¡A la mierda las comedias románticas! 38. Seguir las señales
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38. Seguir las señales

⁠—⁠¿Me puedes explicar qué hemos venido a hacer aquí?

La pantalla de la sala de espera cambia de nuevo y sigue sin ser mi turno. Una chica al otro lado, con el pelo muy rizado y piel oscura, entra en la consulta y yo me levanto como un resorte para tratar de ver si dentro está la persona por la que he venido.

⁠—⁠¿Javi?

Los nervios me comen y no sé si me habrá dado un chispazo de cordura en el último momento, porque estoy empezando a plantearme que esto es un auténtico disparate.

Uno de esos que sí que suceden en la gran pantalla, pero que en la vida real se llaman «estupidez».

O puede que quizá sea esto lo que me ha faltado todo el tiempo: hacer una locura, dejarme llevar por el corazón, seguir las señales y no darle tantas vueltas a las cosas continuamente.

Estoy nervioso, animado, desanimado, ausente…, histérico.

⁠—⁠¿Te encuentras bien? ⁠—⁠pregunta una mujer en silla de ruedas tan arrugada que parece que se vaya a derretir⁠—⁠. Tienes mala cara.

⁠—⁠Está sordo ⁠—⁠replica mi hermana⁠—⁠, eso le pasa. Y un poco loco, también.

Paso del comentario de Ana. ¿Cómo le digo yo a esta pobre mujer que la mejor idea que he tenido ha sido la de hacerme pasar por enfermo para venir a Urgencias y poder hablar una vez más con el chico que, sin saber cómo, se ha ido instalando en mis pensamientos de una manera sutil?

Eso por no mencionar que lo hago justo después de decirle adiós a Tom.

⁠—⁠Sí, sí. Gracias. Me he desmayado… Por la tensión, creo… ⁠—⁠¿En qué momento me he convertido en un mentiroso crónico? Ana me mira incrédula⁠—⁠. Y me he dado en la cabeza un poco. Aquí. ⁠—⁠Me señalo en un lateral del cráneo.

⁠—⁠Ah, vale ⁠—⁠se mofa mi hermana⁠—⁠. Será por eso que estoy aquí. Porque se ha dado en la cabeza y se ha quedado un poco tonto.

Es lo único que se me ha ocurrido. Es una mierda, lo sé. Pero a ver qué digo para que sea medio creíble y no se pasen la noche pinchándome y haciéndome Dios sabe qué exploraciones. Ana resopla.

⁠—⁠No te preocupes ⁠—⁠me dice la anciana poniéndome una mano huesuda y algo fría sobre la mía⁠—⁠. Seguro que no es nada.

Miro la mano embobado y observo las finas venas azuladas que la recorren.

¿Cuántos años tendrá esta pobre mujer? ¿Cómo se me ocurre hacer esto?

Ella necesitará la atención médica realmente y yo aquí comportándome como un idiota por un pálpito, por una sensación, por creer que, si hago una locura, podría acabar con un tipo al que apenas conozco de un café y dos enseñadas de culo.

Desde el punto de vista médico me refiero, ya sabéis.

Me están entrando ganas de levantarme y salir del edificio igual que he entrado.

⁠—⁠¡Por favor! ¡Número 137! ⁠—⁠grita impaciente alguien en alguna parte.

⁠—⁠¡Sí! ⁠—⁠Me levanto como un resorte⁠—⁠. ¡Soy yo!

⁠—⁠Por fin ⁠—⁠bufa Ana⁠—⁠. A ver si acabamos con esto de una vez. Lo podíamos haber grabado para mamá, porque menudo culebrón.

⁠—⁠Que vaya todo muy bien ⁠—⁠me dice la voz tenue y dulce de la anciana, y los remordimientos se me acumulan.

⁠—⁠¿Quiere pasar usted primero? ⁠—⁠propongo. Lo hago no sé si por vergüenza, corrección social o porque siento que debería ser así.

⁠—⁠Gracias, hijo. Pero no. Yo estoy esperando a mi marido, que lo han llamado hace media hora y aún no sé nada.

La mujer se encoge de hombros con un mohín de resignación.

⁠—⁠¡Qué vergüenza! Y yo aquí contándole mis tonterías.

⁠—⁠Ya te vale, Javi…

⁠—⁠Las tonterías varían en función de la edad y de cada uno. Ve o se enfadará la enfermera. Esa me la conozco y tiene muy malas pulgas ⁠—⁠bromea la anciana, que se ríe primero y tose después.

⁠—⁠Gracias. Que no sea nada lo de su marido.

La mujer sonríe, pero no parece muy convencida.

Me acaba de partir el corazón ver ahí a alguien tan mayor a la espera de saber de su pareja, que será al menos tan anciano como ella.

Me descubro envidiando a ese hombre desconocido.

No por estar ingresado, claro; lo que quiero es a alguien que vele por mí y por quien velar.

Alguien con quien pueda estar cogido de la mano cuando la vida, poco a poco, se nos vaya apagando.

Alguien con quien compartir lo bueno y lo malo.

