A la atención de una dama Capítulo 17
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Capítulo 17

L a residencia Russell se encontraba sumida en un silencio que descendía sobre la atmosfera familiar de forma densa, casi irreal, y en cualquier caso en absoluto llevadera; cubriendo, como si de un velo opaco se tratara, los ánimos y el proceder de todos sus moradores.

Aunque, por supuesto, a algunos afectara más que a otros.

Mia y Fanny, sin ir más lejos, eran las que sin duda permanecían más del todo sumidas en su miseria particular, como dos pobres infelices caídas en desgracia cuando, al fin y al cabo, lo único que se había desgraciado habían sido las ilusiones de dos muchachitas jóvenes.

Desde aquella fatídica tarde en la que sus desventuras salieron a la luz, las dos habían optado por encerrarse en sus respectivas alcobas, y ni siquiera las habían abandonado para realizar las comidas diarias con el resto de la familia.

Una doncella llevaba una bandeja hasta cada habitación y, ante la negativa de cada muchacha a permitirle entrar, la dócil sirvienta se limitaba a dejar la bandeja en el suelo, frente a cada puerta, y retirarse de forma silenciosa.

Algunas veces, cuando un poco más tarde acudía a recogerlas, las bandejas se habían vaciado del todo, a veces a medias; en otras ocasiones no se había tocado la comida.

El anciano caballero, fiel a su habitual modo de proceder, trató de mantenerse al margen, y aunque obviamente se preocupaba por la salud de sus hijas, sentía un profundo respeto hacia las emociones femeninas y el modo de expresarlas, por lo que procuró más que nunca no interferir ni molestar a ambas jóvenes en sus respectivos males del corazón.

Cuando se encontraran dispuestas, razonaba él, abandonarían sus aposentos, pero mientras se ocuparan de alimentarse y permanecer al abrigo, ¿qué lugar había más seguro para dos muchachitas que el resguardo de sus alcobas?

Penny era otra de las que más profundamente había sufrido aquella situación.

Estaba claro que no sentía la menor empatía por el padecimiento de sus hermanas; simplemente debía frustrarla el verse privada de contar con sus sempiternas incondicionales, las cuales no parecían encontrarse en situación de seguirla a bailes y fiestas, al menos en fechas próximas.

Verse recluida en casa, sin compinches para sus maldades y tan aburrida como un pájaro solo en una rama, la consumía por dentro.

Y eso la hacía mostrarse más enfadada, hostil y desagradable que nunca. Si acaso algo así era posible.

Finalmente, para fortuna de todos, la joven permanecía encerrada en su alcoba bastante tiempo, rumiando a solas su disgusto y su ingente enfado.

Aquella situación, aunque concedió a todos unos días de agradecido silencio —teniendo en cuenta el alboroto y desasosiego habituales que imperaban en la casa—, mantuvo a Catherine imbuida en una extraña inquietud, pues era consciente de que lo que sucedía no obedecía al orden natural de las cosas.

Tanta calma, tanto recogimiento... no eran habituales en absoluto en el hogar de los Russell.

Cierta tarde se encontraba a solas en la sala principal, sentada frente al piano, pero sin disposición alguna de tocar.

En realidad, limitándose a deslizar los dedos en suave caricia, adelante y atrás, por la prolongada sonrisa marfileña del instrumento mientras su cabeza se sentía cargada de pensamientos.

Como venía sucediendo desde la excursión a la ladera de las mimosas, Catherine se esforzaba por alejar a Robert Hemstorm de su entendimiento, aunque el esfuerzo resultaba por completo infructuoso.

Cuanto más trataba de no pensar en él, más acudían a su cabeza su imagen, su recuerdo, su aroma y hasta el tono de su voz.

Y cuanto más luchaba por intentar no rememorar cada instante compartido, cada mirada intercambiada, cada sonrisa y hasta cada palabra en común, más aparecía todo ello, perfectamente dibujado, dentro de su sesera, como un lienzo realista que lo único que le producía era un gran dolor y un terrible desasosiego.

¿Cómo podía ella juzgar el sufrimiento amoroso de sus hermanas —aunque exaltado y un tanto exagerado—, cuando ella misma también sufría —aunque en silencio y de forma recogida— los males del corazón?

El frufrú cercano de una tela al caminar consiguió apartarla de aquellos pensamientos que, precisamente, luchaba en vano por evitar, regresándola al presente, al interior silencioso y solitario de la sala de recibir.

A la atmósfera silenciosa y solitaria que, temía, conformaría su vida en adelante.

En efecto, la figura colorida y voluminosa de la señora Turlington irrumpiendo en la estancia consiguió distraerla de una forma positiva.

La anciana cruzó la sala con gran presteza y gesto de preocupación para acercarse a Catherine y sentarse en una silla al lado de la banca que ocupaba la joven al frente del piano.

