9. Rumore, rumore
—¡Es que me cago en su vida! —dice Aída lanzando una blusa a la cama, que parece un campo de batalla.
Si hubiera pasado un tornado, su habitación no estaría más desordenada.
—¿Pero cómo puede el pavo este ser tan… tan…? —continúa mientras saca una percha tras otra y las amontona en una montaña sobre la colcha.
—¿Gilipollas? —agrego desde la silla de escritorio en la que estoy sentado, con la cabeza apoyada en los brazos cruzados sobre el respaldo.
—Me vale.
No sé muy bien si está hablando de la blusa verde sin mangas que sujeta sobre su pecho frente al espejo o de lo que acabo de decir sobre Héctor.
—¿Qué opinas? —dice girándose hacia mí.
Asiento y ella suspira y se sienta junto al montón de ropa.
—Cada vez tengo más ganas de pirarme de la empresa esta —añade.
—Y yo. Pero está todo muy parado. Demasiado.
—Me iría a Montreal, a Londres o, mejor, a Los Ángeles a trabajar en alguna película de los estudios grandes.
—¿Y a la India? Se están llevando muchos estudios allí —propongo irónico, levantando una ceja.
Últimamente se ha puesto muy de moda que los estudios abran divisiones de producción de animación y efectos especiales en países emergentes vendiéndolos como muy punteros.
Pasado un tiempo, cuando sus trabajadores locales ya están formados, dejan de recurrir al personal de países extranjeros y cuentan solo con los del propio país, pagando miserias y en condiciones que, bueno, ya os podéis imaginar.
—Pues más exótico. ¿Te vienes conmigo?
—Eso estaría genial, aunque no sé si me gusta lo suficiente la idea.
Ella me mira con cara de no saber qué es lo que tiene de malo.
—La distancia —aclaro—. La compañía sería lo mejor, ya lo sabes. —Le saco la lengua.
Pero no me hace mucha gracia lo de convertirme en un nómada el resto de mi vida.
Además, no me gustan tanto las especias.
Aída toma aire y por el brillo de los ojos veo lo que se avecina.
Un nuevo sermón en el que una vez más piensa aleccionarme sobre que no tengo nada aquí, que no deberíamos estar atados a un trozo de terreno, que aún somos jóvenes y debemos conocer mundo y un montón de cosas más que me parecen muy bien, pero que a mí ya no me apetecen.
—Bueno, vamos a olvidarnos un poco de ese inútil con un palo de escoba metido en el culo. —Me sorprende que se haya apiadado de mí. Seguramente ya me considera un caso perdido—. Pensemos en pasarlo bien esta noche y que no nos amargue otro fin de semana.
—Apoyo la moción, señoría.
—¿Y esa frase de peli viejuna? En fin. Está claro que no hay nada que hacer contigo.
Me encojo de hombros. Supongo que tiene razón.
—Y hablando de todo un poco. ¿No tienes nada que contarme? —pregunta Aída muy seria.
—¿Que contarte? Pues… la verdad es que no sé a qué te refieres.
Aída se cruza de brazos, tuerce la cabeza hacia un lado y frunce los labios. Aquí tenéis el ejemplo tipo de su pose de indignación.
—Aída, de verdad que no sé de qué me estás hablando.
—Te refrescaré la memoria —dice poniendo los brazos en jarras y prosigue con voz cantarina—: Un pajarillo me ha dicho que te vieron con cierto individuo fuera del horario laboral tomando un café.
—Chocolate —la corrijo.
—Lo que sea. ¿Se puede saber qué hacías con el nuevo?
—No recordaba que eras la nueva «señora de los susurros» de palacio. No sé si sabes cómo acaban todos los de tu gremio.
—No me cambies de tema. Has tenido unos cuantos días para contármelo, más de una semana…, y aquí estamos.
—¿Pero qué quieres que te cuente, que nos tomamos un té y un chocolate?
—Según me han dicho os reíais mucho. —Me apunta con el dedo de forma teatral—. ¿Ha habido algo más? ¡Ni se te ocurra mentirme!
—¿Reírnos? Pero si en el momento en el que me estaba comiendo un alfajor él estaba pidiendo la cuenta.
—¿El de dulce de leche?
—¿Qué más da?
—Delicioso, pero no es una opción válida para una cita. Demasiado guarro para comer con todo lo que chorrea. Esas cosas debéis dejarlas para más adelante.
—¿Pero qué estás diciendo?
—Que esas cosas se piensan, Javier. Que uno no puede comer lo que quiera cuando queda según con quién para según qué cosas. —Me vuelve a apuntar con el dedo.
—¡Uf! —Intento calmarme—. Mira que eres cotilla. Por cierto, ¿quién es el soplón? ¿La camarera esa del pelo cortado con un hacha? ¿Por qué no le pides salir de una vez? ¿Es la chica a la que estabas conociendo?
—No. Esa chica ya es historia y ese no es el tema. Además, que a la camarera no le van las tías, ya te lo he dicho mil veces.
—Sí, ya… ¿Cómo lo sabes? ¿Te lo ha dicho?
—Sí. No. ¡Que no me cambies de tema!
—Aída nerviosa… Aquí hay algo que rascar. —Sonrío y Aída me mira con cara de querer fulminarme, lo que todavía me hace más gracia.
—Entonces, ¿qué? —dice apartando su mal genio con un bufido—. ¿Hay tema o no hay tema con el becario guaperas?
—Hay compañero de trabajo con el que empiezo a llevarme bien. Si es que ni siquiera sé si es gay.
Aída se sienta a mi lado con una sonrisilla.
—Interesante… Tendré que investigarlo.
—¡Ni se te ocurra! —le advierto horrorizado—. Solo faltaría.
—¿Qué? ¿Que no lo fuera? Para ya, que eres una tremenda.
—Dime, por favor, ¿por qué me hice amigo de una loca?
—Una loca encantadora. —Adopta una pose inocente llevando las manos a la barbilla como la típica chica inocente de un manga—. Y dime, ¿es tan estirado como parece?
—La verdad es que no. A ver, sigue caminando como si el mundo le perteneciera, pero es majo. No sé, por lo que hemos hablado, me ha dado la sensación de que es agradable.
—¿Majo? ¡Venga ya! Eso se dice cuando alguien te cae bien pero es más feo que el pie de otro.
—Madre mía, Aída, voy a hacer un libro con tus frases.
—Me pagarás royalties , supongo. Pero no me cambies de tema otra vez. ¿Solo majo?
—Yo qué sé. Es un compañero de trabajo, no quiero jaleos.
—¿Aunque esté como un tren?
Asiento y recuerdo la pregunta que me hizo Tom de si yo estaba con alguien. Una pregunta lanzada así, a bocajarro. Pero me callo y no se lo comento a Aída porque no quiero darle más material para que empiece a calentarme la cabeza con sus teorías.
—Por cierto —le digo—, ¿te importa que venga esta noche con nosotros?
—¡Lo sabía! —Dice esto y se le ilumina la cara a la muy puñetera.
—Simplemente ha pedido venir porque no tenía plan, así que no te creas tan lista.
—Pero es que lo soy.
—Tú lo que eres es una gusana de la vida.