A la sombra de la Dalia Negra (Policías cambiaformas: investigaciones paranormales nº 3) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

CARA

—¿De verdad es necesario? —La pregunta de Cara era más o menos retórica.

Su madre no se dignó darle una respuesta directa: se recostó en el sillón y unió las yemas de los dedos.

A Cara aquel gesto le resultaba irritante; Beatrice debía de habérselo copiado a algún político.

Odiaba que su madre se comportara como si pusiera sus superiores dotes de madrina de la mafia al servicio del interés general.

Eso era precisamente lo que aquel gesto quería decir: «Te escucho, tengo paciencia, pero, al final, yo sé qué es lo mejor para ti».

Lo peor era que Cara reaccionaba, en efecto, como una niña caprichosa. Ya había pasado de los veinte, pero, si no salía pronto de la esfera de influencia de su madre, seguiría siendo una niña toda la vida.

—Lo has traído a casa, así que eres responsable de él —respondió por fin Beatrice, como si Ryder fuera un perro callejero.

Bueno, en cierto modo... no. Cara se prohibió terminar aquel pensamiento—.

No me causa mala impresión —continuó Beatrice—.

Y es mejor que se coma una bala destinada a ti un recién llegado que uno de nuestros chicos.

Cara tenía un comentario mordaz en la punta de la lengua.

Algo como «¿desde cuándo te importa lo que les pase a tus supuestos chicos?

» o «ah, eres como una madre para ellos», pero también se guardó esas palabras.

En lugar de eso esperó el siguiente movimiento de la mujer que la había traído al mundo y que tenía más sentimientos maternales por sus matones que por su propia hija.

—Entonces, ¿qué se supone que debo hacer con él?

—Nada —respondió Beatrice, sorprendida, y arqueó las cejas, perfiladas en dos arcos de simetría admirable—. Ya tienes tu cometido. Déjate ver por el Red Rose, mantén los ojos y los oídos bien abiertos e intenta no volver a convertirte en un blanco.

—Lo dices como si prácticamente lo hubiera retado a disparar contra mí.

Hizo todo lo posible por parecer igual de indiferente, pero no lo consiguió. Aquella mañana se había despertado empapada en sudor frío, con el olor de la sangre de Cope en la nariz y su cara ante los ojos, en el instante en que comprendió que podía morir.

—Eso lo sabes tú mejor que nadie.

—Es absurdo —dijo Cara, y se puso en pie—.

Ayer fue la primera noche que tenía que andar escuchando por encargo tuyo.

No le dije a nadie una sola palabra sobre los asesinatos.

O me confundió con otra persona, o el ataque se venía preparando desde hacía tiempo.

No sería la primera vez que me convierten en objetivo para llegar hasta ti.

Para su sorpresa, durante una fracción de segundo su madre pareció sopesar de verdad sus palabras.

—Entonces es una suerte que el señor Grey no vaya a apartarse de tu lado a partir de ahora.

Después de tantos años, no debería sorprenderla ni dolerle que Beatrice no viera en ella más que una oportunidad de demostrar su poder ante el mundo exterior.

Y, sin embargo, le dolía. Una madre normal habría puesto a su hija a salvo y se habría asegurado de que estuviera bien.

Pero a Beatrice solo le importaba el efecto que aquella serie de asesinatos tendría en su negocio.

—¿Hay algo más o ya puedo retirarme? —Pretendía sonar irónica, pero sabía que se le notaban en la voz las lágrimas contenidas—. Todavía quiero repasar los expedientes y mi turno empieza dentro de cuatro horas.

—No quiero entretenerte —la despachó su madre, y se volvió hacia el montón de papeles que tenía delante, sobre el escritorio—. Ah, una cosa más.

Cara se dio la vuelta y esperó.

—Me alegro de que no te haya pasado nada.

¿Había sido un arrebato de sentimientos maternales o Beatrice lo había dicho solo para que Cara siguiera haciendo lo que debía?

No lo sabía, y daba igual. Apartó de su cabeza los motivos de su madre y se centró en lo que tenía por delante.

Primero quería leer el expediente, al que el día anterior solo había echado un vistazo.

Y, si le quedaba tiempo, quería seguir leyendo el libro que le habían prestado sus tías.

Antes de marcharse a su segundo turno en el Red Rose, tendría que dar con Ryder, que a esas horas estaría probándose ropa, matando el rato en el campo de tiro o...

haciendo lo que hicieran los hombres lobo recién reclutados por la mafia.

Lo más probable era que estuviera sentado en la cocina, pasándolo en grande.

Pero Ryder no estaba asaltando la nevera: la esperaba en el pasillo, delante de su habitación. Se había sentado en el suelo con las piernas cruzadas y no abrió los ojos hasta que ella se plantó justo delante de él. Sin decir palabra, Cara pasó a su lado y entró en su cuarto.

—Te avisaré cuando tenga que irme —dijo al pasar—. No hace falta que esperes aquí todo el rato. Ve a conocer a los demás, si quieres. Ahora no te necesito.

