5. Japiberdei
Una vez está todo listo para comenzar el cumpleaños, comemos, bebemos y ponemos música a toda pastilla mientras esperamos a que traigan a mi abuela.
Cuando viene el coche, mi madre nos avisa de que apaguemos la música y dejemos de hablar a gritos.
Es difícil hacer callar a esta familia. ¡Menudo descanso cuando lo logramos!
Vemos pasar una mancha roja entre los árboles por el camino de acceso delantero, en dirección a la entrada principal, dejando oculto así todo lo que se cuece en la explanada trasera.
He visto plazas de pueblo con menos luces y banderolas para sus fiestas patronales.
—A ver si le va a dar un infarto o algo —dice mi tía Carmen en un susurro, más emocionada que preocupada.
—¿Y ahora se os ocurre pensar en eso? —responde mi tío Álvaro.
—Hombre, es que siempre hace ilusión una fiesta sorpresa, pero como está mayor… —interviene tía Esther—. Espero que no se nos quede pajarito.
—No quiero que le pase nada a la yaya —susurra Lidia apretándose fuerte a mi muslo—. Yo no quiero que se quede pajarito.
Casi exploto a reír al escuchar a la pequeña hablar así. Su madre me mira aguantándose una carcajada también. Pero la niña nos mira haciendo pucheros, sin comprender.
—¿A la yaya? ¿Pasarle algo? ¿Pero qué dices? Si es igual que tus superhéroes. La yaya coge al Duende Verde y lo pone colorao .
Simulo que estrujo algo en el aire y Lidia se ríe.
—Callaos, callaos, que ya salen —ordena alguien en alguna parte.
Murmullos, risillas y muchos «chisss», hasta que, por fin, la silla de ruedas empujada por mi padre asoma desde la casa en dirección a la explanada. Mi madre, agarrada al brazo de mi padre, camina junto a ellos.
—¡¡¡Sooorpresa!!! —gritamos todos a pleno pulmón de la manera más descoordinada de la que somos capaces.
Vuelven los murmullos y las risas mientras miramos a la abuela para ver su cara de asombro. Sin embargo, poco a poco, las conversaciones y los cuchicheos se van apagando hasta quedar en un completo silencio.
—¿Qué pasa? —dice preocupada la pequeña.
Mi madre se agacha junto a la abuela y, suavemente, le da unos toques con la mano.
—Mamá…
—Vamos, Matilde, despierte —dice mi padre.
Pero nada, la abuela tiene la cabeza echada a un lado, quieta, con los ojos cerrados. Parece tranquila y es lo que más miedo me da. Nos miramos unos cuantos bastante desconcertados temiendo lo peor. Mi tía Carmen se acerca a ellos acelerando el paso.
—Ay, ay, ay… ¡Os lo dije! —se lamenta.
—¿Qué pasa, tito? —insiste mi sobrina.
—¡Mamá! —dice tía Carmen cuando está junto a la abuela, y yo la escucho con el corazón encogido—. ¡Vamos, mamá! ¡Mamá!
Pero la abuela no responde cuando le levantan un brazo y este cae lánguido junto a la silla.
—Nada, nada. —Trago saliva—. La yaya, que…
¡¡¡Booo, booo!!! El sonido de una bocina nos deja a todos noqueados. No sabemos dónde mirar buscando el origen de aquel sonido del demonio.
—¿Qué coñ…? —pregunta mi hermana agarrando a su hija y tapándose la boca a tiempo.
—¡Pero qué pardillos sois! —La abuela ríe emitiendo un silbidito cuando inhala.
—¡Abuela!
—Qué hija de… —escucho al primo Nacho desde el fondo.
Y ahí está ella, con el pelo corto y blanco destellando al sol, riéndose como loca con una de esas bocinas manuales que ha aparecido bajo la manta a cuadros que le cubre las piernas y que aprieta una y otra vez. ¡¡¡Booo, booo!!!
—¿Ya os creíais que os ibais a deshacer de mí? —Se seca las lágrimas.
Mis padres, evidentemente compinchados con ella, se ríen también. Mi tía Carmen, con la mano en el pecho, parece que se vaya a desmayar y, esta vez sí, tía Clara está enfadada, no solo lo parece.
