22. Un paseo
A pie de calle, junto a la puerta del edificio de oficinas de Heart Animation S.
L., me despido de Aída, que se vuelve a disculpar por haber hecho justo lo que le dije que no hiciese.
No es que me esperase que me obedeciera, ni tampoco es que esté tan enfadado con ella como para no perdonarla.
Pero me gustaría, por una vez, que las cosas salieran bien.
Y que tenga que enterarme de algo así por ella es lo que más me fastidia.
¿Cuántas veces Tom y yo hemos estado juntos hasta ahora?
Aunque quizá me esté precipitando. Puede que sea todo una mera coincidencia.
Heinz no es un apellido muy común, pero ¿quién sabe?
Espero que Tom no tarde mucho más en salir porque necesito hablar con él o me moriré de los nervios por la incertidumbre.
—¿Todavía aquí? —pregunta sorprendido Héctor al atravesar el portal y encontrarse conmigo. Lo hace dibujando una sonrisa estúpida en el rostro. A veces, perdón, casi siempre, soy incapaz de adivinar de qué palo va.
En cualquier caso, si alguien debería sorprenderse de encontrarnos en la puerta de la empresa a estas horas, sería yo.
No recuerdo muchos días en los que él haya salido después de mí.
Hoy ni siquiera he prestado atención a nada de lo que sucedía a mi alrededor.
Después de lo que me contó Aída, solo había un tema en mi cabeza.
—Estoy esperando a alguien.
—Muy bien —dice de manera automática. Si ahora mismo le dijera que sobre nosotros tenemos una nave alienígena, creo que me respondería exactamente igual—. ¿Y qué tal van los test? Tengo muchas esperanzas puestas en tu capacidad para llevar el departamento a otro nivel.
¡Ostras! Esto sí que no me lo esperaba. Alabanzas.
Es la segunda vez que me hace una y en muy poco tiempo.
Hasta el momento, pensaba que Héctor no sabía que existía ese concepto.
Sí que deben de ir bien las negociaciones para lo de la película.
A ver si le ha entrado algún virus de esos raros o algo.
—Oh, vale… Pues estoy intentando encontrar la manera de hacer unos presets que podamos utilizar en el mayor número de objetos para…
—Ahí, ahí. Leña al mono —me corta y me da una palmada en el hombro—. Tú sigue así. Estoy deseando empezar con esa película y ver lo que puedes aportar —sonríe.
—Yo también —comento desconcertado, pero con total sinceridad.
Es que no os imagináis lo difícil que es que Héctor hable así.
No por la frase noventera y desfasada, sino por tantos halagos y tan buen rollo.
Es la primera vez que lo veo con esta actitud conmigo desde que me entrevistó para el puesto.
Aunque por aquel entonces le sirvió para venderme una idea de la empresa que no era real y solo consiguió ponerme de uñas con el paso del tiempo.
Si he aprendido algo en estos más de dos años aquí, es que se le da bien vender lo que sea. Sería un magnífico vendedor de humo.
—Muchas gracias por la confianza, Héctor.
—Nada, hombre. —Me guiña el ojo, cómplice—. Y no estés mucho tiempo aquí parado, que vas a coger frío y te necesitamos a tope. —Reafirma este último gesto apretando el puño en el aire.
¡Pues sí que está motivado! Pero se agradece este talante de vez en cuando.
No seré yo quien diga lo contrario. Así que asiento y él se despide con un gesto de la mano.
Creo que también se ha dado cuenta de mi cara de pasmado porque ha ensanchado la sonrisa.
¿Le habrán regalado otro jamón? ¿Le habrá tocado la lotería?
¿Habrá firmado ya la película? Sea lo que sea, ojalá le dure este buen humor.
—Ya estoy —dice Tom, que sale risueño del portal y mira cómo se marcha nuestro jefe calle arriba—. Perdona. Me quedaban un par de cosas por cerrar.
—No te preocupes.
Despego la espalda de la pared en la que me encontraba apoyado y trato de componer una sonrisa, aunque tengo la sensación de que no me ha salido del todo bien.
Él se acomoda el cuello del abrigo para protegerse del frío y me da un beso en los labios que pretendía ser más largo de lo que yo le he permitido. Aunque no repara en el detalle.
—Parece mentira que esto sea Valencia. ¿Dónde te apetece que vayamos? Hoy sí que me vendría bien uno de esos chocolates tuyos donde Cata.
—¿Te importa si paseamos un rato? —propongo, y hasta él se habrá dado cuenta de que me he trabado un poco al hablar—. Tengo el estómago algo revuelto.
Tom me mira con preocupación.
—¿Estás enfermo? —Apoya la mano sobre mi frente para tomarme la temperatura como lo haría una madre.
En cualquier otro momento, este gesto me hubiera enternecido, pero ahora mismo estoy demasiado nervioso como para sentirlo así.
—No, no, tranquilo.
Me libero de su mano y caminamos unos cuantos metros en silencio y con las manos en los bolsillos.
