4. Reencuentros sorpresa #2
—¡Nenas, nenas! —grita desesperada por un poco de atención con una mano en uno de sus enormes pechos y otra tapándose la boca.
Poco más y creería que fuese a dejar de respirar.
Parece que hubiera muerto alguien, pero no os asustéis.
Simplemente es así de melodramática. Demasiadas telenovelas, aunque nada de esas novelas turcas sosas, no.
A ella las que le han gustado toda la vida son las sudamericanas: Topacio , Cristal , Rubí …
Cualquiera con nombre de piedra preciosa.
Y si ya lo aderezas con un «cotilleo delux» y una pizca de folclore coplero, mi tía Carmen se convierte en la fusión perfecta de la Jurado, la Pantoja y Lola Flores.
Eso sí, con nulo talento para las coplas, el flamenco… y la música en general.
—¿Qué pasa? —dice sobresaltada mi madre, que viene detrás. Ves a una y a otra y no te crees que puedan ser hermanas. Mi madre parece la mitad que mi tía. Y esto cada vez se parece más al camarote de los hermanos Marx.
—¡Pues que no hay hielo! ¿Tú te crees?
—¿Para eso tanto jaleo? —resopla mi madre.
—Mujer, ¿no querrás que nos tomemos después los güisquis a palo seco? Eso solo lo hacen los borrachos.
—Claro, que si le pones el hielo, el alcohol se evapora, ¿no? —sugiere irónica mi madre.
—Ya vamos al rescate —interviene mi hermana, Ana, muy solemne guiñándome un ojo después de aparecer de no sé dónde. Agarra una de las bandejas y me saca de la casa a empujones—. Vente, Javi, necesitamos al mejor equipo para completar esta complicadísima y más que importante misión.
—¡Gracias! —le susurro—. ¿Puede ser que cada vez se estén volviendo más locos todos?
—Puede ser. Pero más vale que te fijes bien, porque nosotros vamos detrás. Estoy convencida de que toda esa mandanga es hereditaria.
—¡No jodas!
—¡Javi! —grita mi primo Nacho junto a una nueva mocatriz de plástico al sesenta por ciento. Lleva unos taconazos color hueso a juego con su vestido ceñido, que parece tan caro como poco apropiado para traerlo al campo—. Ven, que te presento a Yanira.
—¡Ahora no podemos, Nacho! —le grita Ana—. Tenemos que evitar que la tía Carmen se muera de un disgusto.
Nacho se queda extrañado y su nueva novia lo mira de una forma que hace pensar que venir a este evento hubiera sido el peor error de su vida.
Yo me encojo de hombros aguantándome la risa.
Dejamos las bandejas en la primera mesa que vemos por el camino y nos marchamos directos al Toyota híbrido de mi hermana.
—Dios…, ha sido igual que apagar el extractor —digo nada más cerrar la puerta del coche—. Qué descanso. Era un ruido blanco constante. Zummmm…
Ana me mira divertida y sonríe. Va con sus gafas de empollona y su coleta.
Y no, no es como Ana María Orozco en Yo soy Betty, la fea o Anne Hathaway en Princesa por sorpresa , que si se quitan las dos cosas se convierten en guapas.
Es guapa y punto. Bueno, si lo piensas bien, es justo igual que esas dos. En fin, que ya me entendéis.
—¡Ay, hermanito! —Me da un abrazo apretándome fuerte—. Ya te vale, que ni llamas ni nada.
—Ya, no tengo perdón. Aunque tú haces lo mismo. ¡Y no me llames hermanito , que soy un año mayor que tú y no estamos en Wisconsin! Con la rabia que me da.
—Y se nota… ¿Esto de aquí son canas? A ver… —dice echándose sobre mí para rebuscar entre el pelo, que, después de tanto autobús, llevo hecho un desastre.
—Cabrona.
Le doy una palmada en el brazo para quitármela de encima y arranca el motor. El coche comienza a traquetear por los caminales.
