7. ¡Oh, capitán, mi capitán!
Pues no va y al cliente se le ocurre el viernes, después de entregar todo el trabajo, que lo que nos había pedido, que no, que no le gustaba.
Sus ideas, las mismas que nos dijo la primera vez, que luego nos hizo cambiar y por último retornar a ellas, no le gustaban.
¡Otra puñetera vez! Ahora tenemos que rehacer media docena de planos para que el lunes a primera hora estén listos para la edición.
¡Ma-ra-vi-llo-so! No soy de desear la muerte a nadie, pero… ojalá siempre enfermos.
—¿Cómo llevas el tuyo? —pregunto a Aída mientras observo la barra de proceso de renderizado del mío.
Seguro que os estaréis preguntando: «¿Renderiqué?
». Renderizado . Es, por decirlo a lo bruto, la manera en la que se «revela» la imagen digital.
Una vez que has hecho todo en el programa para que el efecto salga bien, se ilumina y se sacan los fotogramas correspondientes en la calidad suficiente para la edición.
—¿Mi qué? —me dice ella—. ¿Mi mal humor? ¿Mis ganas de acabar con los de la juguetera? ¿Qué exactamente?
— Vaaalep .
—¡Es que mira la hora! Que es puto sábado y estamos aquí a las ocho de la tarde sacando planos porque no saben ni lo que quieren.
—Si quieres, cuando terminemos con estos, salimos a que nos dé el aire y nos tomamos lo que sea. A mí me queda un par, pero creo que los haré ya mañana, porque no aguanto más dentro del zulo este.
—Me vale.
—¿Qué te vale? —dice Héctor, que entra por la puerta en ese preciso instante con tres cajas de pizza .
—¿Eh? ¿Qué haces aquí, Héctor?
—Mirad, para que digáis que no os cuido.
—¿Qué es eso? —pregunta Aída a punto de saltarle al cuello al intuir la «broma».
—Pues tres pizzas para esta noche. Así podéis concentraros en terminar la entrega. —Las deja sobre una de las mesas vacías—. Hay una carbonara, una picante y esta de anchoas y piña. Que sé yo que sois muy modernos y muy exóticos en este departamento.
Y nos guiña un ojo. Este tío es tonto del culo.
—Por cierto, ¿habéis visto esto que hace la IA? Es acojonante.
Nos acerca el móvil y vemos imágenes de setas que se convierten en pájaros y de un vídeo musical con algo parecido a personas vestidas de cuero negro que dan un mal rollo que te cagas.
Le daría un manotazo al móvil de más de dos mil euros solo para observar la cara que se le queda a Héctor al verlo volar por la ventana y despachurrarse contra el suelo.
A ver si también se convierte en seta. Estoy cansado.
Y cabreado. Pero me obligo a respirar y controlarme, así que dejo escapar el aire por las fosas nasales cual toro de lidia.
—Te lo agradecemos mucho, Héctor —digo y miro a Aída para que no lo mate…, de momento—, pero estábamos pensando en terminar por hoy y volver mañana a acabar todo.
— Ains … Mirad que lo siento, chicos. —Se acerca con gesto inocente—. Pero es que mañana vienen los de los servidores.
—¿Servidores? ¿Qué servidores? ¿Tú sabías algo, Javi? —pregunta Aída, cuyo nivel de calentamiento ovárico está por encima de las emisiones permitidas por la Unión Europea.
Niego con la cabeza.
—Necesitamos ampliar la capacidad para unos proyectos que entrarán nuevos y unos cambios de software que vamos a implementar, y prefiero hacer el cambio sin estar molestando a todos los departamentos en horario laboral.
Los chicos de IT trabajarán más rápido así.
Otro departamento que no hace más que pringar.
—Pero es que aún nos queda bastante y son ya las ocho —digo tratando de hacerle entrar en razón.
—Claro, claro. Por eso os he traído la cena, para que no os distraigáis. No os preocupéis, que no tenéis que subiros a la mesa como en la película aquella del tipo ese que se reía tanto y que se murió.
—¿Qué peli? ¿Qué dices, Héctor? —pregunta Aída casi a punto de nieve de la desesperación.
—¡Esa! ¡Oh, capitán, mi capitán! ¿Cómo se llamaba? La secta de los poetas o algo así, ¿no?
— El club de los poetas muertos —lo corrijo. No sé cómo alguien tan inútil ha llegado a dirigir todo esto.
—No, no es así. No me suena.
—Sí, es esa —me apoya Aída.
—No, si fuera así lo sabría. ¿O era Los socios poetas ? En fin, os dejo que sigáis a lo vuestro. Yo me voy, que no quiero molestar.
Y se pira. Se va con un par y nos deja con una cara de bobos que no podemos más. Yo no sé si es imbécil o es el tío más listo de la Tierra y solo se lo hace para salirse con la suya. Así, a lo Donald Trump.
—¿Esto ha pasado? —pregunta Aída incrédula y enfadada a partes iguales.
—Sí, sí. Ha sido totalmente real.
—Yo es que flipo. Un día voy a escribir a la empresa esa que manda cajas regalo con mierdas para que le envíe una sorpresa al capullo este.
—¿Qué dices? ¡Menuda guarrada! —Aunque la idea me divierte. Solo por verle la cara estaría bien invertido el dinero que costase—. ¿Se puede saber qué haces? —digo cuando la veo abrir la caja con la pizza de piña y anchoas.
—Ya que las ha traído… —se defiende Aída mientras selecciona el trozo más grande y se lo mete en la boca doblándolo por la mitad.
¡Qué bruta es! Suspiro y cojo el móvil para avisar a Al de que no cenaré en casa.
No es que tenga que hacerlo, no somos un matrimonio, pero seguramente me estará esperando para cenar juntos.
Siempre lo hace. Si os dije que era majo, es una definición con la que me quedo muy corto.
Cuando lo desbloqueo, veo un mensaje, pero no es suyo, sino de Tom.
Tom:
Ánimo con lo que queda. Siento que por mi culpa ahora estéis así. Prometo que intentaré compensártelo.
—¿Qué pasa? ¿Es un meme? —dice Aída con la boca llena al verme sonreír, y se acerca a cotillear el móvil—. Déjamelo ver. ¿No será uno de esos con gatos? Son la monda.
—¡Cotilla! —La aparto.
Y tecleo rápido:
Javi:
Tranquilo, aquí el único que tiene la culpa
es el capullo de Héctor. ¿Nos vemos el lunes?
Pues claro que nos veremos el lunes, pero no es eso lo que quiero leer.
Me gustaría un: «¿Tienes algo que hacer mañana?
». Pero ese mensaje no llega, ni ninguno más.
Así que decido atacar la pizza picante y revisar con el trozo mordido en una mano si ha terminado el proceso para empezar ya con el siguiente plano.
Cuanto antes terminemos con todo esto, mucho mejor.