CAPÍTULO 9
RYDER
Ryder apenas podía creer su suerte. Cara de Luca no solo le había dado la oportunidad de vigilar a su madre, sino que además lo había catapultado al corazón de la investigación.
Su instinto no le había fallado. Ella era el eslabón más débil de la cadena y su mejor baza para atrapar al asesino y, al mismo tiempo, poner fin a las actividades de su madre.
Esquivó aquellos ojos oscuros y guardó silencio hasta que ella terminó de contar su historia.
Entonces negó con la cabeza, incrédulo. No tuvo que fingir cuando por fin habló.
—A ver si lo he entendido bien —dijo—. ¿Tu madre te está utilizando de cebo para atraer a un asesino que ya se ha cobrado la vida de tres mujeres?
—No —respondió ella, sentada con las piernas cruzadas en el sofá.
El pelo le caía sobre la cara y le dificultaba leer la expresión de sus ojos—.
No soy un cebo; solo tengo que aguzar el oído con discreción.
Y tranquilizar a la gente. Si ven que Beatrice no está preocupada por su propia hija, tendrán menos miedo.
Ryder no hizo ningún comentario al respecto.
Sabía reconocer cuándo el silencio decía más que las palabras.
Y, en efecto, ella dio varias muestras de incomodidad y empezó a mordisquearse la uña del pulgar.
Parecía distinta de su madre, a la que había conocido la noche anterior…
no, aquella misma mañana. Fue una conversación breve en la que ella le dio las gracias por proteger a su hija antes de ofrecerle el puesto de guardaespaldas de Cara.
Su primera impresión en persona confirmó lo que los archivos ya habían revelado sobre Beatrice.
Era absolutamente despiadada. Que utilizara a su propia hija para mantenerse en la cima de la sociedad paranormal no la hacía precisamente más simpática a sus ojos.
—Hay algo que has entendido mal —dijo Cara—. No soy un cebo. Solo estoy atenta, nada más.
—Si tú lo dices —replicó Ryder, impasible—. Lo que me interesa más es otra cosa. ¿Por qué lo haces?
—Para ayudar a mi madre —respondió Cara, aunque sonó más a pregunta que a afirmación.
—No me vengas con esas. No te pregunto de dónde habéis sacado tu madre y tú estos archivos, pero no soy idiota. Podrías mantener los ojos y los oídos abiertos sin toda esta información previa.
Seguía pareciéndole extraño lo poco que la familia de Luca, o incluso Sorrentino, se esforzaban en ocultar que eran todo menos ciudadanos respetuosos de la ley.
Los treinta años que Beatrice llevaba rigiendo el destino de los paranormales de Los Ángeles se reflejaban, sobre todo, en la naturalidad con la que gobernaba su imperio criminal.
Nadie de su círculo, ni siquiera los propios policías cambiaformas, se planteaba que las cosas pudieran ser de otro modo.
Todos se habían resignado a que Beatrice de Luca fuera la eminencia gris que gobernaba L.A.
Y, si era sincero, no lo hacía nada mal.
Hasta entonces se había encargado de que todo el mundo sacara provecho de sus negocios o, al menos, gozara de cierta protección frente a las amenazas externas.
—Si no supiera que no es así, diría que juegas tu propia partida.
—¡Estás aquí para protegerme, no para sermonearme! —Intentó en vano parecer relajada.
—Pero no he hecho tal cosa —dijo Ryder—. ¿Cómo quieres que haga mi trabajo si me ocultas cosas importantes? Si mueres por un descuido o porque no soy capaz de calcular el peligro que corres, será mi cabeza la que ruede. Así que no me compliques el trabajo más de lo necesario.
—¿Y yo qué gano a cambio? —Los dedos de Cara se crisparon sobre la carpeta.
Por un momento se quedó sin palabras.
—¿Qué tal seguir con vida? ¿No te basta?
—No.
Por primera vez vio en Cara un rastro de su madre.
Sonó tan dura y exigente como Beatrice. Luego se mordió el labio y la frialdad desapareció de su rostro.
Se reforzó la sensación de que Cara de Luca perseguía otro objetivo con la búsqueda del asesino.
Se le presentaban dos posibilidades: podía presionarla en ese momento para que le contara la verdad, o podía seguir trabajándose su confianza.
No le habría venido mal una copa ahora mismo. O una buena carrera. Cualquier cosa que templara su fiebre de cazador. Iba por buen camino. Ahora tenía que demostrar lo paciente que podía ser.