
Llevaba ya una semana detrás de la barra. ¿Y qué había conseguido? Nada.
Ni ella ni Ryder, que se sentaba a la barra todas las noches fingiendo alternar cervezas y margaritas, habían sacado nada más que rumores.
Nadie había visto al asesino de verdad. En cambio, el círculo de amistades de las víctimas parecía haberse multiplicado de forma desmesurada tras sus muertes.
Al menos eso le parecía a Cara mientras escuchaba a un hombre que aseguraba haber conocido personalmente a la segunda víctima.
Como prueba, le mostró dos pequeñas marcas rosadas en el cuello, donde, según él, lo había mordido la mujer.
—Justo antes de morir me dijo que sentía que alguien la seguía —se jactó el hombre.
Cara no dijo nada; se limitó a deslizarle por la barra su tercer whisky sour. Si seguía bebiendo a ese ritmo, pronto no sería capaz de hilvanar una frase coherente. Echó un vistazo a Ryder.
Entre los dos se había creado una rutina casi agradable.
Se había acostumbrado a su presencia con sorprendente rapidez, sobre todo porque él no la presionaba.
Sabía escuchar y sabía cuándo era mejor callar.
Por otro lado, no le daba miedo plantarle cara ni llevarle la contraria cuando lo consideraba necesario.
De todos los hombres que su madre había tenido a su servicio, él era el menos entrometido y el que menos reverencia mostraba ante su condición de hija de los de Luca.
Su presencia resultaba cómoda por otro motivo más.
Desde que se había convertido en su guardaespaldas, su madre la había dejado bastante en paz.
Ya no insistía en que Cara tomara como amante a uno de sus subordinados.
Llevaban rutinas tan distintas que rara vez se cruzaban, y cuando lo hacían era solo de pasada.
Por primera vez en su vida, Cara vislumbró lo que era relajarse.
El trabajo de camarera no era algo a lo que habría querido dedicarse el resto de su vida, pero disfrutaba de la regularidad, de aquella rutina pura y aburrida.
Casi podía creerse que llevaba una vida más o menos normal.
Ni siquiera la «investigación» estancada la molestaba.
Ryder y ella habían leído los dos expedientes tantas veces que ya se sabían cada párrafo de memoria.
Le había contado todo sobre el verdadero trasfondo del asunto, sin omitir nada.
Una vez incluso se habían acercado en coche al Hotel Biltmore y habían contemplado el magnífico edificio donde la muerta había quedado con su hermana la noche en que la asesinaron.
Cuando Cara propuso visitar también el escenario del crimen, él se negó.
—¿Para qué? —había preguntado—. Basta con marcarlo en un mapa para establecer una conexión geográfica con los asesinatos actuales. Yo no creo en fantasmas. Si su alma llegó a existir, estará en el cielo, en el infierno o se habrá reencarnado.
—¿Crees en la reencarnación?
—No —había respondido Ryder—. Solo quería decir que no me cabe en la cabeza que el crimen esté de verdad ligado a un asesinato del pasado, salvo a través de la mente enferma del autor. Los fantasmas no existen y la magia solo existe en los libros.
—Deberías oír a mis tías hablar de eso —había respondido Cara, que se imaginó un encuentro entre aquellas tres figuras tan dispares.
Imaginarse a Ryder paseando la vista por la polvorienta y lúgubre casa de empeños de las dos, dando con uno de los objetos verdaderamente mágicos y llevándose una buena lección, tenía su gracia.
Pero no era asunto suyo cambiarle la visión del mundo.
Aun así, no pudo evitar tantearlo al menos una vez más.
—Dices que no crees en la magia. Pero sabes que las brujas existen y que, como hombre lobo, llevas algo mágico dentro, ¿no?
Él había negado con la cabeza.
—Eso es distinto —había afirmado—. Lo que tú llamas hechicería no es más que una combinación de física y fuerza de voluntad que tiene explicación científica.
Ella no había dicho nada; se había limitado a sonreír para sus adentros y había decidido dejar el asunto por el momento. Quizá le recordara aquellas palabras en la próxima luna llena, cuando intentara detener la transformación a base de pura fuerza de voluntad.
—¿Por qué sonríes con suficiencia?
Ryder había ocupado el sitio del hombre que apenas unos minutos antes le había enseñado, muy orgulloso, sus marcas de mordedura.
—Oh, por nada en especial.
—Entonces dime qué te parece el de allí.
Señaló con la cabeza al hombre que exhibía el cuello por enésima vez aquella noche.
