¡A la mierda las comedias románticas! 28. Coge tus cuchillos y vete
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28. Coge tus cuchillos y vete

Llego a casa cuando ya ha oscurecido y, por suerte, no me cruzo con Al.

Mejor, no me encuentro con ganas de rememorar por quincuagésima segunda vez lo que ha ocurrido esta mañana.

Debe de haberse buscado algún plan, como dijo, para dejarnos intimidad a Tom y a mí.

Tom… Esta mierda ha conseguido que me olvide de nuestra cita durante unas cuantas horas.

Exactamente todas las que he gastado vagabundeando como un zombi por las calles de Valencia y, después, las que me he pasado sentado en los Jardines de Viveros a la sombra de un gran árbol de tronco gris y ramas sinuosas.

Un laurel de Indias, por si alguno de vosotros es aficionado a la botánica y quiere visitarlo.

Allí me he sumergido en cavilaciones que no llevaban a ninguna parte.

No he sido consciente del paso de las horas hasta que el frío crepuscular y el hambre, en forma de gruñido en el estómago, me han avisado de que ya estaba bien de autocompasión y de seguir dándole vueltas a algo que, por mucho que repase mentalmente una y otra vez, no seré capaz de cambiar.

¿Es injusto? Sí. ¿Viene en un momento de mierda?

También. ¿Puedo arreglarlo? No. Si arreglarlo significa humillarme, suplicar y volver a trabajar bajo las órdenes del imbécil de Héctor.

Así que a seguir con la vida, muchacho, me he dicho un par de veces.

Muchas, en realidad. Por si así surtía efecto.

Como un mantra o una de esas frases horribles de los libros de autoayuda que cuestan más de lo que realmente valen.

El móvil lo tengo plagado de mensajes de Aída y de Tom, a los que no he contestado, y he de reconocer que por momentos he estado a punto de responder a Tom para cancelar nuestra cita.

No me veía con fuerzas para poner buena cara y estar alegre y entregado, pero ¿sabéis qué?

Que he llegado a la conclusión de que no pienso dejar que un despido, por muy injusto y doloroso que sea, me amargue lo que queda de día.

Ni de vida, ya de paso. Eso sumado a que al abrir el frigorífico he visto la cantidad de comida que se me echaría a perder.

Así que he escrito a Tom para recordarle que la cita seguía en pie.

Me he enfundado un delantal estampado de hortalizas de colores chillones, que debía de venir con el mueble, y me he puesto manos a la obra para terminar una cena que tengo pensado conseguir que sea perfecta.

Reconozco que tener la cabeza ocupada cortando, pelando, emulsionando salsas, probando o dando forma al hojaldre consigue evadirme casi por completo de lo que ha pasado esta misma mañana en mi trab…, en mi extrabajo.

◆◆◆

⁠—⁠Sube, sigue rota ⁠—⁠digo por el telefonillo cuando por fin Tom, puntual como siempre, llama al timbre.

Aguardo nervioso con la puerta abierta. Estoy impaciente por que vea el festín que acabo de preparar. No podré llevarlo a un estrella Michelín, y ahora aún menos, pero sí que puedo hacer esto por él. Una pequeña nota de orgullo que marcar en el calendario.

⁠—⁠¿Qué tal? ¿Cómo estás? ⁠—⁠me dice aguardando en el rellano, con una botella de vino en la mano, como si le diera apuro entrar.

Menos mal que no ha traído otra de champán de ese tan caro.

Iba a dejar el suelo perdido. Me fijo en lo bien que le sienta la gabardina y en las ganas que tengo de quitársela.

Si me dice algo por los colores que me están subiendo, le diré que es por el calor de estar en los fogones, aunque tenga vitrocerámica.

⁠—⁠He tenido días mejores, la verdad ⁠—⁠bromeo, más mal que bien, y hago por sonreír.

Es cierto que estoy jodido, mucho, pero él tiene un efecto balsámico sobre mí, a pesar de que por la cara que trae parece que al que hayan despedido sea a él y no a mí⁠—⁠.

Pasa y no te quedes ahí, que me van a ver los vecinos con este delantal tan feo. Menuda facha tengo que tener.

