Capítulo 16
C uando el señor Russell y Catherine regresaron a su hogar después de la fatídica excursión organizada por la señora Turlington, descendía ya sobre Southampton la hora pensativa y lánguida del atardecer, con sus matices rojizos y ocres, y los cantos postreros de los pajarillos antes de recogerse a sus nidos silvestres.
Sobre el alma de Catherine descendía una sensación de vacío cruel y desolador tras la partida silenciosa de Robert ladera arriba.
¡Qué imagen le había regalado sin pretenderlo!
Su silueta siempre elegante, gallarda y varonil, en retirada, alejándose de ella y de todo el grupo con un simbolismo que en ese instante invitaba a horribles certezas.
Y el corazón de Catherine... ¡ay, el corazón de Catherine!
La víscera romántica, aquella que a sus veintinueve años había considerado ya aletargada para siempre, parecía condenada a verse aplastada por las losas de la duda y la certeza, ensambladas ambas en impía coalición, para abatirla justo cuando empezaba a vivir.
No obstante, los ayes femeninos que traspasaban los muros de la residencia Russell en brutal oleada para alcanzar a los recién llegados, antes incluso de que traspasaran el pórtico de entrada, provocaron que Catherine dejara a un lado su propio sufrimiento para centrarse en lo que fuera que estuviera sucediendo en su hogar; lo cual, a juzgar por los quejidos y por el desconsuelo que sugerían estos, debía de ser terrible.
En efecto, una vez en el interior de la vivienda y nada más cruzar el umbral de la sala principal, padre y primogénita se encontraron con una escena que bien podría haber sido recreada directamente de una representación teatral escrita por el mejor dramaturgo de todos los tiempos.
Fanny y Mia lloraban desconsoladas, y de forma extraordinariamente sonora, recostadas ambas de mala manera y en pose enfrentada en el mismo chaise longue — en realidad resultaría más acertado decir que permanecían tendidas en una posición casi caricaturesca, entre el desmayo y la agonía más absoluta—, con las piernas en alto sobre el asiento y sendas cabezas, amén de un brazo, descolgados a un lado.
De ellas eran, pues, los lamentos agónicos que los habían recibido en el atrio.
Y aunque quisieran negarlos, no estaría en su mano hacer tal cosa, pues sus rostros congestionados por el llanto, trágicos, humedecidos y con ambas narices hinchadas y goteantes, las delatarían al primer vistazo.
Penny presenciaba la escena con notable enfurruñe.
De pie delante de sus hermanas, ceño fruncido y brazos cruzados con firmeza sobre el pecho, piernas separadas para ofrecer una presencia fuerte e imbatible, no lloraba, pero su expresión demostraba un claro fastidio.
—¿Puede saberse qué ha pasado aquí? —preguntó el señor Russell con prudencia, pues temía, a juzgar por la actitud de sus hijas, que lo que fuera que hubiera sucedido se mostrara tan terrible como para resultar insuperable.
Penny se volteó hacia los recién llegados con rapidez, satisfecha al parecer de no verse en la obligación de soportar la escena en soledad.
Jamás había sido una persona empática, por lo tanto el padecimiento de sus hermanas, lejos de acongojarla y despertar en su alma cualquier suerte de compasión, era un asunto con el que no se sentía capaz de lidiar.
Y tampoco le apetecía hacerlo.
—¡Pues que nos acabamos de enterar de algo terrible, padre, algo con lo que no podíamos contar de ninguna de las maneras! —anunció muy seria.
Y sus palabras fueron rápidamente secundadas por nuevos lamentos por parte de sus yacientes hermanas, y nuevos gestos, mucho más enfáticos esta vez, de introducción al vahído.
Catherine tragó seco mientras deslizaba la mirada con inquietud de unas a otras. Mia y Fanny parecían, como siempre, altamente exageradas en su expresividad, pero no dudó ni por un solo instante, teniendo en cuenta el dolor que reflejaban sus semblantes, que su padecimiento fuera sincero.
Sin embargo, en ese instante se sentía tan profundamente consciente del nerviosismo que la atenazaba a ella misma por dentro que, aunque se mostraba preocupada con sinceridad por lo que hubiera sucedido con aquellas tres, temía no ser capaz esta vez de lidiar con ello haciendo gala de su temple habitual.
—Explícate, Penny —exigió el anciano, quien por primera vez parecía haber tomado las riendas de la situación—, ¿por qué tus hermanas parecen sufrir de ese modo?
La pequeña desensambló los brazos para dejarlos caer rígidos a ambos lados del cuerpo, encajó la mandíbula, frunció el ceño con más severidad y pateó el suelo finalmente con el talón de su botina.
—Pretendíamos visitar al señor Redford para asegurarnos de que su convalecencia progresaba adecuadamente —Penny hablaba demasiado alto, con demasiada vehemencia, tal vez para dejar patente su enfado— cuando... ¿sabe usted con qué nos encontramos?
El anciano negó con la cabeza.
—¿Cómo puedo saberlo, hija mía?
