A la sombra de la Dalia Negra (Policías cambiaformas: investigaciones paranormales nº 3) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

CARA

Algo falta de aliento, Cara hizo desaparecer el cartel del mostrador y se puso con los pedidos acumulados.

Se movió tras la barra como un torbellino, como si le fuera la vida en ello.

No era el caso, pero mantenerse ocupada la ayudaba a olvidar la humillación de antes.

No sabía qué era peor: que el lobo desconocido se hubiera apartado de ella sin más o que ahora todo el mundo supiera que tenía una niñera.

Ni siquiera podía culpar a Cope. Solo hacía lo que Jack Sorrentino y Beatrice le habían ordenado.

Le pasó un zumo sin decir palabra e intentó esbozar una sonrisa de disculpa.

No se le olvidaría pronto verlo intentar bailar con aquella torpeza.

Sabía que podía ser una zorra egoísta. Pero Cope no se merecía que los demás se burlaran de él solo porque no poseía la gracia de un lobo.

Se juró que dedicaría a su investigación aún más empeño que hasta entonces.

¡Tenía que haber alguna forma de mantener a raya a la súcubo que llevaba dentro!

Mejor aún sería librarse del todo de esa parte de su naturaleza, aunque dudaba que fuera posible.

Tal vez debería dejar de guardar el secreto y preguntar a sus tías.

Las dos regentaban una tienda de antigüedades en Sunset Boulevard.

Esa era la versión oficial. La extraoficial tenía mucho que ver con lo que demandaba en ese momento el mercado paranormal.

No tenían reparos en vender corazones secos de sapo, pero no era con eso con lo que ganaban el dinero de verdad.

Cara sospechaba que Delia y Margaret solo se mantenían a flote porque Beatrice les conseguía algún trabajo de vez en cuando.

Sorrentino se coló detrás de ella.

—¿Todo bajo control?

—Claro —respondió ella, ignorando el calor a su espalda.

Como casi todos los cambiaformas, Jack tenía una temperatura corporal elevada. Algo relacionado con su capacidad de transformarse y con el gasto de energía. Le sirvió la bebida a la vampira de la planta de arriba, que se había presentado como Melissa.

—Un Bloody Mary —dijo en voz alta, en atención al humano que estaba al lado de la chupasangre.

Él se estremeció, y Cara supo que Melissa debía de haberlo rozado.

Jack dio un paso adelante y se inclinó hacia ella con gesto amenazador.

La vampira le dedicó una sonrisa provocadora y se apartó rápidamente.

Tras aquella fachada descarada se escondía mucho más respeto por el jefe del Red Rose del que Melissa estaba dispuesta a admitir. La mirada de Jack recorrió al hombre.

—¿Todo bien? —preguntó, casi con las mismas palabras que había usado con ella.

—Claro —respondió el humano—. Pero, si me preguntas a mí, aquí hay algo que no cuadra. Toda la gente es un poco rara, si sabes a qué me refiero.

Los ojos del hombre se desviaron hacia la camiseta de ella.

—Y ¿quién demonios ha oído hablar de un grupo que se llame «Succubi Suck»? Seguro que es un grupo de nenazas.

Cara le acercó el Kamikaze por la barra. Él dio un sorbo, hizo una mueca y puso cara de haber mordido un limón.

—Le falta vodka —comentó.

Cara, que notaba la tensión creciente de Jack, le dedicó al hombre una sonrisa radiante.

—Lo siento muchísimo, pero hoy es mi primer día aquí. Te preparo otro, ¿vale?

—¿Este al menos lo invita la casa? —preguntó el tipo, mientras el hombre de al lado empezaba a tamborilear impaciente con los dedos sobre la barra.

Cuando ella asintió, el humano se bebió el contenido de un trago. Cara le dio un codazo en las costillas a Jack, cuyos ojos habían adquirido un inquietante tono dorado.

—Vete a tu despacho —le dijo—. Yo me encargo. No querrás acabar incumpliendo tus propias normas, ¿verdad?

Lo último que necesitaban en ese momento era que un cambiaformas león perdiera el control en el Red Rose.

—Y Cope sigue aquí —añadió rápidamente, mientras esta vez se saltaba el hielo picado y echaba un chupito extra de vodka.

No volvería a quejarse de cócteles aguados.

Jack se marchó después de lanzarle a Cope una mirada de advertencia. Cara sonrió para sí. Le vino a la cabeza la imagen de un rabo entre las piernas, pero si Jack Sorrentino era algo, era sensato y tenía la cabeza en su sitio. Sabía cuánto se jugaba.

Después del alborotador y del impaciente llegó una mujer que quería un capuchino, y por fin empezó a despejarse el caos que había dejado tras sí su fallida actuación de baile.

