A la atención de una dama Capítulo 18
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Capítulo 18

T ranscurrió un cierto tiempo.

¿Quién sabe cuánto?

Tal vez media hora.

Tal vez una hora completa.

Puede que incluso un poco más.

En ese lapso, que a ella le semejó una eternidad, había llorado, había pensado... y se había obligado a aceptar la partida, y consiguiente pérdida, de Robert Hemstorm.

«Tienes que hacerlo, tienes que asumirlo, si así lo ha decidido debes aceptarlo...», se repetía mientras retorcía las manos con nerviosismo y deambulaba a un lado y al otro de la habitación.

De pronto se paró en medio de la estancia y, entre aquellas conocidas cuatro paredes, escuchó.

El silencio que imperaba en toda la casa amenazaba con convertirse en el espejo de lo que sería su vida en adelante.

Y no deseaba dejarse engullir por ese silencio.

No deseaba continuar escondiéndose.

No deseaba callar sus emociones y sentimientos por más tiempo.

No deseaba una vida intacta, ordenada, silenciosa..., pero vacía sin él.

No podía seguir siendo cobarde.

Abrazada aún por un profundo estado de nerviosismo, tormento y ahogo, se secó con resolución las lágrimas que habían surcado su rostro en silencio, acompañadas tan solo por gemidos bajitos y suspiros de dolor, conocimiento y resignación, y respiró profundo.

—No puedo aceptarlo... —susurró a la nada mientras esbozaba una sonrisa trémula en base a semejante obviedad—, no puedo permitir que se marche... no puedo hacerlo... porque entonces consentiría que se llevara mi corazón con él.

Cerró los ojos un instante, sintiendo aún el rastro tibio de las lágrimas en sus mejillas. Un leve temblor recorrió sus manos y azuzó el ejército en miniatura que correteaba por su vientre.

—Y no puedo vivir sin mi corazón.

Siempre había sido en exceso prudente. En la interacción con sus hermanas, en la vida... siempre se había conducido con mesura y precaución.

Con miedo, seguramente.

Su única osadía había radicado en responder a aquel anuncio del periódico y, sin embargo, había demostrado no ser capaz de sostener esa osadía en el tiempo.

Con su silencio, con su falta de disposición y con su inactividad, había ensanchado ella misma el abismo que en esos momentos la separaba de Robert.

Abrió los ojos.

No sabía si él sentía algo por ella.

Por ella, por Catherine, no por la dama del anuncio.

No sabía si su partida respondía al orgullo, a la decepción o al respeto hacia la decisión que ella había tomado de permanecer al margen.

No sabía si, al ir en su búsqueda, encontraría comprensión o una despedida definitiva.

Pero sí sabía algo con absoluta certeza.

Que callar sería perderlo sin haberlo intentado.

Y que hablar —aunque fuera ya demasiado tarde— era algo que debía hacer.

La respiración, que hasta entonces había sentido errática y dolorosa, comenzó a acompasarse.

El temblor en sus manos se apaciguó.

Incluso el latido que momentos antes parecía haberse extinguido en su pecho, regresó con una cadencia firme, serena... decidida.

Se movió lentamente hacia la puerta.

No hubo precipitación en su gesto ni arrebato alguno.

Solo una determinación silenciosa que se asentaba, con cada segundo, más profundamente en su ánimo.