24. Ratatouille
Decido que lo mejor es atacar los problemas por partes y, en este caso, lo primero es lo primero.
Como no me ponga las pilas con eso de cocinar, la cena que le voy a preparar a Tom será a base de macarrones con tomate como plato estrella.
Así que al lío. Ya he pasado por el supermercado.
Tengo los ingredientes. La receta está lista en el móvil.
Ni de coña hago yo esto de cabeza. Además, Al no está en casa.
Creo que tenía entrenamiento con las chicas del fútbol.
Todo hace indicar que es el momento ideal para ponerme a trastear si no quiero hacer el ridículo el «día D». Solomillo Wellington, ¡allá vamos!
«En primer lugar tenemos que salpimentar la pieza. Un kilo aproximadamente», dice la voz de un cocinero influencer que he elegido como mi maestro jedi de los fogones.
Os voy a confesar que voy a hacer la mitad. ¿Dónde voy yo con un kilo de solomillo? Menudo despilfarro. Nada, nada. Todo dividido entre dos, que no estamos para tirar comida. Ni es ético.
—Vale, esto es fácil —comento mientras procedo, como si la persona al otro lado de la pantalla me pudiera escuchar. Ostras, ya hago lo que mi abuela, eso de hablar a la tele. ¿Estoy padreando sin serlo? Bueno, sigamos.
«Después doramos el solomillo y, cuando esté bien dorado, pochamos la chalota picadita y sofreímos unos champiñones, también picados».
Ya empezamos. A ver qué diferencia hay entre pochar y sofreír. ¡Qué largo va a ser esto!
—Vaaale —vuelvo a murmurar mientras leo lo esencial—. Pochar es a fuego lento hasta que quede traslúcido y sofreír es más o menos como dorar a fuego medio-alto. Creo que lo tengo.
Me pongo a picar las cebollas raras estas y venga a llorar. ¡Menudo picor de ojos! Escucho la puerta.
—¿Al? —grito desde la cocina.
—Hola, Javi —me contesta él, a quien no esperaba hasta dentro de por lo menos una hora.
—¿No tenías entrenamiento?
—Se ha suspendido. Por la lluvia.
Lo escucho caminar por el piso, pero en ningún momento entra a la cocina.
Hace unos días, lo primero que hubiera hecho habría sido venir a saludar y preguntarme qué tal el día y demás.
Ahora, ya lo veis. Un poco menos ilusionado que unos minutos atrás decido continuar con lo mío.
Como he dicho antes: los problemas por partes.
Pico lo que queda de chalotas. Hago lo mismo con los champiñones.
Doro el solomillo. En ese aceite echo las cebollas cortadas y, cuando están blanditas, los champiñones.
Hasta ahora no parece tan difícil y he de reconocer que me relaja bastante estar concentrado en cortar, pelar, freír, dorar…
—¿Qué estás haciendo? —pregunta Al a mi espalda, sobresaltándome. El olor de la duxel …, dusell …, del picadillo este, vaya, debe de haber llamado su atención.
Viste con ropa de pijama. Unos pantalones azules apolillados y una camiseta gris de propaganda que se está quedando transparente del uso. Se nota que acaba de salir de la ducha porque tiene el brócoli ese de pelo suyo marchito, pegado a la frente en caracolillos.
—¿No tienes frío?
Al niega y no sé para qué pregunto. Él nunca tiene frío. Podría ir en manga corta en plena nevada.
—Huele toda la casa de maravilla —me dice y hace que me sonroje.
—Estoy… —A ver cómo lo digo. No sé si será verdad lo que me ha sugerido Aída sobre sus sentimientos hacia mí, pero solo pensarlo hace que quiera medir lo que tengo que decir a continuación—. Es que estoy practicando.
—¿Vas a presentarte a algún concurso de cocina o algo? —pregunta sorprendido.
—No, no. Es que Tom se está currando mucho las citas y yo quería prepararle una cena un poco elaborada —me sincero con algo de miedo por la reacción que pueda provocar en él.
—¡Oh! ¡Qué buena idea! —Le ha salido de manera natural. No sé si es tan buen actor o realmente lo dice porque lo piensa.
—Sí… La cosa es que…
—¿Querías hacerla en casa, no? —se me adelanta—. Nada, no te preocupes. Yo me busco plan por ahí y, si no, me quedo en la habitación viendo alguna película en el portátil. —Me guiña el ojo y sonríe—. No te preocupes, que no estaré por aquí molestando.
—¿De verdad que no te importa?
—¿A mí? ¿Por qué me iba a importar? Me parece una idea genial. Le encantará seguro.
