36. Haces muy mal #2
—Tom, ¿vienes? —escucho la voz de una chica más allá del auricular.
—Sí, ya voy. Dame un momento —responde él, y su voz de alguna manera parece amortiguada, como si hubiera tapado el micrófono con la mano—. Disculpa. Tengo amigos en casa, no quería pasar esta noche solo, aunque la persona con la que me hubiera gustado pasarla no está aquí.
—Uhm —es lo único que me sale. Intento hacerme el duro, pero reconozco que cada vez me cuesta más.
A mí también me hubiera gustado pasar esta noche con él. Haberle presentado a mi familia, en algún momento, y, no sé, abrir los regalos al día siguiente, todos juntos junto a la chimenea, con el aroma a chocolate invadiéndolo todo. Os podéis reír de mí si pensáis que soy un cursi.
—¿Podrás, alguna vez, darme otra oportunidad?
Lo único que se escucha ahora a través del móvil es la respiración de ambos.
Tom espera una contestación y yo no sé qué respuesta darle.
Miro alrededor y una pareja pasa cogida del brazo entre risas y tiritonas.
Caminan muy juntos para protegerse del frío y se pierden por el fondo de la calle, donde las sombras ganan la partida a unas farolas anticuadas, todavía de luz amarillenta.
¿Los conozco? Me da igual, solo sé que los envidio. Maldita sea.
—Está bien. —Me rindo.
No me juzguéis, pero es que lo echo de menos. A pesar de todo, lo echo de menos.
—¿Sí? ¿En serio? Lo sabía. Sabía que podrías perdonarme.
—Aún no te he perdonado. Lo que te concedo es otra oportunidad, pero necesito tiempo para lo que me pides.
—Bueno, pues eso. Estaba seguro de que al final acabarías recapacitando y adoptarías un comportamiento adulto.
Espera, espera… ¿Que qué?
—¿Disculpa? ¿Qué quieres decir?
—Pues que… —habla como si lo que estuviera diciendo fuera la mayor de las obviedades—, al final esto es algo del trabajo. No es un tema personal, sino laboral. Las empresas tienen que mirar por su bien. No son ONG.
—A ver, para que yo lo entienda. —Se me ha puesto una mala leche, así, de repente…
Espero no atropellarme al hablar porque necesito que esta vez me escuche bien.
Me tomo un momento para respirar y ordenar todo lo que quiero decir—.
¿Me estás diciendo que me estaba portando como un crío?
¿Que no podía enfadarme porque el tío con el que salía me estaba ocultando que hacía un proyecto, o lo que pollas fuera, para que me pudieran despedir del trabajo y a sabiendas?
—No empecemos, Javi, que íbamos muy bien. Pero un poco sí. Es trabajo, lo nuestro…
—¿Qué parte de que no me gusta que me mientan y me engañen no entiendes?
—¡Ni a mí tampoco me gusta! Pero ¿qué podía hacer?
—¡Contármelo, Tom! —Subo la voz—. ¡Si tan bien estabas conmigo, deberías habérmelo contado y ya veríamos lo que podíamos hacer! Yo confiaba en ti.
—Con lo bien que íbamos… —se lamenta—. El mundo laboral es así, Javi. Si fuera al revés, yo lo entendería. O comes o te comen.
Me noto el corazón acelerado. Me tiembla la mano porque querría gritarle unas cuantas cosas, pero no me sale la voz.
De verdad que quería concederle esa segunda oportunidad.
Una posibilidad de enmendarse, de arreglar las cosas.
Será imbé… Será gili… Algo me hace clic en la cabeza y cobro conciencia de que, por mucho que yo quiera, él nunca va a entenderlo.
Él es un superviviente a toda costa y lo será siempre.
Un tiburón. Yo también tengo que ser un superviviente, pero me niego a ir así por el mundo, sin importar lo que le haga a la gente que me rodea.
No, me niego. Y me niego a estar con alguien así a mi lado.