Mientras Tom pasa, yo me quito el mandil apurado por lo horroroso y lo manchado que está. A ver, no pidáis que, encima de aprender a cocinar a marchas forzadas, lo haga sin ponerlo todo perdido. Cada cosa a su tiempo.

⁠—⁠Perdona por las pintas ⁠—⁠me disculpo y le doy un beso después de cerrar la puerta.

⁠—⁠Podíamos haberlo pospuesto o haber hecho otra cosa. No tenías por qué ponerte con todo esto precisamente hoy.

⁠—⁠Lo hago porque quiero, Tom. No es ninguna obligación. Además, he descubierto que cocinar me relaja y eso es lo que me hacía falta.

⁠—⁠Está bien ⁠—⁠acepta tendiéndome la gabardina y la botella.

Cojo ambas cosas y me da un abrazo que hace que se aleje todo el mal del día. Solo por esto todo el esfuerzo ha merecido la pena. Dejo el abrigo sobre uno de los brazos del sofá cuando pasamos a su lado y la botella en la mesa del comedor, junto al sacacorchos y las copas.

⁠—⁠La verdad es que ya desde la escalera huele de maravilla.

⁠—⁠Espero que sepa igual. Para tu información, es la primera vez en mi vida que preparo una cena como esta a alguien.

⁠—⁠¡Vaya! Es todo un honor.

No sé si lo dice en broma o no, pero lo único que se me ocurre es sacarle la lengua en un gesto infantil. Eso lo hace sonreír a medias.

⁠—⁠Tú ponte cómodo y, si quieres, ve abriendo el vino.

Me quito corriendo el chándal con el que estaba en casa y me visto con unos vaqueros negros ajustados y un jersey gris que ya había dejado sobre la cama.

Con toda probabilidad, no serán tan caros como sus pantalones chinos con el planchado perfecto y el jersey beis que le queda como un guante, pero es lo mejor que tengo.

Es posible que deba comprarme algo de ropa.

Aunque, claro, ahora ya no trabajo… Mala idea.

Ya tendré tiempo, y dinero, más adelante.

Salgo feliz al comedor y con ganas de pasar una noche inolvidable con la persona por la que me estoy enganchando como nunca y me encuentro a Tom ahí, cabizbajo frente a la botella de vino descorchada.

⁠—⁠¿Estás bien?

Tom levanta la cabeza con los ojos rojos.

⁠—⁠Javi… Yo…

⁠—⁠¿Qué pasa, Tom? ⁠—⁠Me acerco corriendo y me siento junto a él cogiéndole la mano. No sé qué ocurre, pero es la primera vez que lo veo así. Se me encoge la garganta.

⁠—⁠Es que… No sé cómo empezar.

⁠—⁠A ver, ¿qué pasa? Me estás asustando. ¿Te han despedido a ti también? Ese idiota es que no…

Él niega con la cabeza.

⁠—⁠¿Entonces? ¿Es algo de tu familia? ¿Les ha pasado algo a tus padres? ¿A algún amigo?

Vuelve a hacer un gesto negativo.

⁠—⁠Me siento fatal por lo que ha hecho Héctor.

Vale, era eso. Hasta aquí llega su nefasta influencia.

No le basta con desmerecer todo el trabajo que había hecho para la empresa, que tiene que alcanzar mi casa, en este preciso momento, para arruinar todo mi esfuerzo en darle a Tom una noche especial y olvidarnos del mundo a nuestro alrededor.

Sin embargo, ver así a Tom me conmueve y me hace agradecer la suerte de tenerlo.

⁠—⁠Tom, me ha costado mucho preparar todo esto.

Sé que crees que ahora necesito hablar de lo de mi despido, pero lo que realmente me hace falta es dejarlo atrás.

Necesito que los dos disfrutemos de una buena cena y nos riamos un poco.

No quiero pasarme todo el tiempo lamentándome.

De verdad. Y tú tampoco deberías hacerlo porque no tienes culpa de nada.

⁠—⁠Pero es que el que necesita hablarlo soy yo ⁠—⁠me dice con ojos lastimeros.