Definitivamente Tom no era esa persona. Era solo un espejismo de lo que yo deseaba.

Una sombra proyectada por alguna luz que lo hacía mucho más grande de lo que era en realidad.

Me cruzo con la chica morena de melena ensortijada que ahora va como si llevara dos pistolas invisibles.

Tiene ambas manos vendadas con un dedo diferente en cada una de ellas despuntando.

No sé qué es lo que le habrá pasado, pero ignoro lo cómico de su aspecto y sigo mi camino.

Con más determinación que hace un rato, me dirijo hacia la consulta convencido de que esto, lo que estoy haciendo, no es ningún disparate, sino un acto de valentía.

¿Desesperado? Puede ser, pero un acto de fe mediante el cual voy a ver otra vez a… Un momento. ¿Por qué no es Guillem?

⁠—⁠Hola ⁠—⁠saluda una mujer madura con cara de cansada. Seguro que el pelo que lleva recogido en un moño apresurado ha conocido tiempos mejores⁠—⁠. Bueno, cuéntame qué es lo que te ocurre.

⁠—⁠Ehm…

Trago saliva mientras miro a un lado y a otro en busca de Guillem, al que no localizo en ninguna parte.

⁠—⁠¿Sí?

⁠—⁠Es que me he desmayado y… ⁠—⁠Y no sé qué más decirte, la verdad.

⁠—⁠Siéntate aquí ⁠—⁠me propone ella mostrándome una camilla que ya se me antoja familiar. Yo la sigo maquinalmente⁠—⁠. ¿Te duele la cabeza? ¿Sientes mareos? ¿Dolor en el pecho?

Juego inquieto con los dedos de la mano. Ella me mira un poco impaciente esperando respuestas.

⁠—⁠Perdone. ¿Un doctor que solía estar aquí en el turno de noche? ¿Un chico joven, con gafas y el pelo rojizo…?

⁠—⁠Ni idea. Yo estoy haciendo una sustitución ⁠—⁠responde a la vez que saca una pequeña linterna con forma de bolígrafo y me la pone delante del ojo derecho⁠—⁠. Sigue la luz ⁠—⁠continúa y mueve la linternita de un lado para otro. Repite el proceso con el otro ojo.

⁠—⁠¿Sabe qué? Creo que me encuentro mejor. No quiero robarle más tiempo. Seguro que tiene pacientes más graves a los que atender.

Hago el intento de levantarme con la intención de escaquearme, pero ella me pone la mano en el hombro y me obliga a permanecer sentado.

⁠—⁠Un desmayo no es ninguna tontería, vamos a tomarte la tensión ⁠—⁠ordena sin ningún tipo de posibilidad de réplica.

Dejo escapar un suspiro.

Veinte minutos más tarde, salgo del centro de salud con una cita para la semana próxima con mi médico de cabecera y con otra para un análisis de sangre con una infinidad de indicadores marcados.

La eficiente doctora quería también programarme un TAC, pero no sé cómo la he conseguido convencer de que no hacía falta.

Le he jurado y perjurado que el desmayo era porque no había comido mucho en todo el día y los nervios y blablablá.

¿Si se ha quedado convencida? Ni de coña.

Me ha mirado con cara de «aquí la doctora soy yo y no me intentes camelar», pero ha acabado cediendo lo justo.

En fin, os podéis imaginar lo ridículo y avergonzado que me siento ahora mismo.

¿En qué momento podría nadie imaginarse que saldría bien?

Que Guillem estaría ahí esperando a que este idiota, anteriormente conocido por «La caída en patines más tonta del mundo» y «Se comió una ostra y se quedó vacío», acudiera una vez más en su auxilio en Urgencias.

Que, felices, nos intercambiaríamos los números y, ¡ale!

, así comenzaría una bonita relación. Si es que soy tonto.

Pero tonto tonto. Seguir las señales, no pensar, seguir el corazón.

¡Menuda majadería! Lo que tengo que hacer es madurar y dejarme de historias. ¡A la mierda las comedias románticas!

⁠—⁠Ana… ⁠—⁠digo a mi hermana dándole un suave toque en el hombro para despertarla.

La pobre se ha quedado dormida con el móvil en la mano en la sala de espera. Ya no hay nadie más con ella. Ojalá la anciana y su marido se hayan podido reencontrar y estén durmiendo en su casa, tranquilos como si nada, cogidos de la mano.

⁠—⁠Vamos, Ana. Despierta. Tenemos que irnos.

⁠—⁠¿Qué tal ha ido? ⁠—⁠responde ella abriendo los párpados perezosos.

⁠—⁠Como la mierda.

Se pone en pie aún adormilada y me da un abrazo. Yo le respondo con un par de palmadas en la espalda. Me encuentro demasiado cansado para nada.

⁠—⁠Venga, te invito a unos churros ⁠—⁠me ofrece mientras se frota los ojos.

⁠—⁠Por favor.

⁠—⁠Por cierto, recuérdame que no vuelva a salir contigo en una temporada.

⁠—⁠Y tú a mí que no tenga más ideas maravillosas como esta.