Eran las cuatro de la madrugada cuando los últimos clientes abandonaron por fin el club.

Cara se dio cuenta de que el lobo solitario no estaba entre ellos.

Lo había perdido de vista en algún momento entre las tres y las tres y media.

Lo cual no tenía importancia, como se dijo por tercera vez.

Era un tipo interesante, pero no lo bastante como para romper la dieta que se había impuesto.

Además, aquel día ya había probado a un hombre.

No, había sido el día anterior, se corrigió Cara, lo que también explicaba aquella sensación de vacío en el estómago.

Todavía tenía el hambre bajo control. ¿Había merecido la pena recaer para reponer reservas o se estaba engañando a sí misma?

No, pensó, intentando ser sincera consigo misma.

Si quería darle la espalda para siempre a Los Ángeles y a su madre, necesitaba hasta el último gramo de fuerza que pudiera reunir.

Por la cabeza de Cara pasó el desagradable pensamiento de que no tenía menos escrúpulos que Beatrice.

«El fin justifica los medios» era el mantra recurrente que oía en casa cada vez que expresaba sus dudas sobre los métodos de su madre.

Bessie se acercó a ella y la rescató de aquellas oscuras cavilaciones sobre sí misma.

—Bueno, ¿qué tal tu primer día en el nuevo trabajo?

Cara se encogió de hombros.

—Bien, supongo. Gracias por poner a Bowie.

—¿Quién era ese tío tan bueno que estaba a tu lado?

—Ya conoces a Cope —bromeó Cara—. Si quieres, le paso tu número. Supongo que, de ahora en adelante, Cope y yo vamos a pasar mucho tiempo juntos.

—No te vayas por las ramas —replicó Bessie.

Cara la miró sorprendida. Su prima no sonaba tan animada como de costumbre, aunque intentaba disimular el bajonazo.

—Me refiero al lobo, el único que no salió huyendo de la cara de pocos amigos de Cope.

—Ni idea de quién es. No se me presentó.

El mal humor de Bessie se le estaba pegando; si no, ¿por qué se le estaba cayendo el ánimo también a ella por debajo de cero?

—Parece que es nuevo en la ciudad —Bessie se hizo eco de lo que Cara había pensado antes—. No me importaría que le dieras mi número.

—Claro. ¿Y que Sarah me corte la cabeza?

La mención de la novia de Bessie devolvió el brillo a los ojos de su prima, tal como Cara pretendía.

—Por un tipo como él...

—...no se te ocurriría ni en sueños dejar a la mujer por la que rompiste con tu familia.

Lo que había desatado olas de indignación en la familia no era que la amante de Bessie fuera una mujer, sino que fuera «solo» humana.

Los de Luca y los Rivington, la familia de su padre, no tenían reparos en aceptar dinero de los humanos, pero, cuando se trataba de relaciones serias, ponían el límite en aquella especie inferior, como Cara había oído más de una vez de boca de Delia y Margaret.

—¿Por qué tienen que ser nuestros hijos los que salgan así? —les había preguntado Beatrice a las tías cuando se enteró de que Bessie se había ido de casa.

Aun así, la madre de Cara se había ablandado cuando Bessie le pidió trabajo, a diferencia de las tías.

Las dos habían borrado sistemáticamente cualquier recuerdo de Bessie del piso que compartían.

Cara se había preguntado a menudo si su madre haría lo mismo en caso de que ella consiguiera escapar por fin.

Con los demás, Beatrice podía ser sorprendentemente sensible.

Pero no con su propia hija. Era capaz incluso de intentar emparejarla con un hombre que tuviera las manos tan manchadas de sangre como las de ella misma.

Como si lo hubieran invocado, Jack Sorrentino apareció detrás de Bessie.

Melissa se aferraba a su brazo, y Cara se dio cuenta de algo que habría advertido antes de no haber estado tan ensimismada: Jack y Melissa eran pareja.

Eso explicaba tanto la sonrisa descarada de la vampira como el gruñido de él, que era más una señal de posesividad que de fastidio.

Los cambiaformas masculinos tenían fama de posesivos, y esa era una de las razones por las que Cara prefería evitarlos.

Una súcubo no podía alimentarse de un solo hombre; era sencillamente imposible.

Cualquiera que quisiera estar con ella tenía que ser capaz de compartirla.

Las posibilidades de encontrar un ejemplar masculino que, además de ser razonablemente atractivo, tuviera la generosidad y el amor suficientes para aceptar saberla en brazos de otro hombre eran prácticamente nulas.

Así que no le quedaba más remedio que renunciar al amor por el resto de su vida o arrancarse de dentro a la súcubo.

Bessie se despidió a toda prisa. No había mucho cariño entre ella y los vampiros, de ahí que prefiriera evitar a los chupasangres.