Cerró la puerta. Cinco minutos después no lo soportó más y volvió a abrirla.

Ryder seguía sentado en el suelo, en la misma postura. La única diferencia era que ahora sonreía. No, sonreía de oreja a oreja.

—Pasa.

—Gracias. —Miró alrededor con curiosidad antes de acomodarse en el único sillón libre—. Gracias por interceder por mí.

—No hay de qué —respondió ella, y se acomodó en la cama con el expediente. Antes de empezar a leer, se aseguró de que el libro que le habían prestado sus tías quedaba bien escondido bajo la almohada. Ryder volvió a cerrar los ojos y se puso a meditar o a soñar despierto.

La primera víctima había sido una mujer lobo llamada Sally Smith.

En la fotografía se veía a una mujer de mandíbula ancha y pelo rubio, lacio y grasiento que miraba a la cámara sin ninguna expresión.

La foto se la habían tomado durante su detención por posesión de drogas.

A Cara no le resultó especialmente simpática, y a la policía tampoco debía de haberla conmovido demasiado su suerte, porque ni la policía humana ni la paranormal habían investigado con mucho empeño.

Un operario de carreteras había encontrado el cuerpo en la cuneta la mañana del 3 de marzo, antes de que empezara el tráfico de la hora punta.

La policía había conseguido restar importancia a las espantosas circunstancias y mantener a raya a la prensa, porque Cara no recordaba haber leído nada sobre el primer asesinato en el periódico.

La policía humana había cerrado el caso tras detener como autor al novio de la mujer, que traficaba con drogas.

Seguía en prisión preventiva, a la espera del juicio.

El mero hecho de que los Shifter Cops no se hubieran hecho cargo del caso demostraba lo poco que les importaba la suerte de aquella mujer.

Se habían dejado convencer con demasiada facilidad de que sus colegas humanos habían investigado con éxito.

Un hombre lobo muerto más o menos no les quitaba el sueño.

Beatrice seguramente les habría dado la razón.

Pero todo cambió cuando encontraron muerta a la segunda mujer.

Una vez más, la habían descuartizado con brutalidad y habían dejado el cuerpo en un lugar público.

Le habían separado el tronco de la parte inferior del cuerpo y...

Cara cerró los ojos. Las imágenes de la escena del crimen resultaban insoportables por su nivel de detalle.

«Esto lo ha hecho alguien que odia a las mujeres», pensó.

El asesino le había mutilado a cuchillo todo lo que la identificaba como mujer, como si hubiera querido neutralizarla.

Sintió la mirada de Ryder sobre ella y se volvió hacia él.

Fuera lo que fuese lo que había leído en su cara, bastó para que guardara las distancias.

Cara bajó la vista y siguió leyendo. Esta vez habían investigado con especial urgencia.

No era de extrañar: la víctima era Clemency White, patóloga forense al servicio de los Shifter Cops.

A Cara no le gustaban demasiado los vampiros, cuya naturaleza, para su gusto, se parecía demasiado a la de un súcubo, pero ninguna mujer merecía que la mataran de aquella manera y luego la exhibieran.

Esta vez los Shifter Cops habían intervenido y le habían quitado la investigación de las manos a la policía humana.

Mejor dicho: se la habían arrebatado. Cara, que conocía al jefe de los Shifter Cops por sus visitas a Beatrice, se imaginaba perfectamente cómo había reaccionado aquel viejo perro de guerra ante la muerte violenta de uno de los suyos.

El «tío Miles» seguramente había montado en cólera, había movilizado a todos los efectivos disponibles y luego le había pasado la investigación a su segundo.

Harry Cosburn era el más capaz de todos los Shifter Cops de la ciudad, pensó Cara, pero, según el expediente, ni siquiera bajo su mando se había logrado ningún avance digno de mención.

Y, como no se fiaban lo bastante de los humanos para ponerlos al corriente, el amigo de la primera víctima seguía detenido y probablemente lo condenarían si el caso llegaba a juicio.

Cara alargó la mano hacia la botella de agua de la mesilla y deseó ser otra persona.

¿Habría sido más feliz si la herencia de su padre hubiera resultado dominante y se hubiera criado con sus tías?

Probablemente no. Otra forma de infierno, como demostraba con creces la vida de su prima, pero desde luego no el paraíso en la tierra.

Cara se imaginó tras el mostrador del baratillo de sus tías, día tras día, vendiendo chucherías a los turistas o supuestos artefactos mágicos a otros paranormales.

Una cosa era alimentarse de la energía de otros seres o saber que el hombre sentado en su butaca, aparentemente meditando, podía transformarse en lobo en un instante.

Otra muy distinta, convencer a un zombi de que su ansia de carne se le pasaría si compraba el amuleto de Nur-al-Fati, la reina bruja experta en magia, que siempre costaba un poco más de lo que él podía pagar.

