¡A la mierda las comedias románticas!
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1. ¿Es aquí donde los sueños se hacen realidad?
Vale, está bien, un buen principio para esta historia sería que comenzase explicando que tengo un trabajo horrible, en el que me dedico a algo que no me gusta, seguramente impuesto por una absurda tradición familiar o algo así, y que por un golpe del destino, un accidente o por encontrarme con ese alguien que me abre los ojos, decido mandarlo todo a la mierda y hacer lo que en rea lidad quiero.
Ya sabéis a lo que me refiero: «Tu abuelo fue abogado, tu padre fue abogado y tú serás abogado».
Y quien dice abogado dice médico, profesor, ingeniero, juez, arquitecto, actor o lo que sea que uno odie o le aburra, que allá cada cual con sus movidas.
Yo es que para la burocracia soy un cero a la izquierda y por eso he puesto lo de abogado primero.
Solo de pensar en hacer colas, presentar impresos, las ventanillas de Hacienda…
, me dan ganas de tirarme en el sofá con una manta y verme desde el principio la serie de Buffy, cazavampiros con tal de procrastinar.
Pero ¿sabéis lo que pasa? Que en mi caso no es así.
Que no tengo un curro de mierda. Trabajo en una empresa que se llama Heart Animation S.
L. y me dedico a la animación. Sí, sí, tal cual lo lees.
Me dedico a hacer películas, videojuegos, anuncios o cortos de animación.
Y, bueno, es como todo, cuando una afición se convierte en un trabajo deja de ser tan divertida, aunque sigue teniendo sus cosas buenas.
Siempre y cuando no te toque el típico jefe gilipollas, y aquí, igual que en cualquier otro sector, haberlos, haylos.
—¿Es aquí donde los sueños se hacen realidad? —dice Aída al entrar a la zona del departamento de VFX. Siempre lo hace de la misma manera: con los brazos abiertos simulando que un foco la ilumina en mitad de un escenario. Es una teatrera del quince.
Para los que no lo sepáis, el departamento de VFX en cualquier película se encarga de hacer las explosiones, los fluidos —¡no penséis mal, cochinos!
Hablo del agua, lava…, esos fluidos—, las partículas de polvo, erupciones volcánicas, nubes, derrumbes de edificios…
Todas esas cosas molonas que, si las quitan, solo quedan actores insulsos diciendo chorradas con una inmensa lona verde detrás.
Si se dejan, luego llega otro departamento, «compo», y empieza a desenfocar, a darle una vibración y a ponerle un destello a la imagen para que tu trabajo de meses se vea tres segundos y malamente, tra, tra…
Y que conste que no los culpo, que para eso están los directores, que son quienes deciden hacer todas esas marranadas a las imágenes.
—¿Vas a dejar de decir algún día eso? —digo aparentando fastidio, aunque en el fondo siempre me hace sonreír.
—Puede ser… Aunque creo que haré que me lo graben en la lápida. Quizá para entonces existan hologramas y se pueda proyectar cada vez que alguien se acerque a llevarme flores. ¿Te imaginas?
—Pero si a ti no te gustan las flores.
—Mierda, es verdad. Bueno, pues para cuando vengan a contarme sus cosas. Y que sea un loop infinito para que la gente lo vea una y otra vez.
No sé de qué mejor manera os puedo presentar a esta petarda que me encanta.
Ojalá fuese hetero para acabar liado con ella.
Aunque para eso ella tendría que dejar de ser lesbiana y volver a cruzarse de acera.
Sí, este es el departamento VFXLGTBIQ+. Ale, ¿no se quejaban de que había muchas letras? Pues toma más.
Aída se sienta en su silla, en una mesa junto a la mía. Se da un toque con el dedo a las gafas y me mira con una sonrisa pícara entre su cortina de pelo negro. Malo.
—Bueno…, ¿qué? —me pregunta fijando sus enormes ojos miel con una pequeña mota oscura en el iris—. ¡Habla, maldito!
—¿Pero qué quieres que te diga?
—Pues que cómo te fue ayer.
—¿La verdad?
—Obvio.
—De pena…, era un idiota. Pero, vamos, sin novedad en el frente.
Lo que Aída quiere saber es qué tal me fue con mi cita número…
Mira, yo qué sé. Muchas. Ayer volví a quedar con un tío y este, al menos por la aplicación, parecía majo.
No tenía una foto de su nepe , que ya es algo.
Incluso había puesto una de su cara. A primera vista, parecía el típico tío buena persona que, sin ser un «quita respiraciones de la vida», tenía algo que atraía.
Se parecía un poco a Andrew Garfield, y tuve la esperanza de que esta vez sí.
Acordamos vernos en una cafetería del centro.
