CAPÍTULO 11
RYDER
En los días que siguieron a su espectacular presentación ante la familia de Luca no pasó nada.
Ryder se lo tomó con calma, aunque no conseguía quitarse de encima la sensación de que el tiempo apremiaba.
Acompañaba a Cara de Luca al club, se acomodaba en la barra y fingía ser parte del mobiliario.
Había recogido sus cosas de la pensión y ahora vivía en la casa de Hollywood Hills donde residía Beatrice de Luca.
Le parecía que esa palabra encajaba bastante bien.
La había visto pocas veces —dos, para ser exactos— y en ambas le había dado la impresión de una monarca inaccesible que dirigía desde la distancia el destino de sus súbditos.
Era hermosa, con una belleza fría que él no era capaz de apreciar.
Su hija era de otra pasta muy distinta. Cara distaba mucho de ser tan dura como su madre.
A menudo estaba de mal humor y contestaba con brusquedad, pero estaba mil veces más viva de lo que su madre llegaría a estar jamás.
Incluso parecía tener reparos en alimentarse a la manera típica de una súcubo.
En los cinco días que llevaba pegado a ella, salvo unas pocas horas, no la había visto alimentarse ni una sola vez.
Casi agradecía que le hubieran ahorrado el espectáculo.
Le bastaba con observar el efecto que ejercía sobre los hombres y, a veces, también sobre las mujeres, incluso cuando no empleaba a conciencia sus poderes de seducción.
Puede que los hombres no se arremolinaran a su alrededor como las proverbiales polillas en torno a la llama, pero parecía caerle bien a todo el mundo.
La gente del club daba la impresión de querer tocarla a todas horas, algo que ella esquivaba con una habilidad que solo podía haber adquirido a lo largo de muchos años.
Estaba claro que a Cara de Luca no le gustaba que nadie se le acercara demasiado.
Ryder sospechaba que tenía miedo de sus propias facultades o de perder el control.
En conjunto, eso le facilitaba la misión, aunque no la hacía más agradable.
Ryder habría preferido que resultara ser la princesa malcriada que parecía ser en el expediente.
Al menos una vez al día se recordaba quién era su madre.
Funcionaba... durante una hora. Había algo en ella que se le metía bajo la piel, y no le gustaba nada.
Le irritaba por igual no ser capaz de precisar de dónde venía esa sensación.
Probablemente ni siquiera él fuera inmune al poder de seducción de una súcubo, aunque en Cara de Luca se manifestara de forma tan claramente contenida.
Por otro lado, le facilitaba el trabajo no tener que defenderse además de sus intentos de absorberle la energía.
Su madre era harina de otro costal. Podía imaginarse sin esfuerzo cómo empleaba ella sus poderes para conseguir lo que quería, y se alegraba de que Beatrice tuviera ya una edad en la que necesitaba poca energía para sobrevivir.
Cara evitaba a su madre en la medida de lo posible, así que Ryder tampoco se cruzaba a menudo con Beatrice y podía concentrarse en dar caza al asesino, su verdadero objetivo.
En el fondo, Beatrice de Luca y él querían lo mismo: ambos tenían interés en atrapar al asesino antes de que la cosa se les fuera de las manos.
En un momento de locura, llegó a preguntarse si ella sabía qué lo había llevado en realidad a Los Ángeles.
Sus referencias aguantarían un examen minucioso —su jefe se había encargado de ello—, pero no tenía ni idea de si Beatrice las había comprobado de verdad.
A Jack Sorrentino, en cambio, no le caía bien, y no ocultaba su aversión.
No era un problema, porque a Ryder él también se le hacía insoportable.
Como si lo hubiera invocado, la figura de anchos hombros del cambiaformas león irrumpió en su campo de visión. Ryder estaba sentado en su sitio habitual de la barra, viendo a Cara preparar un gin-tonic para una bruja.
—¿Tienes un momento?
La orden, formulada como pregunta, sonó como un ronroneo.
Algo había ocurrido que le producía un placer enorme a Jack Sorrentino.
A Ryder se le extendió una sensación de desasosiego por el estómago.
El viejo león parecía excepcionalmente satisfecho de sí mismo.
Bajo el hedor almizclado a jaula de depredador, Ryder detectó un rastro de sangre.
No era nada raro, puesto que Sorrentino se acostaba con la vampira, pero aquello era distinto.
Era un olor más reciente, y era de hombre lobo.
Levantó la cabeza despacio, para darle tiempo al rostro de adoptar una expresión neutra, mientras rebuscaba en la memoria. Había olido a ese lobo antes.
Y entonces lo supo. El olfato no lo había engañado.
Sorrentino había conseguido por fin encontrar al hombre que había disparado a Cara y que ahora estaba herido o muerto.
Lo segundo, probablemente, pensó Ryder mientras se bajaba del taburete.
La satisfacción del cambiaformas león era la de un hombre después de una cacería fructífera.
Un hombre como Sorrentino no se conformaba con acorralar a la presa.
—¿Qué es eso tan importante?
—Puedes dejar sola a Cara un momento, Melissa la vigilará.
A su espalda, la vampira se deslizó fuera de las sombras. Ignoró a Ryder y le pidió a Cara una piña colada roja.
—Te necesito un momento en la trastienda.