—¿Decía la verdad?
Tenía el oído lo bastante fino como para haber captado la conversación desde su sitio, en el otro extremo de la barra.
—No lo sé —respondió ella, e indicó a un hombre lobo que su cerveza tardaría un minuto más.
Sirvió otro chorro y esperó a que bajara la espuma.
Ryder aguardó con paciencia a que se retirara la siguiente oleada de clientes sedientos antes de volver a la carga—.
Solo quiero saber qué opinas de él. Nadie espera que valores su declaración con una precisión del cien por cien.
El corazón le dio un vuelco en el pecho. Se inclinó hacia él y bajó la voz.
—Deberías tener cuidado con lo que dices —susurró—. Cualquiera que te oyera hablar así podría pensar que sabes más de trabajo policial de lo que te conviene.
Era la segunda vez que lo pillaba en un desliz, si es que lo había sido.
—¿O es que has visto demasiadas series policíacas en la televisión?
Ryder no se echó atrás, pero parpadeó una vez cuando ella le ofreció una salida al apuro.
Habría sido muy fácil obligarlo a decir la verdad, pensó Cara.
Un beso, no haría falta más para ponerlo de rodillas.
El hambre que llevaba días ignorando se avivó.
El pulso se le calmó. El ruido de los borrachos y de los que bailaban, incluso los graves retumbantes de los altavoces junto a la pista, se apagó.
El mundo pareció encogerse. Observó a Ryder respirar, tranquilo y acompasado.
Él abrió la boca para decir algo. Podía haber sido cualquier cosa: una confesión, una súplica para que no lo delatara o una negación obstinada de lo que ella sabía en el fondo del corazón, pero no pasó nada de eso.
Jack y Melissa, cogidos del brazo, se abrieron paso hasta la barra y apartaron a los presentes sin miramientos.
Cara apartó la mirada del rostro de Ryder y centró toda su atención en la pareja.
La palidez vampírica de Melissa había dado paso a un rubor rosado en las mejillas.
Por lo visto había bebido lo suficiente para parecer casi humana durante unos minutos.
Una chispa de envidia le recorrió el pecho.
O Jack le había permitido a su novia dar un sorbo de su sangre, o la había visto beber de otra persona.
El brillo febril de sus ojos, con sus reflejos ambarinos, habría bastado para delatarle a Cara su excitación, pero no hacía falta: sentía la lujuria que emanaba de él como un puñetazo en el estómago.
—Perdonad —murmuró, y se cubrió la nariz y la boca con la mano, como si tuviera que contener una náusea repentina.
—Oh, lo siento —soltó Jack, y tiró de Melissa hacia atrás, pero ya era tarde.
El hambre le había clavado las garras a Cara y la tenía bien sujeta.
Las luces intermitentes le parecían tan brillantes que apenas distinguía nada más allá de las siluetas.
El olor de los humanos y de los paranormales se mezcló en un único aroma que le cortó la respiración.
A ciegas, salió a tientas de detrás de la barra y corrió hacia donde suponía que estaba la salida trasera.
Apartó sin miramientos a una mujer que le bloqueaba el paso.
Apenas registró el indignado «¡Eh!». Tenía que salir, tomar aire, o sobrevendría el desastre.
Fuera quizá pudiera controlar el impulso, pero allí, rodeada de cuerpos cálidos y vivos y de energía palpitante, era imposible.
Respiró con frenesí contra la palma de la mano, con la vana esperanza de que no le llegara a la nariz ningún olor que no fuera el suyo.
Tropezó contra una pared y sintió que las rodillas le fallaban.
Unas manos calientes de mujer, extrañamente familiares, le rodearon la cintura e intentaron levantarla.
—No —gimió Cara, y trató de apartar aquellas manos entrometidas.
Pero sus dedos parecían haber cobrado vida propia, porque, en lugar de hacer lo que Cara quería, se enredaron en el pelo de la mujer y atrajeron hacia su boca aquel rostro en forma de corazón.
Los labios de la mujer eran lo único que se movía.
Su cuerpo redondo permanecía inmóvil; de miedo o de ansiosa expectación, Cara no podía saberlo.
Todo pensamiento consciente se borró de su cabeza, salvo el hambre, que gritaba, rugía y bramaba en su interior y le decía que bebiera ya o no pararía nunca, nunca, nunca jamás...
Alguien gritó. ¿Había sido ella o la mujer?
Otros dedos, esta vez masculinos, la agarraron y se la echaron al hombro como si fuera un paquete.