Cara la observó marcharse y gimió para sus adentros cuando la enorme silueta de Cope asomó detrás de la dispar pareja de tortolitos.

Bueno, no había nada que hacer al respecto.

Con suerte, no insistiría encima en dormir en el suelo, delante de su cama.

Les lanzó a Jack y a su novia un «buenas noches» exageradamente alegre antes de dirigirse al cuartito que había detrás de la barra.

Cope la siguió pisándole los talones. Abrió su taquilla, cogió su chaqueta roja favorita, la del extravagante cuello de plumas, y se colgó el bolso del hombro.

Tenía el coche aparcado en el estacionamiento del local, a menos de doscientos metros.

Ahora que su turno había terminado, notaba cómo se iba desvaneciendo el subidón de energía de la tarde anterior.

«¿Así es como se sienten siempre los humanos cuando terminan de trabajar? »

—¿Has venido en coche o quieres que te lleve? —preguntó, y miró a su silencioso acompañante.

—Estaría bien que me llevaras.

—Entonces, vamos —lo apremió ella. Cuando llegaron a la salida trasera, Cope ya había tomado la delantera.

Resultaba extraño ver el cambio que se operaba en él.

Abrió la puerta que daba directamente al aparcamiento y cubrió con su cuerpo el de ella, mucho más pequeño.

Solo cuando estuvo absolutamente seguro de que no había nadie merodeando en la oscuridad le indicó que lo siguiera.

¡Con qué seguridad se movía ahora! No quedaba ni rastro del hombre que se había balanceado torpemente de un lado a otro en la pista de baile.

Ahora caminaba con las piernas bien separadas y pasos firmes.

—¿Ese es tu coche? —Señaló con la cabeza el pequeño vehículo rojo aparcado al fondo.

Cara asintió, hasta que recordó que seguía a su espalda y que él no podía verla.

—Sí —confirmó. Cope olfateó el aire. Gruñó algo que ella no entendió.

Impaciente, cambió el peso de un pie al otro.

¿Pensaba quedarse allí plantado toda la noche?

¡La espera la estaba poniendo nerviosa! Para distraerse, buscó las llaves del coche en el bolso.

—No hay moros en la costa. —Cope echó a andar delante sin dejar de girar la cabeza de derecha a izquierda.

Cara respiró hondo e intentó sacudirse la creciente inquietud.

No había motivo para que el asesino la estuviera acechando precisamente a ella.

Ni siquiera había empezado a hacer preguntas incómodas.

Nadie salvo Beatrice y Jack conocía el verdadero motivo de su presencia en el Red Rose.

Todos los demás, incluso Bessie, daban por hecho que por fin se estaba familiarizando con el trabajo que formaba parte de su futura herencia.

Le subió a la garganta el impulso de soltar una risita histérica.

Beatrice se comportaba como si dirigir una organización criminal no fuera muy distinto de…

llevar una fábrica de zapatos o una tienda de ultramarinos, cuya gestión sabía que quedaría en manos de su heredera tras su muerte.

Claro que, de niña, a Cara le había parecido completamente normal que su madre apareciera a menudo en compañía de individuos extraños que llevaban armas como otras personas llevan flores en el ojal.

Había crecido entre historias sobre la disciplina que debía mantenerse y los duros castigos que se imponían cuando se quebrantaban las reglas de Beatrice.

Hasta que entró en el instituto no se dio cuenta de que los demás niños no sabían distinguir una Beretta de una Sig Sauer como ella, ni les parecía normal que Cara les ordenara inclinarse ante ella.

Beatrice la sacó del colegio enseguida y se encargó de que recibiera clases particulares.

Se dio cuenta demasiado tarde de que Cope se había detenido y chocó contra su enorme mole.

Fue a preguntarle qué pasaba, pero entonces todo ocurrió a una velocidad vertiginosa.

Él se desplomó a sus pies como si lo hubiera golpeado una maza invisible.

Cara solo comprendió lo que había pasado cuando vio el charco de sangre que se extendía por su pecho.

Se quedó mirando la mancha, cada vez más grande, mientras la arrojaban violentamente al suelo.

Alguien o algo se abalanzó sobre ella. La presión repentina en el pecho la dejó sin aliento.

Miró fijamente dos ojos amarillos y brillantes en un rostro cubierto de pelo, y vio cómo la criatura enseñaba los dientes.

Había una cantidad enorme de dientes en una boca demasiado ancha.

La risita histérica volvió a brotarle en la garganta; no podía evitarlo, simplemente.

—Abuelita, ¿por qué tienes tantos dientes?

—dijo, o creyó decir; ya no lo sabía. El asesino la había encontrado.

Se estaba muriendo en el sucio aparcamiento del club, y todos los planes de su madre estaban condenados al fracaso.