20. Algo de la miel y un asno y no sé qué #2
Comemos. Por suerte, lo que había en las latas y sobres gourmet está realmente bueno.
Jamón, queso, paté… ¡Caviar! ¿Perdona? Yo que creía que no lo probaría en la vida y, mira por dónde, lo voy a hacer en un lugar en el que tampoco me hubiera imaginado nunca estar.
A cada bocado que doy, rezo por que Héctor no lo despida.
También comienza a rondarme una idea por la cabeza: ¿cómo demonios voy a superar esto?
Quiero decir, no tengo capacidad material para hacer nada ni de lejos parecido.
Mi idea de una cita es tomarnos una hamburguesa, ir al cine, ver una peli en casa, una escape room …
Sí, soy de esos. Ya os lo he dicho. Mis gustos son sencillos. Voy a tener que sudar.
Bebemos también. Tom más que yo. Si me mira, me mojo los labios con la copa y con eso parece bastar.
Si no lo hace, el mar se llena un poquito más con un burbujeante y caro elixir.
No he podido resistirme a indagar para averiguar el precio del champán en un momento en el que él estaba preparando unos sándwiches con pastrami, queso pecorino, mostaza y rúcula.
Por lo que más queráis, probadlo. Bueno, que me pierdo.
¡Más de doscientos euros la botella! Desde ese momento, me he bebido el champán diciéndome que sería como la cerveza.
Que con el tiempo me iba a gustar. Spoiler: ¡no!
Ojalá algún pez aprecie más que yo el que he derramado antes y se pille una buena cogorza a nuestra salud.
Y también nos besamos. Nos besamos mucho.
Constantemente. Y nos abrazamos. Lo hacemos cada vez que estamos cerca y si estamos lejos nos buscamos.
No hay manera de huir en seis metros de eslora.
He llegado a la conclusión de que pocas cosas son mejores que sentir el calor del otro cuando la brisa del mar te hace tiritar.
Siento el deseo de quitarle la ropa aquí mismo, en mitad del mar, de esta gran nada azul repleta de vida.
Quedarnos desnudos y hacer el amor llenando el aire de escalofríos y estremecimientos de placer.
Me contengo, no sé muy bien por qué. Quizá por no sentir el refugio de unas cuatro paredes.
Quizá porque quiero que sea él quien tome la iniciativa.
Quizá, también, por el frío que me cala los huesos a medida que el sol baja anaranjado por el horizonte y el viento arrecia.
—Queda poco para que anochezca —dice separando los labios de los míos y dejándome una hinchazón bastante reconocible en mi pantalón y yo en el suyo—. ¿Te parece si volvemos y continuamos esto en mi casa?
Me hubiera gustado seguir aquí hasta el anochecer.
Ver cómo se siente navegar bajo un mar de estrellas y hacer, quizá al amparo de la oscuridad, lo que no me he atrevido a hacer a plena luz del día.
Pero un escalofrío me recuerda que la temperatura no para de descender y no tengo la certeza de cómo será de seguro volver de noche navegando tan cerca de la orilla.
Podríamos encontrarnos alguna roca en las zonas más bajas.
No tengo ni idea. No soy capitán de barco.
Ni siquiera marinero. Seguro que ya habrá tiempo de repetir, cuando volvamos con mejor clima.
Y entonces no pienso dejarlo escapar. La idea me excita un poco más, si es que eso era posible.
—Si quieres, naturalmente —aclara con cierto apuro. Creo que ha interpretado mal mi silencio—. Yo no pretendía…
—Claro —respondo y lo beso de nuevo.
Y nos abrazamos una vez más, muy juntos el uno del otro.
Tanto que por debajo de la cintura todo son certezas, nada nos anima a detenernos.
Es como si hubiéramos pulsado el botón rojo del maletín nuclear.
Ya no hay marcha atrás. Los misiles están en camino y el fin del mundo espera a nuestro alrededor.
El frío de hace unos instantes se ha esfumado en algún momento y sentimos un calor desmesurado que, lejos de repelernos, nos empuja y nos guía a palpar el cuerpo del otro.
Y es así, mientras nos manoseamos, empujados por el deseo, como pierdo el equilibrio.
Él, ágil, me agarra en un gesto rápido que me deja a su merced.
El pelo desbocado de su flequillo me cosquillea en la cara.
Sus ojos me sonríen. Su boca me besa húmeda de nuevo.
—Espera —dice marchándose de mi lado, una vez se asegura de que he recuperado la estabilidad.
—¿No irás a dejarme…? —Las palabras mueren en mi boca al verlo extraer la manta vieja y apolillada, que extiende sobre la cubierta. Sonrío. Ahora me da igual todo.
Tom se tumba boca arriba y yo me echo encima.
Es caballeroso hasta en estos momentos. Pero ya basta de remilgos.
Meto la mano bajo la camisa y siento como los músculos del abdomen de Tom se tensan ante el contacto frío de mis dedos.
No dura mucho. Enseguida vuelven a relajarse, mientras se deja hacer.
Y deslizo la mano hacia abajo, hasta sumergirla bajo el pantalón. Allí encuentro mi objetivo.
—Parece que he pescado algo —bromeo.
—¿Y qué te parece?
—Me parece bien. —Y nos da la risa floja—. Pero anda algo inquieto.
No suelo bromear mucho cuando estoy haciendo el amor. Sin embargo, con Tom es diferente. Me da una confianza en mí mismo, y en él, que no sé muy bien de dónde surge. Supongo que tiene que ver con esos ojos serenos y profundos.
Tom comienza a desnudarme ansioso y yo lo imito.
Nos entorpecemos mientras le arranco su abrigo y su camisa y él a mí el jersey y la camiseta.
Reímos. Seguimos con los pantalones, que nos quitamos de manera apresurada y desastrada.
Las zapatillas vuelan. Los calzoncillos apenas aguantan un par de segundos más.
De rodillas, nos quedamos completamente desnudos, el uno frente al otro.
La mirada fija. La respiración entrecortada.
El vaho, por el frío y la humedad, llena el estrecho hueco que nos separa.
En mitad del mar, justo cuando el sol se esconde en el horizonte lanzando los últimos destellos bajo un cielo morado, la luna emerge nítida rielando sobre las olas.
Entre nosotros se forman unas chispas invisibles que nos atraen, inevitables.
Una fuerza desconocida que se empeña en que dos personas se unan en cualquier dimensión.
Y como ante cualquier ley de la naturaleza, acabamos por seguir sus dictados y nos apretujamos, sedientos el uno del otro.
Lo que viene a continuación son algunos besos lentos y otros apresurados. Caricias tiernas y apretones firmes. Jadeos, inhalaciones. Contracciones, escalofríos y convulsiones. Un fundido a negro, un fundido a blanco. Sonrisas cómplices. La pequeña muerte.