Yo me quedé esperando para llegar unos minutos tarde y comprobar si realmente era el de la foto.
No sería la primera vez que me la han colado, así que no me juzguéis.
Además, seguro que vosotros lo habéis hecho más de una vez.
—Jo, lo siento —dice Aída, que se acerca a mí y me rodea con los brazos.
—Nada. —Me remuevo incómodo y trato de quitármela de encima.
El contacto físico en estas situaciones me pone bastante nervioso.
Supongo que será porque me hace sentir débil y necesito no sentirme así—.
Si era un idiota. Solo hablaba de él y de que si el despacho de abogados para el que trabajaba esto o aquello, y de que si conocía a no sé qué político con el que se había liado…
—¡Calla! —suelta ella, y me da un golpe en el hombro.
Aída se separa y me mira muy fijamente. Es una cotilla de cuidado.
—¿Te dijo quién era?
—Pues uno de estos que dicen que no hay cambio climático y que si lo de la familia tradicional y esas mierdas.
Aída abre mucho los ojos y se lleva la mano a la boca.
—¡No jodas! ¿Y no te dijo el nombre? Es que la madre que los parió…
¡No! La madre no, que las madres no tienen culpa.
O, bueno, un poco tienen que tener, pero los dos, padre y madre, porque si te salen así algo habrán tenido que ver.
Me extrañaría mucho que tuviera dos madres, o dos padres, y que haya salido así.
Aunque mira lo de esos escritores tan famosos. ¿Cómo era? Joder, no sé cómo no…
Plas, plas, plas. Palmeo las manos con fuerza para sacarla del bucle.
—Cariño, ya. —Ella me mira sorprendida—. Que es muy temprano para estar con estas cosas.
—¿Qué cosas? —nos sorprende nuestro jefe—. ¿De qué cosa se trata que no puede abordarse demasiado temprano?
—Nada, Héctor —improviso mintiendo cual bellaco—.
Me estaba comentando Aída que tenía un problema con uno de los planos.
Necesitamos hacer un desvanecimiento de un personaje que se convierte en algo parecido a jirones de tela.
No le termina de encontrar el punto y yo quería acabar unas cosas de la explosión de mi plano antes de echarle una mano.
El silencio se adueña de la habitación. Aída me mira aguantándose la risa. Será…
—Muy bien. Así me gusta, trabajo en equipo —dice él por fin, aparentemente satisfecho con la explicación.
—Sí, somos nosotros muy de equipo, ya nos conoces —añade Aída, que nunca sabe cuándo cerrar la boca, y yo la fulmino con la mirada.
Los tres nos quedamos mirándonos pasmados el tiempo suficiente como para convertir aquello en un momento incómodo.
Héctor Heinz es de esas personas que son capaces de robar la alegría a cualquiera.
¿Habéis visto La historia interminable ?
Pues él es como la Nada. Un agujero negro de la motivación, un vampiro emocional.
Ahora os parecerá exagerado, pero en cuanto lo conozcáis algo más acabaréis por darme la razón.
—Bueno, a lo que venía: quiero presentaros a una persona. —Echa una mirada hacia el pasillo—. Pasa, Tomás.
—Hola —dicen unos ojos azules que ¡madre mía!, cuando traspasan el umbral de la puerta—. Pero mejor llamadme Tom.
—Hola —dice Aída. Yo… Yo no soy capaz de decir nada. ¿Este tío es de verdad o lo han hecho en un laboratorio?
Héctor carraspea un par de veces y salgo del trance notando las mejillas ardiendo.
¡Seré idiota! Ahora pensará que me falta un hervor.
Pero es que no es para menos. Veréis, el tal Tomás…
, Tom, perdón, es de esta gente que parece sacada de un marco de fotos.
Podría aparecer en alguna serie de Netflix haciendo el papel de guaperas.
Cara afilada, ojos grandes y azules con pestañas interminables, pelo descuidadamente arreglado…
Y encima el tío sonríe con los dientes más blancos y más perfectos que he visto en mi vida.
Bueno, no como cuando Ross en Friends se hace el blanqueamiento, que se apaga la luz y se ven fluorescentes, pero, vamos, sonrisa de puñetero anuncio.
—Veréis —prosigue Héctor devolviéndome a la realidad—. Alguna vez me habéis comentado que necesitabais a alguien que os eche una mano. Tomás…
—Tom —lo interrumpe, y soy consciente también de que, además de todo lo que ya os he mencionado, encima tiene una voz para que le den ya mismo un programa de radio.
—Sí, eso, Tom. —Héctor levanta una ceja en señal de fastidio—. Ha terminado con su anterior proyecto y creo que sería un buen activo para que se uniera a nuestra familia. Tenemos buenas referencias sobre él y me consta que está muy motivado.
