A la sombra de la Dalia Negra (Policías cambiaformas: investigaciones paranormales nº 3) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

CARA

Había llegado la hora de ir al club. Mientras Cara se duchaba, su guardaespaldas y autoproclamado ayudante de investigación repasaba por segunda vez los expedientes del caso.

Ni el agua caliente conseguía espantar las imágenes atroces que no se le iban de la cabeza.

La última víctima había sido una ghoul. Fisiológicamente hablando, Carmen Sánchez ya estaba muerta cuando el asesino la encontró.

Eso no le quitaba el miedo ni el dolor que había sentido, pensó Cara mientras se secaba con el secador el rebelde pelo oscuro hasta dejarlo medio seco.

Unos transeúntes habían encontrado su cuerpo partido en dos en un parque.

A esas alturas, cualquiera que supiera de los asesinatos tenía que haberse dado cuenta de que el autor estaba imitando el tristemente célebre crimen de la Dalia Negra.

Cara no sabía quién había reparado en el paralelismo: ni los expedientes de la policía humana ni los de los Policías Cambiaformas decían nada al respecto.

Lo cierto era que todos los agentes estaban en alerta máxima, y los vecinos también.

Los periodistas se habían dado un festín cuando el jefe del L.A.P.D.

dio la primera rueda de prensa. A pesar de todas las precauciones, se había filtrado que el asesinato de Elizabeth Short se estaba repitiendo de forma macabra en el presente.

De camino al Red Rose, fue Ryder quien inició la conversación.

—Creo que tenemos que aclarar dos cosas en particular —dijo con aquella voz tranquila.

Había bajado la ventanilla, aunque en el aire ya se notaba más que un anuncio del verano que se acercaba.

—¿Puedes cerrar la ventanilla, por favor? Tengo calor y apesta a gases de escape. Gracias.

Probablemente viniera de una zona rural, donde uno puede sacar la nariz al viento sin morir intoxicado por los humos de miles de coches. O quizá fuera justo lo contrario y viniera de una gran ciudad, de modo que estuviera curado de espanto.

Obediente, volvió a subir la ventanilla.

—No me tengas en vilo —dijo Cara mientras giraba a la izquierda para incorporarse a la autopista—. Llegaremos al Red Rose en media hora como mucho. Una vez allí, apenas tendremos tiempo de hablar. Así que te sugiero que hagas ahora tus preguntas urgentes.

Se notó el tono irritado en la voz.

—En primer lugar, tenemos que aclarar si el tiroteo de ayer tiene algo que ver con los asesinatos —dijo él, ignorando a propósito su mal humor—. En segundo lugar, tenemos que averiguar más sobre el asesinato original.

—Se nota que no te criaste en Los Ángeles —dijo Cara, mirándolo de reojo—. Aquí todo el mundo lo sabe todo sobre la Dalia Negra. Podrías preguntárselo a ese tipo que pasea al perro, o a la mujer de ahí atrás con el carrito. Cualquiera que viva aquí conoce el caso.

—Pero no se lo estoy preguntando al hombre del perro ni a la mujer del carrito. Por desgracia, tampoco tengo tiempo de pasarme por la biblioteca pública, así que te lo pregunto a ti.

—De acuerdo —concedió Cara—. Para responder a tu primera pregunta: no lo sé. La verdad es que no creo que el hombre que mató a las tres mujeres sea también nuestro tirador.

—¿Por qué?

—No es lógico. Mi madre me encargó esto ayer mismo. Nadie lo sabía excepto ella, Jack y yo.

Por fin el tráfico se despejó un poco y Cara pisó a fondo el acelerador.

—Ayer no hice ni una sola pregunta que pudiera revelar ni remotamente mis intenciones. Ni siquiera mencioné los asesinatos.

—Eso me parece bastante raro —comentó Ryder—.

Quiero decir, estás detrás de la barra, la gente habla contigo...

¿y nadie te preguntó si, siendo la hija de la mujer más influyente de la ciudad, sabías algo?

—Frunció el ceño—. Tienes que admitir que es extraño.

