CAPÍTULO 6
CARA
El pánico fue cediendo al sentir que él concentraba su energía para volver a transformarse en humano.
Con un hombre que la amenazara sabía apáñárselas.
Usar sus poderes con un lobo, aunque bajo la piel del animal se ocultara un hombre, era imposible.
Las feromonas que liberaba para atraer a una víctima no surtían efecto en las criaturas cambiaformas mientras estaban en su forma animal.
El aire a su alrededor empezó a ondular y, más rápido de lo que Cara esperaba, se convirtió en un hombre.
—¿Estás herida? —preguntó él mientras se apartaba de encima de ella.
—Estoy bien —respondió ella, mientras luchaba por ponerse de rodillas.
Cope dejó escapar un gemido quedo. Cara se acercó al cambiaformas búfalo herido y tragó saliva mientras intentaba calcular la gravedad de la herida.
El hombre lobo se arrodilló al otro lado y alargó la mano hacia el costado del herido.
Solo entonces pareció darse cuenta de que estaba completamente desnudo.
Cara no le dedicó ni una mirada: cogió su chaqueta, apretó la tela contra la herida para cortar la hemorragia, agarró la mano del hombre y la colocó en el sitio exacto.
—Mantenla ahí un momento. Voy a llamar a un médico —dijo, mientras rebuscaba ya el móvil en el bolso.
El hombre pareció querer decir algo, pero se lo pensó mejor.
Bien; no tenía tiempo para discusiones. Gracias a Dios, se había agarrado al bolso cuando sonó el disparo y no tuvo que buscarlo mucho.
Con unas manos sorprendentemente firmes, marcó el número que Beatrice le había hecho memorizar.
—Snyder —respondió una voz grave al otro lado.
Cara sintió que se le destensaban los hombros de alivio. Tener que dejar un mensaje sin saber si el doctor estaba en casa habría sido demasiado para ella.
—Soy Cara —dijo, intentando hablar con calma—. Estoy en la entrada trasera del club. Han disparado a un hombre.
Le pareció oír el chirrido de una silla de escritorio cuando él se levantó. Mientras se dirigía a su coche, le pidió más detalles, que ella le fue dando lo mejor que pudo. Sí, seguía respirando; no, el sonido era limpio, sin sibilancias.
—¿El pulso? —repitió ella, interrogante, y estaba a punto de cogerle la muñeca a Cope cuando el hombre lobo se le adelantó. Sin aflojar la presión sobre la herida, le sujetó el brazo con la mano libre y le apoyó los dedos en el punto exacto.
—Débil y rápido, unos ciento cincuenta —transmitió ella.
—Llego en unos diez minutos —prometió él.
Riñó a alguien, probablemente a su espeluznante ayudante, Clive, y luego Cara oyó arrancar un motor. Le preguntó si debía avisar a alguien más, en caso de que necesitara ayuda aparte de la suya.
—No, gracias —rechazó ella—. Tú date prisa. Cope se está quedando muy pálido.
Snyder masculló algo ininteligible y colgó. Cara suspiró aliviada y se volvió hacia Cope y el hombre lobo. —Deberías vestirte —le aconsejó a este último—. Yo me encargo.
Le apartó la mano y vio que su propio abrigo estaba ya empapado de sangre. Él se puso de pie sin decir palabra.
—Pero no te largues —le gritó mientras él trotaba hacia el otro extremo del aparcamiento—. Aún tenemos unas cuantas cosas que aclarar.
La súcubo que llevaba dentro dejó escapar un suspiro quedo.
Aquel hombre no tenía ni un gramo de grasa en el cuerpo.
Decirlo tan a las claras era arriesgado, y Cara lo sabía.
Al fin y al cabo, no sabía si era él quien había disparado a Cope.
Volvió la mirada hacia el cambiaformas búfalo, que ahora no solo estaba pálido, sino con el rostro contraído de dolor.
—El médico llega enseguida —dijo con su voz más tranquilizadora, poniendo en ella el poder de seducción justo para que se relajara—. Ya queda poco, Cope. Vamos, eres un hombre fuerte. Tú puedes. Si acabo de acostumbrarme a ti... Quédate conmigo, Cope, ¿me oyes?
Su cantinela de falsas promesas pareció surtir efecto, porque vio que ya respiraba con algo más de calma. Al menos, por una vez en la vida, sus poderes servían para algo.
Cara lo oyó antes de que volviera a entrar en su campo de visión.
Se obligó a seguir hablándole a Cope, a asegurarle lo muchísimo que lo necesitaba.
Durante todo ese tiempo, el hombre lobo no le quitó los ojos de encima, como si quisiera memorizar hasta el último detalle.
Al menos estaba callado, pensó irritada.
Hasta parecía que su voz no surtía el menor efecto en él.
Normalmente... bueno, aquella no era precisamente una situación normal.
