12. Expediente X
La verdad es que sí que me estaba pudiendo la curiosidad.
Así que, cuando he visto a Aída suficientemente concentrada con sus planos, me he levantado de la mesa como si fuese al baño y me he marchado en busca de Tom.
En el camino, paso por la sección de los animadores donde las mesas están llenas de Funkos, figuras de películas de Disney, Pixar y los estudios Ghibli y algún que otro espejo donde unos cuantos se miran y ponen caras o les hablan…
Si no sabes a lo que se dedican, parecería un buen material de psiquiátrico.
Esquivo por los pelos a un par de chicos que parecían inmersos en la coreografía de algún tipo de lucha.
—¡Quita de ahí! —me dice una voz femenina y chillona en alguna parte—. Ya nos has fastidiado la toma.
—¡Perdón! —me disculpo y los dos chicos también me miran con mala cara.
—Por favor, a ver si conseguimos grabar las referencias de una puñetera vez —dice con fastidio uno de ellos.
—Pero no deberíais poneros a grabar aquí —me atrevo a añadir y las miradas se afilan como cuchillos—, es zona de paso.
—Pues vas y se lo dices tú a Héctor —propone la chica de antes, de muy mal humor, que sujeta el móvil sobre un trípode—. Por lo visto, ahora tenemos que hacerlo aquí también. Como siempre, los animadores somos los últimos en…
Y ya dejo de escuchar lo que me estaba diciendo porque creo que me lo sé.
He de confesar que me alivia un poco que no seamos nosotros, los de VFX, los únicos damnificados por las cagadas de nuestro jefe.
La verdad es que los chicos de animación están bastante más hacinados, y ahora, por lo visto, les han quitado la sala donde solían hacerse los vídeos de referencia con los que se ayudaban a la hora de animar.
Si normalmente siempre se están quejando y de los nervios por las entregas, los tiempos, la calidad…
, vamos, como nosotros, ahora, trabajar aquí tiene que ser como ir a cenar un asado argentino a la casa de los Gremlins pasadas las doce y con los aspersores a toda máquina.
Al menos, ya me imagino dónde puede estar Tom.
Sigo caminando hasta la sala del fondo, en la que solía estar el pequeño estudio de grabación de los animadores, con la esperanza de verlo al otro lado del cristal, pero lo único que puedo ver son las cortinas venecianas cerradas. Hay un cartel de «No molestar». Toco a la puerta.
—¿Tom? ¿Estás aquí?
Giro el pomo y noto la resistencia. Está cerrada.
Echo un vistazo nervioso hacia el despacho de Héctor por si ese cartel tuviera algo que ver con él.
Solo faltaba que estuviera reunido allí por algún motivo y me toque aguantar alguno de sus sermones interminables para decir nada.
No sabéis lo que son esos tremendos rollos.
Puede empezar hablando de lo que espera para un plano y acabar diciendo que le han regalado un jamón Cinco Jotas porque tiene un amigo en Disney y no sé qué.
Lo que sea por fardar. Dos meses estuvo trabajando allí, en Disney, hasta que lo largaron, seguramente por ser un turras, y se piensa que ha inventado la animación.
Pero no, Héctor está en su mesa, hablando por teléfono y riéndose.
Mejor para él. Espero que sea porque lo avisan de que va a recibir otro jamón y lo tengamos contento un par de días.
—¿Tom?
Escucho retirar el pestillo y la puerta se entreabre.
—¿Se puede saber qué haces ahí encerrado? —digo al verle media cara.
—Perdona, Javi, pero es que ahora no puedo. Tengo aquí bastante lío.
—Ya te ha pringado Héctor, ¿eh?
—Eso parece —comenta incómodo.
—Puedo echarte una mano si necesitas ayuda. Tengo los planos bastante encarrilados.
—Gracias —dice abriendo más la puerta—. Es que es algo que todavía no quiere que se sepa —se disculpa.
—Qué misterioso todo… ¿Es un expediente X? —Lo digo solo medio en broma.
La verdad es que fastidia un poco no saber qué se está haciendo. Siendo el supervisor de VFX, debería estar informado si tiene que ver con mi departamento, y más sabiendo que ha sido idea de Héctor. Con él te puedes esperar cualquier cosa, menos buenas ideas.
—¿Tomamos luego un café? —propone Tom con la clara intención de cambiar de tema.
—Vale. ¿Pero seguro que no quieres ayuda?
Tom niega con la cabeza y sonríe, pero no con una de esas sonrisas amplias y gustosas.
Lo hace forzado. Algo le pasa. ¿Será que se arrepiente de lo de la otra noche?
¡Mierda! Seguro que esperaba subir a casa.
Aída tiene razón. A veces soy como un crío de quince años.
Pienso todo eso mientras cierra la puerta en mis narices, aunque la vuelve a abrir un par de centímetros.
—Una cosa —me dice—. ¿Tú sabes por qué los animadores llevan toda la mañana mirándome como si quisieran cortarme a cachitos?
Me giro y ahí están todas las cabezas levantadas, con sus pares de ojos clamando venganza. Os lo advierto: nunca nunca nunca os metáis con los animadores.