¡A la mierda las comedias románticas! 20. Algo de la miel y un asno y no sé qué
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20. Algo de la miel y un asno y no sé qué

⁠—⁠¡Tom, pero esto es demasiado! ⁠—⁠digo a medida que nos acercamos a uno de los embarcaderos del puerto de Valencia. Yates, catamaranes, veleros…

Estoy seguro de que no os vais a sorprender si os digo que es la primera vez que entro en esta parte del puerto.

Una zona exclusiva para los dueños de esta colección de dinero flotante.

Y no es que sea un aficionado a los barcos, si he reconocido qué es cada cosa es porque Tom me lo ha ido indicando a medida que nos los íbamos encontrando en los primeros muelles.

Ahora parece que sé distinguirlos. Más o menos.

⁠—⁠A ver. Tampoco pongas las expectativas muy altas ⁠—⁠me advierte⁠—⁠. El que vamos a usar no es ni mucho menos como estos. Mira, ahí está. Es el de la raya plateada en el casco.

Encajado entre un catamarán y un velero, se encuentra un barco algo más pequeño, pero suficientemente grande para impresionarme. Eso viene a ser cualquier embarcación que no se mueva con dos remos, también os lo digo.

⁠—⁠Me hubiera gustado poder alquilar un velero, pero no sabía si te dominabas mucho en el mar y no quería que acabaras tirado por la borda de un golpe con la botavara ⁠—⁠bromea.

«¿La bota qué?», pienso mientras suelto una carcajada para disimular mi ignorancia.

Le sigo el rollo para que no parezca que soy tan pardillo y le saco la lengua haciéndome el indignado.

Aunque he de reconocer que lo más probable es que hubiera ocurrido algo similar, sea lo que sea la cosa esa que ha dicho.

Mi experiencia patinando es comparable a mi experiencia como navegante. Nula.

⁠—⁠¿Te mareas?

⁠—⁠Lo más que he hecho ha sido ir a Tabarca desde Santa Pola en el Kontiki. ⁠—⁠Me encojo de hombros.

⁠—⁠Entonces, lo descubriremos por el camino. ⁠—⁠Sonríe⁠—⁠. Vamos, te ayudo a subir.

Me coge de la mano y agradezco el contacto cálido y firme.

El barco, sujeto de un par de cabos al embarcadero, se bambolea con suavidad de un lado para otro.

Menos mal que el dolor de la espalda a estas alturas se ha convertido en una mera molestia.

Un recordatorio de que no representaré a España en ningún campeonato de patinaje.

Seguramente no podría ni representar a mi escalera.

No se lo he preguntado a Al, pero me jugaría mi pie derecho a que a él patinar se le da mejor que a mí.

⁠—⁠Te habrá costado una pasta. ¡Madre mía, y Héctor aún te tendrá a prueba!

Solo espero que ese idiota no decida rescindirle el contrato y más después de lo que está currando en esa prueba estúpida.

Pensándolo bien, seguro que le ha dicho que no me cuente nada por si le puedo echar una mano.

¡Mierda! ¿Cómo no había caído? Será algún tipo de test. Tengo que ayudarlo como sea.

Tom, por su parte, va desatando cuerdas de un lado y de otro, y las lanza hacia el muelle o…

⁠—⁠¿Cómo vas a encontrarla después? ⁠—⁠pregunto señalando una última cuerda que ha tirado al mar.

⁠—⁠Con esto. ⁠—⁠Me enseña una boya sucia y gris que lanza al agua junto a la embarcación, aproximadamente en un punto medio a la longitud de la misma.

Yo lo miro como si todo esto fuese un truco de magia⁠—⁠.

El cabo va sujeto a la boya. Así es más fácil encontrarlo luego y no se enredará con las hélices ⁠—⁠me aclara al ver mi gesto embobado.

⁠—⁠Te iba a preguntar si tú sabes llevar esto, pero es evidente que sí.

⁠—⁠Me saqué el título hace muchos años. Aunque, con eso de estar de acá para allá, nunca he podido comprarme uno.

⁠—⁠Bueno, y por la pasta, supongo.

⁠—⁠Sí, sí, eso también, claro. ⁠—⁠Ríe como si acabara de caer en ello.

⁠—⁠¿Y se puede saber a dónde vamos?

⁠—⁠Pues en realidad no lo tenía muy claro. Si fuese verano, te llevaría a unas calas maravillosas que hay cerca de Moraira o de Calpe a las que se puede acceder nadando desde el mar. Pero ahora… Supongo que simplemente me apetecía que me acompañases a navegar. Si te parece bien, claro.

⁠—⁠Navegar estará bien.

«Y más si es contigo», quisiera añadir, pero me contengo. Y le advierto a mi estómago que, por favor, por favor, no se le ocurra revolverse a mitad del camino. Con haber tenido una cita acabada en desastre ya es más que suficiente.

◆◆◆

He de decir que siempre me ha dado un poco de miedo el mar.

Como he dicho antes, no es que lo haya hecho más de una vez, pero si ya con alejarme nadando de la orilla y contemplar el horizonte marino me da cierta sensación de congoja…

, estar aquí, en mitad de la nada, rodeado de agua y mirando hacia un fondo que no puedo intuir, me produce esa misma sensación multiplicada por mil.

No creo que se trate de talasofobia, que, para quien no lo sepa, es el miedo al mar abierto.

Es una mezcla de respeto e impresión, algo así como un síndrome de Stendhal en la naturaleza.

Lo mismo me pasó cuando fui al Sáhara durante un viaje de la universidad y me quedé alucinado al ver la extensión de desierto que no acababa nunca, mirase a donde mirase.

