11. Noches de desenfreno, mañanas de ibuprofeno
El lunes en la oficina, Aída y yo parecemos la noche y el día. Me cuesta dejar de sonreír y Aída no es capaz de quitar su cara de zapato viejo.
—¿Aún no te recuperas?
Aída me mira levantando una ceja. Es la interacción humana más compleja que hemos tenido durante toda la mañana. Supongo que pretende ser amenazante, pero las amenazas de mi amiga no surten efecto en mi persona. Lo malo de conocernos, supongo.
—¿Tanto te dura una resaca?
—¿La resaca? —responde ella con una voz rasposa, no sé si es por no haber hablado en horas o porque aún le duran los efectos de gritar canciones a pleno pulmón—. El ridículo, Javi. ¡El ridículo!
Una sonrisa se me escapa sin poder evitarlo al recordarla chillando por la calle y haciendo el idiota mientras iba borracha.
—¿Te ríes, encima?
—¿Y qué quieres que haga?
—Pues que me digas que no fue para tanto. Que me digas que apenas se notó que me cogí una buena. Eso quiero que hagas.
—Pero vamos a ver, cariño. ¿Cómo no se te va a notar? ¿Cómo era eso…? ¿«Hoy volvemos en ambulancia»?
—¡Joder! ¿Qué pensará Cata de mí?
—Dijo que te iba a llamar. ¿No lo hizo?
—Sí. —Aída baja la mirada.
—¿Y?
—Pues que no se lo he cogido.
—La madre que… La pobre se fue preocupada cuando te llevamos a casa. Te dio un beso en la frente y todo.
—¿Qué? —Aída se lleva una mano a la zona como si así tocase aquel beso—. ¡Joder!
—¡Pero si fue muy bonito!
—¡Un beso en la frente! ¿No sabes lo que significa eso?
—¿Que ibas muy borracha y se preocupaba por ti?
—No me lo recuerdes. Un beso en la frente… Eso es que me ve como una niña pequeña, la amiga idiota, una… una…
—O que no quería comerte la boca y que le potases encima. Haz el favor de ir a hablar con ella. No me seas una tremenda, que madre mía lo que te gusta a ti un buen drama.
—Ya veremos —responde Aída y suspira como si eso fuera el punto y final del tema—. ¿Y a ti qué te pasa para que estés tan contento?
—¿Yo? —Me hago el sorprendido.
—¿Yo? ¿Yo? —trata de imitarme ella poniendo la voz más grave, aunque lo que le sale es algo menos que la parodia de un orangután que se ha tragado a Joaquín Sabina—. Sí, tú. Llevas toda la mañana con cara de idiota y medio en las nubes. Si hasta estabas canturreando cuando has llegado.
—Nada. No sé. Es que es lunes y estamos aquí «haciendo los sueños realidad». —Le dedico un guiño y ella se enerva un poquito más hasta que algo le hace abrir mucho los ojos.
—¡Ha pasado algo!
—Siempre pasan cosas —respondo haciéndome el inocente y, para qué negarlo, un poco el interesante también.
—Javi, Javi…, no me toques los ovarios.
—¡Dios me libre!
Aída pega más su silla a la mía y me da un pellizco en el hombro a la velocidad de la luz.
—¡Au!
—¡Au! —me parodia ella poniendo una cara que no sé muy bien cómo definir—. Cuenta, desgrasiado —trata de emular el acento típico de telenovela venezolana, que le sale a medias.
Si hay algún lector de allí, por favor, disculpadla. Imita igual de mal ese acento que el murciano o el andaluz. Bueno, no hay ninguno que se le dé bien, no nos engañemos. Aun así, es muy buena persona. Cuando se le pasa la resaca. Os lo juro.
—Deberías mirarte lo de la agresividad.
— Dibiriis mirirti li di li igrisividid … ¡Cuenta ya!
—Es que no hay nada que contar.
—Mentiroso.
Sonrío enigmático alargando lo que puedo el juego con la esperanza de sacarla un poquito más de quicio. Ella me vuelve a dar otro pellizco.
—¡Vale, vale! Tienes un problema con eso.
—¡Suéltalo ya! —ordena.
—Nos liamos. Después de dejarte en casa, me acompañó al portal y…
—¡Oh! ¡Qué románticos sois los gais! —comenta con fastidio y, lo sé, con algo de envidia.
—Bueno, tratamos de no cogernos un pedo descomunal a la primera de cambio. Al menos yo, no sé si nos pasará a todos.
—Idiota. Pero, vale, me lo he ganado. Continúa.
—Si es que no hay nada más. Llegamos al portal y nos besamos. Bueno, me besó así en plan película.
Aída resopla y pone los ojos en blanco.
—Lo que te gusta exagerar.
—Pero es verdad. Además, allí nos pillaron unos chavales que estaban esperando el bus y parecía que se iba a ir todo a la mierda.
Ella se descojona.
—Arreglad de una puta vez la puerta. Un día os vais a llevar un susto pero de los chungos.
—¿Sí? No me digas.
—Sigue.
—Y ya está. Después nos liamos una vez más. Él se pidió un taxi y se fue.
—¿Y ya?
—Sí, y ya. ¿Qué esperabas?
—Pues que me dijeras que os habíais acostado.
—Por un lado, lo estaba deseando. No te voy a engañar. Pero si pasa algo, quiero que sea poco a poco.
—Poco a poco. Poco a poco… La vida no va poco a poco, Javi. La vida te sobrepasa, te arrastra, te atropella si vas poco a poco. ¡Que no tienes quince años para andar con remilgos!
—Que profunda para la resaca que llevas.
Aída levanta las cejas muy satisfecha de sí misma.
—¿Y tú no decías que no querías jaleos? —me dice.
Me encojo de hombros como única respuesta.
—Ay, Javi, Javi… «Javi Jaleos» te voy a llamar.
—Idiota.
—Lo qué tu digas, J. J. Por cierto, ¿no ha venido Tom esta mañana? —pregunta extrañada.
—Ha venido Héctor a primera hora —comienzo— y me ha dicho que, de momento, no seguimos con la formación. Que le va a encargar un proyecto o no sé qué. Lo ha metido por ahí en un despacho. Ni nos hemos visto hoy. Ya me dirás lo que va a poder hacer el pobre.
—¿Un proyecto?
—Ni idea, y mejor será seguir con esto. —Señalo el plano de animación que tengo delante en el que una serie de indios emplumados están bailando alrededor de unos troncos que simulan una fogata—. Las cosas no se prenden fuego solas.
—¿Y no tienes curiosidad?
—Lo que tengo son planos por hacer. Además, cualquier cosa que sea idea de Héctor y que no me caiga a mí no me interesa. Lo siento por Tom, porque va a conocer de primera mano lo que es tratar con «el que no puede ser nombrado».
—Pobre —comenta ella muy contrita—. Tendrás que consolarlo cuando termine. —Y se pone a lanzar besos al aire.
—Idiota.
—Mr. Jaleos —asiente con un amago de reverencia.