—No sé, me sabe mal.
—¿Por qué?
—Por pedirte…, ya sabes.
—Nada, nada, Javi. Si la recompensa por estar desaparecido unas horas es probar esas exquisiteces que vas a ir haciendo, me vale.
Eso sí, que sean equilibradas, por favor.
—Sonríe, pellizcándose su inexistente grasa abdominal, y por primera vez desde lo del cine siento que volvemos a tener esta conexión—.
¿Te puedo ayudar en algo? ¿Necesitas un pinche?
—Si supieras cocinar, lo que podrías hacer es como en esa película de dibujos donde la rata se sube a la cabeza del chico protagonista y empieza a tirar de él como si fuera una marioneta.
—¿Así?
Al, a mi espalda, me coge de los brazos y los mueve simulando ser un titiritero.
—Y ahora echamos esto aquí… —imposta la voz— y lo otro allá…
—Oh, me estás mejorando mucho la receta —bromeo.
Hacemos el payaso y nos reímos mientras manipulamos los cacharros de la cocina y desbaratamos el escaso orden que había conseguido sobre la encimera.
No nos damos cuenta y surge sin querer, pero hemos terminado muy cerca el uno del otro.
Quizá demasiado, pecho contra espalda. Su respiración en mi oreja.
—¿Me pasas la nata? —le pido haciendo un gesto para quitármelo de encima. Trato de no ser brusco, pero no sé si termino de conseguirlo.
Antes no le hubiera dado importancia a eso de estar tan pegados.
Nuestra relación se ha ido convirtiendo con el tiempo en algo muy cercano y eso me encantaba, pero ahora, si Aída tiene razón…
Y no es que me moleste, es que no quiero que Al se lleve a engaño.
No me gustaría hacerle daño. Al debe de haber notado mi incomodidad porque se separa y ya no sonríe.
—Gracias —digo cuando me deja la nata a mano, sobre la encimera. Me esfuerzo en componer una sonrisa que no me sale del todo bien.
—¿Necesitas algo más? —pregunta dubitativo y siento que me examina.
—No. Tranquilo. Tampoco quiero que te quedes aquí recién duchado y termines oliendo a humo y a cebolla recocida.
Al se marcha. No sé si convencido o no por lo que le he dicho.
Me inclino a creer que no, porque vuelvo a detectar en él esa aura un tanto apocada de los últimos días.
Yo me esfuerzo por concentrarme en seguir la receta y cocinar, pero no puedo quitarme de la cabeza la cara de Al cuando se ha ido. ¿Estaba dolido?
En la sartén termina de reducir la mezcla de champiñones, chalotas y nata.
La receta tenía brandi, pero no quería comprar una botella enorme para usarlo solo en esto.
Si esta vez sale bien, ya veremos si termino comprándolo o no.
Trituro la mezcla. Mientras enfría, pongo mostaza sobre lonchas de jamón extendidas.
Añado una pátina de paté sobre el solomillo y lo envuelvo después con el jamón.
Le añado las cebollas y los champiñones triturados y, finalmente, lo envuelvo con el hojaldre. Un poco de huevo batido y al horno.
—Bueno —digo al aparecer en el comedor media hora después—. Parece que esto ya está.
—¡Vaya pinta! —dice él, que parece que ha recobrado el humor.
Y sí, tiene muy buena pinta, pero al abrirlo…
—Tampoco está tan mal —trata de animarme al verme la cara.
—¿No parece crudo?
—A mí me gusta la carne así, rosadita.
Miro a Al porque no sé si está de broma o lo dice en serio. Joder, Aída, ya podías haberte guardado tus teorías. Ahora termino por analizar cualquier cosa que dice o hace. Suspiro.
—Javi, no pongas esa cara, que seguro que está muy bueno. Eso sí, yo esto ya sabes que no me lo como —dice apartando el hojaldre.
—Ya, además no sé qué ha pasado para que se quede tan blando. Está todo mojado —manifiesto esforzándome por recordar la receta paso a paso y dónde reside mi posible metedura de pata.
—No te machaques. —Al me da un apretón en el hombro, mucho más leve y breve que de costumbre, y yo dejo escapar un chasquido de fastidio con la lengua.
En cuanto a mi primer intento de hacer un solomillo Wellington, si no fuera por lo del hojaldre, está mejor de sabor de lo que me esperaba.
Al menos, mejor de lo que se podría esperar para una primera vez.
De todas formas, se me ha formado un nudo en el estómago.
No me quito de la cabeza la posibilidad de que Al, mi Al, el mejor tipo sobre la faz de la tierra, sienta algo por mí y esté sufriendo por mi culpa.