A la sombra de la Dalia Negra (Policías cambiaformas: investigaciones paranormales nº 3) CAPÍTULO 2
5%

CAPÍTULO 2

CARA

—¡No me puedo creer que haya vivido para ver este día! —Su prima Bessie le abrió a Cara la puerta trasera del Red Rose y le dio dos besos—. Jack ya ha avisado de que venías y no te imaginas lo emocionada que estoy. ¡Por fin vamos a trabajar juntas!

Cara le devolvió el abrazo.

—Yo también me alegro de verte —dijo, y aspiró el olor característico del club. El desinfectante no conseguía tapar el aroma a sangre y sudor que percibía su fino olfato.

—Ya te acostumbrarás —le prometió Bessie, que al parecer sabía muy bien lo que le estaba pasando por la cabeza a Cara.

La joven de melena rubia e indomable la soltó y abrió la marcha.

El suelo estaba impecable y hasta los pomos de los baños relucían.

Por un instante, las paredes de color rojo oscuro del pasillo parecieron inclinarse hacia ella y Cara notó cómo le subía la náusea de siempre.

Beatrice sostenía que se debía a su resistencia a alimentarse como lo hacían los demás súcubos, pero Cara dudaba que algún día pudiera relajarse lo suficiente para disfrutar del proceso.

Probablemente fuera el único demonio del sexo de todo el mundo que no encontraba placer en la intimidad.

—Jack quiere verte —dijo, y señaló el despacho que quedaba a la derecha de la escalera que subía a la planta superior.

De arriba llegaban risas alegres. Cara negó con la cabeza.

¿Cómo podían ser tan despreocupadas las mujeres que trabajaban allí arriba?

No vendían su cuerpo por dinero, sino por información.

A sus ojos, aquello no era más que otra forma de prostitución.

—¿A eso también me acostumbraré? —preguntó señalando con la cabeza hacia la planta de arriba. Era una pregunta retórica, pero Bessie contestó de todos modos.

—Espera a conocerlas mejor —dijo mientras intentaba domarse el pelo con una goma elástica—. Te caerán bien. Y no deberías juzgarlas antes de conocerlas.

—Lo que no entiendo es cómo alguien puede hacer algo así por voluntad propia —replicó Cara.

—No todo el mundo tiene la suerte de crecer con los privilegios que hemos tenido tú y yo.

A veces no te queda más remedio que aceptar el primer trabajo que aparece.

—Se había detenido delante del despacho de Jack Sorrentino.

Sus palabras le dolieron a Cara aún más porque sabía hasta qué punto eran ciertas.

—Pero hay otros trabajos, de dependienta, por ejemplo —replicó.

—Claro —concedió Bessie, o eso pareció—.

Hola, ¿hay alguien en casa? —Le dio un golpecito en la frente con el índice curvado.

A Cara siempre le había encantado ese carácter despreocupado suyo.

Era una de las pocas personas que no le tenían ningún miedo a la princesa de Luca—.

¿Cómo va a conseguir un vampiro un puesto de dependienta?

¿O una mujer lobo uno de limpiadora? Al final alguien se daría cuenta de que falta siempre las noches de luna llena.

Y es agotador tener que contenerse todo el rato entre humanos.

Aquello era otra de las cosas que Cara solo conocía por lo que le contaba su prima, que había estudiado música unos cuantos semestres en un conservatorio de prestigio antes de volver al seno de la familia.

Las miradas raras, la desconfianza de los normales, que parecían oler por instinto que era distinta.

—Dales una oportunidad, anda —le pidió Bessie—. Y sé amable con Jack. No es mal tipo. Nos trata bien a todas, aunque tú seguro que prefieres llamarlo proxeneta de mierda. Aquí nadie tiene que hacer nada contra su voluntad y nos pagan bien. Además, nos da protección.

—Lo sé —dijo Cara, aunque por dentro pensó que esa protección no podía ser gran cosa si un asesino andaba campando a sus anchas.

Pero, al fin y al cabo, por eso estaba allí.

Volvió a besar a Bessie y le pidió que más tarde le pusiera al menos una vez «Let's Dance», de David Bowie.

Puesto que ya estaba allí, bien podía aventurarse a salir a la pista.

Le encantaba aquella vieja canción de los ochenta y hasta ella merecía cinco minutos de descanso. Eso esperaba.

Llamó educadamente a la puerta de Jack. Su voz grave gruñó algo que, con mucha buena voluntad, podía interpretarse como una invitación a entrar.

Al cruzar el umbral, el olor a felino depredador la golpeó con tal fuerza que le dio un ataque de tos.

Jack Sorrentino desprendía ese aroma masculino y almizclado que solo tiene un león viejo.

Él tuvo la cortesía de abrir enseguida una de las ventanas que daban al deprimente patio trasero y señaló las sillas que había frente a su escritorio.

—Me alegro de que ya estés aquí —dijo, y dejó que sus ojos dorados se demoraran un instante en el rostro de Cara—.

Veo que has sido lo bastante sensata para tomar algo antes de entrar a trabajar.

