4. Reencuentros sorpresa
Pues nada, aquí estamos de vuelta en el pueblo.
Esto era a lo que me refería que me esperaba la pasada noche.
No es que no me guste venir, es que es el cumpleaños de mi abuela, que va a cumplir noventa y cinco añazos, y me tocaba meterme dos horas y media de autobús entre pecho y espalda solo para ir.
El domingo vendrá la vuelta. La culpa la tengo yo por ir en transporte público y no comprarme un coche chimenea por cuatro euros y a tomar por saco.
«Sé verde, usa el transporte público», pero si te vas a una ciudad pequeña como la mía (que es más bien un pueblo) o a cualquiera de las aldeas aún más pequeñas, pues te jodes y vas haciendo eses de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, para que tu viaje dure más del doble y encima con los horarios cada vez más limitados.
Si por lo menos hubiera tren… Pero, bueno, he de agradecer que en el billete venía incluida una sesión de ronquidos en la oreja a cargo de un desconocido que en dos ocasiones creía que se estaba ahogando. ¡Esto no está pagado!
Mis padres han venido a recogerme para ir a la casa de la abuela, que está en mitad del campo.
Ella ya no vive allí, que ya no está para esos trotes, pero han querido celebrar en su hogar de toda la vida una fiesta con unos cuantos de la familia.
Sí, es lo que parece. Todos piensan que, con la edad que tiene, cualquier día nos va a dejar y quieren darle el gusto a la mujer de una gran fiesta con todos los suyos en el lugar que más quiere, la casa de su niñez.
Pero vosotros no conocéis a mi abuela. Es más dura que las piedras y por eso llevamos cinco años haciendo un cumpleaños que acabará por convertirse en boda cuando pase de los cien.
Tres hermanas, cuatro hijas y dos hijos, diecisiete nietos, entre los que me encuentro, e incluso siete bisnietos.
Todo eso sin contar con sus sobrinos y los hijos de estos, las parejas de la mayoría…
Como un día pase la Guardia Civil y nos vea, se va a pensar que estamos montando una rave .
—¡Cariño! —sonríe mi madre desde la puerta del Seat Ibiza rojo y destartalado. Siempre que sonríe se le encogen los ojos hasta casi desaparecer.
—Trae, que te lleve algo. —Mi padre se adelanta para cogerme el equipaje. Como si fuera cargado de maletas. Para dos días solo llevo un macuto de mano. Pero se lo paso y nos damos los dos besos de rigor.
—Estás más delgado —me dice ella plantándome otros dos besos, estos muy sonoros, con los que estoy seguro me ha desencajado y vuelto a encajar la mandíbula.
—Pues como más y hago cada vez menos ejercicio, así que ya me dirás cómo puede ser.
—No comerás nada más que guarrerías de esas —sentencia ella.
—Pues yo te iba a decir que te veía más flojete —añade mi padre con una media sonrisa tratando de pincharme. Pero no le contesto, estoy cansado del viaje—. Te estás quedando fofillo .
Hacía un par de meses que no venía a visitarlos y me siento mal porque vuelvo a ver en ellos las señales del paso del tiempo.
Algunas de estas señales son pequeños y sutiles cambios que no sabría explicar, otros algo más evidentes, y noto cómo se hacen más presentes cada vez que vengo a verlos.
En ella, el gesto más encorvado y algunas canas más en su pelo castaño.
En él, algo más de barriga y cada vez más espacios en el flequillo entrecano.
En ambos, movimientos ligeramente más lentos, más pausados, y, sobre todo, los suspiros y los ruiditos que dejan escapar al realizar cualquier acción que exija un mínimo esfuerzo de levantarse, agacharse o alzar un brazo.
—¿Qué tal el viaje? —pregunta mi padre, que me saca de mi momento contemplativo-existencial—. ¿Mucha gente en la estación? La verdad, no sé por qué no te compras un coche de una vez. No sé para qué tienes el carné.
—Pues venía con un hombre que ronca casi como tú y eso no podía perdérmelo —respondo con la única intención de cambiar de tema.
Está empeñado en que me compre un coche, pero cualquiera se lo puede permitir con el precio del alquiler en la ciudad. Mi madre se ríe sin poder contenerse y se le achinan los ojos empujados por las mejillas. De pequeña, en las fotos, parecía asiática, y yo he heredado esos ojos rasgados.
—¡Anda! ¿Y tú de qué te ríes? —responde mi padre con indignación mientras se va hacia el maletero para colocar el equipaje—. ¡Pero si tú pareces una osa roncando, ahí en la cueva!
—Anoche lo grabé —me susurra cómplice mi madre—. Luego te lo enseño.
Mi padre cierra el maletero de un portazo. No es porque esté enfadado, es porque o lo hace así o se abrirá en mitad del camino. Mucho que me compre un coche, pero a él le gusta ir con este que tiene más años que yo.
—¿Se puede saber qué cuchicheáis?
—Nada, que mamá me estaba contando lo de la nueva novia operada del primo Nacho —miento para volver a cambiar de tema.
