31. ¿Cuál es mi papel?
Toc, toc, toc. Escucho llamar a la puerta y me encojo más en la cama.
¿Cómo coño ha podido hacerlo? ¡Joder! Es que soy completamente idiota.
No lo vi venir… y mira que había señales y yo ahí, cada vez más enganchado.
¡Joder! Sí, así estoy todavía. Aunque anoche volví a casa de mejor humor y pude dormir del tirón hasta bastante tarde, no he encontrado fuerzas para levantarme, y eso que son ya las…
Me da igual la hora que sea. ¿Pero cómo no iba a darle vueltas?
Si es que es cerrar los ojos y ver la cara de Tom y la de Héctor, y la de toda la oficina riéndose a mis espaldas.
No dejo de imaginar escenas en las que se descojonan de mí, conchabados, mientras yo paso a su lado ignorante de todo.
Además, tengo un hueco aquí en el pecho, como un vacío que empezó siendo minúsculo, pero que se ha ido ensanchando con el paso de las horas, por donde creo que se me está escapando el aire y la ilusión y las ganas de…
Toc, toc, toc. No me apetece hablar con nadie. Ni siquiera con Al. No quiero que me vea así. No quiero ser un borde con él, pero si no hay más remedio lo seré.
—Javi —susurra desde el otro lado de la puerta—, ¿estás bien? ¿Quieres hablar?
Me paso la mano por la cara para quitarme la humedad de los ojos y carraspeo tratando de que la voz no me salga rota. Lo consigo solo a medias.
—Tranqui, Al. Estoy bien.
—¿Seguro? Llevas todo el día ahí y he visto toda esa comida sin tocar…
Sí, y el vino, que ni me molesté en recoger, abierto sobre la mesa. Pero no os voy a engañar, de todas las cosas que tenía en mi lista de prioridades, retirar los restos de aquel desastre estaba detrás de apuntarme a un curso de macramé.
—Perdona, Al. En cuanto me levante lo ordeno todo. Pero toma lo que quieras y no dejes que se eche a perder.
—¿Necesitas algo?
—No te preocupes, de verdad. —Y no sé por qué, al decir esto, mi seguridad impostada comienza a hacer aguas. Una ficha cae y empuja a otra, y esta a otra, y la escasa entereza que había conseguido reunir se va a la mierda—. Es solo… —Se me corta la voz—. Es solo cansancio.
—¿Puedo pasar?
Quisiera decirle que se marche. Que me deje en paz.
Que hay cosas que no se pueden arreglar, como mi estupidez, como mi corazón roto, como mi orgullo.
Está claro que yo no nací para vivir una de esas comedias románticas de mierda en las que el protagonista consigue ser feliz.
¡Os lo dije! Mi papel es el del amigo consejero y ni siquiera ese puedo desempeñar bien.
¿Cuál es mi papel, entonces? ¿Qué coño he venido yo a hacer aquí? ¿Solo llevarme hostias por doquier?
—Ehm… —es lo único que consigo decir.
—Voy a pasar, ¿vale? —Y no suena como si estuviera pidiendo permiso, sino más bien como el aviso de algo que irremediablemente va a suceder.
—Al… Yo… —murmuro. ¿Por qué no se marcha?
La puerta se abre muy despacio y una línea de luz del pasillo se ensancha proyectada en la pared.
Al, al otro lado, me mira mientras sujeta la puerta.
He de reconocer que estar aovillado así en la cama, como si fuera un niño pequeño, no es la mejor manera de convencer a nadie de que uno está bien.
¿Cómo voy a estar bien? Al menos ya no me duele el estómago, solo el pecho.
—¿Qué te pasa, tío?
—Nada. Algo me cayó mal anoche y tuve que ir al médico.
Me siento sobre el colchón en un último esfuerzo de conservar algo de dignidad frente a mi amigo.
—Aída te ha estado llamando y dice que lo tienes apagado. Me ha llamado a mí, muy preocupada. —Se acerca—. Me ha contado lo que pasó ayer en el curro. ¿Es por eso? ¿Al final no hubo cita con Tom?
Al se sienta junto a mí. Yo busco la manera de contárselo todo sin venirme abajo, de encontrar fuerzas para hacerlo.
Tengo el impulso de contarle que Tom era el sobrino de Héctor.
Que este me ha echado del trabajo porque el muy cabrón quería implantar la IA y para eso tenía que enseñarle todo lo que pudiera al capullo al que parecía que le gustaba, y que siento, por mucho que diga, que solo quería aprovecharse de mí, hacerme la cama.
Que ahora estoy en la puta calle. Que Tom es solamente un cretino que me ha dejado vendido y, aun así, me duele porque había empezado a sentir algo por él más allá de la mera atracción física.
Que me estaba enamorando. Que estoy destrozado.
Que no tengo ganas ni de mandarlo a la mierda.
Pero nada de eso me sale. Las palabras mueren al llegar a la garganta ahogadas por un grito, por la rabia, por el dolor.
Miro a Al pidiendo que no me haga dar explicaciones, que me ayude, que…
—¿Me dejas un hueco? —me suelta sin más.
Y yo asiento sin apenas razonar la sorprendente propuesta.
¿Qué más podría hacer? No quiero hacer nada más.
Así que me tumbo y él se echa a mi lado sin decir ni una palabra.
Miro al techo y él me imita. No parece mucho, sin embargo, ese simple gesto hace que mi respiración se acompase con la suya.
Notar el calor que desprende tan cerca de mí es el mejor de los analgésicos.
Está aquí, conmigo, y no necesita más explicaciones.
—Gracias —digo o solo lo pienso. No estoy seguro. El mundo parece algo irreal ahora mismo, una bruma extraña que enturbia todo lo que veo o lo que pienso. Será el peso del pecho. Será el peso de la misma puta vida.
Al pasa el brazo bajo mi cabeza y yo me acurruco con él. ¿Está ocurriendo esto de verdad? ¿Es una buena idea que suceda? Me da igual. Me reconforta y me alivia y eso es lo único que necesito.