CAPÍTULO 5
RYDER
Ryder esperaba con paciencia a la sombra de los arbustos que bordeaban el aparcamiento de detrás del Red Rose.
Vio cómo se apagaban las luces de la planta superior y cómo las empleadas que ejercían allí arriba su dudoso oficio iban saliendo una tras otra.
Estaban sorprendentemente alegres, pensó mientras aguzaba el oído.
Cualquiera habría dicho que volvían a casa con sus familias después de una jornada de lo más normal en la oficina.
Ryder sabía que, bajo la protección de Sorrentino, la actividad de aquellas cuatro mujeres y aquel hombre no se consideraba oficialmente prostitución, pero él era de los que llaman a las cosas por su nombre.
Sorrentino y, por extensión, Beatrice de Luca, hacían de caseros que alquilaban habitaciones a aquellos seres por una cuota mensual fija.
Según la ley, no eran proxenetas. Apretó los labios.
Era hilar muy fino. Puede que los policías cambiaformas locales se conformaran con eso y miraran hacia otro lado, pero, si de él dependiera, le apretaría las tuercas al viejo cambiaformas león y a su jefa.
Sin embargo, su contacto le había dejado muy claro que eso no era lo que se buscaba.
Todavía no, pensó Ryder. Cuando terminara el trabajo encubierto, ya no habría motivo para contenerse.
Todo su ser se rebelaba contra aquella forma de explotación, porque, por mucho que se le cambiara el nombre, no era otra cosa.
Una cosa era que dos adultos se encontraran de igual a igual, de mutuo acuerdo, y decidieran compartir la cama.
Otra muy distinta, ofrecer la posibilidad de «desahogarse», como se decía tan finamente, no solo a seres paranormales, sino también a determinados humanos.
Había visto a dos humanos subir las escaleras hacia la planta superior del club.
Uno de ellos había estado con la vampira, seguro: la piel pálida y las gotas de sudor lo delataban.
Ryder no sabía con quién había estado el otro, pero también había reaparecido sano y de una pieza.
Al menos por lo que él pudo apreciar. Quizá pudiera entender que algunos hombres pagaran por sexo, pero que aquellos tipos se jugaran la vida no lo comprendería nunca.
¿Aburrimiento? Lo más probable era que buscaran la emoción que no les daban sus trabajos anodinos.
En fin, por el momento no era asunto suyo.
Primero tenía que centrarse en acercarse lo suficiente a la madre y la hija de Luca para vigilarlas sin llamar la atención.
Por desgracia, el puesto de guardaespaldas de la hija ya estaba ocupado.
Habría sido la ocasión perfecta para no separarse de ella.
La puerta trasera se abrió, pero quien salió no fue Cara de Luca, sino su prima Elizabeth Rivington.
Antes de que la puerta se cerrara, miró atrás una vez más.
Era bastante menuda, incluso para ser una cambiaformas hiena, pero, igual que Cara de Luca, no era un ser paranormal de pura raza.
En su partida de nacimiento el padre figuraba como desconocido y podía ser casi cualquier cosa, desde un humano normal hasta un hombre lobo.
Ryder sabía que entre los paranormales existía un movimiento que abogaba por una estricta segregación racial, pero él nunca había formado parte de él.
Tenía compañeros que eran seres mestizos y a los que sentía más cercanos que a su propia familia.
Observó a Elizabeth mientras se dirigía a su coche.
Caminaba con la cabeza baja, como si le diera vueltas a algo.
Sus pasos eran lentos y entonces volvió a mirar atrás por segunda vez.
Tomó nota mentalmente de interrogarla con discreción.
Estaba claro que algo la había molestado, puede que incluso la hubiera inquietado.
A veces eran las observaciones más insignificantes las que al final ayudaban a atrapar al culpable.
Al otro lado del aparcamiento se oyó un chasquido.
Sonó como si alguien hubiera pisado una rama.
Alguien que acechaba entre las sombras y esperaba con paciencia, igual que hacía él en ese momento.
Ryder maldijo para sus adentros cuando oyó arrancar un motor y, poco después, Bessie pasó por delante de él con la mirada clavada en la carretera.
La inquietud que había sentido al verla se convirtió en auténtica preocupación.
Ryder había aprendido por las malas a confiar en su instinto, y todo en la postura de Elizabeth le decía que había advertido algo importante.
Estaba a punto de retirarse para seguirla y dejar la vigilancia de la hija de los de Luca para el día siguiente cuando esta salió del club acompañada del cambiaformas búfalo.
Ryder se quedó inmóvil mientras el hombre recorría cuidadosamente el aparcamiento con la mirada.
Incluso intentó captar algún olor. Ryder contuvo un resoplido de desprecio.
Los cambiaformas búfalo no eran precisamente famosos por su olfato, pero, aparte de eso, el viento tampoco soplaba a favor.