Llevo poco tiempo en la ciudad y hasta yo me enteré el primer día.

La mujer que me alquiló la habitación me lo contó con pelos y señales.

—Ahora que lo dices, sí que es raro —admitió Cara.

Ni Bessie había dicho nada sobre los asesinatos de la Dalia la noche anterior.

—Quizá sea porque no tuve tiempo de conversaciones largas. Me pasé todo el rato preparando cócteles, lavando y sacando brillo a los vasos.

—Es posible, pero poco probable, teniendo en cuenta quién eres.

Ryder no la miró.

—¿O es porque la gente no se atreve a hacer preguntas incómodas en tu presencia? Quiero decir, tu madre no da la impresión de ser precisamente amable, si quieres mi opinión.

—Vaya, ¿te has dado cuenta?

Levantó el pie del acelerador cuando un camión apareció delante. Ryder no se dignó responder a su comentario sarcástico. En el poco tiempo que llevaba a su lado, Cara ya le había notado ese rasgo varias veces: todo lo subjetivo o emocional rebotaba contra él.

—No lo sé. Pero hoy lo averiguaré. Ayer fue solo una toma de contacto; hoy voy en serio.

—No te pases con el interrogatorio —le advirtió—. Yo también preguntaré un poco por ahí. En mi caso llama mucho menos la atención. Soy nuevo en la ciudad y a nadie le extrañará que haga preguntas.

Cara entró en el aparcamiento del club. El coche de Jack estaba en su habitual plaza privilegiada, justo al lado de la puerta de entrada.

Algunas de las mujeres de arriba parecían haber llegado ya.

El cacharro de Bessie no se veía por ninguna parte.

Aunque, bien pensado, ella no tenía tanto que preparar.

Aun así, resultaba extraño, porque su prima solía ser puntualísima y el club abría en media hora.

—Entonces lo haremos así —dijo Cara.

Ryder no hizo ademán de salir del coche.

—¿Qué pasa?

—Estás cediendo demasiado rápido —respondió él.

Tenía los ojos castaños entrecerrados con suspicacia.

—Recuerda que voy a vigilarte.

—Suena prometedor —dijo ella con sequedad—. Me muero de ganas de no poder ir ni al baño sola.

—Disfrútalo mientras puedas —replicó él con la misma sequedad—. Tu día no termina cuando acabes aquí. Recuerda que todavía tienes que contármelo todo sobre la Dalia Negra.

—¿No tienes un móvil con internet? En Wikipedia hay un resumen bastante bueno de los datos más importantes.

—Puede ser, y quizá lo haga. Pero quiero hacerme una idea del asesinato y de la ciudad. Y eso se consigue mejor si lo veo a través de tus ojos.

—Hablas como si fueras un perfilador criminal —dijo ella en broma, y al instante se preguntó qué más ignoraba de él—. ¿De dónde eres? ¿A qué te dedicabas antes?

—Creía que no lo preguntarías nunca.

Pero tampoco le dio una respuesta.

—Supongo que eso también lo aclararemos después del trabajo, ¿no?

—Si insistes.

Se encogió de hombros.

—Pero mi pasado no tiene nada de interesante. Estos tres últimos años me he dedicado sobre todo a vagar de un sitio a otro.

Cara no se imaginaba que Beatrice aceptara una respuesta tan evasiva. Pero ella no era su madre, y estaba a punto de entrar de turno.

El impulso de arrancar el coche y huir de la ciudad, de conducir hasta algún sitio donde nadie la conociera, se hizo casi insoportable.

¿Cómo lo había llamado Ryder? Ir a la deriva.

Cara cerró los ojos e imaginó qué sería dejar de ser la hija de los de Luca y convertirse en alguien cualquiera.

Se dio cuenta de que tenía las manos agarradas al volante, como si de verdad fuera a arrancar y salir huyendo en cualquier momento.

Lejos de Beatrice, lejos de los asesinatos, lejos de su pasado.

Miró a Ryder de reojo y se preguntó si tendría la menor idea de lo que le estaba pasando por la cabeza.