¡A la mierda las comedias románticas! 13. Cosas que no decimos
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13. Cosas que no decimos

Soy el primero en llegar a Dulce Pastel, que parece haberse convertido, en un tiempo récord, en nuestra pastelería de confianza, y tomo asiento en una mesa del fondo.

Nunca me han gustado las que están junto a los ventanales.

Eso de sentirme como un maniquí en el escaparate de una tienda de ropa no va conmigo.

Cata, que me ve desde la barra, se acerca sonriendo, aunque un poco menos que de costumbre.

⁠—⁠Hola, Javi. ¿Cómo andás?

⁠—⁠Hola, Cata. Bien, esperando a Tom.

⁠—⁠Buenísimo… ⁠—⁠Y lo que quiera que fuera a decir queda suspendido en el aire. Su cuerpo está frente a mí, pero su cabeza no.

⁠—⁠¿Todo bien?

⁠—⁠Esto… ⁠—⁠Juguetea con las manos. En su cara hay una genuina expresión de preocupación⁠—⁠. ¿Sabés si Aída se encuentra bien? La llamé y le he estado escribiendo desde el viernes, pero no me devuelve ni llamadas ni mensajes.

⁠—⁠Perdónala. Esta mañana está de trabajo hasta arriba ⁠—⁠miento.

No debería hacerlo porque Cata parece buena chica y porque no mola nada que te hagan ghosting , pero Aída es mi amiga y, aunque me haya metido un poquito con ella por el tema de la borrachera, entiendo perfectamente que esté avergonzada⁠—⁠.

Seguro que estará esperando a llegar a casa para escribirte con tranquilidad.

A veces tarda días en contestarme a los mensajes.

⁠—⁠Y esto es verdad. Si no trabajáramos juntos, no sé si nuestra amistad sería igual. ¡Qué mal!⁠—⁠. No te preocupes.

Pobre Cata. ¡Aída, ya te vale!

⁠—⁠Dale. Al menos espero que se encuentre bien.

⁠—⁠Sí, tranquila. Aún le quedaban secuelas de la resaca, pero ya mejor. Creo que ha aprendido la lección.

⁠—⁠Bueno… ¿Y qué tomarás? ⁠—⁠dice ella recobrando parte de su habitual porte alegre⁠—⁠. Que seguro no viniste acá a escuchar mis historias.

⁠—⁠Un chocolate. El de siempre.

⁠—⁠Marchando.

Cata se encamina hacia la barra para ponerse a trastear y preparar la comanda. Yo aprovecho para sacar el móvil y escribir a Aída.

Javi:

Aída, tienes a Cata muy preocupada.

No me seas idiota y escríbele. ¡YA!

Aprovecho para mirar el reloj. Hace más de media hora que Tom debería haber dejado de trabajar y esto está al lado. No hay mensajes suyos, ni llamadas. Pobre, a saber qué le ha pedido Héctor. Seguro que alguna gilipollez de las suyas.

⁠—⁠Aquí tenés ⁠—⁠dice Cata cuando deja en la mesa una humeante taza de chocolate cuyo simple olor me hace sentir un poco mejor.

Es mágico, sobre todo ahora que se acerca el invierno.

No es que Valencia sea especialmente fría, a pesar de que un valenciano te dirá que se siente más frío que en Plutón, «por la humedad». El caso es que se agradece igual.

Cata se marcha y yo no espero ni dos segundos para darle un sorbo al espeso y cálido elixir.

Si no habéis probado nunca el chocolate especiado, hacedlo.

Os lo recomiendo. Canela, jengibre, una pizquita de sal y su poquito de cayena.

La ralladura de limón o naranja es opcional, igual que el toque de anís.

Ahí la dejo. Parece una guarrada, pero no lo es si sabes ponerlo en su justa medida, como hacen aquí.

Suena el carrillón de viento de la puerta y despego la taza de los labios.

Ahí está Tom, por fin. Por alguna razón me pongo nervioso.

O más que nervioso. ¿En qué momento he empezado a tener esta sensación con él?

Mierda, no sé si solo es algo físico o me estoy…

No quiero ni decirlo. Pero puede que me esté enamorando.

Mierda, mierda, mierda. ¡Que somos compañeros!

Tom, sin hacerse eco de mis historias mentales, se acerca con una sonrisa, aunque con cara de cansado.

⁠—⁠Perdona ⁠—⁠dice cuando toma asiento, y al mirarme sonríe más.

Mariposas. Jodidas mariposas.

⁠—⁠Tienes un poco de chocolate ahí ⁠—⁠comenta estirando la mano para acercarla a mi boca.

Ah, ya sé lo que pensáis que va a ocurrir.

Ahora yo voy a dejarle pasar los dedos por el borde de mis labios para que me quite los restos de chocolate.

Y, claro, me sentiré hechizado, electrificado, por el roce de su piel con la mía.

Quizá, después de llevarse en los dedos la mancha dulce y oscura, él mismo la pruebe y los dos nos sintamos superexcitados.

Tanto que puede que en menos de cinco minutos salgamos en busca de cobijo en alguna de nuestras casas, o en un nuevo portal, como si fuéramos adolescentes, para seguir tocándonos con algo de intimidad.

Si es que es todo tan bonito en las películas…

¿Pero quién os creéis que soy? ¡Que ya os lo he dicho!

⁠—⁠Vaya. ⁠—⁠Me aparto y me limpio los restos de chocolate que han quedado en la zona del bigote porque me doy cuenta tarde de lo que estaba intentando y ahora ya no puedo retroceder y decirle que sí, que me lo quite él.

Que quiero sentir todo eso que os he contado, pero que como soy un poco cafre y yo mismo me saboteo, nada. Así que, a lo hecho, pecho.

