Capítulo 19 #3
—No. Podría estar trabajando para cualquiera de una docena de fabricantes de armas.
Mi parte del protocolo de certificación siempre es ciega.
Me entregan el arma, su manual de operación anonimizado y unas horas para familiarizarme.
Antes de que yo la reciba, las personas que encargan la prueba eliminan cualquier identificador: fabricantes, insignias, logotipos.
A veces, las compañías nos pagan para que probemos un lote aleatorio del producto de un competidor.
Esperan que le pongamos una gran etiqueta de ‘inservible’.
—Eso suena innecesariamente complicado.
Kaine ladeó la cabeza. Tenía una forma de mirarla como si estuviera apuntando a un objetivo, pero, curiosamente, ella no percibía ningún peligro en él.
—El proceso está diseñado para evitar sesgos. Ella se estremeció.
—¿Así que ni siquiera sabes quién fabricó el lanzador que casi te explota en la cara? Él hizo una pausa, como si reviviera un recuerdo doloroso.
—El… arma tenía ciertas similitudes conun dispositivo fabricado poruna empresa francesa.
Uno de los mayores fabricantes de armas del mundo.
Muy respetados. Hemos trabajado para ellos de forma intermitente desde que Gravel fundó la empresa.
A diferencia de la mayoría de firmas del sector, nunca ha habido ni una insinuación de escándalo.
Nada de violaciones de sanciones. Ni rumores de sobornos o corrupción.
No puedo imaginar que arriesgaran su reputación en algo tan… monstruoso…
Se frotó la cara.
—Joder, Lara. He sido un completo idiota. No puedo creerme nada de lo que Gravel me ha dicho. Podría ser todo una sarta de mentiras. Necesito hablar con ese cabrón antes de que desaparezca en el horizonte con su botín. Pero primero, tengo que encontrar un lugar seguro para que te quedes.
Claro. Como si ella fuera a permitir eso. Ryan Kaine haría cualquier cosa para protegerla. Ya lo había demostrado en la granja. Podía confiar más en él que en un grupo de mercenarios desconocidos o policías sin rostro, por eso iba a mantenerse más cerca de él que la venda que cubría sus heridas.
Golpeó la mesa con el dedo índice.
—¿Puedo hacerte otra pregunta?
—Por supuesto.
—Esa certificación del Ministerio de Defensa, ¿tienen tus huellas digitales?
—Sí. Como especialista autorizado en armas de fuego y explosivos, el Ministerio de Defensa y el Ministerio del Interiortienen un perfil biométrico completo, que incluye una muestra de ADN y escaneos de retina. ¿Por qué?
Ella se mordió el interior del labio inferior por un momento.
—Dado todo lo que has hecho desde Cleethorpes, todo lo que has tocado y la sangre que has dejado en dos escenas del crimen, ¿no deberían haberte identificado ya? ¿Por qué tu foto no está por todas partes en las noticias?
La sonrisa cómplice de Kaine le indicó que había pensado lo mismo.
—Esa, doctora Orchard, es una muy buena pregunta, y una que no puedo responder ahora mismo.
Quizás alguien de arriba se esté haciendo el remolón para dejarle el camino libre al Principal y a sus sabuesos.
Pero es solo cuestión de tiempo. No me sorprendería ver mi fea cara estampada por toda la estación de King’s Cross.
—No es tan fea.
Mierda. Lo había hecho de nuevo: hablar sin pensar. Tan poco propio de ella. Necesitaba unas buenas ocho horas de sueño de calidad en una cama suave y cálida. Sola.
Definitivamente sola.
Su comentario lo hizo incorporarse.
—No estaba tirándote la caña.
—Y yo no estaba mordiendo el anzuelo.
Tomó una servilleta nueva, se secó los ojos y retorció el papel hasta hacer una cuerda.
—¿Cuál es el siguiente paso? Kaine carraspeó suavemente.
—Como he dicho, mi siguiente paso es encontrarte un lugar seguro donde esconderte antes de tener mi pequeña charla con Gravel.
—Oh, no —dijo ella con la misma firmeza—. No tenemos tiempo para eso. Necesitamos actuar de inmediato.
—No. Tu seguridad es lo primero —cortó él, pasando la mano por el aire entre los dos—.
Fin de la discusión.
La vía del tren hizo una larga y lenta curva hacia la izquierda.
La luz del sol irrumpió en el vagón, brilló sobre la placa metálica del maletín médico de Lara y destelló en los ojos de Kaine.
Él giró bruscamente la cabeza hacia la sombra de un soporte del vagón.
Sonrió, apoyó los antebrazos sobre la mesa y se frotó las manos.
—¿Has pensado en algo? —preguntó ella.
—Tal vez.
Maldita sea. Había vuelto al modo sigiloso.
—Si tienes un plan, ¿puedo ayudarte?
Él la observó durante un momento antes de responder.
—Posiblemente.
Excelente. No había rechazado su oferta de inmediato.
—¿Será peligroso?
—No para ti —revisó su reloj—. Llegamos a Retford en un par de minutos. Necesito que me prometas algo.
—No voy a hacer ninguna promesa que no quiera cumplir.
—Maldita sea, mujer. Eres tan exasperante.
A pesar de las duras palabras, la suavidad en su voz baja le indicó que no lo decía en serio.
—Entonces, denúnciame. ¿Qué quieres que haga?
—Si hay problemas en Retford, haz lo que te diga sin preguntar. ¿De acuerdo?
Lara sonrió. Se sentía mejor que en toda la mañana, más segura y, inexplicablemente, menos asustada. Su corazón latía más rápido.
—Eso, Ryan Liam Kaine, puedo prometerlo y lo prometo.