Siento la mirada de Tom de soslayo. Debe de estar preguntándose qué demonios pasa conmigo y con este mutismo que tan poco me pega.
Yo trato de ganar tiempo y oxigenar el cerebro para poder formular las preguntas de manera adecuada.
—Es evidente que a ti te pasa algo, Javi —se impacienta.
—No… Bueno, sí… Es que… —¡Joder! Qué estúpidamente torpe soy.
—¿No te gustó lo del barco?
—No, no. Me encantó, de verdad. Estuvo genial. Ya te dije que nadie había hecho por mí nada parecido.
—¿Entonces? —pregunta confundido.
—Vale. Es sobre algo que dijiste el otro día, mientras hablábamos en la cafetería. Me dijiste que tu nombre era Tomás… Tom. Tom H. Ledesma.
—Sí.
—Y, verás, le estuve dando vueltas a qué podría ser esa hache. ¿De qué es esa hache, Tom?
Tom, que parece haber comprendido ya de qué va la cosa, se detiene y deja escapar el aire.
—Vale… Esto… ¿Cómo te has enterado?
Mierda, mierda y mierda. Aún tenía la falsa esperanza de que Aída se hubiera equivocado.
—Eso es lo de menos, Tom. El caso es que no has sido tú quien me lo ha contado.
—Eso tampoco es justo, Javi. Desde el minuto cero se os ha llenado la boca con quejas hacia mi tío.
—Vale. Entonces, Héctor es tu tío.
—Sí, sí que lo es, y, si te sirve de consuelo, a mí también me parece un capullo.
Pero al principio creí que sería violento si os decía que ese al que llamáis «el que no puede ser nombrado» o «el idiota» o lo que sea que le estéis diciendo ahora a Héctor, es familia mía.
¿No crees que puede darse esa circunstancia?
—Eso te lo compro.
Me siento un estúpido por no ser capaz de filtrar. Podría haber sido su hermano y yo ahí sin cortarme un pelo.
—Pero ¿por qué no me lo dijiste después? Es que no lo entiendo. Creí que empezábamos a tener la confianza suficiente.
Lo miro a los ojos esperando algún tipo de respuesta que me pueda convencer. Él aparta la cara y el silencio cae sobre nosotros y nos envuelve. Un silencio demasiado largo de viento frío, pasos, conversaciones de extraños y cláxones.
—No sé, yo te he contado cosas de mi familia —añado para partir en dos el muro que se está levantando sigiloso entre ambos.
Me empiezo a arrepentir de haber sacado el tema. Quizá debería haberle dado más tiempo. Quizá debería haberlo afrontado de otra manera. Quizá esta conversación es un error.
—Me daba miedo —dice al fin.
—¿Cómo?
—Pues eso, que me daba miedo. Al principio no lo dije porque nada más conocerme ya estabais poniéndolo a caldo.
—Pero es que…
—Y con razón —me corta—. Es mi tío, pero digamos que es un tanto «especial». De verdad, Javi, no tienes que disculparte por eso. Después, no sé, me gustaste y ahora sé que yo a ti, y me daba mucho miedo.
—¿Y eso qué más da?
—Dime, ¿te hubieras acercado tanto a mí de saber que soy su sobrino?
Vale, ahí me ha pillado. Otra vez.
—No.
—Pues eso. No quería que ese «no» fuese para mí.
—Ni yo tampoco.
—Ya.
Continuamos caminando y otra vez este asqueroso silencio.
—Perdona. —Encojo los hombros y hundo las manos todo lo que puedo en los bolsillos, en un gesto que me queda demasiado infantil.
—No, perdóname tú a mí, Javi —dice él cogiéndome de los brazos para que lo mire a esos ojos azules en los que me pierdo con tanta facilidad—. Me gustas mucho y esto ha sido una mierda. Una cagada mía. No sabía qué iba a ocurrir y…
Lo beso. Lo beso y lo abrazo porque lo necesito.
Porque en ese corto espacio de tiempo, que se me ha hecho demasiado largo, no sabía si todo lo que teníamos se iba a romper.
Si alguna vez volveríamos a estar en el punto en que nos habíamos quedado tan solo unas horas atrás.
La espera y la incertidumbre empezaban a saberme amargas.
Me sabía a hiel, a tierra, a carne podrida.
Él lo recibe de buena gana y me abraza también.
A mi alrededor ya no hay coches, ni gente, ni frío.
Solo sus brazos. Solo él y yo para recibirlo.
—Javi. —Me separa y me mira muy serio, como si hubiera algo más. Algo importante.
—¿Qué? —Y se me hace un nudo en el estómago mientras espero a que termine de decir lo que sea que tenga que decir—. ¿Qué pasa?
—Nada. —Deja entrever una sonrisa—. Que necesito besarte otra vez.
Y eso hace, vuelve a callar mis miedos con sus labios. Yo lo acojo con deseo, aliviado y feliz por haber aclarado el asunto y estar otra vez junto a él, así. No hay nada mejor que una buena reconciliación.