—¡Oh, querida, he venido en cuanto me he enterado!

Catherine la observó con preocupación durante apenas un segundo.

¿A qué se refería la señora Turlington? ¿Era acaso consciente de lo acontecido durante la excursión? ¿Conocía, en ese caso, la angustia de Catherine?

Lo dudaba, pues nada se había hablado de ello y el comportamiento de ambos, tanto de Robert como de ella misma, había sido especialmente discreto.

Como si leyera la mente de su amiga, la anciana continuó:

—El joven señor Redford se ha marchado de Southampton...

Catherine exhaló; aunque el tema a tratar resultaba peliagudo para sus hermanas, sentía el relajo de no verse en la obligación de exponer sus propios sentimientos.

—Tremendo canalla —continuó la anciana, perfectamente indignada—, engatusar a una muchachita joven, permitirle hacerse ilusiones, cuando era un hombre comprometido desde hacía tiempo.

—A todos nos ha sorprendido —se limitó a apuntar Catherine, discreta y contrita.

—¡A todos! —apostilló la anciana con gran énfasis—. Incluso su primo, el pastor, censuró ampliamente la conducta de su pariente, asegurando que en ningún momento supo del compromiso anterior o, de lo contrario, no hubiera consentido jamás semejante comportamiento.

Catherine se silenció y nada dijo respecto al pastor, pues si no había salido a la luz el enamoramiento de Mia, nadie era ella para mencionarlo.

Ya era suficiente que Southampton conociera la desventura de Fanny, así que si de algún modo podía proteger a Mia era no mencionando lo que nadie más sabía.

—¿De qué sirven tres mil libras si no hay formalidad alguna?

—exclamó la anciana, ceñuda y disgustada—.

¡Dejemos que se vaya! ¡Inconstante y desleal!

El dolor de su hermana pasará y todos nos sentiremos más seguros con una personalidad tan voluble lejos de nosotros.

—A continuación bajó el tono para inferir a sus palabras un cariz más lastimero—.

Sentiremos mucho más, me temo, la pérdida de uno de los mejores caballeros de Southampton. ..

Catherine la miró con sincero desconocimiento ante el tono ambiguo que acababa de emplear.

Una vez más, la anciana pareció leer su alma a través del semblante pintado de desconcierto, puesto que a continuación se dispuso a alejar a su amiga de entre las brumas del desconocimiento:

—El señor Hemstorm ha dispuesto su marcha...

Aquellas palabras sonaron como un mazazo rotundo y repentino en el alma y el corazón de Catherine, y sin duda su impacto inesperado formó una grieta que amenazaba con resquebrajarlo.

Aunque la joven se cuidó de exteriorizar nada de ello.

Por supuesto, las apariencias no incluían el interior, así que, ajenos al esfuerzo de Catherine de mantenerse en apariencia inalterable, el corazón dejó de latir, el pulso se anuló, la respiración colapsó de golpe inflamando la carcasa ósea en su contención y hasta el rostro adquirió una palidez casi mortal.

Pero Catherine, por supuestísimo, nada de todo este brutal impacto demostró.

Despacio, temerosa de que las rodillas —que de pronto se habían vuelto de gelatina— no fueran capaces de sostenerla, se levantó de la pequeña banca para deslizarse lentamente hacia un lateral, aprovechando la situación del piano para apoyarse ligeramente conforme se alejaba.

De ese modo, de espaldas a su amiga, llegaron hasta ella los ecos, a modo de ligero murmullo, de cuanto la anciana relataba como si de un simple comentario social, o una mención casual, se tratara.

¿Desconocía la buena mujer lo que sus palabras obraban en el alma de Catherine?

¡En absoluto!

Desde el inicio había tratado de mantener un rol celestinesco para con aquellos dos y, con sus informes, pretendía sin duda incentivar a Catherine a dar un paso al frente. A tomar una decisión que, sin duda, podía cambiar su vida para bien.

—Ha sido algo inesperado, claro, pues nada hacía presagiar que fuera a marcharse de una forma tan inminente —decía la señora Turlington mientras observaba a su amiga por encima del ceño grisáceo—, nada mencionó durante la excursión... ¿o dijo algo cuando caminaron juntos?

Por respuesta, silencio.

Catherine trataba de asimilar la información sin revelar la dura conmoción que causaban aquellas palabras. No obstante, la impresión había sido demasiado fuerte... incluso para alguien tan entera y resiliente como ella.

De pronto, una pregunta contenida, apenas susurrada, se deslizó entre los labios:

—¿Se sabe algo de cuándo partirá?

La anciana exhaló largamente y de forma sonora. Acababa de tocar la fibra del corazón de Catherine, estaba segura de eso, así que debía tratar de ahondar un poquito más y proporcionar a su indecisa amiga un empujoncito verbal.