—¿Y qué proyecto has terminado? ¿Alguna película que conozcamos? —intervengo tratando de hacerme una idea de lo que nos podría aportar.
Niega tímido.
—¿Una serie?
Vuelve a negar y Aída y yo nos miramos extrañados.
—Publicidad —se apresura a contestar Héctor.
—¡Ah, muy bien! Entonces, sabes lo que es trabajar bajo presión —dice Aída—. ¿Has trabajado con Maya?
—¿Maya? No… no lo conozco.
—¿Y con Houdini?
— Nope .
Héctor se tensa por momentos, pero Tom parece encontrar la escena bastante divertida. Al menos, esa es mi impresión.
—¿Y con qué software de 3D has trabajado?
—La verdad es que no he trabajado nunca con softwares 3D convencionales… —se excusa, y la manera que tiene de tocarse el pelo hace que, por un momento, se me olvide el pequeño detalle que está comentando. A Aída ese truco no le vale.
—Pero, Héctor, y perdóname, Tom, lo que necesitamos es gente que nos saque trabajo y aquí habrá que gastar tiempo en formarlo —dice ella.
—A ver, a ver, que no panda el cúnico .
Ya está este hombre con sus juegos de palabras. Siempre los hace cuando se ve acorralado o, simplemente, cuando le importa un carajo lo que le estamos diciendo.
—Tom está aquí, sí, para aprender, pero también para aportar su visión desde el punto de vista de la fotografía y los VFX de imagen real, que es donde tiene más experiencia. Algunos de los clientes se nos han quejado de que nuestros efectos no se ven del todo realistas y…
—¿Perdona? —digo sin poder creer lo que estoy escuchando. Ahora sí que se ha roto el hechizo—. ¿Podrías decirme quién se ha quejado?
—Pues la juguetera.
—¿Que qué? —contestamos al unísono Aída y yo. Tom, que ha dado un paso atrás, lejos de sentirse incómodo, parece divertirse con la discusión, aunque no es tonto e intuye que ahora mismo si abre la boca le podría caer alguna.
—Pues sí. A la juguetera no le está gustando cómo estáis dejando esta última entrega de la serie. Dicen que parece todo corchopán .
—¿Pero cómo se va a quejar la juguetera?
—continúo indignado—. ¿Es que no han visto de qué iba nada?
Que su anuncio era de dragones cartoon en un reino fantástico con personajes cabezones.
¡Que tenían más cabeza que espalda! ¡Si incluso han modificado sus muñecos para hacerlos más parecidos a los nuestros por lo feísimos que eran!
—Mira, Javi, me da igual. Tomás, quiero decir, Tom —y lo mira como si también esto contribuyera a hacerle perder la paciencia— va a estar en el equipo y punto pelota.
—Que no es cuestión de que esté o no, Héctor.
Es cuestión del tiempo que tenemos. Supongo que las entregas para el capítulo habrán cambiado de fecha —interviene Aída más calmada que yo, que me llevan los demonios.
¡Poco realistas, dicen! Y más con el tiempo que daban…
Sí, les vamos a hacer aquí la introducción de Juego de tronos para su mierda de muñecos que son más feos que pegarle a padre con un calcetín sudado. Manda hue…
—La verdad es que sí. —Héctor sonríe y nosotros suspiramos aliviados—. Al final será para la semana que viene.
—¿Es que estamos todos locos? —protesto—. ¿Para el viernes que viene? ¿Encima nos acortas los tiempos?
—El jueves, de hecho. El viernes quieren revisarlo por si necesita un último feedback.
Sin decir nada más, Héctor sale de la habitación y nos quedamos allí con cara de bobos. Bueno, todos no, Tom sonríe con cara de niño bueno.
—Chicos, esto… —titubea—. No sé muy bien qué decir. No era mi intención causaros tanto contratiempo.
—Tranquilo —digo algo más calmado al ver esa cara perfecta—. Tú no tienes la culpa de nada. Es este gilipollas de jefe que nos ha caído, que a veces se le ocurren ideas de bombero.
Tom sonríe travieso y eso me gusta. Parece que ha pillado el tema.
—Intentaré ponerme al día con los programas cuanto antes y no haceros perder demasiado el tiempo.
—Ven si quieres y mientras trabajo te voy explicando lo que voy haciendo. Así te puedes ir quedando con algún concepto. ¿O prefieres ponerte tú, Aída?
—Dale, dale. —Me guiña el ojo ella. La madre que la parió. Me ha calado completamente. Pero podría disimular un poco—. Yo tengo aquí bastantes historias que terminar.
Los colores me trepan hasta las mejillas.