A la defensiva (Ryan Kaine 3) Capítulo 18 #3
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Capítulo 18 #3

—Típico. Ignorante imbécil.

—Es el parque científico militar del gobierno, cerca de Salisbury.

Entre otras cosas, tienen una unidad especializada en guerra química.

Esa unidad realiza pruebas en humanos y tiene una terapia experimental para el veneno que en este momento recorre tu torrente sanguíneo.

Es un proceso largo y doloroso e implica terapias invasivas.

—Kaine sonrió y se detuvo para que el mensaje calara.

—Cuando te libere —continuó—, tendrás que encontrar la forma de llegar a Porton Down y pedir por el coronel Andrew Chavasse.

Él es el científico encargado de la investigación.

Dale el nombre del veneno, que es… —Kaine volvió a hacer una pausa.

—Eh… ¿Gypsophila 980-delta?

—Bien. Eso es. Pero recuerda moverte despacio.

Si te apresuras o aceleras el ritmo cardíaco de alguna manera, aumentará la potencia de la droga.

Toma tu moto y conduce despacio y con cuidado.

Si tienes aunque sea un pequeño golpe en el camino, el aumento del flujo de adrenalina probablemente será fatal.

Kaine esperaba haber cebado bien la bomba. No tardaría mucho en averiguarlo. Cortó las cuatro bridas de un tajo y dio un paso atrás.

En lugar de levantarse de un salto y correr por la habitación en un ataque de pánico, Mortensen se incorporó en cámara lenta, respirando de forma entrecortada pero controlada. Ignorando la orina que se secaba en sus piernas, el sucio motociclista se puso los vaqueros y se levantó aún más despacio.

—¿Dijiste Salisbury? —susurró.

—Eso es —dijo Kaine, asintiendo—. Ve hacia el oeste y no olvides preguntar por el coronel…

—Ch-Chavasse —dijo Morton, aún temblando.

—Y no digas nada a tus compañeros de abajo. O ellos también recibirán una dosis.

—¿Eh? ¿No les has hecho nada?

Kaine frunció el ceño.

—No fue necesario. Por suerte para ellos, estaban completamente fuera de combate cuando entré. El alcohol y las drogas hacen eso con tu cuerpo.

Mortensen bajó la mirada. Caminó de puntillas hacia la salida, descolgó su chaqueta de cuero del respaldo de una silla y retrocedió de puntillas por el descansillo hasta el inicio de las escaleras.

Kaine escuchó cada crujido en cada peldaño y esperó a que el motor de la Kawasaki gruñera al encenderse antes de cruzar hasta la ventana.

Corrió la delgada cortina justo a tiempo para ver cómo la motocicleta se alejaba.

Si Mortensen hubiera ido más despacio, se habría caído de esa máquina anticuada.

Una vez más, Kaine sonrió.

—Por favor. Hay cosas que son demasiado fáciles.

Agarró la grabadora y soltó una risita mientras presionaba el botón de detener. Lara y los chicos probablemente disfrutarían al escuchar la grabación.

En su coche afuera, Kaine presionó la rellamada en su móvil. No tuvo que esperar mucho para oír la respuesta ligeramente adormilada.

—Chavasse al habla. ¿Eres tú, capitán?

—Hola, Andy. Nuestro desagradable y pequeño amigo va en camino.

—¿Hablas en serio? ¿Se lo creyó?

—No es precisamente un genio. Si asustas a un idiota haciéndole creer que va a morir, se vuelve muy receptivo a un escenario alternativo.

—Una respuesta humana natural al miedo —dijo Andy con un bostezo tan sonoro que Kaine no pudo evitar imitarlo.

—¿Puedes tratarlo como a uno de tus conejillos de Indias? Necesito que lo mantengas en frío durante una semana más o menos. Verás que es receptivo incluso a las pruebas más intrusivas. ¿No tendrás algo que requiera sondas rectales diarias?

Andy se echó a reír.

—Ya se me ocurrirá algo. ¿Cuándo llegará?

—En cinco o seis horas. Tienes tiempo de sobra para volverte a dormir.

—Cristo, ¿pero no estabas en Londres? Sin tráfico eso está a un par de horas nada más.

—Sí —asintió Kaine—, pero pensé que lo mejor era hacer que se tomara las cosas con más calma. No quería que entrara en pánico y provocara un accidente en la M3.

—¿Y cómo demonios lograste eso? No, mejor no me lo digas. Ya dejaré que el señor Mortensen me cuente los detalles cuando llegue.

—Es una buena historia, te prometo que te va a gustar —dijo Kaine, aún sonriendo—. Podrías escucharla con un balde de palomitas. Gracias por esto, Andy. Te debo una.

—No, no me debes nada. Mi familia y yo jamás podremos devolverte lo que hiciste en Faluya.

—Hice muy poco. Estaba en el lugar correcto en el momento justo.

—Déjate de tonterías, capitán. Sé lo que tú y tu equipo hicieron por mi hermano menor. Te manda saludos, por cierto. O lo haría si supiera que estamos hablando ahora.

—¿Cómo está?

—Muy bien. Rachel tuvo otro crío en marzo. Su primer varón después de dos niñas. Nunca adivinarías cómo lo llamaron.

Kaine no pudo evitar morder el anzuelo.

—No me digas... ¿Andrew, verdad?

El médico se echó a reír.

—Exacto. Ryan Andrew Chavasse. Un chiquillo guapísimo con unos pulmones potentes. Y tú, ¿qué te traes ahora entre manos?

—¿Yo? —preguntó Kaine, mientras ya planeaba su próximo movimiento—. Tengo otra visita domiciliaria, pero dudo que sea tan fácil como la anterior.

«Ni tan incruenta.»