CAPÍTULO 2 #2
—No querrás arriesgarte a que tu madre pierda todo lo que ha construido en treinta años, ¿verdad?
Y antes de que insistas en que es dinero manchado de sangre —se adelantó a su objeción—, no olvides que aquí, en L.A.
, convivimos en paz como en ninguna otra gran ciudad del país.
La tasa de criminalidad paranormal es insignificante y nadie tiene motivos para quejarse. Tu madre es dura, pero justa.
Cara consiguió mantener una expresión neutra.
—Lo sé —dijo en tono conciliador, antes de que Jack se encendiera aún más—. Y créeme: por una vez quiero lo mismo que tú en este caso, que ese cabrón pare.
—Entonces nos entendemos, ¿no? ¿Nada de ir por tu cuenta?
Reprimió el impulso de cruzar los dedos a la espalda como una niña pequeña.
—No hay problema —dijo, y se puso en pie.
Las cejas color latón de Jack se dispararon cuando ella dio por terminada la conversación por iniciativa propia.
—Ahora me gustaría echar un vistazo a mi puesto de trabajo. Si surge algo más, ya sabes dónde encontrarme. Ah, ¿y dónde está mi niñera?
Hizo como si buscara al corpulento cambiaformas búfalo debajo del escritorio.
—Eres la persona más imposible que he conocido en mi vida —gruñó Jack, y se levantó también.
A través de la puerta acolchada se oía el retumbar amortiguado de los bajos. Su prima estaba haciendo la prueba de sonido, lo que significaba que el club abriría sus puertas en media hora como muy tarde.
—Cope te espera ahí fuera.
Jack se acercó a ella y le agarró el hombro. Antes de darse cuenta de lo que hacía, Cara se sacudió su mano de encima.
—Ya encontraré el camino —dijo, antes de que él pudiera dar voz a su orgullo herido.
Era lo último que necesitaba. Diez años atrás se habría alegrado de que le dedicara aunque fuera una mínima parte de la atención que le prestaba hoy.
Pero eso había quedado atrás. Entonces él solo tenía ojos para Beatrice, y ahora Cara quería cualquier cosa menos un hombre que contara con la aprobación de su madre.
Parecía que iba a haber complicaciones.
Cinco horas más tarde a Cara le dolían los pies, tenía la camisa empapada de sudor y manchada de distintos licores, y estaba más que harta de Cope, que se tomaba su trabajo de guardaespaldas tan en serio como ella se había temido.
Al primer hombre que se quedó mirándole la camisa demasiado rato, Cope lo había sacado a la calle sin miramientos antes de que entendiera qué pasaba.
El pobre hombre —un humano— seguramente no volvería a pisar el Red Rose; de eso Cara estaba segura.
Otro, un vampiro bastante joven, le pidió el número de teléfono.
Cope lo amenazó con un arreglo dental gratis.
Antes de que aquel duelo verbal cargado de testosterona llegara a las manos, Cara intervino y, con Cope pisándole los talones, fue en busca de Jack.
El resultado era un cambiaformas búfalo al borde de las lágrimas, sentado obedientemente en su taburete al final de la barra, que le lanzaba miradas dolidas.
Echó un vistazo a la clientela. Ninguno le había llamado la atención.
Conocía al menos de vista a la mayoría y no sospechaba de ninguno de ellos como asesino de las jóvenes paranormales.
Hasta entonces solo había hojeado los expedientes, pero si el asesino seguía la brutalidad de su modelo, las mujeres habían muerto de una forma bestial.
Una cosa era ocuparse de adolescente de un crimen ocurrido décadas atrás, que había servido de plantilla para un montón de historias de terror.
Otra muy distinta, saber que un hombre había conseguido matar incluso a un vampiro.
Hacía falta una fuerza física que apenas poseía ningún otro ser paranormal, y mucho menos un humano.
Las historias de las estacas y la luz del sol eran una soberana tontería.
Para enviar a un vampiro al más allá por segunda y última vez había que cortarle la cabeza.
Apenas nadie, salvo otro vampiro y quizá un hombre lobo muy experimentado, era lo bastante rápido para acercarse siquiera a un chupasangre con un cuchillo.
Cara estaba segura al noventa por ciento de que el asesino era un vampiro.
Así que se centró en los nosferatu presentes y en un hombre lobo especialmente fuerte que debía de ser nuevo en la ciudad.
Nunca lo había visto antes y, aunque se abría paso entre la multitud con toda tranquilidad, como si el Red Rose fuera suyo, no lo vio saludar a nadie ni al contrario: ningún cliente le dedicó un gesto con la cabeza.