Su guardaespaldas, al que apenas unos minutos antes había despachado como un niñero inútil, estaba herido.
Había recibido una bala que... Cara notó que se le iba el color de la cara.
Más rápido de lo que tardó en pestañear, él se levantó y se agachó detrás de ella.
Le apoyó las manos en los hombros. No apretó, como habría hecho otro para demostrar su fuerza, sino que le hizo saber sin palabras que estaba ahí.
Cara sintió en la espalda el calor que irradiaba.
El temblor que le había empezado en lo más hondo del vientre se apaciguó.
—Nueve minutos y treinta segundos —fueron las primeras palabras de Clive cuando él y su jefe salieron del discreto coche familiar.
Cara sabía que la parte trasera del vehículo estaba habilitada para transportar camillas. Todos los agentes de tráfico de la ciudad conocían el coche de Doc y tenían cuidado de no pararlo ni ponerle una multa.
Beatrice cuidaba bien de su gente.
Como siempre que veía a Clive, Cara reprimió un escalofrío de repulsión.
Tenía el rostro de un ángel y el cuerpo de un dios griego, pero por dentro estaba podrido.
No había palabra mejor para describir esa corrupción que no se veía por fuera.
Si su madre lo toleraba era únicamente por el padre.
Doc Snyder era discreto, sin escrúpulos, corruptible y un profesional excelente.
Nunca había llegado a averiguar a qué especie pertenecían los dos y, tras la primera mirada a los ojos de un azul aguado de Clive, tampoco tenía el menor interés en averiguarlo.
El doctor había empezado ya a atender a Cope, así que Cara se puso de pie.
El hombre lobo hizo lo mismo y los dos se apartaron para no estorbar a padre e hijo.
Tres minutos después, el lobo ayudó a subir a Cope a la camilla que Clive había sacado del coche familiar. —¿La cuenta de siempre? —preguntó el doctor.
Cara asintió. —¿Saldrá adelante?
—Sin duda —respondió Snyder con sequedad.
Ahora que no le quedaba nada por hacer salvo llevar a Cope a su casa, ahorraba palabras. Cara ya lo había vivido antes y sabía que cumplía con su trabajo, pero nada más. Bastante milagro era ya que le hubiera preguntado si necesitaba ayuda.
El hombre lobo y ella vieron alejarse despacio las luces traseras.
—Gracias por tu ayuda —dijo entonces Cara—. ¿Cómo te llamas?
—Ryder —respondió él—. ¿Y tú?
Tenía una voz grave y algo ronca. Estaba ahí de pie, en una postura relajada, como si no le pareciera nada raro que ella no hubiera llamado a la policía ni a una ambulancia.
—¿Te pasa esto a menudo?
Ahá, así que presenciar un tiroteo tampoco era para él cosa de todos los días.
—Soy Cara de Luca —contestó ella a su primera pregunta—. Y no, no suelen dispararme.
Él entrecerró los ojos y luego se echó a reír. —Entonces, si aprecio mi vida, más me vale mantenerme lejos de ti de ahora en adelante.
—Buena idea —convino Cara, y vio cómo se le borraba la risa de la cara.
Cayó en la cuenta de que estaba a solas con él, de charla, en un aparcamiento a las afueras de la ciudad.
Seguro que en el Red Rose ya no quedaba nadie.
Jack y su novia vampira habían sido probablemente los últimos en marcharse, por la entrada principal.
Si Jack hubiera oído el disparo, habría acudido en su ayuda sin dudarlo.
—¿Y tú qué hacías aquí?
—Esperarte. ¿Qué otra cosa iba a hacer?
Se quedó sin palabras. Al principio pensó que acababa de confesar que era él quien le había disparado, pero entonces vio la sonrisa de Ryder y lo entendió: lo había malinterpretado.
—Tú...
Ahora Cara sí que no sabía cómo acabar la frase. Dios santo, era una súcubo, ¿y se avergonzaba porque un hombre lobo quisiera salir con ella?
—¿Eso es un sí o un no?
—Primero tendrías que preguntármelo como es debido —dijo cuando por fin recuperó la voz.
Para su propia sorpresa, Cara se dio cuenta de que le devolvía la sonrisa. Era evidente que él no sabía quién era ella o, más exactamente, quién era su madre; de lo contrario, no se le habría acercado con tanta despreocupación.
—Pero sabes lo que soy, ¿no?
El corazón se le aceleró.
—Es difícil no darse cuenta.
Le echó un vistazo al pecho, donde Cara llevaba estampado el lema «Las súcubos chupan».
—Entonces, ¿tienes tiempo de tomar un café con un lobo solitario?
La tentación de decir que sí sin más era enorme.
¿Cuándo había sido la última vez que había coqueteado con un hombre que no la viera como la hija de los de Luca?
Cara ni siquiera lo recordaba. Ryder parecía un buen tipo.