—Mira que sois marujas los dos. La pobre chica no sabe que se ha metido en la boca del lobo con esta familia.
La estratagema cuela porque mi primo Nacho cambia de novia como de calzoncillos y siempre es un tema comodín si nos quedamos sin materia de conversación. Aunque no estoy seguro de quién cambia de qué, porque hay que echarle de comer aparte a mi primo. En la definición de «cuñao» aparece su foto.
◆◆◆
Cuando llegamos a la casa, ya hay unos cuantos coches aparcados orillados en el camino de acceso.
Veo humo ascender entre la pinada, lo que me dice que ya se ha abierto la veda de las cervezas, la sangría y el vermú.
Como siempre, mi tío Álvaro está haciendo las ascuas sin que nadie tenga permitido acercarse nada más que para nutrirlo de cervezas.
Por lo visto, es descendiente directo de Prometeo y solo él es capaz de manejar el fuego.
Algunos de mis primos y primas están jugando un partidillo de fútbol usando a modo de portería un par de árboles a un lado y dos piedras al otro.
Otros tantos de los invitados ayudan a preparar las mesas, sacando platos y el equipo de música.
Un último grupo está sentado ya a la mesa sin mover un músculo nada más que para abrir un botellín o quejarse porque hace calor o frío, porque no se ha comprado tocinillo para la tarde o porque tienen los huevos, o los ovarios, igual que dos cestos de mimbre.
Si os digo yo que esto acabará siendo una boda.
—¿Qué pasa, pirómano? —digo al pasar junto a mi tío Álvaro en la barbacoa, y le doy una palmada.
—¡Javi! Pues aquí estamos, como siempre, que si no enciendo yo, aquí no se asa con esta panda de vagos.
—No sé la de veces que he escuchado la misma frase mientras se frota la barriga—.
Anda, ve y dile a alguno de tus primos que me traiga una cerveza, que esta parece que venía con un agujero. —Ríe con su voz rasposa.
Le guiño un ojo cómplice a pesar de la broma sin gracia y me encuentro de sopetón con un pequeño Spiderman que me lanza unas cuantas telarañas imaginarias. Yo simulo que las esquivo y voy a por mi contrincante. Intenta forcejear un poco hasta que termino por atraparlo y darle la vuelta.
—¡Ahora eres la niña del revés!
Mi sobrina Lidia no se quita ese traje nunca.
Ya no recuerdo qué aspecto tenía su cuerpo, ni la mitad de su cara, sin ese pedazo de tela roja y azul.
Ella se monda de la risa y me encanta escucharla.
Es un sonido nítido, sincero y despreocupado.
Siento envidia y echo un poco de menos tener su edad para poder reírme con la misma inocencia.
—¿Y tu mamá?
—Por ahí —responde entre risas con un encogimiento de hombros.
En cuanto la dejo en el suelo, sale disparada en busca del siguiente adversario.
Yo entro a la casa y subo corriendo a dejar las cosas en un cuarto que hoy comparto con mis primos…
los solteros. Todos más pequeños que yo.
Lo que me recuerda que en algún momento saldrá el tema.
«El tema». ¡Qué pereza, de verdad! Me detengo un instante para ver algunos recuerdos de mi infancia y adolescencia.
Carteles de películas, cedés obsoletos de grupos que han desaparecido…
, incluso aún tengo una caja llena de cola, cartulinas enormes, papel maché y pinceles, de cuando me dio por tratar de replicar todo lo que veía en Art Attack .
Cuando bajo, paso por la habitación de mi abuela, que está vacía de huéspedes, al igual que el resto.
Solo hay cantidades ingentes de macutos sobre las camas y maletas por doquier anunciando que esta noche estarán a rebosar de voces, murmullos y calor humano.
Continúo hasta la cocina, donde están dos de mis tías, Clara y Esther, preparando una especie de pizza de masa gruesa que no sabría muy bien cómo llamarla.
Seguro que si la viera un italiano se sacaría los ojos y escupiría en ellos, pero la verdad es que están que te mueres.
Les doy un par de besos a cada una y me señalan una mesa con bandejas tapadas con servilletas.
La orden es clara. Así que cojo una con cada mano.
—¿Y la abuela?
—Después la traerán —dice tía Clara, la mayor de todas las hermanas. Es la que menos se parece al resto. Lleva el pelo corto y cardado y viste un delantal de cuadros. Tiene los ojos muy redondos y oscuros y parece que está siempre enfadada, aunque casi nunca lo está.
—Tiene que ser una sorpresa —comenta tía Esther, la más pequeña y nerviosa. Se asemeja a un ratoncillo que no puede parar quieta. Con ese nervio, no me extraña que siempre tenga subidos los colores en los mofletes.
—Pero si ya no sé ni cuántos años llevamos con esto. ¿Cómo esperáis que se sorprenda?
—¡Shhh! No me seas contestón —protesta tía Clara.
Nada más que decir. Salgo de la cocina y me encuentro con tía Carmen, que viene apresurada.