Durante un segundo, Ryder jugueteó con la idea de recordarle a Sorrentino el final de la mujer que habían encontrado junto a la carretera.
Ella también era vampira y no había tenido nada con lo que hacer frente al asesino.
A diferencia de ella, Michelle no solo era joven e inexperta, sino que además no había formado parte de los Policías Cambiaformas.
Luego descartó la idea. Por mucho que le hubiera gustado plantarle cara a Sorrentino, no le convenía para la misión.
Poner en duda la palabra del hombre que ejercía de mano derecha de Beatrice no era nada sensato.
Por desgracia.
Así que se levantó y siguió al hombre; pasaron junto a los baños en dirección a la salida trasera.
Sorrentino no hizo ademán de entrar en el almacén: abrió la puerta y señaló hacia fuera, al aparcamiento.
El olor era ya inconfundible. Ryder recorrió con la mirada el aparcamiento abarrotado y reconoció a dos de los hombres que trabajaban para Beatrice.
Estaban apoyados en una furgoneta; uno fumaba y el otro aplastaba con deleite una lata de refresco.
Sorrentino silbó. Los dos se cuadraron al instante.
La lata cayó al asfalto con un estrépito que a Ryder le sonó desagradablemente fuerte.
—Échale un buen vistazo al tipo y dime si lo reconoces.
Sorrentino señaló el coche con la cabeza. Uno de los dos hombres descorrió la puerta metálica. Ryder comprobó que había acertado: era el hombre lobo que había disparado a Cara y, sin duda alguna, estaba muerto.
—Es él —confirmó, y ya se disponía a dar media vuelta para volver al club.
—Quiero que lo mires bien —ordenó Sorrentino.
A Ryder se le empezó a erizar el vello de la nuca, pero mantuvo la rabia a raya.
Con toda la naturalidad que pudo, se inclinó para examinar el bulto que en otro tiempo había sido un lobo como él.
Lo habían degollado, pero antes había servido de juguete a Sorrentino.
Allí donde la ropa estaba rasgada se veían moratones, y un dedo retorcido no era el único hueso roto que Ryder descubrió.
Jack Sorrentino se había tomado su tiempo para matarlo.
—Sin duda —confirmó Ryder por segunda vez—. Entonces supongo que ya puedo volver a mi trabajo.
Dio media vuelta, pero el cambiaformas león no estaba dispuesto a dejarlo marchar tan fácilmente. Echó a andar a su lado y lo agarró por el hombro antes de que llegaran a la entrada trasera.
—No me gustas —dijo Jack Sorrentino en voz baja—. Y, si dependiera de mí, tu trabajo se acabaría ahora mismo. Pero, por lo visto, le has caído en gracia a Cara y Beatrice quiere que te quedes.
Ryder se zafó de la mano del otro.
—Entonces no hay nada más que hablar.
Miró los ojos amarillentos de su interlocutor.
—Antes de morir, ¿dijo quién le había dado la orden?
—Eso no te incumbe lo más mínimo.
Ryder se acercó un paso.
—Creo que en este caso te equivocas —respondió despacio—. Mi trabajo es proteger a Cara. Estás ocultando información que podría poner en peligro la vida de la hija de tu jefa. ¿Qué crees que dirá la señora de Luca al respecto?
—Te dirá que no metas las narices en lo que no te importa.
Pero no sonó muy convencido, y Ryder supo que, por el momento, tenía la sartén por el mango.
Aun así, probablemente no debía tensar demasiado la cuerda.
Le había demostrado a Sorrentino que era un «hombre de verdad», pero ahora tocaba restablecer el antiguo reparto del poder.
De un hombre lobo se esperaba cierto grado de desafío.
La tarea de Ryder consistía en satisfacer las expectativas que traía consigo su papel de infiltrado sin poner en riesgo su trabajo.
—Todos queremos lo mismo —dijo—. Solo que ojalá hubiera estado allí cuando lo encontraste.
Ryder retrocedió hasta que el pomo de la puerta se le clavó en la espalda.
—No dijo nada antes de morir —gruñó Sorrentino—. Pero no hacía falta. Sé quién le dio la orden.
Ryder arqueó las cejas en un gesto interrogante, pero no dijo nada.
—Lo conozco. Es uno de los hombres de Malitori. Charles Malitori es un cabrón astuto que lleva siglos intentando hacerse un hueco en Los Ángeles. Y eso es todo lo que necesitas saber, chico.
—Si tú lo dices —concedió Ryder con sorna, pero evitó la mirada del cambiaformas león.
Era una solución condenadamente conveniente, aunque no tenía forma de verificar las palabras de Sorrentino.
Estaba bastante seguro de que tanto Beatrice como Sorrentino lo vigilaban discretamente, y no tenía ni idea de si le habían pinchado el teléfono.
Comprometer el éxito de todo solo porque la intuición le decía que el segundo marido de Beatrice le ocultaba algo era demasiado arriesgado. ¿O le estaba dando demasiadas vueltas?
Ya no tuvo otra oportunidad de sonsacarle información a Sorrentino, porque el cambiaformas león había decidido dar por terminada la conversación.
«Paciencia», se recordó Ryder. Lo único que tenía que hacer era esperar. La cuestión era si con ello ponía en peligro la vida de otra mujer.