A la atención de una dama Capítulo 19
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Capítulo 19

C atherine no recordaba haber abandonado su alcoba, tampoco haber cruzado los corredores silenciosos de la residencia Russell, traspasado el umbral y cruzado el atrio solitario para dejar atrás la propiedad.

Tan solo se acordaba de haber caminado con la vehemencia del demente, quien, en su determinación, es el único que sabe con certeza hacia donde se dirige.

La mirada permaneció, en todo momento, fija e inamovible en el frente que se ha de alcanzar.

Las manos, libres de guantes, se enlazaban con frenesí, retorciéndose y apretándose con firmeza bajo la presión que infringía su presente estado de nerviosismo.

Sus pasos ya no le pertenecían; sus pies sin duda se movían con vida propia, como si les hubieran sido concedidas alas y fueran estas las que los empujaban hacia adelante, hacia su propio destino, sin admitir ninguna suerte de demora.

El paisaje alrededor parecía desdibujado: cercas, árboles, matorrales e incluso la plomiza bóveda celestial sobre su cabeza, todo se difuminaba en un único manchón colorido, como una acuarela inacabada cuyos perfiles permanecen sin definir en el tiempo.

Los sonidos de la naturaleza se habían apagado para conceder prioridad al latido feroz de aquel corazón femenino que albergaba la más firme de las determinaciones, conduciéndose como el navío que, entre la bruma y la tormenta, se guía por la fiable luz de su faro.

La sangre pulsaba en las sienes y zumbaba en los oídos, anulando cualquier posibilidad de estímulo externo.

¿Y acaso precisaba Catherine de otros impulsos diferentes a los que emitía su propio cuerpo, conmovido de emociones e imperioso de voluntades?

El tiempo resultó en aquel trance muy difícil de medir, y tan solo cuando se encontró al frente de Cypress Court, acalorada y jadeante, consideró que debía haber realizado el trayecto no corriendo —algo impropio en ella—, pero sí a buen paso.

Cuando al fin divisó la figura de Robert Hemstorm, el apretado avance de sus pies se detuvo en seco. Y el pulsar de su corazón, si bien jamás había sido templado en todo aquel tiempo, cobró una relevancia brutal.

Mientras lo observaba con la fascinación con la que había aprendido a observarlo sin ser vista, se llevó una mano al estómago, la otra al agitado escote. Creyó, de forma errónea, que ambos gestos conseguirían aplacar un punto su terrible desasosiego.

Ajeno a su presencia, Robert se encontraba parado a escasa distancia, junto al portón de acceso a la propiedad, mientras conversaba con un mozo que sostenía las riendas de un caballo ensillado. Vestía un redingote en tonos marinos y sombrero de copa cilíndrica.

Todo en aquella escena hablaba de inminencia.

De partida.

El corazón de Catherine convulsionó al fin, y no debido a las dudas, al miedo o a la incerteza, sino a lo inevitable —e imperativo— de lo que estaba a punto de suceder.

Había llegado el momento de determinar su destino.

Algo debió de percibir Robert; una fragancia, una sombra, un movimiento fugaz por el rabillo del ojo, tal vez..., o quizá adivinara una presencia cercana a su alma y a su corazón, pues en un momento dado volvió la cabeza para enlazar su mirada en la anhelante que lo aguardaba a cierta distancia.

En el reconocimiento, Robert mantuvo la presencia elegante y moderada que lo caracterizaba; no obstante, algo en su gesto mudó, como si una emoción repentina hubiera cruzado su semblante sin tiempo a ser contenida.

Catherine fue la primera en conceder movimiento a un lienzo que parecía haber cedido a la inacción durante demasiado segundos.

Avanzó lentamente; manos entrelazadas frente al talle y dedos retorciéndose con frenesí hasta tornarse blancos.

Más tarde consideraría que su caminar había sido penoso, pues estaba más que segura que incluso en algún momento había llegado a tambalearse. Por fortuna, ni trastabilló ni perdió el paso.