—Hay que ver la poca gracia que tienes cuando quieres, mamá.
—Anda, y a vosotros ya os vale —interviene tía Esther señalando a mis padres con el dedo.
—Insistió ella. Sabía lo de la fiesta y quería sorprenderos también —se justifica mi madre—. No vamos a estar sufriendo sus bromas solo nosotros.
—¡A ver si una vieja no se va a poder divertir ya!
Ana y yo nos miramos y vemos cómo nos vuelve el color a la cara.
Estallamos en carcajadas. Alguien le da a la música, y las conversaciones y las risas regresan.
Mi tía Carmen camina con la mano en el pecho.
Parece que se esté reponiendo de un amago de infarto, hasta que se escucha una canción de Lola Flores y se pone a bailar con la novia de Nacho, que no encuentra la manera de desembarazarse de ella.
«Tú lo que quieres es que me coma el tigre, que me coma el tigre, mis carnes morenas… ».
—La que has liado, abuela —digo cuando llego a su lado. Ella me agarra para que me agache y me da un beso de los que suenan, estrujándome el moflete—. ¿No te da vergüenza?
—Ay, cariño, si es que yo no gasto de eso.
Y al reírse le castañetea la dentadura. Lidia salta sobre ella y se achuchan felices.
◆◆◆
¡Y más comida y más bebida y más música! Llega el momento de la tarta y todos cantamos el cumpleaños feliz.
—¡A mí lo que me gusta es el japiberdei! —se queja la abuela cuando terminamos de desafinar con la versión en castellano.
Pues nada, todos a cantar el japiberdei y a desafinar otra vez.
Y a bailar. No os describo cómo ha sido el momento karaoke de mi tía Carmen porque todavía no me habéis hecho nada malo, pero os lo advierto: escucharla cantando La bien pagá podría estar considerado un arma de destrucción masiva.
Y en el top de las cosas que más me gustan —guiño, guiño— de las reuniones familiares, por supuesto, escuchar o tomar parte en las conversaciones de cuñao cuando ya está todo el mundo con el puntito desinhibido.
—Entonces, primo, ¿tú qué es lo que hacías? —dice Nacho—. Es que se lo he intentado explicar a Yanira, pero no soy capaz.
—Los efectos —explico un poco aburrido.
Esto ya es algo recurrente. Que yo entiendo que me lo pregunten, pero a veces ponen cara de estar hablando con un marciano o un politoxicómano bajo los efectos de un cóctel de drogas.
Si es que hasta ponen expresión de sentir pena—. Las explosiones, el agua…, esas cosas.
—¿Y conocerás a los actores de las películas, no? —dice la novia de mi primo, después de sorber su ron cola de un vaso de tubo de plástico con una pajita.
— Nope .
—¿A nadie? —se sorprende, dejando los labios inflados por el bótox entreabiertos por la sorpresa. Yo niego con la cabeza.
—¿Pero y las fiestas? ¿Los estrenos? Ahí se ve mucha gente famosa con todo el glamur paseando por las alfombras rojas y los cócteles.
No puedo evitar soltar una carcajada.
—A nosotros nos hacen los estrenos cutres. Nos ponen una sala para los frikis que hemos trabajado en la película y luego ya hacen otro para la gente guapa y el postureo. No podemos mezclarnos, no vaya a ser que les quitemos ese glamur.
—Vaya…, y yo que te iba a proponer que me invitases a alguna fiesta —dice Yanira con voz de niña decepcionada.
—Primo, primo, a ver si me voy a tener que poner celoso —advierte Nacho medio divertido, medio en serio.
Mi hermana me mira de reojo y sonríe.
—¿Quién sabe? —trato de hacerme el interesante para fastidiarlo un poco, a ver si así se calla de una vez, que menuda turra me está pegando esta noche.
A Nacho se le cambia la cara y ya no le hace tanta gracia. A mi hermana le sale parte de su gin-tonic por la nariz.
—Lo que tienes que hacer es traerte aquí a alguna chica a que la conozcamos —suelta mi primo.