El vaivén de aquellos pasos le resonaba en la cabeza.
La camisa debía de habérsele subido, porque el aire frío en la espalda le puso la piel de gallina.
El hombre la llevó lejos del ruido, que se volvió soportable en cuanto la puerta se cerró, y no la dejó en el suelo hasta que estuvieron lejos de cualquier cosa que tuviera un corazón palpitante.
Excepto él. Era Ryder quien le sujetaba las muñecas. —¿Puedes hablar?
Parte de la agitación que sentía en el pecho desapareció al oír aquella pregunta tan racional, pero aún no confiaba en su voz. Negó con la cabeza e intentó zafar las manos de aquel agarre.
—Respira —dijo él, como si pretendiera dar una orden a sus pulmones—. Inspira y espira. Despacio y con regularidad. Eso es. Sigue así. Puedes hacerlo, Cara.
Como no conseguía zafarse de sus dedos, probó otra táctica. En lugar de intentar liberarse de él, dio un paso adelante e intentó tocarlo.
—Oh, no —dijo él, y soltó un gruñido suave.
Era apenas un atisbo de sonido lobuno, pero ella se apartó de él por instinto. O más bien lo habría hecho si él no la hubiera seguido sujetando.
—¿Cuándo fue la última vez que comiste? Y no me refiero a un desayuno normal.
Se encogió de hombros. El hambre que llevaba dentro no disminuía, pero su mente parecía estar recuperando de verdad la lucidez. Se aclaró la garganta a modo de prueba.
—Hace una semana —susurró tan bajo que apenas se oyó a sí misma—. Puedes soltarme.
Cara obligó a sus extremidades a relajarse.
—Ya vuelvo a tener el control.
Al principio no creyó que fuera a hacerlo, pero él la soltó. La observó con cautela, todavía alerta como un depredador al acecho.
—Vale. ¿Y ahora qué hacemos? No puedes volver ahí dentro sin provocar una masacre. ¿Tienes a alguien de quien alimentarte? ¿Y puedes controlarte lo bastante para no dejarlo seco del todo?
—No lo sé —admitió Cara—. Quiero decir, no sé si podré contenerme.
En aquel estado, no se pondría al volante de su coche.
Maldijo sin molestarse en bajar la voz.
—Tienes que poder, ¿me oyes? ¿Puedo dejarte sola un momento? Intentaré encontrar a alguien que...
Apartó la mirada, casi avergonzado. Sonrió con aire de disculpa.
—Me ofrecería yo mismo, pero solo si no me dejas hecho una momia reseca.
Ni el dolor que la roía por dentro ni la sensación de vacío impidieron que aquellas palabras le llamaran la atención. Cara se dejó caer al suelo e intentó respirar con calma. Él sabía lo que una súcubo hambrienta podía dejar tras de sí en el peor de los casos.
—De verdad tienes que ir con más cuidado —consiguió decir.
Había sido buena idea sentarse en el suelo.
Así tenía que alzar la vista hacia él, pero también había aumentado la distancia entre ambos.
Si perdía el control en aquel instante y se levantaba de un salto para besarlo, los reflejos de depredador de él le darían tiempo de sobra para escapar.
La imagen de Ryder huyendo de ella bastó para compensar la mirada reverente con la que lo contemplaba desde abajo.
—Debe de ser tu presencia —comentó él, y le lanzó una última mirada—. Aguanta. Encontraré a alguien que te ayude.
—Deja de hablar y vete —susurró Cara. Notaba el sudor resbalarle por la espalda.
Ryder giró sobre los talones, pero no tuvo ocasión de regresar al Red Rose.
Jack cruzó el aparcamiento a grandes zancadas, arrastrando a un hombre que le resultaba vagamente familiar.
Jack ni se dignó mirar a Ryder; prácticamente lanzó al humano a los pies de Cara.
El hombre cayó de rodillas y puso los ojos en blanco.
Oh, no. ¡Ojalá solo estuviera borracho y no colocado también!
Los ojos de Jack relampaguearon peligrosamente y le enviaron una advertencia silenciosa.
Cara vaciló y vio cómo Jack apretaba los labios.
—No me obligues a hacer nada más —espetó.
Cara lo sabía: si no actuaba en aquel instante, él la agarraría por el cuello y le presionaría la boca contra la del humano hasta que hiciera lo que su naturaleza le exigía.
Tras lanzar una última mirada a Ryder, apoyó los dedos en las mejillas del hombre y lo atrajo hacia sí hasta que sus labios tocaron los de él.
Entonces bebió.