19. San Nicolas… Cage
—No hacía falta esto, Javi —dice Al cuando llegamos a la cola para entrar al cine.
—Sí, sí que hacía falta. Te hablé como un capullo. Pero si no te apetece o lo que sea, nos vamos a casa —comento inseguro. Puede que por la manera estúpida en la que me he comportado con él, después del accidente, no tenga muchas ganas de pasarse hora y media sentado codo con codo.
—¿Estás loco? Si dicen que es de lo mejor que ha hecho en años. ¿Nicolas Cage metido en los sueños de todo el mundo?
—Menudo mal rollo.
—¡Ya te digo!
Normalmente no hay que hacer tanta cola para entrar al cine, y más yendo con la entrada ya comprada, pero parece ser que hay una especie de reposición de las películas de Crepúsculo o algo así y van a hacer unos pases especiales.
Por respeto a sus seguidores, Aída y mi madre, entre otros, me guardaré mi opinión sobre los vampiros que brillan al sol.
Habéis oído bien, mi madre, a la que le encantan los telefilmes de sobremesa de fin de semana, se pirra por ver esta saga.
¡Flipad! Aunque también le gustaba Smallville , esa serie sobre un Superman adolescente —interpretado por un actor que tenía diez años más que su personaje— que el noventa por ciento del tiempo estaba mojado o sin camiseta para que se le vieran bien los abdominales.
No sabe nada mi madre. Me da que ya sé de dónde me viene a mí el gusto por los tíos.
—A lo mejor preferías ir a los cines del centro comercial —sugiero por romper el momento de silencio.
—Ni de coña. Me encantan estos.
Y a mí también. No es que tenga nada en contra de los gigantescos y modernos cines de los centros comerciales, que son muy cómodos y tienen una equipación de la leche y todo eso, pero es que en los cines de toda la vida, no sé, hay como un ambiente diferente.
Algo más auténtico. Cierta nostalgia bien entendida. No sé si me explico.
—Al… —Trato de encontrar las palabras con las que pedir perdón—. Yo quería decirte que lo siento, que he…
—Javi, para. No tienes nada por lo que disculparte, tío. Que tampoco ha pasado nada. Simplemente has estado un poco más borde de lo normal. —Me guiña el ojo—. Apenas distinguible del día a día.
¡Será capullo! Sonrío.
—Estabas jodido y punto. A ver, a mí me hubiera pasado lo mismo.
—Lo dudo mucho.
Me rodea los hombros con uno de sus largos y firmes brazos y me atrae hacia él.
—¿Para qué están los colegas?
—Vale, vale, que se van a pensar que estamos juntos —bromeo al ver unas cuantas cabezas girarse hacia nosotros.
Lo que me incomoda es ser el centro de atención, no el que nadie se piense que estoy con otro tío y menos si es alguien como Al.
Esos tiempos de vergüenzas, afortunadamente, ya quedaron muy atrás.
No obstante, me jugaría mi extensa fortuna, guiño, guiño, a que es Al quien se lleva todas las miradas.
—Que se fastidien —bromea él también y me aprieta más sin dejar de sonreír.
—¡Al! —grita la voz de una chica desde alguna parte.
Mi amigo suelta la presa y deja de apretujarme. Mira alrededor en busca de alguien que no alcanzo a ver.
—¡Al! ¡Aquí!
Una chica se acerca a nosotros. ¡Y qué chica!
Ya solo por la manera de caminar, parece más segura de sí misma de lo que yo estaré en la vida.
Al ajusta su sonrisa. Ya no es aquella abierta y sincera que tenía tan solo unos segundos antes.
Es como si ahora esa felicidad se hubiera debilitado al ver llegar a la chica rubia de media melena, que, con unos simples vaqueros rotos y una sudadera amarilla, ha hecho que todas las cabezas del género que sean se hayan girado hacia ella.
Hacia nosotros. El instinto me hace alejarme unos cuantos pasos de mi amigo y su desconocida y abrumadora amiga.
Mirándolos así, los dos altos, atléticos, bronceados, hacen una pareja de la leche.
Parecen sacados de alguna película de surfistas que se encuentran en algún lugar de moda en Los Ángeles.
Me encojo un tanto sintiéndome muy fuera de lugar.
—Hola, Al. ¡Qué sorpresa encontrarnos aquí! ¿Qué tal? —Le da dos besos y se demora demasiado para tratarse de un simple saludo entre dos amigos. Siento la incomodidad de él, que ha cambiado el peso de un pie a otro.
—Bien, aquí con Javi —me señala con un cabeceo nervioso—, a entretenernos un poco. Javi, esta es Tania.
—Encantado —digo, y nos damos dos besos. Los nuestros mucho más breves y protocolarios.
—Me alegro de que ya estés mejor —sonríe ella.
Y no es una de esas sonrisas falsas que acompañan una frase cargada de sarcasmo.
Parece totalmente sincera y eso es lo que más me preocupa.
¿Qué le ha pasado a Al que yo no me he enterado?