Los artefactos de verdad valiosos, que eran pocos, estaban reservados a los ricos y poderosos.

Si los «paranormales normales», los que ocupaban el escalón más bajo del mundo sobrenatural, se habían endeudado con sus tías y no podían pagar las cuotas, difícilmente se podía culpar a Delia y Margaret Rivington de reclamar lo que era suyo, ¿no?

Cara creyó oír la voz cortante de su tía Margaret, que paladeaba las palabras y las alargaba.

De adolescente había pasado mucho tiempo con sus tías y con Bessie, y había visto cosas que prefería no recordar.

El negocio de sus tías era tan intrincado como un laberinto.

Por fuera, una casa de empeños corriente; para los paranormales, una tienda donde se podían comprar objetos que te hacían más rico, más hermoso o más poderoso, siempre que pudieras permitírtelos.

Pero había otra rama del negocio que, sospechaba Cara, era la más lucrativa para aquellas dos mujeres.

Se habían especializado en el comercio de objetos de coleccionista, y no en recuerdos cualesquiera.

Delia y Margaret trafican con piezas de coleccionista relacionadas con asesinos.

Una vez, cuando ella y Bessie se quedaron solas en la tienda, su prima la llevó al cuarto trasero, que siempre estaba cerrado con llave.

Había sacado la llave de su escondite, la había levantado y le había preguntado si quería ver algo realmente escalofriante.

Cara, por supuesto, había dicho que sí y había seguido a Bessie hasta aquella habitación sombría y sin ventanas.

Bajo la luz fría de los tubos fluorescentes, contempló asombrada las estanterías casi vacías.

En total, allí no debía de haber ni diez objetos, que a primera vista parecían del todo inofensivos.

Bessie levantó unas zapatillas deportivas y le dijo que habían pertenecido a Ted Bundy.

—¿Quién es Ted Bundy? —había preguntado Cara.

Bessie le había hablado entonces de uno de los asesinos en serie más célebres del país.

Después, por sus manos había pasado un sombrero de copa que, al parecer, había pertenecido a Jack el Destripador.

Hasta Cara había oído hablar del asesino que aterrorizó Londres en el siglo XIX y al que nunca atraparon.

—Pero ¿qué hacen tu madre y la tía Margaret con estas cosas?

—Venderlas, claro, tontita —había respondido Bessie.

A día de hoy, Cara seguía sin entender que alguien, humano o paranormal, pagara por un objeto inerte solo porque hubiera pertenecido a un asesino.

La fascinación por aquellos trastos cotidianos se le escapaba, y lo agradecía.

Si los objetos estuvieran cargados de magia, como el resto de la mercancía de sus tías, podría entenderlo.

Pero todas aquellas cosas estaban muertas, igual que sus propietarios habían dejado de estar vivos.

—Si puedo ayudarte en algo, dímelo.

Cara levantó la cabeza de golpe: eran las primeras palabras que le oía decir a Ryder aquel día.

—Si me permites decírtelo, no tienes buen aspecto. Aunque no es de extrañar, con todo lo que pasó anoche.

Cara le escrutó el rostro con suspicacia, buscando rastros de ironía o de reproche, pero no encontró ninguno y se relajó un poco. Solo vio compasión.

—No necesito tu lástima —espetó, y ella misma se dio cuenta de lo incoherente que sonaba la frase.

—La quieras o no, la tienes —comentó Ryder—. Pero no deberías confundir la compasión con la lástima. Se nota que algo te preocupa, y es decirlo suavemente. En lugar de quedarme aquí sentado mirando la pared, podría ayudarte.

¿Sería posible? ¿Había encontrado un aliado en Ryder?

Era nuevo en la ciudad y no estaba tan entregado a Beatrice como los demás hombres que empleaba su madre.

Además, había sido ella quien le había conseguido el trabajo.

Quizá él sintiera que le debía algo. Cara necesitaba cualquier apoyo que pudiera conseguir si quería ser libre en un futuro próximo.

Y, por último, no menos importante: un segundo par de ojos resultaría útil a la hora de atrapar a un asesino brutal.

Sola no podría; eso le había quedado claro al ver las fotografías del lugar del crimen.

Quien hubiera matado a un vampiro debía de poseer una fuerza inmensa.

Un humano no habría sido capaz. Buscaba a un ser paranormal y, por mucho que Cara desconfiara de sus propias capacidades, no creía poder debilitar al asesino lo suficiente para evitar que la matara también a ella.

Nadie decía que tuviera que confiar en él a ciegas. Pero Ryder podía resultar útil.

—¿Entonces, qué? ¿Quieres seguir mirando al vacío o vas a contarme qué planeas?

Cara se puso en pie y apartó una pila de libros y varias camisetas desparramadas por el asiento del sofá.

—Ven —dijo, y dio unas palmaditas en el hueco que acababa de quedar libre a su lado.

Tal vez estuviera cometiendo un error, pero ¿acaso tenía otra opción?