⁠—⁠Aún te queda. ⁠—⁠Se toca la comisura izquierda, esta vez, sin acercar la mano.

Yo, sin pensarlo mucho, saco la lengua para intentar lamer los restos. ¡¿Pero qué hostias me pasa?! Cojo una servilleta, avergonzado, y dejo una buena mancha en ella. Madre mía, menudo Hugh Grant de pacotilla estoy hecho.

⁠—⁠Perdona, no me he dado cuenta ⁠—⁠me disculpo con la cara ardiendo y no por la calefacción.

⁠—⁠Eres muy gracioso, ¿sabes?

⁠—⁠Sí, bueno. Muy a mi pesar. ⁠—⁠Cojo aire. Él sonríe⁠—⁠. En fin. ¿Qué tal llevas el proyecto secreto?

Y la sonrisa se le borra.

⁠—⁠Lo siento, no quería interrogarte ⁠—⁠me disculpo al percatarme de la poca gracia que le ha hecho la pregunta⁠—⁠. Es que tienes cara de cansado.

⁠—⁠Tranquilo, Javi. Sí, sí que lo estoy. Este fin de semana ya empecé a preparar un poco lo que me pidió Héctor y hoy… digamos que ha sido intenso.

Debe de haber notado mi cara de sorpresa porque ha perdido algo de color en el rostro. Este asunto ya me está comenzando a mosquear. No os voy a engañar.

⁠—⁠¿O sea que cuando salimos de fiesta ya lo sabías?

Tom asiente.

⁠—⁠Ya.

Me jode un poco haberme enterado del dichoso proyecto por Héctor y no por él, la verdad. Para tirarme la caña y comerme la boca tuvo menos recelos.

Tom se da cuenta de mi fastidio.

⁠—⁠No quería hablar de cosas del trabajo estando de fiesta. No creo que fuese el mejor momento ⁠—⁠se excusa algo nervioso⁠—⁠. Quería pasármelo bien con vosotros…, contigo. Además, que tampoco es tan importante.

Y tiene razón y seguro que estoy exagerando, pero me mosquea no saber qué es lo que está pasando en la empresa en la que trabajo. Nos quedamos callados en un silencio bastante incómodo.

⁠—⁠Hola, Tom. ¿Qué tomarás? ⁠—⁠dice Cata acercándose a la mesa.

⁠—⁠Un té verde.

⁠—⁠¿Alguna otra cosita?

Cata apunta, nos mira a uno y a otro y se marcha sin decir una palabra más. Ha leído perfectamente la situación. Esta chica cada vez me cae mejor. A Aída no se le puede escapar.

⁠—⁠Oye, Javi ⁠—⁠comienza Tom⁠—⁠. Mira, es que no me quiero jugar el puesto. Yo aún estoy aquí en modo de prueba. Necesito el trabajo y Héctor me ha pedido muy encarecidamente que no diga nada. A nadie. Pregúntame de lo que sea, menos del proyecto, por favor.

Jodido Héctor. Pero parece que Tom no lo está pasando bien tampoco y no creo que poniéndolo contra la espada y la pared saquemos nada bueno. Así que decido pasar del tema. De alguna manera hay que reconducir la situación.

⁠—⁠Perdóname. Es que no me gustan los misterios. No los llevo bien y, en fin, da igual. Vamos a empezar otra vez.

Tom se relaja y el muro de tensión se desvanece entre ambos.

⁠—⁠Bueno, pues cuéntame, que no te lo he preguntado antes. ¿Cómo es eso de que te haces llamar Tom? ¿Eres medio inglés o algo así?

⁠—⁠No, no. Mi padre es de Madrid y mi madre de aquí, de Valencia.

⁠—⁠¿Entonces?

⁠—⁠¿Me ves en Londres o Nueva York llamándome Tomás?

⁠—⁠Nombre de torero total. Serías el más exótico de la clase ⁠—⁠bromeo.

⁠—⁠Exacto. ¿Podría ser más cliché? Un español con nombre de torero. Además, llamándome Tom es como más internacional. Lo mismo la gente se piensa que soy un trotamundos.

⁠—⁠¿Y no lo eres?

⁠—⁠Un poco sí. Pero aquí parece que si te llamas José Pérez tienes menos oportunidades que si te llamas Tom H. Ledesma.

⁠—⁠Tom H. Ledesma… ⁠—⁠repito en voz alta para comprobar la sonoridad y memorizarlo, ya de paso⁠—⁠. Bonito. ¿La hache de qué es?

⁠—⁠Y un tecito por aquí ⁠—⁠interrumpe Cata poniendo la taza entre Tom y yo, a la que ha añadido un par de minigalletas en el plato⁠—⁠. Que lo disfruten.

Tom le da un sorbo al té, con el que se quema los labios y derrama parte en la mesa. No puedo evitar que me dé la risa al verlo, por primera vez, en modo torpe.

⁠—⁠Viene ardiendo.

⁠—⁠Ahora te van a salir ampollas en los labios. Vas a parecer Carmen de Mairena.

⁠—⁠¿Quién?

Claro, si ha vivido fuera tanto tiempo, cómo va a conocer a las viejas glorias del mundo televisivo que ni yo mismo, por edad, debería conocer.

⁠—⁠Una que tenía los morros como dos barras de pan.

⁠—⁠Oh, muchas gracias. En lugar de venir y darme un poco de consuelo… ⁠—⁠se hace el dolido y cualquier atisbo de mal humor se esfuma⁠—⁠. Esto va a necesitar de una cura.

⁠—⁠Perdona, perdona ⁠—⁠me inclino hacia él y le doy un beso en los labios⁠—⁠. ¿Mejor?

⁠—⁠Solo si me aceptas una proposición.