2. El oráculo
Después de pasarme todo el día tratando de explicarle a Tom de la forma más sencilla, práctica y minuciosa la manera en que trabaja un programa creado por informáticos con la única motivación de volver locos a los artistas, solo quiero volver a casa.
Bueno, en realidad, no. Me hubiera gustado haberle propuesto ir a tomar unas cañas, un café, un cine…
, lo que fuera por pasar un rato más con él.
A ver, es que, además de guapo, ha resultado ser un tío muy majo.
Y gracioso. Y huele que te cagas. Pero no quería parecer el típico baboso que se lanza sin pensar a por su presa.
Así que he decidido que lo mejor es volver a casa, sentarme en el sofá cual Bridget Jones y comerme una pizza , una hamburguesa o cualquier guarrería llena de calorías, mientras veo alguna película de dudosa calidad.
No, nada de comedias románticas. Ya os lo he dicho.
Entro en casa y escucho un sonido al que estoy más que acostumbrado.
—¿Todavía no han llamado los vecinos para quejarse? —le digo a Al, que ni se inmuta mientras juega a la consola—. Seguro que están más rápidos para eso que para arreglar la puerta de abajo. Un día se nos va a colar cualquiera.
Al es mi compañero de piso. A ver, a día de hoy, vivir solo es casi una odisea, ¿qué os voy a contar?
Así que, como a la mayoría, me ha tocado compartir el techo bajo el que vivo.
Al menos, yo he tenido suerte y, quitando que le gusta jugar a la consola igual que si estuviera en mitad de una final de Champions —decibelios comparables a la final de Eurovisión para los más ortodoxos de la comunidad—, se podría decir que Al es el mejor compañero que podría tener.
Demasiado bueno, en realidad. Por cierto, si os preguntáis de dónde viene lo de «Al», mejor no se lo preguntéis a él directamente porque haréis que se ponga rojo como un tomate.
Pero es que no es para menos. A sus padres les encantaba la música italiana viejuna y decidieron ponerle el nombre de un miembro de una pareja mítica: Romina y Albano.
Y ya se puede dar con un canto en los dientes, porque, según me comentó su madre una de las veces que vino de visita, tenía un amor platónico con otro de los famosos cantantes de la época: Batiato. Imaginaos.
—¿Te echas una?
—Me duele un poco la cabeza.
Y es verdad. Después de estar explicando paso a paso absolutamente todo lo que hacía y concentrarme para no distraerme con la cara de Tom, me he quedado fundido.
Pero me siento junto a Al y me quedo observándolo jugar un partido al FIFA .
Cierro los ojos a ver si así se me quita la presión de las sienes y, aunque no se lo he llegado a pedir, percibo que baja el volumen de la tele hasta convertirlo en un murmullo. ¿Veis cómo es un encanto de persona?
—¿Todo bien? —me dice, y cuando abro los párpados lo veo con la mirada fija en mí.
—Sí, sí… Es que el día ha sido largo.
—¿Otra vez con los plazos?
—¿Los qué?
Entonces recuerdo la última conversación de trabajo que tuvimos y caigo en que le había hablado de que el inútil de mi jefe solo quería reducir y reducir los plazos para la entrega del proyecto y subir la calidad sin ningún sentido.
O, bueno, él sabrá la razón por la que pagándote lo mismo quieres entregarle al cliente algo antes y mucho mejor de lo que ha pagado.
Como idea de negocio es una mierda bastante importante. Pero ¿qué sé yo?
—No, no… Bueno, sí y no. Eso sigue igual, o peor. —Rememoro su, espero, último recorte de tiempos—. Es que ha entrado un tipo nuevo y me ha tocado estar enseñándole el funcionamiento de los programas. De momento, está de becario. Ya veremos.
—¿Es majo por lo menos?
Noto cómo me suben los colores y él sonríe. Será cabrón. Al tiene algo con lo que te cala enseguida y aun así te da la confianza para que hables con él de lo que sea. ¡Brujo!
—Sí, es majo. Y sí, antes de que lo preguntes, está muy bien. Y no —lo corto cuando iba a abrir la boca—, no sé si es gay. No se lo he preguntado. Queda feo el primer día, ¿no?
—Bueno, pues ya lo has soltado todo. —Sonríe—. ¿Te ha venido bien?
—La verdad es que sí.
Con Al me estoy ahorrando una pasta en psicólogos, pero no pienso revelárselo a nadie. Paso, que seguro que me lo roban.
—¿Y tú qué haces que no estás por ahí de farra? Es viernes tarde. Hay mucha gente en la ciudad…
—No me apetecía mucho. Además, quería proponerte plan —dice y me guiña un ojo.
Llegados a este punto, y si estáis pensando cualquier cosa rara, no, Al no es gay ni me está tirando la caña.
Al menos, hasta donde yo sé. Él es hetero.
O eso dice. Yo lo he visto siempre con chicas y no han sido ni una ni dos.
Aunque es verdad que lleva una temporada que no lo he visto con nadie.
El tío es guapo, lo sabe y se la suda. Tiene todos los músculos marcados, un moreno de jugador de vóley playa y no solo es fisioterapeuta, sino que tiene estudios de nutrición y entrena a un equipo de niños y otro de chicas que juegan los fines de semana.
—Sorpréndeme —contesto, y que me tirase la caña sí que sería una sorpresa. Pero no me gustaría, creo, porque las cosas se pondrían raras entre los dos.
—Ha salido.
—¿Cómo?
—Sí, ya está en Prime. ¿Tenías pensado hacer algo?
—Nada que supere esto.
Vale. Esto hay que aclararlo también porque os puede resultar extraño, pero desde que Al y yo comenzamos a vivir juntos, descubrimos que teníamos una conexión muy fuerte y muy extraña; su nombre: Nicolas Cage.
Nos encanta ver cualquier cosa que saque.
Es como abrir un sobre sorpresa, no sabes si te tocarán las llaves de un apartamento en Torrevieja o un mojón del tamaño de ese mismo apartamento.
Aunque llevamos una racha buena de lo segundo.
—Una cosa te digo: me da igual que no quieras, yo me encargo de la cena.
—Está bien, pero que al menos sea sano.
—Mira, Al, un viernes noche no me vas a hacer comer brócoli.
—Pero…
—Con ver tu corte de pelo, tengo suficiente.
Y nos reímos. Al es de esas personas que no se toman a mal que se hagan bromas con él.
Tiene toda la confianza del mundo. ¡Como para no!
Y, aunque ahora le ha dado por llevar el pelo de la misma manera que el noventa por ciento de los adolescentes, que parece un brócoli gigante, sigue estando igual de guapo el puñetero.
Lo que no quita que yo me siga metiendo con él, lleve el pelo que lleve.
—Creo que va a ser… una buena ración de hamburguesas, con patatas y nachos.
—¡Tío!
—Ni tío ni tía. Mañana te haces cien flexiones más y las quemas. Que no voy a estar a dieta de todo.