Tu madre dice que sabes preparar cócteles.

Aquí no tenemos nada complicado, solo una pequeña selección de las copas más habituales.

Kamikaze, Tequila Sunrise, Bloody Mary... Ese tipo de cosas.

Aquella mezcla de habla culta y desenfadada era inconfundiblemente suya.

Cara había intentado averiguar dónde se había criado, pero él guardaba un silencio de hierro sobre sus orígenes.

Algún día descubriría qué lo había llevado a Los Ángeles.

Se sentó, cruzó las piernas y se maldijo al instante por un gesto tan provocador, que atrajo la mirada de Jack hacia ellas.

La súcubo que llevaba dentro había despertado con la energía de Carter y estaba a punto de tomar el control.

—Ningún problema —se apresuró a decir Cara. Se juntó las manos con recato en el regazo y se obligó a pensar en la tarea que la esperaba—. Estoy en forma. Y sé distinguir los grupos sanguíneos, si es eso lo que te preocupa.

Los vampiros eran los únicos que recibían un trato especial en lo tocante a las bebidas.

Los demás tenían que conformarse con lo de la carta, que era compatible con los humanos.

Todo en el Red Rose, desde el letrero de neón hasta la carta de copas, estaba pensado para pasar lo más inadvertido posible a ojos humanos.

Desde fuera, el club no era más que uno de tantos locales donde la gente se divertía.

Una de las muchas normas establecía que la verdadera naturaleza de un cliente solo podía mostrarse en la planta superior.

Quien la infringiera dos veces tenía prohibida la entrada.

Y quien consiguiera colarse una tercera vez en el Red Rose y se transformara se enfrentaba a un trato especial por parte de Jack.

—Bien —dijo Jack, inusitadamente lacónico. Frunció el ceño con un gesto tan atribulado que Cara supo que tenía la cabeza en otra parte.

—No hace falta que te preocupes por mí —dijo ella. Jack volvió en sí y torció el gesto.

—No me gusta nada la idea de tu madre —admitió—. ¿Cómo voy a protegerte si hay follón arriba? Cope es un buen portero y trabajó una temporada de guardaespaldas, pero yo te conozco.

Así que ese era el problema. No confiaba en ella. ¡Y con cuánta razón!

Le costaba no cederle sin más las riendas a la seductora súcubo y embaucarlo, como podía hacer con cualquier hombre y con la mayoría de las mujeres. Pero, si cedía ahora a la tentación, retrocedería un paso más. Ya era bastante malo haber utilizado a Carter.

—¿Y qué esperas? ¿Que me haga ilusión una niñera que me acompañe hasta el baño? —Resopló—. Pero te prometo que no le daré alas. Me quedaré detrás de la barra como una niña buena, prepararé copas y haré lo que mi madre espera de mí.

—Qué canción tan nueva —comentó él con sequedad—. Sabes que tu madre me despellejará vivo si te pasa algo, ¿verdad?

—Me lo imagino. Tranquilo, no acabarás convertido en alfombra a los pies de su cama, si es eso lo que te inquieta.

—Bromear con Jack le sentaba bien, aunque estaba segura de que él solo bromeaba a medias—.

¿Has leído el expediente? —Como lugarteniente, Beatrice le habría contado lo que sabía, pero Cara no sabía si él estaba también al tanto de la influencia de su madre sobre los Policías Cambiaformas, por eso había mencionado deliberadamente solo un expediente.

Beatrice nunca jugaba con las cartas boca arriba si podía evitarlo.

Su expresión permaneció impasible. Solo el tono más oscuro de sus ojos de león delató el brusco cambio de humor. Jack asintió para confirmarlo.

—¿Por qué crees que accedí a este plan descabellado, para empezar?

Como si hubiera tenido elección frente a la férrea voluntad de Beatrice, pensó Cara.

Pero eso era típico de los cambiaformas león.

Los machos de esa especie sobreestimaban su influencia sobre las mujeres y se creían los que tomaban las decisiones.

Incluso Jack —al que se le calculaban unos cincuenta años, aunque parecía un hombre de treinta y tantos, y que tenía experiencia suficiente para dos vidas— se aferraba a la ilusión de que una de Luca le haría caso.

—Escucha, no podemos permitirnos ni un error en la búsqueda de ese hombre —continuó—. Esto no es un juego. Es importante que no des a nuestra pequeña familia una impresión equivocada.

Por un instante se preguntó, irritada, a quién se refería exactamente con «familia».

Entonces cayó en que hablaba de los paranormales que se habían instalado en Los Ángeles.

«Familia, por Dios». ¿Se estaría poniendo sentimental con los años?

Algo de lo que pensaba debió de reflejársele en la cara, porque cuando volvió a hablar lo hizo en voz baja y con énfasis.

—Corren rumores —dijo. Su voz se había vuelto más grave y había adquirido un matiz de gruñido—. Dicen que tu madre ya no es lo bastante fuerte para proteger a su gente. Todavía nadie ha exigido que la destituyan, pero...

No terminó la frase; se limitó a mirar a Cara con elocuencia.