35. Noche de paz, noche de amor
—Y, entonces, ¿cuándo vamos a conocer a Timoti? —pregunta mi madre mientras unta un panecillo con crema de queso y le añade un pedazo de salmón ahumado.
—¿ Timoti ? —interviene Ana cuando entra en la cocina en busca de otra tanda de platos que llevar a la mesa.
—El chico que está conociendo tu hermano. ¿No te lo ha contado? Ya le dije que podía haberlo traído a pasar la Navidad con nosotros. Pero no ha querido. —Se encoge de hombros con un mohín infantil.
—¿En serio, mamá? —protesto, y casi me rebano un dedo al ir a cortar una nueva pieza de queso manchego para repartir en unos platos en los que ya hay jamón esperando—. Y no se llama Timoti , es Tom.
—¿Tom? ¿Es inglés? —vuelve a preguntar Ana con curiosidad.
—Eso mismo le dije yo, pero me dijo que no —responde mi madre poniendo cara de no entender nada—. A ver si ahora nos lo explica.
Se me escapa un resoplido de fastidio. En el fondo, sabía que mi madre sacaría el tema y ahora mismo es lo que menos necesito.
Debería haber buscado alguna excusa para no acudir al pueblo y quedarme en Valencia.
Algo así como que me encontraba enfermo o que tenía mucho trabajo.
Y no, tampoco les he contado todavía que me han despedido.
No quiero convertir las Navidades en Una serie de catastróficas desdichas de Javi .
—¿Y si dejamos el tema y seguimos preparando esta deliciosa merienda cena de Nochebuena?
—Hijo, ¿qué quieres? Con la abuela tan mayor y la nena tampoco nos podemos poner a cenar a las once.
—Las ocho y media, mamá. Que parecemos guiris.
—Pues yo quiero saber más de ese misterioso caballero «no inglés» —suplica Ana, que apoya las manos sobre uno de mis hombros y pone morritos—. Tom… ¡Uhm! ¿Conduce un Rolls? ¿Tiene un castillo?
—Vale. Después de que me digas qué pasa con Pablo —le susurro para que no nos escuche nuestra madre—. ¿Lo pregunto ahí, en la mesa?
—Cabrito… Eso es un golpe bajo.
—¡Más alto, que no me entero de nada! —protesta mi madre, que, aunque parezca distraída, anda siempre con la oreja puesta—. ¡Secretos en reunión, falta de educación!
—Perdona, Ana —continúo susurrando—. Pero dejemos el tema por ahora, y más tarde, cuando no esté presente ningún agente de la CIA, te cuento, ¿vale? Ahora quiero tener la cena en paz.
Ana hace un gesto de «me he quedado con tu cara» y, tras coger un par de platos de gambas, se marcha en dirección al comedor de la casa, desde donde se filtran las risas estridentes de Lidia y de la abuela, que parecen contagiarse la una a la otra.
Hay que ver lo que disfruta la abuela con los programas de resúmenes de navidades pasadas en los que yo ni siquiera había nacido.
—Pues ya está. A la mesa todos —ordena la matriarca con dos platos de canapés, y se para junto a mí antes de salir—: Estás muy serio desde que has llegado, Javier. ¿Va todo bien?
—Sí —miento.
Pero para qué voy a estropearle las fiestas.
Sé lo que le gusta tenernos por aquí y estoy seguro de que el tema de Pablo, el marido o lo que quiera que sea ahora de mi hermana, la tiene ya con la mosca detrás de la oreja.
Así que, por unos días más que finja que va todo bien, no se acabará el mundo.
Ella me da un beso y salimos cargados de comida hacia una mesa que ya rebosa. Mi sobrina Lidia, que por fin se ha quitado el disfraz de Spiderman, me lanza un hechizo con una varita imaginaria cuando me ve entrar.
—¿Ahora es «la bruja de Navidad»? —pregunto a su madre al ver a la niña disfrazada.
—¡No! Soy güich . —Y mientras se acerca, gesticula lanzándome unos cuantos encantamientos más.
Yo le sigo el juego y hago como que me golpean hasta que me quedo petrificado. La niña sonríe satisfecha y vuelve a jugar con su bisa. Parece que las dos tengan la misma edad. Se están contando alguna cosa que no alcanzamos a escuchar y ambas se ríen con las cabezas muy juntas.
—¿Se puede saber qué andáis tramando vosotras? —dice mi padre con su nuevo mostachón, al que no sé si llegaré a acostumbrarme, cuando abre la puerta de la calle con un buen montón de sarmientos para echar a la chimenea.