—Bueno, cuéntame, ¿qué tal te va todo?
—No sé, como siempre. Entregas interminables, mi jefe sigue igual de capullo, aún comparto piso…
—¿No estabas buscando?
—La verdad es que estoy muy a gusto con Al. Aunque, sí, bueno, estuve una temporada, pero está jodida la cosa.
—Pero si haces pelis, ¿no cobras bien? —me vacila y yo la miro con cara de pocos amigos—. Ya, ya…, ya sé que te jode que te digan eso.
—Es que la gente se piensa que cobras una pasta y no es verdad.
Me tendría que ir a Canadá o Estados Unidos, porque si sigo aquí no me voy a comer una rosca.
Con eso de que aquí la vida es más barata, ya les vale para quedarse tan panchos pagando una mierda.
Además, ni siquiera hago películas… Llevamos una temporada que es todo series, anuncios…
—Dejo escapar el aire de la pereza que me da recordar todo.
—Salario emocional lo llaman, ¿no?
—Salario emocional mis coj…
—¡Esa boca!
—… jines. Sí que te has vuelto tú bien hablada. Desde que tienes una pequeña Spiderwoman…
Y a Ana se le ilumina el rostro solo de recordar a Lidia. A mí también, para qué nos vamos a engañar.
—¿Y de parej…?
—Para —la corto—. No empieces tú también.
—Si solo era por saber. No te pongas tan a la defensiva, hermanito.
—Es que estoy un poco hasta las narices, la verdad. Parece que no hay gente normal. Y hablando de parejas, ¿y Pablo?
Ana se toma unos segundos para contestar que lo dicen todo.
—No ha podido venir.
—¿Trabajo?
—Más o menos.
—Ya, más o menos.
El edificio de la gasolinera aparece frente a nosotros. Bajo y entro solo mientras ella aprovecha para rellenar el depósito. Hay un par de clientes a los que no reconozco y tampoco me esfuerzo mucho en ello. Cojo cuatro bolsas de hielo de uno de los congeladores y cuando voy a pagar…
—Mierda —murmuro al darme cuenta de quién está al otro lado del mostrador.
Tocado con una gorra verde y amarilla me mira un tipo al que el tiempo no ha tratado bien. Si no fuera porque sé quién es, cualquiera diría que tiene mi edad. Tampoco me sorprende verlo en ese estado. Demasiado de todo en el instituto y no quiero ni saber lo que habrá venido después.
—¡Hombre! Pero mira quién está aquí. ¿Cómo vas, Chi… Javi?
—Bien, comprando hielo —respondo sin muchas ganas de conversación.
—¡Cuánto tiempo! —Sonríe y parece rejuvenecer perdiendo por un instante unas marcadas ojeras. Seguro que le ha llegado el recuerdo de su época de instituto.
—Pues catorce años.
Mirad, llegados a este punto, lo mejor es que os explique quién es el tipo este porque, si no, no entenderéis un carajo.
El personaje en cuestión se llama Santi, iba conmigo al instituto y, a pesar del uniforme, la barriga cervecera que le asoma por el mostrador y el pelo churretoso pegado a la frente, estaba como un tren.
Era el típico «malote» de clase que estaba bueno y lo sabía.
Todas, absolutamente todas las chicas, estaban detrás de él, y algunos chicos también.
Sí, tuve mi momento de colgarme de un outsider.
Bueno, lo que yo creía que era un rebelde por aquel entonces.
Cuando echo la vista atrás, me doy cuenta de que solo era un James Dean de mercadillo.
El que te llega de AliExpress, vamos . También es verdad que toda esa fascinación desapareció cuando gracias a él pasé de ser Javi a «el Chino».
Os dije que había heredado los ojos rasgados de mi madre, pues a él le pareció gracioso y, ¡pum!
, con «el Chino» me quedé. Como si tuviera algo malo ser chino.
Pero era un día y otro y otro más, aunque no era solo conmigo, obviamente.