—Han dicho que no será cuestión de semanas, sino de días, tal vez hoy mismo, tal vez mañana... —Un suspiro lánguido y una nueva mirada intencionada—. No entiendo la urgencia, así de repente...

Un gesto mínimo de la mano derecha de Catherine acudiendo presta a reposar sobre su corazón sería el único ademán capaz de delatarla, de no haber continuado, por fortuna para ella, de espaldas a la anciana.

Separó los labios para dejar escapar el hálito entrecortado mientras un intenso picor se fraguaba tras los párpados, ya enrojecidos. Temía flaquear, temía desfallecer allí mismo.

El corazón aleteó en un único y doloroso sístole mortal.

—¿Sucede algo, querida? —indagó la anciana. Llegadas a ese punto, no podía conceder tregua a los sentimientos de su joven amiga, sino azuzarlos—. ¿Se encuentra mal?

Catherine exhaló. Bajo las faldas, las piernas temblaban como juncos verdes agitados por el viento.

—Señora Turlington, yo... —su voz se quebró por vez primera— va a tener que disculparme, se lo ruego —todo alrededor parecía difuminarse, su cuerpo parecía haber adquirido de pronto la consistencia de un tentetieso—, me temo que estoy sufriendo una migraña... discúlpeme...

No pudo decir más ni permanecer en la estancia.

De haberlo hecho, estaba convencida de que se hubiera desvanecido, de que hubiera estallado en sollozos o en un amplio despliegue de gemidos angustiosos que la delatarían definitivamente.

A decir verdad, y pese a los arduos esfuerzos de contención, un sonoro lamento la quebró en dos justo cuando cruzaba el umbral y se apresuraba a desaparecer por el corredor.

La anciana apreció todo eso: la consternación inicial, el temblor que no pudo disimular la joven, su palidez inmediata y, por supuesto, su necesidad de evasión, perfectamente escoltada de sollozos.

Y aunque sintió una infinita compasión por el estado emocional de la siempre medida Catherine Russell, esperaba que sus palabras hubieran surtido el efecto deseado. Ella había hecho cuanto en su mano estaba, ahora era cosa de aquellos dos el acercarse o alejarse para siempre.

***

Una vez a salvo en la intimidad de su alcoba, y solo entonces, se permitió Catherine analizar todo cuanto había aprendido en cuestión de unos pocos minutos.

La comprensión llegó a su entendimiento de forma progresiva, conforme iba uniendo piezas y conforme el denso velo del dolor, el miedo y la angustia le permitía un mínimo atisbo de lucidez.

Apoyada la espalda contra la puerta, la coronilla reclinada contra el tablero, la mirada elevada a los artesones del techo, se permitió sollozar por fin con absoluta libertad, sin ahogar esta vez el llanto bajo la mano ni coartar el urgente descenso de las lágrimas.

Y así, imbuida en aquel desastroso dolor, comprendió que la retirada silenciosa de Robert durante la excursión no había sido solo eso: una retirada.

Había sido una despedida.

¡Oh, cielos! ¡Había sido una despedida!

Un sollozo extraordinariamente sonoro huyó de entre los labios, y fue tal la violencia con la que se presentó que su cuerpo entero se sacudió en base a esto. Se dobló sobre sí misma, una mano en el estómago, la otra sobre los labios para, ahora sí, evitar una segunda oleada de dolor.

Recordó su última mirada cargada de discernimiento, recordó el único cabeceo para anunciar su retirada, recordó su silencio posterior y el modo en el que se mantuvo alejado de todos durante lo que restó de jornada, solo, cavilando en lo que fuera que se dedicara a hacerlo.

¿En qué pensaba?

No resultó complicado para Catherine alcanzar la más dolorosa de las conclusiones tras su rápido despliegue de indicios y certezas: Robert no solo la había reconocido como la dama con la que había mantenido correspondencia, sino que, tras reconocerla, había decidido alejarse de ella.

¿Se avergonzaba de ella? ¿De la conducta vehemente que había manifestado en cada pliego de papel?

¿Había sentido tocado su orgullo masculino al saberse juzgado tan impunemente por una mujer?

¿Lo había decepcionado al mostrarse tal como ella era?

Se llevó, despacio, la mano que ahogaba los labios al corazón, para descenderla sobre él y apreciar bajo los dedos libres de tela la ausencia de latido.

Lo que halló entonces la asustó.

Porque bajo la liviana gasa que velaba el escote percibió tan solo silencio y una sensación de vacío vertiginosa, como la que surge tras la aparición repentina de una sima a la que un alma mortal se asoma tratando de distinguir el fondo.

No había fondo: en su pecho crecía un abismo insondable.

Iba a perderlo...

...si acaso no lo había perdido ya.

Tal vez en esos momentos se alejaba para siempre de Southampton, de su vida, de su corazón...

Y a pesar de ser consciente de ello, abrazada por aquel dolor infinito, no fue capaz de moverse y abandonar su cuarto.