¡A la mierda las comedias románticas! 36. Haces muy mal
89%

36. Haces muy mal

En el pueblo de mis abuelos, tanto los jóvenes de aquí como los de las aldeas de los alrededores tenemos la costumbre de, cuando acabamos de cenar en Nochebuena, reunirnos en el mejor y único lugar de ocio en el que sirven copas tal día como hoy, El Clavo.

Por lo menos, la música está bien y las copas son baratas, sin ser garrafón.

⁠—⁠¿Y qué vas a hacer, hermanito? ⁠—⁠pregunta Ana cuando llegamos a la entrada del pub , pasadas las once.

⁠—⁠No tengo ni idea ⁠—⁠digo al abrir la puerta y ser recibido por una bocanada de aire bien cargado⁠—⁠. Ahora no hay muchas ofertas, al menos en España. He mandado a alguna empresa fuera. Pero no sé.

⁠—⁠Esto está un poco muerto ⁠—⁠certifica al ver el local casi vacío⁠—⁠. De todas maneras, necesitaba salir de casa cuanto antes. Mamá estaba ya buscando el momento para preguntarme por Pablo.

⁠—⁠Tampoco iban a durar mucho más despiertos ⁠—⁠la atajo constatando que no somos los primeros, pero casi. Solo veo un grupito de gente algo mayor de lo que solía ser la media de edad, sentada en unos inmortales sofás de escay rojo en un rincón⁠—⁠. ¿Y yo puedo preguntarte?

Nos apoderamos de dos taburetes junto a la barra, donde está la misma persona sirviendo desde el primer día que entré en el local, hace más de quince años.

Es una mujer de edad indeterminada vestida al estilo pin-up.

Se nota que lleva el pelo teñido de negro y que el pedazo de piel que deja ver el escote cada día parece más un código de barras, pero ya me gustaría a mí llegar a su edad, la que sea, la mitad de bien que ella.

Tomamos asiento y viene contoneándose al ritmo de la música sin mucho cliente más al que atender.

⁠—⁠Una Coca-Cola ⁠—⁠dice mi hermana.

⁠—⁠Y un gin-tonic .

⁠—⁠¿Por dónde quieres que empiece? ⁠—⁠vuelve al tema cuando la camarera se marcha.

⁠—⁠Por la parte en que no sabemos qué os pasa. Es evidente que no estáis bien, pero no sabemos en qué punto. Estamos todos esperando a que nos lo aclaréis porque, al final, alguien terminará por meter la pata.

⁠—⁠En el punto de que nos vamos a divorciar.

⁠—⁠¡Hostia! ⁠—⁠suelto, y ella asiente.

⁠—⁠Lo peor es que no ha pasado nada grave. No hay cuernos, que yo sepa, ni nada por el estilo. Simplemente, se acabó el amor, como dijo la Jurado.

⁠—⁠¿Y por qué no nos has dicho nada?

⁠—⁠Porque había momentos en que nos recomponíamos y parecía que solo era un bache. Pero no, cuando pasen las fiestas terminaré con esto. No tiene ningún sentido estirar más el chicle y creo, creemos, que es lo mejor para Lidia y para nosotros, claro.

La camarera nos pone las copas y se marcha a atender a un grupo de clientes que acaban de entrar.

Entre ellos veo a un chico pelirrojo y por un momento se me antoja Guillem, mi doctor de Urgencias favorito, a quien he terminado por cogerle cierta simpatía.

Sin embargo, cuando me fijo, me doy cuenta de que no tiene nada que ver con él.

Guillem es mucho más… ¿guapo? No estoy seguro de que sea esa la palabra.

¿O puede que sí? Lo que es cierto es que tiene algo especial que me llama la atención, lo reconozco.

Al descubrir que no era él me ha asaltado cierta decepción.

¿Qué tonto, verdad? Más de una vez, estos días atrás, me he arrepentido de no haberle pedido el teléfono aquella última vez.