⁠—⁠Pues no sé… ⁠—⁠Suspiro con fastidio. No entiendo nada ni quiero seguir con el tema, pero tampoco quiero verlo así. Con las ganas que tenía de tener una noche normal después de este día de mierda. ¡Puto Héctor!⁠—⁠. Está bien, dime. ¿Qué es lo que te pasa para estar así de alicaído?

⁠—⁠Yo sabía que Héctor quería despedirte.

⁠—⁠¿Cómo?

⁠—⁠Héctor ⁠—⁠se apresura a explicarse al ver mi cara de desconcierto⁠—⁠ quiso contratarme porque sabía que estaba trabajando con aplicaciones de inteligencia artificial. Él me comentó que quería tratar de implantar sistemas con IA que pudieran ahorrar costes.

⁠—⁠Espera, espera. ⁠—⁠Le suelto la mano y me pongo en pie⁠—⁠. ¿Tú sabías que esto iba a pasar? Y… ¡nos mentiste cuando dijiste dónde habías trabajado! ⁠—⁠digo caminando de una parte a otra del comedor al recordar la conversación de su presentación.

⁠—⁠No, no te mentí. Había trabajado en efectos de imagen real, pero hace tiempo ya que comencé a interesarme por los sistemas de IA. Soy programador y ya te dije que necesitaba reciclarme. Al principio, ni siquiera sabía a quién iba a despedir.

⁠—⁠Por eso quería que te enseñara cómo funcionaban los softwares …

⁠—⁠Él me vendió el proyecto como simples mejoras para optimizar procesos y necesitaba saber cómo iba todo. Tampoco te conocía, ¿qué podía hacer?

⁠—⁠¡Me engañasteis los dos! ⁠—⁠Quiero sentir rabia, la misma ira que había sentido en el despacho de Héctor, pero no puedo. Noto como la sangre se me ha vuelto densa, sólida, helada⁠—⁠. ¿Quién más lo sabía?

Tom se pone en pie y se me acerca, y yo, por instinto, doy unos cuantos pasos atrás para alejarme de él. Es consciente de mi gesto y lo hiere. Me importa una mierda ahora mismo que le duela o no.

⁠—⁠No te conocía, Javi. De haberlo sabido al principio, no hubiera aceptado ⁠—⁠se defiende⁠—⁠. Aunque, conociendo a mi tío, igualmente hubiera venido otro a hacer el trabajo. Esto no es personal. ¿Lo entiendes?

⁠—⁠Personal ⁠—⁠bufo⁠—⁠. ¡Ya, claro!

⁠—⁠Javi…

⁠—⁠¿Y cuándo lo supiste?

⁠—⁠Después de las semanas que estuviste mostrándome cómo funcionaban los programas.

Cuando pasó la instrucción inicial, me planteó el «proyecto» y su objetivo real.

Ahí me dijo que si conseguía unos resultados aceptables, te rescindiría el contrato.

A ti y a otros cuantos más de otros departamentos.

⁠—⁠¿Todo este tiempo? ⁠—⁠consigo articular a pesar del nudo que me está obstruyendo la garganta⁠—⁠. ¿Todo este tiempo lo sabías y te lo has callado? Bien os habréis descojonado de mí los dos.

⁠—⁠No sabía cómo decírtelo. Para entonces ya me gustabas. Me… ⁠—⁠duda⁠—⁠, me estaba enamorando. Yo no tengo la culpa, Javi.

⁠—⁠Has tenido muchísimas oportunidades, Tom. Te he preguntado en infinidad de ocasiones sobre tu proyecto, así que no me mientas. Te lo he puesto en bandeja. Y, por cierto, ¡enhorabuena! Parece que sí te has aplicado bien. Estaréis muy contentos.

⁠—⁠Javi, es que nos lo estábamos pasando tan bien los dos… No quería perderte, no quiero perderte ⁠—⁠se corrige.

⁠—⁠Y no lo hubieras hecho de habérmelo contado en ese momento. ¡Os habéis reído de mí, los dos! ⁠—⁠repito, y cada vez el dolor de la traición, de su puñalada, se me hunde un poquito más en el pecho.