Creo que somos lo suficientemente buenos amigos como para contarnos cualquier cosa.
Al menos, espero que él me vea también de ese modo.
Pero, si echo la vista atrás, no recuerdo que me comentara nada últimamente.
De hecho, soy yo el que siempre estoy ahí a pico y pala contándole mis mierdas y yo no sé apenas nada de las suyas.
Me hago consciente de la situación y esta verdad revelada me cae como un jarro de agua fría.
—¿Mejor? —digo mirando a Al, que se ha ido poniendo nervioso por momentos, desde que ha llegado Tania—. ¿Al, te ha pasado algo?
Mi amigo lanza una mirada furtiva a Tania con un aviso implícito.
—No, no, tranqui. Todo bien.
¿Todo bien? No me lo creo.
—Pero, tío, te has quedado blanco.
—Bueno, ¿y qué vais a ver? —comenta ella en lo que distingo una maniobra de distracción que hace suspirar aliviado a Al.
Está bien, vosotros ganáis. No voy a seguir con el tema, pero me lo voy a dejar archivado en mi estantería mental destinada a conversaciones pendientes.
— Dream scenario —dice Al señalando el cartel con un cabeceo—. Placer culpable. ¿No habrás venido también a esta? Me dijiste que odiabas a Nicolas Cage.
¿Perdona? Después de dejar a Al medio atontado, anda diciendo estas cosas del gran Nicolas. No sé si me cae bien esta chica.
—Ni en sueños —ríe ella—. Yo vengo a por ese de ahí —añade señalando el cartel de Crepúsculo en el que aparecen Edward y Bella en una pose muy afectada. No me tiréis de la lengua, que al final hablaré…—. Placer culpable. —Se encoge de hombros y ambos ríen.
Los imito para quitarle importancia al momento anterior. Pero sigo dándole vueltas a qué es lo que le ha podido pasar a Al y por qué no me ha dicho nada.
—Yo no he visto nada si tú no has visto nada —bromea Al bastante más relajado.
—Hecho. —Ella le guiña un ojo.
Un grupo de ambos sexos pasa junto a Tania. Todos tan perfectos como ella. ¿Habrá una convención de actores promesas de Hollywood y yo no me he enterado? Intercambian unas cuantas palabras con ella, quien les hace un gesto para que se adelanten.
—Bueno, os dejo. Un placer, Javi. —Se acerca hasta Al y lo abraza fuerte. Él lo devuelve más cómodo que al principio—. Y tú llámame, que una cosa no quita la otra.
Al asiente y Tania se marcha junto al grupito de hace un momento. La cola avanza otro tanto y ya casi es nuestro turno para que nos escaneen la entradas, que busco entre las descargas del móvil sin dejar de pensar en el tema.
—¿De qué conoces a esa chica? —me atrevo, al fin, a preguntar mientras doy con ellas.
—Es una amiga.
—¿Solo una amiga?
—Estuvimos saliendo unas semanas.
—Ya decía yo… —Y entonces caigo—: ¿Cómo es que no me habías dicho nada? Jamás la vi por casa ni dijiste que habías quedado con nadie.
Al se encoge de hombros.
—Tampoco fue nada serio. Un tonteo más bien —se excusa quitándole importancia, aunque no me mira a los ojos siquiera.
—Pues ha sido un poco raro todo. ¿Acabó mal la cosa? ¿O bien? No me ha quedado muy claro.
—Acabó —responde encogiéndose de hombros.
—Pero ¿qué es eso que ha dicho de que si estabas bien? ¿Qué pasó? ¿Te encuentras bien?
Al me mira indeciso, barruntando algo. Ha vuelto esa incomodidad.
—Perdona. A lo mejor me estoy metiendo donde no me llaman. Si no quieres, no me cuentes. Es que, si te pasa alguna cosa, me gustaría que lo pudieras hablar conmigo. Yo siempre estoy ahí con mis historias.
—Vamos a hacer una cosa: ¿por qué no nos concentramos hoy en disfrutar de otra memorable actuación?
—Pero…
—Y te lo contaré. —Sonríe—. Ahora vamos a ver de qué va esto. Además, no hay mal que Nicolas no arregle.
Pero ya no me lo saco de la cabeza y no porque la película no merezca la pena.
El argumento es más que original y Nicolas está de diez.
En esta, sí. Total, hace prácticamente de él mismo, igual que en The unbearable weight of massive talent .
Sin embargo, me paso los algo más de noventa minutos dándole vueltas al asunto y disfruto poco de lo que estoy viendo.
Al, aunque intente disimularlo, tampoco está en lo que está.
Lo miro de vez en cuando y, al sentir mi vigilancia, se gira hacia mí, sonriendo.
Buscando una falsa complicidad conmigo y la pantalla.
Como si así evitásemos un tema que no le apetece sacar a la luz.
Al, que siempre está ahí para todos, que siempre tiene un consejo que ofrecer. ¿Qué es lo que te pasa, amigo?