El imbécil este se comportaba así con cualquiera a quien pudiera zurrar sin esforzarse mucho, lo que era el noventa por ciento de los chicos.
Y para ello hacía un alarde de imaginación que ni las peleas de Góngora y Quevedo.
Y no, no me refiero al «cantante». Si os digo esto es para que comprendáis mi aspereza con él.
Porque, aunque creáis lo contrario, no me gusta ser un rancio así en general de gratis, pero con ciertas personas es que me sale solo.
—Bueno, y cuéntame, ¿cómo te va la vida?
—Tirando. —Me giro para ver si detrás de mí se forma cola, pero parece que no hay nadie que me pueda salvar—. ¿Me cobras? Tengo un poco de prisa.
—¿Y qué? ¿Estás de visita o te quedarás para largo?
—¿Aquí? No, gracias —suelto con brusquedad. Quizá demasiada.
Santi me mira con cara de pocos amigos. De la misma manera que cuando éramos adolescentes y te retaba a que le llevaras la contraria.
—A ver, que no es por volver al pueblo… —Aunque un poco sí—. Estamos celebrando el cumpleaños de mi abuela y aquello parece un corral. Vamos, para pegarse un tiro —trato de explicarme y suavizar el tono. No me apetece ahora entrar en una discusión con nadie y menos con este personaje.
Da la impresión de que funciona, porque la cara de Santi se destensa.
—Me hago cargo, siempre son un jaleo todas esas reuniones familiares.
—Javi, ¿qué te queda? —pregunta Ana desde la puerta.
—¡Ya voy!
—Serán seis euros —dice Santi, que me tiende la bolsa con un amago de sonrisa.
Nos rozamos la mano y el contacto no me resulta agradable.
Demasiados malos recuerdos. Quizá el tiempo me debería de haber dado un poco más de perspectiva, pero es que no me apetece relativizar que el mandril este se comportase como un idiota y nos jodiera, a mí y a una buena cantidad de compañeros y compañeras, unos años que tendrían que haber sido de recuerdos maravillosos.
—A ver si nos vemos por aquí estos días —suelta con un tono ligero. Casi estoy por creer que lo dice con sinceridad.
—Sí, sí, claro… —farfullo por la sorpresa y sonrío forzado. ¿Vernos por ahí? ¿A Santi? ¿Habrá perdido la cabeza del todo por tanto porro?—. Hasta luego.
Cuando voy caminando hacia las puertas automáticas donde me espera mi hermana, me quedo de una pieza al escuchar el zumbido característico de una notificación.
Me giro con los ojos muy abiertos y veo a Santi mirando el móvil con una sonrisilla boba.
¿Quién lo iba a decir? Santi, el macho alfa, el matón, el tipo por el que todas las chicas perdían las bragas…
Algo debe de haberlo alertado y levanta la mirada para encontrarse con mi cara de divertida incredulidad.
Los colores se le suben a las mejillas al darse cuenta de mi reconocimiento y, por un instante, vuelve su cara del instituto, la misma cara de rabia contraída y ganas de querer hacer que alguien pague las consecuencias de cualquiera de sus enfados.
Sin embargo, esa expresión desaparece tal cual vino, dejando paso a una de preocupación. Casi una súplica.
—¡Javi! Venga, que la tía Carmen estará ya en el segundo acto de su drama.
Santi abre la boca para decir algo.
—¡Voy! —me adelanto. No me apetece escuchar lo que tenga que decir.
Me giro rumiando mentalmente lo que acaba de pasar.
Estoy a punto de contárselo a mi hermana, pero algo me impide hacerlo.
Quizá me he vuelto un blando, porque he sentido lástima por aquel tipo de pasado despreciable.
Aun así, me da la risa floja al pensar que, de todas las personas que se colgaron por aquel matón, puede que yo fuera quien más fácil lo hubiera tenido.
Menos mal que no tenía el Grindr activo yo también.
Menudo mal rollo si me llega a escribir.