Alguien al que no le importe fagocitarme o pisotearme si de esa menera consigue alcanzar sus metas.
Quiero a una persona con quien ir de la mano, juntos.
A quien poder contarle todo, en quien poder confiar siempre y bajo cualquier circunstancia.
Que no me use para escalar más alto y me hunda en el camino.
—¿Javi?
Quisiera decirle todo. Lanzárselo a la cara, escupírselo.
Pero tan solo cuelgo. Soy incapaz de hablar.
Le doy al botón rojo para terminar una llamada que no tenía fuerzas de seguir alargando.
¿Cómo me he dejado engañar por un tipo así?
Hago un repaso mental tratando de hallar los indicios, pero no los encuentro.
Era todo tan bonito, tan perfecto… Todo. Nada.
—¿Javi? —vuelvo a escuchar y esta vez el sonido no sale del móvil.
Me giro y veo plantado junto a la puerta a Santi, el bully que trabaja en la gasolinera, con un cigarro en la mano.
—¿Se puede saber qué haces aquí? —Se acerca—. Te vas a congelar.
—Necesitaba tomar el aire —miento. Otra vez. Últimamente miento mucho y me siento un hipócrita por exigirle a Tom sinceridad. Me consuelo con que mis mentiras no hacen daño a nadie. A nadie más que a mí.
—¿Estás bien? Tienes mala cara. —Me tiende el paquete de tabaco, que yo rechazo con un ademán, y él lo vuelve a guardar en el bolsillo de su chaqueta.
—Sí —digo secamente. Ahora no estoy para conversaciones con gente que me incomoda, por mucho que hayamos crecido y madurado—. Voy para dentro, que me estoy helando y Ana se estará preguntando dónde me he metido.
Santi me coge del brazo. Yo me giro con brusquedad.
—Espera, Javi. —Veo a Santi nervioso. Se pasa la mano por el pelo y me da la sensación de que no es capaz de fijar la mirada en mí—. Yo… Estos años…
¿De verdad? ¿Ahora? ¿No hay otro momento mejor?
Debería haberme quedado en casa viendo la tele mientras la abuela roncaba desde su silla y mi madre veía una vez más Love a ctually , aprovechando que nadie le quitaba el mando.
Tiene una obsesión con esa película en Navidad y llora siempre cuando llega a la escena de los cartelitos.
—Me porté mal —comienza—. Cuando éramos críos. Contigo y con muchos más. Pero contigo en particular.
¡Puf! Ahora lo que menos necesito es un momento embarazoso suplicando redención.
Pero intento ser buena persona y no el Grinch, que es lo que ahora llevo dentro y lo que realmente me apetece.
Me quedo a escuchar, aunque me gustaría entrar, coger a mi hermana y salir disparado hasta un nuevo día en el que todo esto solo sea un recuerdo surrealista.
—Ya… Ya sé que llega tarde. Pero no… Es que te veía a ti, que vivías con total libertad todo y…
—No, no lo hacía, Santi. —Ya no puedo aguantarme más—. Sobre todo por gente como tú. Me jodiste la adolescencia. A mí y a muchos.
—Ya. —Agacha la cabeza y yo la elevo—. Por eso quería pedirte perdón. Yo era… Soy como tú, pero tenía miedo y me… me gustabas.
—Bonita manera de hacérmelo llegar.
—Y aún me gustas.
Yo no digo nada. ¿Qué podría decir?
—No sé si alguna vez podrías darme la oportunidad de que nos conociéramos mejor —prosigue y se le quiebra la voz—. Yo soy mejor que todo aquello. Te lo aseguro.
Vale. ¿Qué coño pasa esta noche? ¿Es una puñetera broma del «fantasma de las Navidades pasadas», que trata de darme algún tipo de lección moral?
—Vosotros, los que os marchasteis de aquí, lo habéis tenido más fácil. Habéis vivido vuestra vida con libertad. Yo tuve que esperar a que mi padre se muriese para poder salir del armario.