—¡Explícate de una vez, por el amor de Dios! —Fue Catherine quien, compadecida del sufrimiento de sus hermanas y agonizando ella misma de inquietud, decidió intervenir para rogar urgencia a los informes de Penny.
Esta la fulminó con la mirada, pero obedeció sin soltar ningún improperio, para sorpresa de Catherine.
—Su primo el pastor Edwards, con quien, como sabemos, se estaba quedando en Southampton, nos informó que se había marchado, que había decidido regresar a su hogar para recibir una mejor atención durante su convalecencia.
Aquel informe desconcertó un tanto a Catherine, pero no acababa de ver lo dramático de la situación.
¿Qué había de malo en que el joven regresara a su hogar para recibir una atención más devota por parte de su familia? ¿Acaso el enamoramiento de Fanny no era lo suficientemente fuerte como para soportar unas cuantas semanas de ausencia mientras el caballero no regresara?
Penny pareció leerle la mente, pues enseguida añadió, y esta vez con un tono rabioso aderezado de burla:
—¡Fue reclamado por su prometida, quien no ve prudente que permanezca con su primo pudiendo ella, y toda su familia, brindarle un cuidado continuado y entusiasta!
Los ayes se elevaron de un modo exagerado y esta vez Fanny sufrió un vahído real, teniendo que ser asistida por su padre, quien se apresuró a sujetarla para que no se cayera del sofá mientras tomaba el frasco de sales aromáticas que Mia le ofreció en medio de su propio llanto.
—¿Su... prometida? —balbuceó Catherine, sin acabar de comprender—. ¿Pero cómo que su prometida?
—Ay, Catherine, ¿acaso no lo entiendes? ¡Tú siempre tan ajena a todo...! —gimió Penny, pero en su caso sin que este representara un verdadero dolor—. Al parecer estaba ya prometido cuando vino a Southampton... ¡y ni siquiera tuvo la decencia de decirlo para impedir que Fanny se enamorara de él!
La mentada, que a pesar de imitar la apariencia de un difunto en su mortaja consiguió en medio de su inconsciencia escuchar las últimas palabras de Penny, lanzó un gemido tan lastimero que poco tendría que envidiar al chillido de las banshees .
Catherine se sentía en verdad consternada.
¿Qué clase de hombre abusaba de la confianza y la ingenuidad de una muchacha, permitiéndole hacerse ilusiones cuando no tenía en mente dejarle profundizar en ellas? ¿En qué momento consideró justo detener aquel peligroso juego de coquetería y seducción? ¿O acaso no pensó en hacerlo nunca?
—Pero... —Catherine jadeó. En medio de su abatimiento se llevó una mano a la frente para tratar de tranquilizarse y ordenar sus pensamientos—.
Entiendo el padecer de Fanny, pero... —miró preocupada el trío formado por la mediana casi sin consciencia, por su padre acuclillado al costado tratando de sostenerla y por Mia tumbada en el lado opuesto del sillón, también en una condición deplorable—, ¿eso qué tiene que ver con Mia?
Aunque todo resulta terrible, no creo que deba afectarle tanto como a Fanny la nueva situación del señor Redford, como para acabar en el estado en el que se encuentra.
Penny siguió la dirección de la mirada de su hermana mayor para observar a Mia, quien permanecía más entera que la pobre Fanny, pero igualmente llorosa y desconsolada.
La más joven de las Russell resopló, y esta vez no se coartó de fulminar a Catherine con la mirada.
—¡No te enteras de nada, Catherine, siempre con la nariz metida en tus libros y tu atención en el antiguo piano mientras la vida pasa a tu alrededor!
¡Y qué poco sabes de la vida a pesar de ser la más vieja de todas nosotras!
—De nuevo pateó el suelo con la botina, llevada por la frustración—.
¡Mia se había hecho ilusiones con el pastor Edward, esperaba poder avanzar con él al mismo tiempo que Fanny avanzaba con su primo!
¡Y resulta que también el pastor ha anunciado su compromiso con una joven del condado vecino!
¡Te lo puedes creer? ¿Qué pasa con los supuestos caballeros de Southampton?
Ante el gesto de perplejidad de Catherine, Penny se revolvió con vehemencia para darle la espalda y ayudar a su padre a asistir a las hermanas.
Aunque no lo hiciera con verdadero sentimiento, cualquier gesto resultaría viable con tal de no seguir soportando la expresión de desconcierto de la boba de Catherine.
En ese instante entraron en la sala dos doncellas para acudir en auxilio del grupo, ayudar a levantar a las jóvenes y tratar de llevarlas entre todos hasta sus aposentos.
Catherine, apartada a un lado, permanecía rígida como cuerda de arpa, incapaz de reaccionar como debería hacerlo en tal situación.
Su propio dolor, sumado a la pérdida, al engaño y al abandono que acababan de sufrir dos de sus hermanas, pulsaba en su interior con la fuerza de un huracán, amordazándola por completo.
Cuando el grupo pasó por su lado, Penny siseó con rabia:
—Tú no podrías entenderlo... nunca has vivido una situación así, no sabes ni siquiera lo que es el amor.