—¿Pero aún estás con esas? —interviene Ana, indignada, que para de reír de golpe.
—Bueno, yo qué sé. Lo mismo también le gustan. ¿No está eso ahora de moda, que te guste todo? ¿Cómo era? Polsex … No, panasexual.
—Sí, hombre, ahora resulta que me pone burro la pana. No te jode —respondo.
—Es que no entiendo, con lo bonitas que sois… —declara mi primo echando mano de uno de los muslos de su novia.
—Madre mía, Nacho. Tú de aquí —Ana se toca la cabeza— no andas muy bien, ¿eh?
—Pero mírala. —Señala a Yanira como si fuera un objeto de la teletienda—. ¿Quién se podría negar a estar con algo así?
—¿Algo? —pregunta la susodicha indignada.
—Alguien. Quería decir alguien, cariño. Es que te veo y me pongo nervioso.
—Idiota es lo que estás tú… —lo corrige Ana.
—En fin, que os dejo, que me voy a dormir. Mañana me toca paliza de viaje de vuelta.
—Eso te pasa por no tener coche, primo.
—Sí, sí, ya me lo han dicho alguna vez.
—Un día —insiste Nacho, yo ya ni lo escucho mientras me levanto—, te voy a llevar al concesionario y te voy a enseñar un par de coches. Como el mío no porque no sé si podrías pagarlo, pero…
—¿Tú eres tonto, Nacho? —oigo a mi hermana murmurar cuando me marcho hacia la casa.
En realidad, me voy de allí porque estoy cansado de verdad, no porque me importe una mierda lo que diga mi primo, y Yanira ya ni te cuento.
No es que ella me haya hecho nada, sino porque en unos meses o semanas o días, incluso, ya no será parte de la vida de mi primo, que si es más tonto no nace.
Estoy deseando tirarme en la cama y dormir antes de que la habitación esté invadida por gente alcoholizada y sudada.
Me quedo en calzoncillos y me tumbo bocarriba.
Me tapo hasta los ojos, esperando que el sueño me lleve.
Las luces de colores que hay por toda la explanada tiñen levemente el techo de la habitación.
La música todavía se oye de fondo. Nada de esto me molesta.
El tráfico en la ciudad es muchísimo más incordio que escuchar a Camilo Sesto con mal de amores para que, justo después, suenen los Backstreet Boys o Estopa y más tarde Vicco con Abraham Mateo.
Como veis, en mi familia no le hacen ascos a nada y hay que contentar a muchos.
Estoy a punto de rendirme al sueño cuando el móvil me vibra con una notificación.
Tengo que aprender a ponerlo en modo avión cuando me voy a dormir…
En fin. Echo mano de él esperando que sea algún mensaje de Aída borracha o alguna gracieta de Al y entonces lo veo. Me han escrito en Grindr.
UNTIONORMAL33:
Hola. ¿Qué tal la fiesta de tu abuela?
¿Cómo? ¿Quién me ha…? ¡No me jodas! Bicheo por el perfil y lo veo.
Santi, el bully del instituto, me ha escrito.
No sé de cuándo serán las fotos, pero reconozco que aparece mucho mejor que en la gasolinera.
Puede que el uniforme no le hiciera justicia o que el cansancio de demasiadas horas de trabajo le diera peor aspecto.
No sé. Lo importante es que ahora va a resultar que quiere hablar conmigo.
Mirad, si estuviéramos en una de esas comedias románticas, que os recuerdo que odio, a lo mejor le escribiría un poco y descubriría que en el fondo no era tan mal tipo y que las cosas que hacía en el instituto las hacía porque en su casa se portaban mal con él y blablablá.
Quizá mañana, antes de irme, le pediría a alguien que me llevase a la gasolinera para comprar cualquier tontería con tal de tener una excusa con la que hablar un ratito con él, darnos los teléfonos…
Pero todos tenemos mierdas y no vamos por ahí partiendo caras y creando traumas.
Así que, nada, esa escena no va a ocurrir en esta historia. Si tenéis esperanzas, borradlas.
Y yo, no sé si más divertido o cabreado, voy a intentar dormir. Buenas noches a todos.