El viento gélido del exterior se cuela antes de que me acerque a cerrarla y siento alivio cuando el aire me acaricia la cara.
Será porque lo mejor que puedes aplicar cuando recibes un golpe es hielo.
Y yo, que me he llevado unos cuantos estos días, es lo que necesito ser por dentro, un buen pedazo de duro y frío hielo.
—Pues manos a la obra —declara mi padre una vez consigue avivar las llamas de la lumbre y se sienta satisfecho.
—Entonces, a ver, ¿cómo es eso de Tom? —insiste mi madre. ¡Esta mujer no se cansa!
—Ahora no me apetece, mamá.
—¿Quién es Tom? ¿Qué me he perdido? —interviene mi padre. El pobre, a veces, no sabe por dónde le viene el aire.
Mi hermana observa mi cara de fastidio y se ríe por lo bajo. Será…
—Oye, Lidia, ¿no te vienes aquí a cenar con el tito? —pregunto a mi sobrina, desesperado por buscar un aliado en la mesa esta noche.
—No. Yo con la bisa. —La pequeña se aprieta más a la abuela, que se sigue riendo igual cada vez que ve el sketch de Tip y Coll tratando de llenar un vaso mientras hablan «francés».
Pero, vamos, que se ríe con ese y con cualquiera de los de Martes y Trece, Cruz y Raya o Los Morancos. Todas las «nuevas promesas» del humor.
—¡¿Pero qué narices lleva esto?! —escupe mi padre, que se quita los restos de un canapé de la boca, y algunos pedazos minúsculos se le quedan pegados a los pelos del bigote.
La abuela y Lidia se miran y estallan en una carcajada.
—¿A ti qué te pasa? —interviene mi madre molesta al ver la escena—. Y mira por lo que no me gusta el bigote ese, que se te queda toda la comida ahí. Menudo Tom Selleck estás hecho.
—¡Que esto está asqueroso! ¡Pica como el demonio!
Mi madre echa mano de uno de los canapés iguales a los que había cogido mi padre y le da un mordisco después de examinarlo.
—Si le he puesto lo de siempre… —La boca se le abre a mitad de frase y los ojos la acompañan—. ¡Mamá!
A Lidia y a la abuela se les saltan las lágrimas desternilladas de la risa. Mi madre se limpia la lengua con una servilleta y bebe un trago largo de Lambrusco.
—¡Lidia! —Mi hermana se levanta para coger a la pequeña, que se coloca detrás de la silla de ruedas de la abuela en busca de protección—. ¿Qué has hecho?
—¡No riñas a la chiquilla! —consigue decir la abuela mientras ríe y hace por respirar. Se parece al personaje de Pulgoso de Los autos locos —. Que aquí, la culpa la tengo yo. —Y nos enseña un bote lleno de cayena.
—¡Cómo no! —se lamenta mi padre.
—¡Mamá! ¿Me vas a hacer tirar todos?
—¿Pero qué dices, hija? —Se esfuerza por dar a su voz un aire formal que no consigue—. Solo algunos, pero tendréis que descubrirlos. —Y explota de nuevo a reír.
—Ya está bien para la edad que tienes… —le recrimina mi madre indignada por tener que tirar comida.
Ahora ya sabéis de dónde me viene a mí.
—¡Anda! ¡Pues por eso he llegado a ser tan vieja! Que la vida es demasiado seria y como no te la tomes a broma, te salen arrugas —dice y le da un toque en la nariz a Lidia, que vuelve a reír encantada por su complicidad con la mayor de la familia.
Y su risa me contagia. A mí y a todos en casa, aunque a mis padres un poco menos.
Al final son los que están con ella cada día y a veces su espíritu bromista se les hace cuesta arriba.
Mi abuela es así, ya la visteis en su cumpleaños, y ni siquiera ha llegado el Día de los Inocentes.
Menos mal que ya no puede subir hasta los pisos superiores para echar purpurina o talco bajo las sábanas.
Sobre el sonido de la tele y las risas cada vez más apagadas, oímos el tono de un móvil. Es el teléfono de mi hermana, que pone mala cara cuando lo coge. Se gira e intercambia unas cuantas frases que no alcanzo a escuchar.
—Es para ti —dice pasándole el terminal a Lidia.
—¡Papi! —saluda la pequeña dando saltitos y saliendo del comedor, donde hay demasiado ruido.
—Pablo os manda saludos.
Si esta familia tiene un defecto es que ninguno, salvo la abuela, sabemos disimular un carajo. Sonrisas a medio componer, un movimiento de cabeza y un «dale las gracias, hija» sin ningún tipo de convencimiento.