Tampoco estaba yo entonces para muchos jaleos.

¡Maldita Aída! Ahora no puedo utilizar esa palabra sin que me dé la risa floja.

Volviendo al tema, a veces se me viene a la mente aquella sonrisa en la que se iluminaba la cara y se le encogían los ojos detrás de unas gafas demasiado grandes.

Hablamos poco, pero creo que, de alguna manera, había entre nosotros cierta conexión.

Lo hicimos a pesar de que cada uno cargábamos con nuestra propia mochila.

¿Por qué no le pedí el maldito número? ¿Será esto un aviso, una señal?

⁠—⁠¿Por qué no opositas? ⁠—⁠Ana me trae de vuelta a la realidad⁠—⁠. ¿O te quedas una temporada con papá, en la tienda, mientras te decides y valoras opciones?

⁠—⁠¿Con papá? ¿A vender abono, plantones y motocultores? Tú no estás bien de la cabeza. ¿Qué entiendo yo de eso?

⁠—⁠Yo qué sé. Te quedas, ahorras un poco de pasta, te ganas otra poca, y a lo mejor así te da para vivir solo la siguiente vez que te salga un trabajo de lo tuyo.

⁠—⁠No sé.

⁠—⁠Es una opción. Por cierto, ¿quién es ese Tom? Que ya te vale contarle tus líos de faldas a tu madre y no a tu «hermana querida del alma». ⁠—⁠Se pone la mano en el pecho como si una flecha imaginaria le hubiera atravesado el corazón.

⁠—⁠La verdad es que sí. Ya me vale. ⁠—⁠Sonrío⁠—⁠. Uno del trabajo. El sobrino del jefe, en realidad.

⁠—⁠Oooh, moviditas de oficina…

⁠—⁠Te recuerdo que ya no.

⁠—⁠Cierto. ¿Y estáis saliendo?

⁠—⁠No. Lo estábamos ⁠—⁠la corrijo y doy un trago largo al gin-tonic ⁠—⁠. ¡Ugh! No recordaba que aquí les gusta cargarlos tanto.

Mi hermana se ríe y un nuevo grupo de jóvenes pasan al local. Entre ellos, Santi, el tipo de la gasolinera. Parece que hoy, al menos, ha recuperado algo de su antiguo porte. Pues muy bien. Enhorabuena. Toma una chapita de premio. Yo vuelvo a la conversación.

⁠—⁠Parecía que sí, que todo marchaba bien, pero luego me enteré de que me engañaba.

⁠—⁠¿Con otro? Qué hijo de puta.

⁠—⁠No, no. Es todo más complicado y menos evidente.

⁠—⁠Mi hermana me mira con una ceja levantada⁠—⁠.

Estaba en lo del proyecto ese de la IA que te he contado, por lo que me largaron, y no me dijo nada.

Ni tampoco que era el sobrino de Héctor, mi jefe.

Bueno, hasta que me dieron la patada y entonces le entró el arrepentimiento y me dijo que lo sentía mucho y que lo perdonara y esas cosas que se dicen cuando uno sabe que la ha cagado a base de bien.

⁠—⁠Vaya tela.

Asiento, echo mano al móvil y voy hacia atrás en el registro de mensajes.

Vuelvo a ver el vídeo de Al, que se curra muchísimo las felicitaciones navideñas, y me hace sonreír.

Nada de poner la cara a un elfo que baila y da mal rollo en una app .

Este año ha sido una animación con figuritas de Playmobil en la que él y yo aparecemos compartiendo piso y un Papá Noel acude por una chimenea de cartón para felicitar las fiestas.

Creo que le hubiera ido bien en el mundo de la animación.

Sigo hasta encontrar el único wasap del día que tengo sin contestar.

Ni tan siquiera he querido leerlo para que no me amargara la noche, pero esto difícilmente va a remontar.