No tan bueno como para que esa etiqueta equivaliera a castrarlo, pero sí simpático.
Desde luego, era lo bastante inteligente para no ir de macho, algo que a Cara le parecía muy poco habitual en un hombre lobo.
Miró su atractivo rostro con la barba de tres días y vaciló.
—Venga —la animó él, y dio un paso hacia ella. Estaba lo bastante cerca para que volviera a notar el calor de su cuerpo, pero no tanto como para dejarla sin aliento.
—¿O te da miedo no poder controlarte al verme? —Alzó una ceja con burla, quitándole así el filo a sus palabras.
—Y yo que pensaba que eras diferente de los demás hombres lobo —dijo ella con exagerada decepción, e hizo ademán de darse la vuelta. Algo de macho le quedaba, al fin y al cabo.
—Qué pena —replicó él—. Yo también pensaba que tú eras diferente. Más valiente.
Ella se volvió y ladeó la cabeza, como cabría esperar de una mujer indefensa.
—Si no te hubieras lanzado sobre mí con tanta valentía, ahora mismo te enseñaría lo que significa salir con una súcubo.
Pero te debo una. Créeme, es más sano para ti no acercarte demasiado a mí.
Y en cuanto al valor... —sonrió apenas—, a veces hace falta más valor para decir que no. Desde luego, sería lo más sensato.
—¿Siempre eres tan sensata?
—Siempre que puedo.
—Casi se diría que preferirías ser otra cosa. ¿Te da miedo tu verdadera naturaleza?
—Vale, ya basta —dijo ella—. Gracias por tu apoyo. Si puedo hacer algo por ti..., bueno, ya sabes dónde encontrarme.
Volvió al sitio donde Cope se había desplomado. Su chaqueta seguía allí; bien podía tirarla directamente a la basura.
—¿No conocerás por casualidad a alguien que tenga trabajo para mí?
Cara se detuvo y se volvió. Había amanecido. Estaba cansada y quería irse a casa, meterse en la cama, cerrar los ojos y no pensar en que alguien había intentado dispararle. ¿Era el shock o de dónde salía aquella inmensa indiferencia?
—¿Todo bien? —La voz de Ryder irrumpió en sus pensamientos—. Vamos, te llevo a casa. Estás temblando.
Cara estaba casi demasiado agotada para negar con la cabeza, pero lo consiguió.
—No, estoy bien.
—Yo lo veo de otra manera —insistió él.
Por un instante se le apareció la posibilidad de ceder: se vio a sí misma dándole las llaves del coche al hombre lobo, hundiéndose en el asiento del copiloto y apoyando la cabeza contra la puerta mientras él la llevaba a casa.
—¿Qué os pasa a los hombres lobo, que siempre tenéis que ir de macho alfa? —Cruzó los brazos sobre el pecho y volvió a dejarlos caer cuando el hedor de la sangre de Cope le llegó a la nariz—. Preguntaré por ahí si hay trabajo. Vuelve mañana al Red Rose; seguramente entonces sepa algo más.
Cada palabra le costaba un esfuerzo. Los ojos se le cerraban como si tuvieran vida propia y desafiaran sus órdenes.
Tenía frío y ni siquiera podía ponerse su chaqueta favorita, manchada de sangre.
Bajó la vista al extravagante cuello de plumas de imitación y se fijó por primera vez en que las delicadas estructuras se habían pegado entre sí.
Se quedó mirando aquella masa oscura y notó que le flaqueaban las rodillas.
Podría haber sido su sangre. Su mirada se desvió hacia el lugar donde Cope se había desplomado.
¡Él había recibido la bala que iba destinada a ella!
Ni siquiera se había dado cuenta de que el hombre lobo se había colocado detrás de ella.
Solo cuando Ryder le echó la chaqueta por los hombros y la envolvió el calor que aún conservaba, el pánico que iba subiendo cedió un poco.
Ni se le había ocurrido llamar a Jack para que limpiaran el aparcamiento.
Soltó su chaqueta y rebuscó frenéticamente el móvil en el bolso.
—Déjame ayudarte —dijo Ryder, y se puso al lado de Cara—. Estás en estado de shock. Si no me dejas llevarte a casa, deja al menos que llame a alguien para que venga a recogerte.
Esperó a que ella le tendiera el móvil.
—¿Seguro que no quieres llamar a la policía?
Sus ojos se detuvieron en el rostro de Cara y, igual que en su voz, a ella le pareció detectar en ellos un atisbo de desafío.
—Sí, esa soy yo.
Se encogió de hombros, o al menos lo intentó. El gesto quedó a años luz de su fluidez habitual.
—Alguien como tú debería saber que aquí los polis no son bien recibidos.
Marcó el número de Jack, que se sabía de memoria.
—No conozco a un solo lobo que se lleve bien con la ley —comentó, y le dio la espalda mientras esperaba a que Jack cogiera por fin el teléfono.