También Robert caminó en su dirección, dejando atrás al mozo de cuadra que cuidaba de su montura.

Ambos se detuvieron cuando se encontraron a la distancia suficiente para mantener el decoro, pero demasiado cerca para que Catherine temiera que, en un momento dado, él pudiera escuchar el agitado bombeo de su corazón.

Robert ofreció la consabida reverencia de cortesía, gesto al que Catherine respondió con la debida inmediatez e inevitable nerviosismo.

—Señorita Russell...

Su voz, siempre grave y sensual, y aquel conocido aroma a madera, sándalo y cedro traspasaron por completo los sentidos de Catherine.

—Señor Hemstorm...

Tras un carraspeo que encerraba vacilación y temor, Robert continuó:

—No esperaba... —se pausó un instante, como si midiera sus propias palabras, como si luchara contra sus propias emociones—, no esperaba volver a verla después de nuestro último encuentro.

Catherine exhaló de forma sonora. Era entonces... o nunca. Y debía ser entonces.

—Lo sé —no había aflicción en su voz, sino firmeza—, y lamento la impresión que debió de llevarse usted en aquel momento.

Robert la observó con atención.

Aparecía ante sus ojos tan bella como de costumbre, hermosa y radiante en su encanto sereno.

Aunque en esa ocasión su rostro no reflejara precisamente serenidad; por el contrario, sus mejillas se teñían de escarlata, sus ojos brillaban a causa del ejercicio reciente y su aliento se mostraba agitado.

En su mirada refulgía un extraño anhelo, además.

—Señorita Russell, me encontraba a punto de partir...

Catherine exhaló profundo.

—Lo sé, lo sé, yo... —tomó aire, mucho más del que había liberado segundos antes— no le robaré mucho tiempo...

Y una sonrisa nerviosa acudió a secundar sus palabras.

—Ha venido usted caminando... ¿Ocurre algo? ¿Su padre..., sus hermanas...?

Catherine se apresuró a negar con la cabeza.

—Todos están bien —recordó los corazones rotos de las Russell y se vio obligada a matizar su respuesta— o más o menos bien dentro de sus respectivas circunstancias...

Robert enarcó una ceja ante la ambigüedad de semejante afirmación.

—Señor Hemstorm, yo... —se humedeció los labios y se aprestó para revelar su alma de una vez—, yo he venido porque he comprendido.

.. —desvió la mirada hacia el mozo de cuadra, aunque con ese gesto en realidad trataba de ganar tiempo para ordenar sus pensamientos—, demasiado tarde tal vez, que mi silencio aquel día pudo haber sido malinterpretado por usted.

Robert frunció el ceño en una mezcla de cautela y tensión. La observó de hito en hito.

—Al contrario, señorita Russell —sentenció—, su silencio fue tal vez incluso demasiado claro.

No había severidad en sus palabras. Tan solo conformismo y humildad. La de quien ha aceptado, aún en contra de su voluntad, su destino.

Catherine tragó seco, por vez primera impaciente y especialmente temerosa de no recibir comprensión alguna por parte de Robert, sino tan solo una aplastante indolencia.

—Y sin embargo no lo fue tanto para mí —dijo sin respirar—. Mi silencio, señor, obedecía a que consideré más sensato callar la evidencia.

Robert se humedeció los labios sin dejar de mirarla con fijeza.

—Atribuí en todo momento su silencio a la indiferencia... o incluso al rechazo.

—Comprendo que lo creyera así —afirmó ella sin apartar la mirada—. ¡Pero no se trató de eso en modo alguno!

Y entonces, sin permitir que el temor volviera a interponerse, dio el paso que hasta entonces había evitado.

—No había indiferencia en mí, y mucho menos rechazo, se lo aseguro —exhaló, llevándose una mano al cuello para tratar de calmar las pulsaciones que hacían latir una vena en su yugular—. Tan solo pesaba mi falta de valor.

