17. Fenómenos para(a)normales
—¿Te importaría no reírte? ¡Si lo sé, no te cuento nada!
—Perdona, J. J. —se disculpa Aída al otro lado del auricular, y la oigo respirar hondo tratando de controlar la risa a mi costa, después de escuchar cómo fue mi cita con Tom y la posterior visita al centro de salud.
—Y para ya con eso. Estoy hasta las narices de la bromita esa de «Javi Jaleos».
—¡Ay, pero si es buenísima!
—¡Ya!
—Perdona, Javi. Es que…
—¿Es que qué?
—Joder, tío. Es que así contado pues es gracioso.
— Is qui isi kintidi is gricisi …
—Javi…
—Ni Javi ni Javo. ¡Me llamas para saber cómo ha ido con Tom, te lo cuento y te partes el culo! ¿Y aún quieres que me ría?
Se escucha la risa de Aída. Seguro que hasta se le ha saltado alguna lágrima a la muy…
—¡Que te den, Aída! Voy a colgar.
—No, no, Javi, perdona, perdona. Pero es que me la has puesto botando, cariño. Vale. ¿Y qué te han dicho? ¿Hay fractura? —dice haciendo lo posible por respirar con normalidad y no volver a carcajearse.
—No. Solo inflamación —respondo haciendo un poco oídos sordos—. Me ha recetado una pomada y reposar lo que pueda. Espero poder ir mañana a trabajar.
—Ese culito tendrá que quedarse quietecito un tiempo…
—¡Joder, Aída!
—Vale, vale. Es que da para tanto el tema que es difícil no hacer coñas. Pero por el trabajo no te preocupes. Lo poco que hay ahora lo puedo sacar yo tranquilamente y no creo que Héctor se ponga muy pesado. Así que, ya ves, no hay tanto drama.
—Según se mire. Imagina tener una cita con alguien que te gusta y acabar esperándolo en el hospital porque casi se parte el culo, literalmente.
—La verdad es que como anécdota de una cita no está mal. La mía es más cutre, acabé borracha. Por si no lo recuerdas. Y ni siquiera se la puede llamar cita.
—Pues también es verdad. —Cruzamos unos suspiros a través del auricular—. ¿Cómo somos tan desastres? ¿Me lo puedes explicar?
—No. Creo que seremos parte del próximo programa de Iker Jiménez.
—¿Aún ves esa mierda?
—¡Ni se te ocurra meterte con el maestro de lo paranormal! Por cierto, ¿has hablado con Tom después?
—No. Me trajo a casa y todo. Ahora me da vergüenza hasta llamarlo por teléfono. Me ha mandado un mensaje para ver cómo estaba y no le he contestado.
—¿Un mensaje? Eso es un poco cutre.
—No si hubieras tratado conmigo el viernes. Y el pobre Al se está comiendo todo mi mal humor.
—Haz el favor y cuida bien a ese ángel. No te lo mereces.
Por una vez en toda la conversación, nos quedamos en silencio.
Pienso en Al, en lo bien que se ha portado siempre conmigo, y mucho más ahora que estoy como estoy, sin apenas poder moverme.
Me sabe mal, pero, a pesar del aprecio que le tengo, no puedo evitar desear que quien realmente quiero que me cuide sea Tom.
Que sea él quien me prepare la cena o me ayude a llegar a la mesa.
Esperaba una visita durante el fin de semana para ver cómo estaba y solo he tenido ese mensaje, al que, por otro lado, no he contestado todavía.
¿Estará esperando a que se lo pida o se habrá hartado de mi mal genio del otro día?
—¿Javi?
—Dime.
—Esto… —titubea Aída—. He hablado por fin con Cata.
—¡Ya era hora! ¿Y por qué ese tono de arrepentimiento? ¿No ha ido bien?
—No, no, para nada. Fue muy bien. Hemos vuelto a quedar, pero reconozco que me asusta un poco. Creo que Cata me gusta muchísimo.
—¿Te asusta porque te gusta de verdad? Aída, cariño, eso lo has dicho de todas y cada una de tus novias.
—Ya, ya. Pero siento como que esto es diferente. Además, ¿has visto su nariz y ese tono moreno de piel? —Aída suena como si se estuviera derritiendo por dentro—. Ese rollo racial me pone verraquísima.
—¿Tú te escuchas alguna vez cuando hablas?
¿En qué momento ha venido un machirulo a meterse en el cuerpo de mi amiga? Si estás ahí, espíritu de un garrulo muerto en los noventa, por favor, sal de ella, ¡te lo exijo!
—Quiero hacerlo bien, Javi —añade más seria, y yo la creo—. Esta vez sí.
—Pues si quieres hacerlo bien, te voy a dar un consejo que debes grabarte a fuego.
—Vale, dime.
—Ni se te ocurra llevarla a patinar.