A la sombra de la Dalia Negra (Policías cambiaformas: investigaciones paranormales nº 3) CAPÍTULO 3
11%

CAPÍTULO 3

RYDER

Ryder sintió los ojos de la princesa de la mafia clavados en su rostro mientras se abría paso hacia la pista de baile.

La música era justo de su gusto. El hard rock, alguna incursión en los ochenta y las típicas voces oscuras de las bandas góticas no le dejaban los pies quietos.

Había llegado a L.A. hacía tres días y no había encontrado tiempo para salir a correr.

El cuerpo le ardía de energía acumulada sin sentido, una energía de la que tenía que deshacerse desesperadamente antes de estallar.

Un pequeño baile con la hija de la Madrina era justo lo que le hacía falta para dar un paso en la dirección correcta.

Si todo salía según lo previsto, Cara de Luca sería su pasaporte al mundo de los paranormales de la ciudad.

La conocería, la cortejaría, conseguiría acceso a la casa de su madre y, con eso, iría mucho más adelantado en sus investigaciones que sus dóciles compañeros de la comisaría local.

Después de estudiar —o, mejor dicho, memorizar— el expediente, estaba convencido de que la serie de crímenes de imitación tenía que ver con la familia de Luca.

Lo único que no sabía aún era cómo. Al principio había pensado en un acto de venganza contra Beatrice, pero, literalmente, no había nadie en la zona que no cantara sus alabanzas.

Incluso los policías la tenían por una aliada fiable para mantener la paz y el orden entre los paranormales.

Resopló. Una primera comprobación superficial de sus compañeros no había dado nada, aunque tampoco lo esperaba.

Cerró los ojos y respiró hondo antes de pisar la pista.

Se había aprendido de memoria el olor de la princesa cuando le pidió la cerveza y sabía que se le acercaba por la izquierda.

La DJ rubia, que era su prima, hizo sonar los primeros compases de una vieja canción de Bowie.

Era «Let's Dance». Desde luego, había llegado el momento de bailar un poco.

El hombre encargado de vigilarla estaba medio metro detrás de ella.

Se tomaba su trabajo en serio, pero no era lo bastante ágil ni lo bastante rápido de reflejos para servirle de ayuda en caso de emergencia.

Estaba claro que Mama de Luca intentaba tranquilizar a su gente mandando a su preciada hija a primera línea, mientras seguía tratando de protegerla de cualquier daño.

Ryder se abrió paso bailando hasta el centro.

Se arrimó un momento a una pelirroja guapa, que respondió pegándose a él sin perder el ritmo.

Ryder le sonrió y dejó que la marea de cuerpos acalorados lo arrastrara más a la izquierda, hacia Cara.

Ahora solo estaba a medio metro de ella.

La foto del expediente no le hacía justicia, pensó.

Los ojos oscuros, las cejas angulosas y el pelo negro eran iguales que en la imagen, pero el fotógrafo no había conseguido captar su vitalidad.

Rebosaba alegría de vivir, aunque por debajo latía algo oscuro que no acertaba a definir.

Estaba más delgada que en la foto, tomada hacía menos de un año y medio.

Había perdido diez kilos, calculó. En una súcubo eso era poco habitual, aunque quizá tuviera algo que ver con su metabolismo de hiena.

Al fin y al cabo, solo era medio súcubo.

Sonrió de oreja a oreja cuando se fijó en la camiseta de ella.

Llevaba escrito en el pecho: «Las súcubos chupan».

En efecto. Así que no solo era guapa, sino que también tenía sentido de la ironía.

Por primera vez intuyó que conquistar a Cara de Luca quizá no fuera tan fácil como había imaginado.

Pero ¿para qué estaban los desafíos si no para aceptarlos?

Ya estaba justo delante de ella. El corpulento cambiaformas que estaba detrás de ella ni siquiera fingía bailar: se quedó completamente inmóvil.

Más de una vez alguno de los bailarines chocó contra él, sin que él se diera siquiera por enterado.

Tenía la mirada fija en Ryder, que se tensó sin querer.

Solo tardó una fracción de segundo en volver a relajarse.

Saludó al hombre con un gesto de cabeza y abrió los brazos con despreocupación para que el guardaespaldas viera que no llevaba ningún arma oculta.

Quizá aquel tipo no fuera tan incompetente como parecía a primera vista, pero su presencia abiertamente amenazadora ahuyentaba al resto de la gente de la pista.

Todos, salvo Ryder, se habían apartado al menos un metro, probablemente sin darse cuenta.

Los cambiaformas y los paranormales tenían un sexto sentido muy desarrollado y reaccionaban por instinto ante una amenaza.

Cara, que hasta entonces se había movido como en sueños, abrió los ojos.

Captó lo ocurrido de un solo vistazo y lanzó al hombre una mirada mitad enfadada, mitad desesperada.

Sí, no era fácil ser una princesa, pensó Ryder, y la miró directamente a la cara.

Una fina capa de sudor le daba brillo al rostro.

¿O era otra cosa? Las súcubos no eran más que vampiras de energía, pero la mayoría saciaba sus impulsos durante el sexo, no en medio de una multitud. ¿Era eso posible siquiera?

En un gesto que decía mucho de su rebeldía, Cara bailaó acercándose más a él.

El cambiaformas la siguió con estoicismo.

Se notaba que su cometido no le hacía ninguna gracia.

Ryder movió el cuerpo al compás del de ella unos segundos, luego le guiñó un ojo y retrocedió sin dejar de bailar.

Ella lo siguió dos pasos y él no pudo reprimir un grito interior de triunfo.

Había mordido el anzuelo. Ahora solo tenía que resultar lo bastante interesante para recoger el sedal y sacar el pez del agua.