—¿Falta de valor...? —repitió él.

—¡Así es! —Llegados a ese punto, parecía ser capaz tan solo de expresarse entre exhalaciones—.

Me temo que no supe mantener en su presencia la misma claridad, vehemencia y firmeza que había mostrado antes.

.. —aquella pausa fue muy necesaria para tomar aire y soltarlo de golpe después, junto a la realidad que pesaba en su corazón— a través del papel.

Una sombra de comprensión cruzó la mirada de Robert.

—Entonces la misteriosa dama...

Catherine sostuvo su mirada, se humedeció los labios y se dejó ir.

—Soy yo... —una sonrisa dócil acudió a estirar sus labios—, mi caballero del anuncio.

Robert la observó en silencio, como si aquella confirmación, largamente intuida pero hasta el momento no expresada, encontrara por fin forma ante sus ojos. La forma más bella que podría encontrar.

—Creí que, una vez que me hubiera descubierto, me consideraría indigno.

Catherine jadeó. Sus pupilas se habían velado tras la densidad acuosa de un ejército de lágrimas prestas a desbordarse.

—¡En modo alguno! —Se apresuró a añadir—: Usted quedó redimido cuando explicó sus circunstancias en su primera carta.

Todo lo que descubrí después acerca del caballero del anuncio lo retrató a mis ojos con una belleza y una grandeza de carácter absolutamente extraordinarios.

Créame, hoy en día no podría admirarlo más.

La intensidad de la mirada de Robert ya no buscaba ocultarse.

—¿Todo cuanto compartimos en aquellas cartas...?

—Todo fue real —añadió ella—, al menos en lo que a mí respecta.

—Yo jamás había sido más sincero antes.

Un paso.

Fue él quien lo dio.

No fue un gesto impulsivo ni impropio.

Catherine no retrocedió.

—Creí haber imaginado... una afinidad que no existía. No solo con la dama misteriosa, sino especialmente con la encantadora, inteligente y hermosa señorita Russell.

Catherine negó suavemente, sintiendo arder las mejillas en base a tan deliciosos halagos.

—No lo había imaginado. —Sus palabras no temblaron esta vez—.

La admiración que principié sintiendo por el desconocido caballero fue traspasada de inmediato a un hombre real, que se presentó a mis ojos con una sinceridad y una grandeza de carácter equiparables, si no superiores, a las del misterioso corresponsal.

Robert la observó en silencio.

Y con esa mirada, larga y profunda, pareció recorrer en un segundo todo el camino que los había llevado hasta allí.

—Debo reconocer lo mismo —dijo—, la fascinación que empecé sintiendo por aquella dama misteriosa que se expresaba con una resolución admirable, que supo ponerme en mi sitio y defender estoicamente sus convicciones, tomó forma, alma y corazón en la persona de la encantadora señorita Russell.

Ella descendió la mirada, sabiéndose colmada de rubores.

Robert inclinó la cabeza buscando los ojos que le habían sido negados; una vez que los encontró bajo la timidez de los párpados entornados, las pupilas de ambos quedaron suspendidas y fielmente enlazadas en un susurro de eternidad.

Con una naturalidad que nacía de lo ya comprendido, su mano buscó la de Catherine para sostenerla con firmeza contenida.

Despacio, calibrando cada movimiento, cada hálito y cada mirada engarzada, Catherine se llevó a los labios la mano que sostenía la suya para besar los nudillos, uno a uno, bajo la atenta y devota mirada de Robert.

Cuando sus labios rozaron el último nudillo, él alzó su otra mano para acunar con ella el delicado rostro de porcelana.

—Ahora ya no somos dos desconocidos... —susurró Robert, prendido en aquellas pupilas anhelantes y brillosas que encerraban el paraíso.

Catherine sonrió.

—No, ya no lo somos.

La luz de la tarde se deslizó entre las ramas cercanas.

Los gorriones prosiguieron con sus cantos.