A la sombra de la Dalia Negra (Policías cambiaformas: investigaciones paranormales nº 3) CAPÍTULO 1
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A la sombra de la Dalia Negra (Policías cambiaformas: investigaciones paranormales nº 3)

A la sombra de la Dalia Negra (Policías cambiaformas: investigaciones paranormales nº 3)

Por Sadie De Winter

© inepub.com

CAPÍTULO 1

CARA

Cara apartó el Tequila Sunrise que María le había servido. Incluso desde donde estaba olía que el cóctel llevaba demasiado alcohol y poca granadina para su gusto.

—Me gustaría un té, si no es mucha molestia —dijo, y le dedicó una sonrisa al ama de llaves de su madre.

Sin cambiar de expresión, María asintió y se marchó sin hacer ruido, mientras su madre fruncía el ceño con desaprobación.

—¿Por qué no puedes decir de una vez y con claridad lo que quieres?

Suspiró teatralmente y se echó hacia atrás el pelo castaño oscuro.

Su madre seguía siendo una mujer de una belleza hechizante, pensó Cara con una punzada de envidia.

Beatrice de Luca era una belleza clásica: pómulos altos, ojos oscuros y rasgados y una piel por la que cualquier modelo mataría.

Cara no era la única que sabía que detrás de aquel exterior seductor había una voluntad de hierro, pero a veces habría deseado que su madre fuera un poco… bueno, más maternal. Y más amable.

—Tampoco cuesta nada ser educada con los empleados —replicó, y observó cómo Beatrice bebía un sorbo de su Manhattan con gesto de dama.

Rara vez llamaba «madre» a la mujer que la había traído al mundo.

«Mamá» era impensable, igual que «mami».

A veces a Cara le costaba contenerse para no cuadrarse cuando Beatrice daba una orden.

Habría sido una magnífica sargento instructora del Ejército, pensó Cara, incapaz de reprimir una sonrisa al imaginarse a su madre, siempre con elegantes trajes de pantalón, vestida de camuflaje.

Seguramente habría conseguido estar impecable incluso con eso.

La única reacción de Beatrice fue otro suspiro, con el que expresaba su descontento por aquella hija descarriada.

Cara conocía ese sonido lo bastante bien como para interpretar las mil variantes en que salía de los labios de su madre.

Aquel era el suspiro paciente. Cómo no. Beatrice quería algo de ella; si no, jamás habría montado aquel teatrillo de cócteles en el invernadero.

—¿Qué puedo hacer por ti, madre?

Más valía ir al grano. Cuanto antes acabara la conversación, antes podría volver a sus libros.

—Quiero que te encargues de un trabajo para mí —dijo su madre, y se recostó, relajada, en el sillón de mimbre acolchado.

Estaba sentada a la derecha de Cara, desde donde podía vigilar a la vez la puerta y el jardín.

Cara no se lo pensó mucho antes de levantarse.

—Olvídalo —dijo con deliberada indiferencia, sin molestarse en ocultar el desprecio—. Te he dicho mil veces que no voy a hacer tu trabajo sucio.

Beatrice seguía igual de relajada, y eso hizo que a Cara le hirviera la sangre.

—¿Quién es esta vez? ¿Un político con el que quieres que me acueste para enterarme de sus trapos sucios? ¿Alguien de la policía? Ah, se me olvidaba —se dio una palmada en la frente con la mano—, el jefe es tu amante. Para eso no me necesitas.

—Cara, cálmate —dijo su madre, y despidió con un chasquido de dedos a María, que justo venía con el té—. No te lo pediría si no fuera realmente necesario. Y no tienes que acostarte con nadie si no quieres. Aunque te lo recomendaría encarecidamente. Estás en los huesos.

Que su madre tuviera razón no mejoraba las cosas.

Hacía exactamente un año, once meses y seis días de la última vez que Cara se había acostado con alguien.

Como súcubo, necesitaba tomar parte de su energía vital de otras personas.

La carne también era una fuente excelente de energía, pero llegaba un momento en que ni el filete más sangrante bastaba.

—Ya me las arreglaré —dijo Cara, y apretó los labios.

Solo necesitaba un poco más de tiempo. Aceptar un trabajo ahora sería como cavarse su propia tumba.

Hablar de sexo con su madre resultaba más incómodo de lo que Cara podía soportar, aunque para Beatrice fuera la cosa más normal del mundo. Igual que otras madres enseñaban a sus hijas a cocinar, Beatrice intentaba enseñarle a divertirse al máximo mientras absorbía energía.

«Ni hablar», pensó Cara. Seguramente era la herencia paterna la que asomaba.

Su padre había sido un cambiaformas hiena y se había especializado en coleccionar artefactos mágicos antes de desaparecer en circunstancias trágicas.

Por desgracia, lo que había heredado de él no bastaba para sofocar del todo al súcubo que llevaba dentro.

Así que no era ni una cosa ni la otra: ni cambiaformas ni súcubo.

—Siéntate —ordenó Beatrice.

Cara le sostuvo la mirada el tiempo justo para dejar claro que se quedaba por voluntad propia y no porque Beatrice se lo mandara.