Tom:

Ya sé que no quieres saber de mí, pero espero que pases unas felices fiestas. Te echo de menos y siento mucho no haber hecho las cosas mejor.

⁠—⁠¿Todo bien? ⁠—⁠escucho a mi hermana.

⁠—⁠Sí, sí. Es un mensaje de Tom. ⁠—⁠Le tiendo el móvil para que lo vea.

⁠—⁠Parece arrepentido. Quizá aún podáis arreglarlo.

⁠—⁠¿Tú crees que es buena idea?

Ana se encoge de hombros y se gira en el taburete para ver a la gente que está repartida por el local llenando ya cada rincón. Levanta la mano y saluda.

⁠—⁠El que lo tiene que saber eres tú. En cualquier caso, es mejor dejar las cosas claras y no ir a medias.

Pablo y yo hemos estado alargando algo que podíamos haber resuelto hace tiempo ⁠—⁠afirma con la cabeza hacia la misma dirección que antes⁠—⁠.

Ahora vengo. Voy un momento a saludar ⁠—⁠me dice y se pierde junto a una chica que reconozco de sus amigas del colegio.

No sé qué hacer. No sé si me apetece responder o no. Me hizo daño, me mintió, pero…, joder, es que yo también lo echo de menos. Escribo varios inicios de mensaje hasta que dejo el que me parece más sincero, menos lastimero y con menos mala baba.

Javi:

Feliz Navidad. La verdad es que a mí también me hubiera gustado que hubieses hecho las cosas de otra manera.

Enseguida veo como en el chat de Tom aparece la expresión «en línea…». Me pongo muy nervioso. Desde la última vez que discutimos, ya no he vuelto a hablar con él. No porque él no quisiera, sino porque sistemáticamente yo le he negado esa posibilidad.

Tom:

Gracias por responderme, Javi. Me moría de ganas de hablar contigo. Siento que las cosas quedaran así entre nosotros.

No sé si es porque el alcohol está comenzando a hacerme efecto y derriba el muro de la sensatez o si es porque es Navidad y me estoy reblandeciendo como el turrón cerca de la chimenea, pero algo me empuja a seguir escribiendo.

Javi:

Yo también lo siento…

Tom:

Me gustaría tener una oportunidad de arreglar las cosas.

Javi:

…

Tom:

¿Te puedo llamar?

Javi:

No sé si es la mejor id…

No termino de escribir el mensaje cuando el móvil me vibra en la mano.

Por un instante valoro la posibilidad de no cogerlo, de colgar y dejar las cosas tal cual están, pero es que no puedo.

Los días que él y yo estuvimos juntos fueron mágicos.

Nunca creí que pudiera tener una relación así con nadie.

Cada cita, cada momento, parecía sacado de una película.

Puede que de una mala de sobremesa, pero es que no me hace falta un Notting Hill .

¡Joder! ¿Por qué es todo tan complicado?

⁠—⁠Espera, Tom. Dame un segundo para que salga, que no escucho nada.

En la calle hace un frío que pela. Me subo el cuello y me encojo en el abrigo para protegerme de él, o puede que de Tom.

⁠—⁠Hola ⁠—⁠digo.

⁠—⁠Perdóname, Javi.

Me quedo callado, en parte porque su franqueza me pilla fuera de juego y en parte porque tampoco sé si puedo concederle lo que me pide. ¿Debería?

⁠—⁠Sé que me porté como un idiota ⁠—⁠continúa él.

Por teléfono parece sincero y un poco abatido.

Algo es algo⁠—⁠. Ya te dije que al principio ni siquiera sabía las intenciones de mi tío.

Después me atropelló todo. Me fui enamorando de ti y me comporté como un cobarde.

⁠—⁠¿Enamorado? Trato de abrir la boca, pero él se me adelanta al contestar una pregunta que no llego a formular⁠—⁠: Sé que no es excusa, pero tenía miedo, mucho.

⁠—⁠Ya.