18. Regreso al… ¿futuro?
Hasta el miércoles de la semana siguiente no pude volver a la oficina.
Me dolía al caminar, pero mucho más al permanecer sentado.
La única manera en la que podía mantenerme un rato en la misma postura era si me quedaba tumbado boca abajo o de lado.
También acabé por probar la crema que me ofreció Al.
Como siempre, tenía razón. Funcionaba mucho mejor que la que me habían recetado en Urgencias.
Con eso y con algo de hielo aplicado con un paño, pude bajar la inflamación hasta un punto aceptable.
Aunque las molestias seguían —y siguen— ahí y el hematoma también.
No les he querido decir nada a mis padres porque si mi madre decide venir a cuidarme y ve el cardenal del culo extendido hasta la espalda, acabarían por hacerme ese tacto rectal, un TAC completo, cinco análisis de sangre y una gastroscopia si se lo propone. Solo por asegurarse.
—¿Cómo dices que era su nombre completo? —pregunta Aída.
—Tom H. Ledesma, fue lo que me dijo. Supongo que, oficialmente, Tomás H. Ledesma.
—Uhm… Interesante.
—No me gusta cómo ha sonado eso, Aída. —Me remuevo incómodo en el mullido cojín que he puesto sobre la silla de trabajo y que se ha ganado un puesto entre mis mejores amigos de los últimos tiempos.
—¡Ay, no me seas tan quejicoso! Por cierto, ¿has hablado ya con él?
Niego con la cabeza.
—¿Y a qué esperas?
—Es que tampoco me ha llamado en todo este tiempo ni me ha venido a ver.
—¡Consejos vendo que para mí no tengo!
—Estoy de tus frasecitas hasta aquí —le digo poniendo la mano un palmo sobre mi cabeza.
Aída me sonríe y me lanza un beso que parece empujar soplando cual diente de león. Yo achino los ojos y la miro con la mejor cara de desprecio que alcanzo a componer. Está inmunizada y pasa completamente de mí.
—Por cierto —continúo—, no sé ni por qué me he molestado en venir esta mañana, para lo que hay que hacer…
Y es verdad. No tenemos ningún plano con el que trabajar. Por lo visto, la serie con la que estábamos trabajando los últimos meses toca a su fin y no ha entrado ni un solo encargo más. No hay anuncios, ni teasers , ni nada de nada.
—¿Tú tienes algo?
Aída se toma un rato para contestarme, como si se tuviera que pensar la respuesta.
—Me ha pedido Héctor unos test de un par de explosiones para pasárselas a Tom.
—¿Y para qué quiere eso Tom?
—Ni idea —dice Aída encogiéndose de hombros—. Es por no sé qué de unas pruebas, pero no me ha dicho mucho más. Solo sé que también las ha solicitado al departamento de arte y a un par de animadores, creo.
—Estoy de los misterios y de las pruebas ya hasta el gorro.
Así que, sin nada que hacer, me levanto con la intención de ir a ver a Tom y comprobar si está todo bien entre nosotros. También he de reconocer que me mueve un poco la idea de curiosear. No sé si me voy a enterar de algo, pero, al menos, lo voy a intentar.
—Hombre, Javi —me dice Héctor, al que me cruzo a mitad de camino, justo en la nueva «sala» de grabación de referencias de los animadores. Las miradas que nos lanzan estos son fulminantes. ¡Qué territoriales!
—Hola, Héctor —digo sin ganas.
—¿Qué tal? ¿Te encuentras mejor?
—Más o menos.
—Ya me han contado. —Sonríe para sí—. Eso tuvo que doler, ¿eh?
No sé qué espera que le conteste. Pues claro que tuvo que doler. Puñetera Aída, que no puede estar ni un segundo con la boca cerrada.
—Esto…, Héctor, una cosa: ¿hay previsto que entre algún proyecto próximamente?
—La verdad es que cerrado cerrado no hay nada.
—Pone su pose de interesante con la mirada al infinito y un par de dedos sobre la barbilla—.
Pero te contaré algo, extraoficialmente, claro.
—Me agarra del brazo y me lleva hasta la puerta de su despacho, donde baja el tono de voz para hacerse el enigmático—.
Estamos en negociaciones para participar en una película con una productora, que tampoco te puedo decir el nombre ahora, pero es de las más importantes del país.
—¿Un service ?
Para los que no lo sepáis, que seréis la mayoría, un service es como un encargo.
En animación no se escatima a la hora de usar anglicismos.
¡Qué le vamos a hacer! El caso es que estos encargos, por así decirlo, son proyectos llevados por empresas ajenas al estudio, pero que, puntualmente, cuentan con ellos.
—¡Eso es cojonudo!
—La verdad que sí. Pero te pido que no cuentes nada por el momento.
—¿Y no me vas a decir nada más? ¿Hay fechas?
—Si todo va bien, a la vuelta de Navidad. Pero, ya te digo, nada es seguro. Eso sí, hay complejidad en los VFX.
Se me abren las pupilas de emoción. Un reto, por fin un reto de verdad y no hacer efectos repetidos una y otra vez cuyos comentarios de vuelta son: «Un poquito más rojo», «Más rápido», «No, más lento» o «Volvemos a lo del principio».
O mi favorita: «Quiero un fuego más así» y el interesado en cuestión se pone a agitar los brazos en el aire como si fuera un muppet .
—¿Y quién lo va a dirigir?
—Ya te he dicho que no puedo decir nada más. —Hace el gesto de la cremallera—. Pero es un director que ha estado nominado unas cuantas veces a los Goya y que tiene más de uno en su casa.
¡Esto es un notición! Hacía tiempo que deseaba una oportunidad así.