Ryder se había asegurado de ello antes de apostarse allí.
Nadie que estuviera en la puerta trasera detectaría su olor.
El búfalo hizo todo un despliegue al inspeccionar el aparcamiento desierto.
O quizá simplemente necesitara todo ese tiempo.
Ryder lo oyó preguntarle a la mujer cuál era su coche y comprobar una vez más que nadie acechaba escondido.
Ryder notó que su respeto por aquel tipo enorme crecía.
Estaba claro que no era la primera vez que protegía a alguien.
Por fin se pusieron en marcha. Ryder quería ver cómo se comportaba la princesa cuando creía que nadie la observaba.
Su lenguaje corporal en el club había sido una mezcla desconcertante de descaro y humildad, con una tristeza oculta por debajo.
¿Cuál podía ser la causa de semejante caos emocional en su interior?
No le faltaban bienes materiales, pero desprendía el aura de una mujer solitaria, con pocos amigos y, desde luego, sin amante ni novio, lo que explicaba también su delgadez excesiva.
¿Era exigente o le daba reparo drenar la energía de los demás?
Ryder se obligó a centrarse. Especular sobre Cara no lo llevaría a ninguna parte.
Su mirada voló al otro lado del aparcamiento.
Esta vez fue un roce de hojas lo que le llamó la atención.
Los músculos se le tensaron mientras no perdía de vista a Cara y a su guardaespaldas e intentaba localizar el origen del ruido.
Empezó a desabotonarse la camisa y se quitó los zapatos y los vaqueros.
Estaba lo bastante oscuro para que no lo descubrieran de inmediato entre los arbustos, y quería estar preparado por si tenía que transformarse a toda prisa.
Toda aquella situación no le gustaba nada.
El mismo viento que ocultaba su olor se llevaba también cualquier rastro de otro observador.
Entrecerró los ojos y dejó de prestar atención a las dos figuras que se acercaban al coche.
Más que verlo en la oscuridad, apenas iluminada por las farolas, intuyó el movimiento, pero su cuerpo reaccionó antes de que pudiera decidir conscientemente qué hacer.
Soltar al lobo fue cuestión de segundos.
Ryder sintió cómo le cambiaban las extremidades, cómo los dedos se le convertían en garras y la boca en un hocico de lobo.
Ya no sentía el dolor de los colmillos al rasgarle la mandíbula, ni el del pelaje que le brotaba para cubrirle el cuerpo en una fracción de segundo.
El cambio más llamativo para él, como siempre, era la visión limitada de los colores, que le parecía un paso atrás frente a la mejora explosiva del olfato y el oído.
Apenas le dio tiempo a registrar la transformación antes de que el lobo tomara el mando y actuara.
El estruendo del disparo resonó en sus sensibles oídos.
El búfalo cayó de rodillas y se quedó así el tiempo suficiente para que Ryder distinguiera la expresión de sorpresa que precedía al dolor.
En una fracción de segundo calculó dónde estaban sus prioridades.
El búfalo estaba herido; ahora se trataba de evitar que la súcubo sufriera daños graves.
Su cuerpo de lobo ya se había puesto en movimiento, con la mirada fija en los arbustos donde se había escondido el tirador.
Oyó unos pasos apresurados sobre el cemento.
Algo cayó al suelo con gran estrépito. El hombre había soltado el arma.
Eso era bueno, porque significaba que el siguiente ataque tendría que ser directo.
Dada su falta de profesionalidad, era muy poco probable que el tirador llevara una segunda arma.
El tiempo que había necesitado para aquella valoración más instintiva le había bastado para llegar hasta la mujer.
Ella miraba al hombre tendido a sus pies sin comprender qué había pasado.
Ignoró el olor de la sangre en la medida de lo posible y saltó hacia ella.
Consiguió derribarla y, con una hábil voltereta, dejó que cayera sobre su cuerpo antes de hacerla rodar y cubrirla.
Por un instante se le pasó por la cabeza la pregunta de por qué hacía aquello en lugar de perseguir al tirador, pero eso era secundario por ahora.
El sonido de la tela al rasgarse que había oído antes de saltar sobre la súcubo, y los inconfundibles ruidos que acompañan a una transformación, no dejaban lugar a dudas.
El atacante era un cambiaformas. Y las dotes de Ryder como rastreador eran lo bastante buenas para seguirle el rastro al hombre incluso horas después.
Bajó la mirada, con sus ojos de lobo, hacia la mujer que yacía debajo de él jadeando en busca de aire. Intentó esbozar una sonrisa tranquilizadora, y supo que no lo había logrado al ver cómo crecía el miedo en sus ojos.
Si no quería tener que lidiar de inmediato con una súcubo histérica, necesitaba volver a transformarse cuanto antes.