8. Exijo mis derechos
Cuando entro en el despacho de Héctor, a la semana siguiente, después de unos días de margen esperando inútilmente a que él llevase la iniciativa, lo encuentro embobado mirando la pantalla de su ordenador.
—Hola, Javi. Dime, ¿qué era eso que querías hablar conmigo?
No me lo dice, pero me siento frente a su mesa. Cojo aire, lo retengo unos segundos y lo suelto muy lentamente. Lo he estado ensayando unas cuantas veces en casa y necesito sonar serio sin ser demasiado intenso y tampoco perder autoridad sin parecer un sobrado.
—Por cierto, el cliente ha quedado muy satisfecho con el trabajo para este capítulo. Enhorabuena.
Escuchar esto me descoloca. Puede que sea por la falta de costumbre, pero acaba de desarmar toda mi estrategia. El cliente únicamente suele quejarse, exigir y poco más. Sin embargo, me esfuerzo por no perder el foco de lo que venía a hacer.
—Esto… Héctor, lo que ha pasado con esta última…
—Mira, ¿has visto esto, Javi? —me interrumpe sin hacer el menor caso a mis palabras y le da la vuelta a una de sus pantallas—. ¡Es alucinante!
Frente a mí hay unas imágenes de cosas rompiéndose en mil pedazos mientras sale fuego del interior.
—Esto de la inteligencia artificial es el futuro. Lo va a reventar. Deberías ponerte a testear algunos simuladores.
Esta vez no me hace tanta gracia ver esas imágenes.
Son mucho más realistas y definidas. Apenas han pasado unos días, pero el salto de calidad es enorme.
Parece que cada día que pasa todo eso de la IA está más cerca de llegar a resultados aceptables, y solo de pensarlo me produce cierto desasosiego.
Hay demasiadas cosas que se empiezan a poder hacer solo con crear una descripción lo bastante clara y coherente.
El mundo se va a ir a la mierda un poco antes de lo que creía, pero, mientras tanto, voy a centrarme en aquello que está en mi mano.
—Sí, sí, muy chulo todo.
—¿Verdad? —Continúa embobado—. Flipante.
—Oye, Héctor. Con respecto al último trabajo…
—Es que parecen casi casi idénticos a los que hacéis Aída y tú.
—Héctor. —Me pongo todo lo serio que soy capaz sin dar un golpe en la mesa, porque me está haciendo perder la paciencia—. Por favor, necesito hablarte de las horas extra que hicimos Aída y yo para este último proyecto.
Parece que ahora sí quiere atender y se echa a un lado para mirarme con la cabeza ladeada y los ojos entornados.
—¿De qué manera se van a compensar?
—¿Cómo que compensar? —Se retrepa en su asiento.
—A ver, nosotros hemos estado trabajando muchas horas la semana pasada y las anteriores y durante el fin de semana. Creo yo que algo tenemos que percibir.
—El cliente no nos ha pagado más porque vosotros hayáis echado más horas.
—Bueno, nosotros hicimos todos los cambios que quiso, aunque advertimos que nos iríamos de tiempo si lo hacíamos.
—Claro, porque trabajamos por tiempo y por objetivos.
—¿Cómo?
—Pues eso, que tenemos un tiempo para trabajar, pero que si en ese tiempo no se cumplen los objetivos, hay que apretar el culo y sacar el trabajo cueste el tiempo que cueste.
—¿Y en fecha?
— Efectiviwonder .
—Héctor, que no estoy para bromas. Eso es ridículo.
—Ni yo tampoco. Así que dime qué quieres.
—Saber si nos vas a pagar las horas.
—Sabes que eso no va a pasar. No puedo, Javi. Aunque quisiera, no puedo. No da para pagaros. Como mucho, os puedo dar un par de días si os los cogéis esta semana, hasta que entren los planos nuevos.
—Hostia, Héctor.
Me mira con intensidad y se repantiga más en su sillón.
—Mira, Javi, llevas aquí el tiempo suficiente para saber cómo funciona la empresa. No somos Pixar ni Disney ni nada por el estilo. Sabes que no se han pagado nunca las horas extra y sabes que las fechas son sagradas y los clientes mandan.
—También dijiste que tu idea era cambiar las cosas para mejor para que no pasase esto de estar trabajando hasta las tantas sin ningún tipo de compensación.
—Pues no puede ser y, si no te gusta, ahí tienes la puerta —remarca con un cabeceo en dirección a la salida—.
Aquí nadie te ha puesto una pistola para que te quedes.
Si quieres, te puedes ir esta misma tarde y yo, mañana, me voy al paro y en la cola encuentro a treinta como tú que, seguramente, cobren menos y den menos problemas.
—Ya…
—¿No me crees? ¿Nos apostamos algo?
¿Apostar? Lo que me dan ganas es de cruzarle la cara de un guantazo.
Levantar la mesa y lanzarla por la ventana a lo Spiderman.
¡A tomar por culo! Será gilipollas… Será…
Pero no hago nada más allá de apretar los puños bajo la mesa y quedarme mirándolo.
Él sonríe consciente de que no estoy en posición de negociar nada.
—Ahora, Aída y tú os vais a coger mañana y pasado libres y todos contentos, ¿OK?
Hago por tranquilizarme antes de que el corazón se me salga del pecho y le pegue en toda la cara. Veréis cuando se lo cuente a Aída. No sé si ella tendrá tanta sangre fría como para no hacerlo. Me levanto y me dirijo a la salida del despacho de Sauron.
—Una cosa, Javi —dice a mi espalda—. Que sea la última vez que tenemos esta conversación. ¿Entendido?
Abro la puerta y salgo del despacho con ganas de prenderle fuego, de separarle la cabeza del cuerpo y jugar con ella al baloncesto, de…
¿A quién intento engañar? Sé que lo único que voy a ser capaz de hacer es callarme, apechugar y aguardar a que la vida ponga una oportunidad de algo mejor ante mis narices.