⁠—⁠¿Te gusta? ⁠—⁠me dice Tom, que se acerca a mí después de apagar el motor.

⁠—⁠Me encanta ⁠—⁠respondo y le planto un abrazo que podría partirlo en dos. Me ha salido sin pensarlo. Él ríe y me rodea también con los brazos.

Cuando nos separamos, siento la brisa fresca y húmeda y me produce un escalofrío.

⁠—⁠Perdona, se me olvidó decirte que buscases un cortavientos o una chaqueta un poco más de abrigo. Aquí siempre suele hacer más frío que en tierra.

⁠—⁠Estoy bien.

Tom levanta la ceja.

⁠—⁠Toma la mía, anda.

⁠—⁠Ni de coña. Soy un tío duro.

Pero ¿sabéis qué? Que me habría encantado que insistiera y me hubiera prestado su chaqueta. Así, después me haría el tonto y me la llevaría a casa para, cuando lo echara de menos, poder aspirar su aroma. ¿Cursi, verdad? Ya, a mí también me lo ha parecido.

⁠—⁠Mira ⁠—⁠dice alcanzándome una manta a cuadros vieja y apolillada⁠—⁠. ¿Servirá?

⁠—⁠Mejor la dejamos donde estaba. Tiene que tener más vida que el fondo marino.

Encuentro acomodo en un asiento en el lateral.

¿Babor, estribor? Ni idea. Me quedo un rato ahí contemplando el infinito.

El día ha salido perfecto. No hay ni una nube, solo las estelas de condensación de un par de aviones que se han cruzado en el aire dibujando una X como si fuera el mapa de un tesoro pirata.

⁠—⁠Podría acostumbrarme.

Tom se sienta a mi lado y sonríe satisfecho.

Lo sabe. Sabe que me tiene en el bote. ¡Qué bien traído!

Sí, podéis poner los ojos en blanco si queréis.

Pero, por primera vez, pienso que está pasando lo que tantos años se me había vedado.

Mi propia historia romántica. Mi propia comedia con final feliz.

Fastídiate, Jennifer Aniston, o López ⁠—⁠que también me vale⁠—⁠.

Esta historia es para mí. Para mí y para Tom.

⁠—⁠¿Sabes lo mejor? ⁠—⁠me dice sonriendo mientras tamborilea con los dedos sobre una portezuela a su lado.

⁠—⁠¿Es que hay más?

Abre la pequeña puerta y saca una nevera con un montón de comida en latas y sobres de plástico de estos de la sección gourmet de alguna gran superficie, ya de por sí cara.

También asoma el cuello una botella que Tom agarra y me planta delante.

«Dom Pérignon», leo en la etiqueta. No soy un gran conocedor del mundo del champán, pero sé que ese no se vende en una tienda cualquiera.

⁠—⁠¿Hola? Te has pasado, Tom. ¡Todo esto es una pasta!

⁠—⁠Después de lo que ocurrió el otro día, quería compensarte. Me sentía un poco culpable. No pensé que al llevarte allí sin saber patinar te pudieras hacer daño.

⁠—⁠Pero no hace falta este despliegue. Y no tienes culpa de nada, aquí el kamikaze fui yo, que me emocioné muy rápido.

⁠—⁠¿No te gusta? ⁠—⁠pregunta con cierto tono de decepción.

⁠—⁠Yo no he dicho eso. Me gusta mucho, pero es que nadie ha hecho nada parecido por mí nunca.

No sé, me parece excesivo. ⁠—⁠Va a decir algo.

No se lo permito. Quiero aclararlo todo antes de crear cualquier malentendido⁠—⁠: Y, repito, no es que no me guste.

Simplemente me abruma. Para bien. ⁠—⁠Sonrío⁠—⁠.

Por fin mi falta de habilidad en algo se ve recompensada.

Él suspira aliviado, sonríe y los dos nos relajamos. Tom saca la botella y, tras descorcharla con bastante más habilidad de la que yo hubiera tenido, la sirve en dos copas alargadas que saca también del cajón. Brindamos produciendo el típico tintineo del cristal y le damos el primer trago.

⁠—⁠¿Está delicioso, eh? ⁠—⁠me dice Tom después de mi primer sorbo de champán caro.

⁠—⁠Yo… yo… ⁠—⁠Yo no soporto el champán. Lo sé, a todo el mundo le gustan las burbujitas en ese líquido dorado que es supercaro y supercool y todo lo que tú quieras, pero no lo soporto⁠—⁠. Sí, mucho ⁠—⁠miento mucho también.

Tom da un nuevo trago largo y sonríe henchido de satisfacción.

Pero ¿cómo le digo a esta criatura que me mira con esos ojillos brillantes, a juego con el mar y el cielo, que me gustaría más cualquier sidra de marca blanca del supermercado?

Es que suena tan cutre… Bueno, tan cutre como mis gustos, claro.

Supongo que esto es como el refrán ese que dice no sé qué de la miel y de un asno. ¿Cómo era?

⁠—⁠No está hecha la miel para la boca del asno ⁠—⁠murmuro para mí, complacido por haberlo recordado, y le doy un trago largo hasta apurar la copa. ¡Puaj!

⁠—⁠¿Cómo?

⁠—⁠¿Eh? Que así, fresquito, entra muy bien.

Compongo la mejor sonrisa que soy capaz para camuflar el desagrado.

Él, exultante, me besa y cualquier atisbo de mal sabor se diluye.

Bebería gasolina si después él viniera a quitarme su sabor con otro beso.

¡Maldita sea, me estoy pillando de verdad!

¿Pero quién no lo haría? ¡Si esto es una fantasía!