La mayoría lo miraba un instante de arriba abajo antes de volver a su copa o a su interlocutor.
Dos de las clientas habían intentado entablar conversación con él, pero las había despachado y había seguido bebiendo su cerveza con calma antes de cerrar los ojos y entregarse otra vez a la música.
Cara vio que movía la cabeza al ritmo mientras Bessie pinchaba algo de AC/DC.
No pudo reprimir una sonrisa. «Típico hombre lobo», pensó, y lo siguió con la mirada mientras se acercaba a la pista de baile.
Habría apostado la mano derecha a que en el aparcamiento había una Harley reluciente de cromados.
Las manos que le había vislumbrado cuando cogió la cerveza eran finas, pero sin las reveladoras manchas de aceite bajo las uñas de un mecánico.
O era un ejemplar especialmente pulcro de su especie, o después de todo no era como la mayoría de los chalados de la luna llena.
Desde luego olía a lobo, y la barba de tres días encajaba con el cliché tanto como la cazadora de cuero gastada.
Al verlo alejarse había comprobado que no llevaba el emblema de ninguna banda en la cazadora.
Así que era un solitario y, por tanto, problemático, pensó, y se sobresaltó cuando la voz estridente de una mujer de origen indefinible la arrancó de sus observaciones.
—Entiendo que ese tipo te haga soñar despierta, pero aquí me muero de sed.
Como para demostrarlo, sacó la lengua rosada, bífida en la punta.
—¿Y mi leche?
—Marchando —dijo Cara, y se volvió hacia la cafetera, que también daba leche caliente para casos como aquel.
Le entregó a la mujer serpiente una taza con la bebida que había pedido y luego atendió a un humano que seguía con anhelo el vaivén de las caderas de la mujer.
Estuvo muy tentada de ponerle agua en lugar del cóctel Kamikaze que había pedido, pero se contuvo.
En la entrada comprobaban la edad con rigor y, aunque convenía tener la cabeza despejada para tratar con una mujer reptil, no le correspondía dar consejos que nadie le había pedido.
De todos modos, aquel tipo no la habría escuchado: tenía la mirada casi vidriosa de deseo.
«Hombres», pensó mientras cogía uno de los vasos recién lavados.
Los cinco minutos siguientes fueron tranquilos.
Incluso Cope parecía bajar la guardia. Sentado con los hombros hundidos frente a su zumo, tenía pinta de necesitar un poco de ánimo.
Cara se acercó sin prisa al otro extremo de la barra y se dirigió a él.
—Oye, no hace falta que me vigiles todo el rato —dijo en tono confidencial—. Ya soy mayorcita. Y está tranquilo —añadió rápidamente.
—No puedo dejarte sola —refunfuñó él, y dio un sorbo a su bebida—. Ni un segundo, ha dicho Jack. Si no...
Se pasó el índice por el cuello. A Cara se le cortó la respiración. ¿De verdad el viejo león había amenazado de muerte al pobre Cope si la dejaba sin vigilancia? Mierda.
Maldiciendo para sus adentros, Cara dirigió la mirada a la masa ondulante de brazos y piernas de la pista.
Los miembros que se agitaban al ritmo sordo despertaron en ella un deseo irrefrenable de lanzarse entre la multitud y saborear un poco de la energía que los bailarines generaban en conjunto.
El sexo no era su única forma de alimentarse.
El riesgo de bañarse en la masa era perder el control.
Cuanta más gente participara en el intercambio de placer por energía, mayor era la posibilidad de que Cara se excediera con alguno de ellos.
Se lamió los labios. ¿Tenía suficiente autocontrol, después de su ayuno, para dar solo un sorbito, o se estaba sobrestimando?
Por el rabillo del ojo vio al extraño hombre lobo encaminarse con aire despreocupado hacia la pista de baile. Aquello la decidió.
—Voy a bailar un rato —dijo, y dejó en el centro de la barra el cartel que rezaba «Vuelvo enseguida». Normalmente lo usaba para avisar a los clientes de que iba al baño, pero Cara llevaba ya cinco horas y media seguidas de trabajo y se merecía un descanso breve.
—¿Vienes? —Ladeó la cabeza para indicarle al cambiaformas de búfalo que la siguiera. Ella se quedaría obedientemente cerca de él. No quisiera Dios que un hombre perdiera la vida por su culpa.
Con una vez había tenido más que suficiente.