32. ¡Me cago en los proverbios!
Supongo que os estaréis preguntando qué pasó aquel día con Al. Intentaré explicároslo mientras voy caminando, a ver si me da tiempo…
¡No pasó nada! Nada más allá de lo que visteis. Bueno, leísteis.
Volví a dormirme y cuando desperté lo hice abrazado a él.
Pero nada más. Eso sí, lo hice de mejor humor.
Aquello tuvo un efecto reconstituyente en mí, igual que la sonrisa de aquel médico de Urgencias.
¿A qué viene ese pensamiento ahora? Bueno, da igual.
Y claro que a veces pienso que ojalá pudiera acabar con alguien como él.
Como Al, digo. ¿A quién no le va a gustar?
Pero es territorio vedado para mí. Simplemente él es así.
Escucha, ayuda y me hace reír. Nada más…
Y nada menos. Aunque os reconozco que, desde que asistí a aquel reencuentro incómodo con su ex y Aída plantó en mí la semilla de la duda, no he podido evitar pensar en él más de lo que debería.
Y ya lo de meterse en la cama conmigo… Eso no me lo esperaba para nada.
Ha sido raro y sospechoso de narices. Pero que no.
Que somos colegas y entre colegas esas cosas no se hacen o no deberían.
¿Sabéis esas películas en las que la protagonista acaba con el malote que «en el fondo no es tan mal tipo» aun a pesar de tener al amigo incondicional que es lo mejor que le podría pasar?
¿Sabéis por qué nunca acaban con el amigo y prefieren al capullo al que perdonan?
Pues porque no hay peor cosa que perder a un amigo, y más si es de los buenos.
En cualquier caso, creo que en algún momento Al y yo debemos hablar y aclarar qué es lo que está pasando.
No puedo perder más cosas importantes en mi vida.
¡Mierda! Tengo que darme prisa, que ya es la hora de la cita. No me apetecía nada salir de casa, pero no tengo más remedio. Si no fuera por esto, los cuatro días que he tardado en salir del piso se habrían convertido en un mes.
◆◆◆
—Buenos días —digo a la chica al otro lado de la mampara, una vez la pantalla de la entrada anuncia mi número de turno.
—Buenos días. El DNI, por favor —responde sonriendo. Y lo agradezco. Bastante mierda es venir aquí, otra vez, para que además me toque algún amargado. Un amargado como yo en estos momentos, he de decir.
Me cuesta sacarlo de la cartera, que llevo apretada de tantas tarjetas y papeles que no valen para otra cosa que ocupar espacio. Se lo tiendo y, mientras la escucho teclear, echo un vistazo a mi alrededor. No es un lugar feliz. Sinceramente no envidio su trabajo.
—Vale. Veo que ha estado trabajando durante dos años y medio en Heart Animation S. L. Veo también que anteriormente trabajó de forma discontinua en varias empresas con un total de casi un año.
—Correcto. De todas maneras, llevo aquí la documentación de fin de contrato y demás.
—Tranquilo, si no hay nada raro, aquí deberían aparecer todas las altas y bajas. Vale. También me apareces como demandante de empleo.
No quiero detenerme mucho tiempo en esto, pero…
¿lo habéis hecho alguna vez? ¿Inscribiros en el servicio público para buscar empleo?
Es algo maravilloso. Como vuestra profesión tenga menos de treinta años de existencia, ya podéis tener suerte si buscáis trabajo de eso.
Yo, que ya sabéis a lo que me dedico, más de una vez acabé inscrito como que buscaba empleo de «historietista y dibujante de cómics» y «técnico audiovisual».
Pero, bueno, es lo que hay. Como no es la primera vez, ya vengo advertido, aunque tenía la esperanza de que se hubiesen modernizado.
En cualquier caso, jamás me han llamado de la oficina de empleo para nada más que un curso de «cómo hacer un currículum», que, por cierto, en mi caso me obligaron a destacar justo lo contrario de lo que demanda una empresa del gremio.
—Sí, lo hice desde la web con el certificado.
La chica sigue tecleando y me resulta raro llamarla de usted porque aparenta ser más joven que yo, a pesar de su look años setenta.
Quizá debería hacer alguna oposición y olvidarme de eso de trabajar en el cine y la animación.
Quizá de profesor o en el despacho de algún ayuntamiento, tramitando ayudas para la vivienda o los permisos para la venta ambulante de los mercadillos.
No sé si sería capaz de acostumbrarme a tanta monotonía, pero al menos no tendría que estar aquí cada dos por tres.
El silencio de la chica me pone nervioso, y más cuando tuerce la boca como si lo que estuviera leyendo no le cuadrase demasiado.
—¿Ocurre algo?
—A ver, es que no me concuerda mucho lo que me resulta de los datos de la prestación. Según lo que aparece, no tendrías derecho a prestación.
—Pero si tengo más de tres años cotizados.
—Sí, sí. Por eso digo que no me cuadra. ¿No estarás dado de alta como artista?
—Sí, creo que me dieron de alta así en la empresa. ¿Es un problema?
—El problema es que entonces tardarán más en comprobar los datos y asignarte la prestación correspondiente.
—¿Más? ¿Cuánto es eso?
—Podrían tardar hasta tres meses. Necesitan contrastar datos y desde unos servicios centralizados para todo el país.
—No lo entiendo.
—Ya, es algo que está un poco desfasado. Lo siento.
—¿Y qué hago yo hasta entonces?
Lo que me faltaba. Es verdad eso que dicen de que las desgracias nunca vienen solas. ¡Me cago en los proverbios!
—Mira —intenta tranquilizarme—. Vamos a hacer una cosa. Te voy a tramitar ya la prestación sabiendo que cumples con el tiempo, pero que estará pendiente de revisión. A ver si con suerte te conceden por lo menos la mínima hasta que contrasten todos los datos.
—¿Y cuánto sería?
—Algo más de cuatrocientos euros.
A ver cómo hago yo para pagar nada con cuatrocientos euros. ¡Pero si eso ya es menos de lo que me cuesta el alquiler! La chica debe de haberse dado cuenta de mi cara porque no tarda ni un segundo en continuar con un tono aún más amable, si es que se podía.
—Pero no te preocupes, cuando se resuelva la revisión te ingresarán lo que te corresponde y, además, los atrasos.
—Si no hay otra manera…
—Es lo único que puedo hacer —se disculpa mirándome con una cara de pena que me hace sentir todavía peor.
—Está bien.
—Venga —me anima con una entonación que se pasa de jovial. Me siento como un niño en la guardería—. Seguro que cuando te hagan la concesión definitiva ya estás trabajando y eso te lo puedes gastar para celebrarlo en un viaje o algo.
¿Un viaje? El viaje que quería hacer con Tom. Jodido Tom. Jodido amor.
—Gracias.
Si seré patético que hasta la chica de la oficina de empleo ha tenido que consolarme.
Con la de cosas que habrá visto, de casos peliagudos que pasarán por aquí, y yo, con treinta y dos años, sin problemas de salud, sin hijos, sin cargas más allá del alquiler, he sido el que le ha dado pena. ¡Ya me vale!