⁠—⁠No, Javi. No me he burlado de ti, en ningún momento. Créeme. He pasado noches enteras sin dormir y he intentado contártelo un par de veces, pero nunca encontraba la ocasión. Siempre me vencía el temor a no volver a verte, a que me odiases.

⁠—⁠¿Y ahora se supone que tengo que creerte? ¿Ahora que ya no hay nada que pueda hacer, que el daño ya está hecho? ¿Qué esperas que te diga? ¿«Te perdono, no pasa nada, sigamos con nuestra vida»?

Los ojos suplicantes de Tom dicen que sí y a mi corazón le vendría muy bien hacerlo. De verdad que me encantaría poder hacerlo.

⁠—⁠Largo ⁠—⁠digo sin mirarlo a la cara, porque siento que si lo miro una vez más me arrepentiré y acabaré por aceptar sus palabras.

⁠—⁠Por favor, Javi. Perdóname. Dame una oportunidad.

⁠—⁠Vete y no lo hagas más complicado.

Cojo la gabardina y se la lanzo desde lejos.

No me apetece acercarme ni tener el más mínimo contacto físico con él.

Sentirme así, traicionado, humillado, ridículo por no haberme dado cuenta de nada, me asquea.

Yo, que me creía muy listo y avispado, he terminado siendo el hazmerreír de mi jefe y su sobrino.

El tipo del que me estaba enamorando. Las manos me tiemblan, la boca me tiembla. Quiero llorar.

⁠—⁠Javi. No podía hacer otra cosa. Es solo trabajo. Lo que tenemos nosotros va mucho más allá. Es muy especial. Quizá luego te arrepientas…

⁠—⁠Adiós.

Tom se marcha cabizbajo lanzándome un último ruego con la mirada que de nada sirve.

Cuando la puerta se cierra, toda mi pose digna termina de descomponerse y necesito sentarme para dejar escapar el dolor y la ira.

¿En qué momento ha pasado todo esto? Solo veinticuatro horas atrás estaba ilusionado por un proyecto en ciernes y una relación que me hacía sonreír como nunca.

Había comenzado a sentir que incluso yo, que tanto me quejaba de esas comedias románticas de mierda, era merecedor del papel protagonista en la mía propia, y ahora…

Ahora estoy aquí, sin trabajo y con un dolor en el pecho que me ahoga.

¿Lo veis? Os dije que nunca podían pasarme a mí esas cosas.

Y ni siquiera está lloviendo como en las escenas tristes de esas películas mentirosas.

¿Por qué habré sido tan estúpido? ¡Joder!

El estridente reloj del horno me avisa de que ya está listo el plato principal, el solomillo Wellington.

Si no fuera por eso, estoy seguro, podría haber permanecido hasta el amanecer sentado en el mismo lugar en el que me he dejado caer.

Como un robot voy a la cocina y lo apago.

Saco la bandeja y me quedo mirando aquel banquete preparado para nada.

Una cantidad ingente de comida que se irá directa a la basura.

Menudo desperdicio. Pienso en Al, ojalá no se hubiera ido.

Ojalá estuviera aquí para que al menos alguien diera cuenta de todo esto y de mí.

Antes de marcharme a la cama, apenas media hora después, y perderme bajo las mantas, decido dejar un pósit a mi amigo para que no se corte en comer lo que sea que encuentre cuando regrese.

Ya os dije que no me gusta desperdiciar nada, ni el tiempo ni el trabajo ni mucho menos la comida.

Concluyo que las ostras son lo único que podría echarse a perder una vez abiertas.

¡Pues para dentro! Me las como, más bien trago, sin ganas.

Es la primera vez que las pruebo y no las encuentro tan sabrosas.

Puede que no encuentre nada sabroso en este momento, lo que tendría fácil explicación.

Pero tienen un sabor muy fuerte a pesar de haberlas gratinado.

No me atrevía a comerlas crudas y sentir esa textura viscosa cruzarme la garganta.

Lo que más me jode es que las compré por Tom, pensando que irían bien con sus gustos caros y lujosos.

¿Por qué, Tom? ¿Por qué has tenido que jugar así conmigo?