Ahora también a ella le habría gustado suspirar.

¿A quién quería engañar? Mientras viviera en aquella casa solo había una opción: obedecer.

Cualquier otra cosa habría sido inútil. Así que volvió a acomodarse en el sillón, entrelazó las manos y esperó.

—Quiero que empieces a trabajar en el Red Rose —comenzó Beatrice.

A Cara le dio un brinco el corazón y supo que estaba mirando a su madre con incredulidad. Antes de que pudiera siquiera protestar, Beatrice continuó:

—Tranquila, no trabajarás en los reservados. Quiero que estés detrás de la barra y que mantengas los oídos bien abiertos. Esto no puede seguir así.

Su frente tersa se llenó de arrugas de preocupación y, al notar la mirada escrutadora de Cara, se alisó el ceño.

—Tres asesinatos, y todos han ocurrido en los alrededores del club. La gente se está poniendo nerviosa. Si mando allí a mi propia hija, verán que me tomo el asunto en serio.

Así que de eso iba el trabajo en realidad.

—¿Quieres que te encuentre al asesino?

Cara se quedó mirando a su madre sin poder creérselo. Estaba acostumbrada a que la usara como medio para sus fines y, de vez en cuando, incluso como arma, pero aquello era despiadado hasta para Beatrice.

—No —replicó Beatrice con sequedad. Sus uñas cuidadosamente pulidas tamborilearon nerviosas contra el vaso que tenía en la mano—. Eres mi única hija y mi heredera. Tienes que hablar con la gente, estar atenta y contarle a Sorrentino de inmediato cualquier cosa que se salga de lo normal.

Jack Sorrentino dirigía el Red Rose y era la mano derecha de su madre.

—Él cuidará de ti, así que no tienes de qué preocuparte.

Beatrice hizo una pausa y dio un sorbo con gesto de dama. ¿Le temblaban las manos?

—Empiezas esta noche. Ya está todo arreglado.

—Jack no tiene tiempo para cuidar de mí —dijo Cara entonces.

No creía que pudiera pasarle nada en los salones casi siempre abarrotados del club; solo quería poner a prueba la paciencia de su madre. Beatrice sonrió como si Cara hubiera dicho exactamente lo que esperaba.

—Por eso, a partir de ahora, uno de mis hombres te acompañará —dijo—. ¿A quién prefieres? ¿A Tyler o a Ricardo?

—De eso puedes olvidarte —protestó Cara, y se inclinó hacia delante—. No necesito que un zoquete patoso me controle cada paso.

Uno era un cambiaformas rinoceronte lento de reflejos, con más músculo que cerebro; el otro, el hombre lobo más rastrero que había conocido en su vida.

—¿No acabas de sermonearme sobre lo importante que es ser amable y educada con mi personal? —La voz de su madre era suave como la seda—. Al fin y al cabo, forman parte de mi negocio y, a su manera, se encargan de que no te falte comida, un techo sobre la cabeza y montones de ropa elegante.

—Yo nunca he pedido nada de eso —replicó Cara, pero sabía que aquel duelo no lo podía ganar. Una vez más, su madre tenía razón a su retorcida manera. Vivía bien gracias a los negocios ilegales de su madre y, mientras no se mantuviese por sí misma, poco podía quejarse.

—Pensaba que esta tarea te gustaría —dijo Beatrice.

También sabía quién saldría victoriosa de aquella conversación y podía permitirse ser generosa.

—Siempre dices que te gustaría un trabajo en el que pudieras tratar con la gente y hacer algo útil. ¿Acaso no es útil ayudar a atrapar al asesino?

Cara asintió. Como cualquier otro niño de la ciudad, había crecido escuchando historias sobre el asesinato de la Dalia Negra y había desarrollado una fascinación casi morbosa por la vida de Elizabeth Short durante su adolescencia.

Había leído literalmente todo lo que pudo encontrar sobre el crimen, tanto ficción como no ficción, y había estado en la escena del crimen tantas veces que se conocía allí cada brizna de hierba.

Por eso se había dado cuenta enseguida de que los asesinatos de las tres paranormales los había cometido alguien que copiaba de forma macabra aquella muerte histórica.

Su madre le había ocultado los detalles de la investigación, de la que Beatrice, por supuesto, estaba informada de primera mano, y le había prohibido tajantemente interferir.

Hasta hoy. Era una señal de su desesperación que no solo permitiera que Cara entrara en contacto indirecto con los asesinatos, sino que la animara activamente a hacerlo.

¿Temía por su posición como líder indiscutible de la comunidad paranormal o había algo más detrás?

Cara no lo sabía ni le importaba. Lo importante era que aquel trabajo no la apartaría de su propia investigación más tiempo del necesario.

—De acuerdo —aceptó—. Pero no creas que voy a hacer por ti nada más de lo que acabas de decir. Eso no significa que hayas encontrado una heredera para tu imperio.

No había ironía en su voz al emplear la palabra imperio, porque los negocios de su madre no se limitaban a Los Ángeles y sus alrededores.