—¿Y con eso qué me quieres decir? —Sueno más duro de lo que pretendo. Lo que me está contando es demasiado jodido para despreciarlo sin más, pero tampoco veo justo que se escude en algo así. Además, no es que esté muy empático ahora mismo.
—Pues que esto que te estoy diciendo es difícil para mí. Es una manera de pedir perdón y, si tú quieres…
Por primera vez me mira a la cara. ¿Qué haríais vosotros?
¿Qué le diríais a vuestro bully , si habéis tenido la desgracia de sufrirlo y ahora os lo encontráis declarándose?
Suelto el aire por la boca y una vaharada de vapor forma una nube a pequeña escala.
Pienso bien la respuesta. Quiero que todo quede claro.
Que no haya malentendidos ni dobles sentidos.
Ya es hora de que todo el mundo se diga las cosas tal y como son.
Mi hermana tenía razón. No es bueno dejar nada a medias.
—Yo te lo agradezco, Santi —le digo, y su rictus serio se relaja un tanto—.
Aunque llegue tarde. Supongo que lo ideal sería que, a pesar de todo lo que ha sucedido entre nosotros dos, te diera una oportunidad para que nos conociéramos, ¿verdad?
Han pasado ya muchos años. Eran cosas de chavales.
Al menos, eso es lo que pasaría en una película.
—Él asiente y veo un brillo optimista en sus ojos—.
Sin embargo, Santi, esto no es ninguna de esas comedias sentimentales.
Es la vida real. No quiero ser un cínico, pero todos lo hemos pasado mal y no por ello hemos ido a joderle la vida a quienes teníamos alrededor y menos, a quienes nos gustan o nos quieren.
—Ahora Santi dibuja una mueca aún más grave que al principio de la conversación—.
Aquello fue elección tuya. Nada más que tuya.
Nadie te obligó a tratar a la gente como una mierda para afianzarte en tu estatus de macho alfa.
Y, a pesar de que me alegro de que me hayas pedido perdón, cosa que te concedo, y que hayas cambiado, no voy a darte una nueva oportunidad. ¿Sabes por qué?
Por un lado, no puedo evitar sentirme mal por la dureza de las palabras que lanzo contra un Santi boquiabierto, que ha venido a pecho descubierto a disculparse por años de insultos, risas y menosprecios.
Pero, por otro lado, también las lanzo contra un Tom imaginario, aunque él no pueda escucharlas.
¡Cuánto me gustaría decírselo cara a cara!
—Porque fuiste un cobarde y un miserable.
Cada vez que te mirase volvería a revivir todos y cada uno de los momentos en los que te burlabas de mí y de otros, amargándonos la vida.
Y no quiero despertarme con alguien así.
Los que nos marchamos lo hicimos por gente como tú, entre otras cosas. No lo olvides nunca.
Alguien sale del pub y la música de Alaska y Dinarama con Ni tú ni nadie invade el silencio nocturno.
¿Y sabéis qué? Que después de todo me apetece pegarme una fiesta con mi hermana y que le den mucho por saco al mundo y a esa cantidad de imbéciles que lo pueblan para amargar la vida a los demás. ¡Que ya está bien de tanto drama!
—Y, de verdad —continúo para despedirme porque, a pesar de todo, soy incapaz de dejarlo allí mudo y con esa cara de circunstancias después de lo que le acabo de soltar.
Al final sí que ha salido el Grinch—, espero de corazón que encuentres a alguien que vea lo que eres ahora, la persona en la que dices que te has convertido, y que lo trates mejor de lo que nos trataste nunca.
Nadie se merece lo que nos hiciste pasar, ni siquiera tú.
Y con eso entro al local y voy junto a mi hermana y su grupo de antiguas amigas del pueblo, mientras Alaska nos advierte de que no es buena idea ponerla a prueba. Creo que a mí tampoco, y ese pensamiento me hace sonreír.