A la atención de una dama Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

Con un movimiento pretendido de su hombro rozando de forma brusca con el hombro de Catherine, Penny la rebasó, dejándola allí de pie, sola y parada en medio de la sala, mientras todos los demás abandonaban la estancia a trompicones y a merced de las dos inválidas.

Catherine tragó seco.

Ni siquiera consideró defenderse de las palabras de Penny.

Tampoco pretendió detenerla para increparla y corregirla.

Se limitó a absorber el golpe en silencio, sin permitirse parpadear y conteniendo la respiración, consintiendo en que las lágrimas que llevaban tiempo pulsando tras los párpados descendieran sin medida para surcar el pálido rostro y morir contra la comisura trémula de los labios.

Sumida en un silencio que se sintió aplastante tras el alboroto inicial, Catherine se dejó abrazar por un pensamiento elevado y sincero, como solo puede serlo aquel que, antes de materializarse, ha pasado por el corazón.

No se había visto en una situación similar.

No sabía lo que era el amor.

Eso le había reprochado Penny.

Se llevó ambas manos a los labios para contener un sollozo que la sacudió entera, mientras las lágrimas continuaban descendiendo por su rostro como si manaran directamente de un surtidor roto.

Sus hermanas eran impulsivas y se entregaban a la vivencia de un amor exagerado. Un amor como el que mostraban los libros de caballerías y las novelas trágicas.

Un amor en el que pervivían heroínas como Julieta o Eloísa, tan infortunadas ellas como dramáticas.

Pero ella... ella no era Julieta, ni Eloísa ni Ginebra...

Nunca había pretendido serlo y, sin embargo...

—¡Pobre, pobre de ti, Catherine! —susurró en medio del llanto.

Tal vez demasiado tarde había alcanzado a entenderlo.

Su corazón sentía con la misma intensidad que lo hacía el de estas damas de la literatura, aunque de forma diferente: de un modo silencioso, contenido y prudente. Moderado. Y no por ello menos verídico ni menos doloroso.

Su corazón latía por Robert Hemstorm. Vivamente.

***

—Entonces, ¿es esto en serio? —Frank Goddart no podía dar crédito a la noticia que acababa de compartirle su amigo—. ¿Te vas?

Robert permaneció en la misma posición en la que se había mantenido durante los últimos minutos: apostado de pie al frente del gran ventanal de su despacho para observar desde tan agradecida atalaya el paisaje que se dibujaba ante él.

Una amplia paleta de verdes, ocres y marrones recreaban con donosura el bello escenario que conformaba el parque de Cypress Court, aunque, en su ensimismamiento, Robert no fuera capaz de disfrutar en verdad de semejante esplendor.

—Será algo temporal —matizó, perdida su atención más allá de la hermosa visión paisajística—, tan solo necesito pensar.

Frank, como de costumbre, decidió refrescar su gaznate con un vaso de brandy que, además, le ayudaría a animar una conversación que parecía adaptarse a los humores de su amigo.

Como también él se sentía contrariado ante la novedad recién aprendida, y en realidad tampoco precisaba de grandes excusas para disfrutar cualquier tipo de licor, aprovechó la ocasión para tomarse la licencia de servirse un poco más de lo estimado.

—¿Y acaso no puedes pensar en Cypress Court?

—No es tan sencillo...

—Tampoco ha de ser tan complicado —Frank aligeró el primer trago, con el que vació el vaso, y procedió acto seguido a servirse otro igual de generoso que el primero—, no veo la necesidad de partir así de pronto por el mero hecho de que necesites pensar. ¿Sobre qué, si puede saberse?

Robert exhaló con largueza. No le apetecía en esos momentos poner al tanto a su amigo, punto por punto, de todo aquello que lo atormentaba, pues el conocido sentido de la practicidad de Frank chocaría de frente con su forma de entender la vida y los sentimientos.

No obstante, era justo ofrecerle una breve explicación acerca de su pronta y precipitada partida.

—¿Recuerdas ciertas coincidencias que mencionamos en una conversación reciente?

Frank compuso una expresión pensativa que perduró apenas unos segundos. La apurada ingesta de alcohol, tal vez, le aportó bastante rápido la lucidez precisa para recordarlo.

—¿Acerca de la misteriosa dama que respondió al anuncio y tu señorita Russell?

Robert torció el gesto.

«Su señorita Russell».

Alguien tan hermoso, por dentro y por fuera, y tan vivamente encantador no admitía título de propiedad. Ni él se hubiera atrevido jamás a imponérselo.

—Estoy seguro de que no se trata de coincidencias —concluyó, sin más vueltas de tuerca.

Esta vez a Frank le tomó un rato encontrar el punto de lucidez necesario para asimilar la información y alcanzar las oportunas conclusiones.

—¿Son la misma persona? —La revelación llegó a su entendimiento en forma de sonora exclamación.

Como Robert se abstuvo de responder, y de hecho permaneció en la misma pose inalterable en la que Frank lo había encontrado, este continuó desengranando su propio razonamiento.

—¿Y qué hay que pensar, entonces? —Su risa exaltada contrastaba con la expresión hierática de Robert—.

Ambas te agradaban. Si no recuerdo mal, la dama misteriosa te parecía una mujer como no hay muchas: inteligente, vivaz y sincera.

Y la señorita Russell sumaba a todo esto una belleza encantadora.

¿Cuál es el problema? ¡Ya no tienes que verte en la tesitura de escoger!

Robert exhaló de nuevo. Como había temido, el odioso sentido de la practicidad de Frank anulaba cualquier posibilidad de sentimiento o inclinación devota y romántica.

—No pretendía escoger, Frank, de hecho no me molestaría en considerar a ninguna otra mujer habiendo conocido a la señorita Russell.

—Pues lo lamento, amigo, pero me temo que me he perdido...

Tras una última exhalación que delataba su resignación mental, Robert giró sobre su cintura para observar a Frank, manteniendo en todo momento la pose erguida y las manos recogidas bajo los faldares de la chaqueta.

—Creo que ella sabe que el anuncio del periódico hablaba de mí —aclaró—.

Si en un primer momento contactó al emisor del anuncio para amonestarlo por el hecho de pensar que podría conseguir esposa del mismo modo que otros adquieren un caballo para su establo, más tarde declaró sentir lástima de él, por carecer de personalidad y dejarse manipular por. .. su amigo.

Esta vez fue Frank quien exhaló largamente, comprendiendo.

—¿Qué pensará ella de mí, de Robert Hemstorm? —Y tras decir esto recuperó su postura inicial para continuar parapetado frente al ventanal—. Ni ser un cavernario retrógrado ni un pusilánime me retratarán de forma favorable a ojos de la mujer por la que...

No continuó. No hizo falta. Tanto él como Frank conocían el modo en el que terminaba aquella sentencia.