Beatrice cruzaba fronteras en todos los sentidos de la palabra, y disfrutaba haciéndolo.

Ocupaba un puesto de alto rango en el sindicato mafioso que operaba en todo el país.

No era la primera vez que Cara se preguntaba por qué su madre no se dedicaba a algo legal.

Cierto que su abuelo había sido Richard «el Carnicero» de Luca, el padrino que había gobernado la ciudad durante más tiempo que nadie en su historia, pero eso no explicaba por qué Beatrice había seguido sus pasos de tan buena gana y lo había superado incluso en poder, influencia y falta de escrúpulos. Cara se puso en pie.

—¿Me das el expediente? Quiero prepararme para el trabajo.

Para su sorpresa, Beatrice asintió.

—Le diré a María que te traiga los documentos.

Se levantó también. La audiencia con la Reina de Los Ángeles había terminado.

—Hay dos carpetas —añadió, ya camino de la puerta que comunicaba el invernadero con el salón contiguo.

Desde allí también se veía bien la ciudad, extendida a sus pies.

—Solo te pido que no divulgues el contenido, y menos aún lo que hay en la carpeta de los Policías Cambiaformas.

Cara arqueó las cejas. Sabía que el jefe de la policía humana comía de la mano de Beatrice, pero le resultaba nuevo que la policía paranormal, considerada incorruptible, compartiera ahora con su madre sus hallazgos.

Se mordió el labio para contener un comentario sarcástico y observó la figura erguida de su madre hasta que desapareció.

Con una sonrisa discreta se dirigió hacia su habitación, situada en el ala opuesta, lo más lejos posible de las habitaciones de su madre.

La sonrisa se le borró cuando se dio cuenta de por qué lo hacía.

Se sentía más viva que en todos los meses anteriores juntos, y solo porque por fin tenía una tarea.

Tres mujeres paranormales muertas yacían en la morgue y a ella le temblaba el estómago de emoción.

Aun así, no consiguió contener el entusiasmo. Estaba haciendo algo útil y, si jugaba bien sus cartas, aquella era la oportunidad por la que llevaba dos años trabajando. Su madre quería al asesino. Cara quería su libertad.

Si aquellas no eran las mejores condiciones para un trato, no sabía cuáles podían serlo.

Por desgracia, antes tenía que hacer una cosa, pensó al llegar a su dormitorio.

El orden impecable que tanto valoraba la tranquilizó, como siempre.

Solo el escritorio, con los libros abiertos, los blocs de notas y los bolígrafos de colores desparramados, desentonaba.

Fue hasta el armario y cogió unos pantalones ajustados de ante negro y su camisa favorita, con la inscripción «Los súcubos chupan».

Unas botas negras a juego, de tacón moderadamente alto, completaban el conjunto.

Ahora solo tenía que recargar energía y estaría lista.

Para aquel trabajo necesitaba estar en forma y no podía permitirse ninguna debilidad.

Al oír que llamaban a la puerta, se volvió.

—Adelante.

Era María, con las dos carpetas prometidas en las manos. Estaba claro que sabía de qué iban, porque tocaba el papel solo con las yemas de los dedos, como si no quisiera contaminarse.

—No sé por qué una mujer joven y guapa como tú quiere meterse en semejante porquería —dijo sin rodeos.

Cara sonrió. Sin la presencia opresiva de su jefa, María era otra persona. Se le notaba claramente el acento mexicano y hasta su postura parecía más relajada. Cara la conocía desde que era niña.

—¿Podrías mandarme a uno de los hombres? —preguntó Cara, incapaz de evitar que se le encendieran las mejillas.

María, que sabía perfectamente qué ocurriría en la amplia cama de matrimonio durante la media hora siguiente, se limitó a asentir.

A veces Cara se preguntaba qué pensaría María, siendo humana, de todo lo que sucedía en casa de los de Luca.

Nunca había llegado a averiguar qué habían hecho ella y, de forma indirecta, su madre para ganarse la lealtad absoluta de aquella mujercita regordeta.

—Fletcher y Jordan están fuera —le informó María con calma—. Carter está aquí, y Mike también. Y Sorrentino.

—¿Jack está aquí?

Normalmente, Beatrice y Jack se veían en el club cuando tenían algo que tratar. Era raro.

—¿Cuándo ha llegado?

—Hace unos minutos —respondió María, que empezaba a impacientarse.

—¿Puedes decirle a Carter que quiero verlo?

A decir verdad, también podría haberse alimentado de Jack.

Como mano derecha de Beatrice, él también estaba obligado a servirle de fuente de energía a Cara, y era su favorito entre todos los secuaces.

Pero, después de tanto tiempo sin alimentarse, Cara no sabía cuánto necesitaría para reponer un poco sus reservas.

Era mejor que Jack no se quedara debilitado esa noche.

El fuerte y rubio Carter era su segunda opción.

Se odiaba por lo que le hacía, aunque sabía que a él le gustaba. Tal vez, hambrienta como estaba, lograra alimentarse de él solo con un beso y no con el acto en sí.

Era más urgente que nunca marcharse de allí.