—Vale, vale. Pues, como ahora no hay trabajo, si te parece bien, me puedo poner a hacer un poco de I+D —propongo emocionado deseando hacer mil pruebas—. Lo único…, ¿hay algún efecto que sea más importante que otro?
—Nada, aprovecha estos días y trastea con lo que veas. En el guion he visto agua, lluvia, elementos que cambian de forma continuamente… Hay de todo. Os vais a divertir mucho.
—¡Genial! Eso suena muuuy guay.
—Pues nada, ponte a hacer esos test y crucemos los dedos. —Me guiña el ojo cómplice—. Si sale, tenemos que darlo todo. —Aprieta el puño frente a su cara como esos directivos cutres de las pelis de los noventa.
He de reconocer que estoy bastante excitado ante la perspectiva.
¡Una película! ¡Por fin! Estaba ya cansado de tanta serie y tanto anuncio.
Camino de vuelta a la sala de VFX pensando en qué cosas podemos hacer para crear un buen flujo de trabajo y mejorar lo que tenemos.
Empezaré con algunas pruebas de fluidos que se puedan comportar de diferente manera y podamos exportar como un preset .
¡Oh, perdón! Siento tanto lenguaje técnico.
Un preset es un elemento con valores y funciones preestablecidos que funcionan para otros objetos diferentes pero de una manera similar.
Vamos, que si haces el fuego para una antorcha, ya te valdría para copiar y pegar en todas las antorchas.
Aunque… ¡Espera! Un momento. ¿Yo dónde iba antes de hablar con Héctor? ¡Tom!
Toc, toc, toc. Golpeo con los nudillos la puerta del despacho de Tom. ¿Ya se puede considerar despacho? ¿Por qué él tiene uno y yo no? Bueno, Javi, no te comas la cabeza ahora con eso y haz lo que has venido a hacer.
—¿Sí? —dice la voz de Tom al otro lado.
—¿Puedo pasar?
¿Eso ha sido un suspiro? Mal comienzo. Dejo caer el cuerpo sobre el marco de la puerta de manera casual y me quedo ahí, apoyado, esperando que suceda algo que no termina de ocurrir.
—¿Tom? —Y mi voz suena un poquito impaciente.
De entre un mar de pantallas, una o dos cabezas sobresalen para mirarme con cierta curiosidad, aunque no tardan en volver a su trabajo, o a lo que quiera que estén haciendo.
Tampoco ellos deben de tener mucho que hacer hoy.
Me fijo, además, en que algunos de los puestos de trabajo están vacíos.
Seguro que han aprovechado este parón para pillarse vacaciones.
Debería hacer lo mismo. Podría proponer a Tom hacer un viaje. Eso si sigue queriendo que nos veamos.
No he escuchado siquiera los pasos de Tom acercarse a la puerta, pero esta se abre un par de palmos y aparece su cara al otro lado. Suelta un bostezo y se restriega los párpados.
—Hola, Tom.
—Perdona, Javi, pero es que ahora no puedo.
—¿Me vas a hacer que vaya a hablar con Héctor o con algún inspector de trabajo para que te den un respiro?
—bromeo. Tom, nervioso, cambia el peso de un pie a otro, no dice nada y mira en dirección al despacho de nuestro jefe.
En un acto reflejo, yo también miro en esa dirección.
Ahí está, riéndose otra vez, mientras habla por teléfono.
Espero que sea porque está consiguiendo el contrato para la película misteriosa.
—¿Qué querías, Javi?
—¿Va todo bien, Tom? Quiero decir, ¿entre nosotros? Es que ya no he vuelto a saber de ti estos días…
—Sí, sí, perdona. No quería agobiarte después del golpe y, como no contestaste a mi primer mensaje, pensaba que necesitabas espacio. Tampoco es que yo haya tenido mucho tiempo.
¿Que yo necesitaba qué? Lo que necesitaba era que fueras y me pusieras la crem… No os voy a dar el placer de que hagáis un juego de palabras para reíros de mí en medio de esta conversación tan íntima. ¡Mentes sucias!
—¡Qué va! Yo… —Siento algo de vergüenza por verbalizar lo que se me pasa por la cabeza, pero me da igual.
Necesito tirarme a la piscina—. Yo quería pedirte perdón por haber echado a perder la cita el otro día.
Además —añado cogiendo carrerilla—, estuve un poco borde y tú no tenías la culpa de nada.
Lo único es que me sentía como un idiota.
—Javi —me interrumpe mirando sobre mi hombro izquierdo—. No tienes de qué preocuparte. Está todo bien.
Miro en la misma dirección que Tom y veo nuevas cabezas sobresalir.
—Cotillas —murmuro entre dientes.
—¿Quieres que quedemos el sábado y así lo hablamos con tranquilidad?
—Ojalá pudiera ser antes —digo haciéndome el pobrecito y consigo sacar una sonrisa a Tom, que me va a replicar algo, pero no le dejo—: Ya, ya, ya. Que tienes un proyecto ultrasecreto que te ha pedido Héctor. ¿Alguna vez me enteraré de qué va? Hasta Aída está haciendo algo para ese «proyecto».
—Sí…
—A Héctor le gusta darse importancia con todo. Seguro que es alguna chorrada y te la ha vestido como si fuese el desarrollo del proyecto Manhattan. Que no te agobien sus historias.
—Voy a seguir. Nos vemos el sábado.
Tom cierra la puerta y no sé si será producto de mi imaginación, pero me ha parecido que la sonrisa se le torcía un poco antes de hacerlo.
¿Le habrá sentado mal lo que he dicho? Solo quería quitarle algo de solemnidad a todo y quizá piense que lo estaba minusvalorando.
¿Aprenderé algún día a meditar por un segundo las cosas que dejo escapar de mi boca? No lo creo. Eso sería no ser yo.