Capítulo 15
C atherine sabía que no podía ocultarse indefinidamente, por más que durante un tiempo se hubiera sentido más o menos segura en la intimidad pretendida de su hogar.
Segura, que no tranquila en modo alguno, pues su cabeza continuó batallando aún en soledad y alcanzando conclusiones que cada vez resultaban más irrefutables.
Y obvias.
Pero los días se sucedían inclementes, sin conceder tregua al paso del tiempo y mucho menos a una imaginación que se desbordaba por momentos.
De ese modo despuntaba ya el mes de abril cuando surgió un evento inevitable al que Catherine, en modo alguno, pudo rehusar.
La señora Turlington dio en la flor de organizar un paseo para un reducido grupo hasta el pequeño altozano coronado por una amplia legión de mimosas en flor. ¡Ella, quien jamás había mostrado inclinación alguna por el ejercicio físico en general y por los paseos en particular!
El señor Russell, que había sido informado por la propia señora Turlington de tal propósito durante el transcurso de una cena a la que Catherine, por supuesto, no asistió, fue el encargado de incentivar personalmente a su hija, arguyendo que no debían desestimarse los deseos de la buena mujer una vez que ella misma se apuntaba a semejante proyecto.
Además, insistió el buen hombre con suma amabilidad, él también formaría parte de la comitiva que la señora Turlington se encargó de organizar bajo la firme promesa de que esta sería reducida.
Las jóvenes Russell fueron invitadas por cortesía, pero la anciana sabía perfectamente que un evento de semejante categoría no resultaría ni atractivo ni tentador a aquellas pequeñas bobaliconas, con lo cual su negativa a formar parte, enarbolando la excusa de que pretendían visitar al señor Redford en su convalecencia, no tomó a nadie por sorpresa, mucho menos a la organizadora.
Así, el día concertado para el paseo, un pequeño grupo se reunió en un claro a las afueras de Southampton, al pie de la vereda de tierra que conduciría a los caminantes hasta el vistoso altozano de mimosas.
El día había amanecido luminoso, con un cielo de un límpido azul sobre el que destacaba el astro rey en todo su esplendor.
Una fresca brisa del norte que agitaba la foresta, las gasas y los rizos femeninos suponía el único inconveniente capaz de estorbar la bonita actividad, pues a pesar de la vistosidad del día, la sensación térmica era muy inferior a la predecible.
No obstante, las mujeres optaron por usar sus sobretodos de entretiempo para protegerse contra las bajas temperaturas, mientras que los caballeros, algunos, echaron mano de redingotes y capas.
Y todos ellos tuvieron que sujetar sus sombreros mientras caminaban ladera arriba, para que no les fueran arrebatados de sus testas por la creciente brisa.
En total, y cumpliendo la señora Turlington su promesa de organizar una comitiva reducida, iniciaron el paseo ocho participantes, entre los que Catherine distinguió al instante a Robert Hemstorm.
Aquel descubrimiento la descompuso un tanto.
No había contado con verlo allí; imaginó que la señora Turlington se contentaría para su expedición con cuatro o cinco integrantes, incluidos dos Russell y la propia anciana.
Olvidó, por desgracia, que hacía tiempo que el señor Hemstorm gozaba de la bendición de la amable señora convirtiéndose, de ese modo, en uno de sus vecinos predilectos, y por tanto, indispensable en cualquier acontecimiento en el que ella misma se encontrara presente.
Así pues, comprendió y asumió, con cierto disgusto, que el destino, y su propia amiga, parecían muy decididos a empujarla de nuevo hacia Robert Hemstorm, del mismo modo que aquel día sus pies, y el brazo enlazado de la anciana, la empujaban ladera arriba.
¿Estaría muy mal, o resultaría demasiado increíble, hacer uso en aquel instante de su socorrida excusa de la migraña repentina?
Podría decir que se había empezado a sentir mal de forma inesperada y...
... huir como una cobarde.
Suspiró con largueza, cuadró hombros y se aprestó para una aproximación que parecía inevitable.
El primer encuentro visual resultó contenido.
Y agradeció Catherine que no le reportara otra consecuencia superior a la taquicardia que experimentó y a los nervios que apretaban sus entrañas.
Se sucedieron las miradas que se enlazaban con fugacidad para separarse al punto, procurando evitarse después durante algunos minutos para ser sorprendidas posteriormente sosteniéndose demasiado.
Constantes rubores femeninos, tensión muscular masculina apreciable a través de los puños apretados y de la mandíbula prensada de forma casi inconsciente hasta provocar dolor, rigidez en la espalda de Catherine.
.. fueron algunas de las muchas evidencias físicas que cualquier observador receptivo podría apreciar si se permitía contemplar a la pareja tan siquiera unos pocos minutos, tal y como sucedió con la señora Turlington, quien no terminó de comprender la extraña evitación que parecían mantener de repente sus dos favoritos, cuando hasta el momento habían demostrado ser de lo más afines y encontrarse muy a gusto en su mutua compañía.
Demoraron un tanto las salutaciones, haciendo tal vez como que no se veían o como que se encontraban entretenidos cada cual saludando a otros.
En un grupo de ocho, sin embargo, no podrían evitarse eternamente.
—Señorita Russell...
—Señor Hemstorm.
El silencio amenazó con prolongarse mientras las miradas se desviaban al suelo. Fue Robert quien primero habló.
—Ha pasado mucho tiempo desde la última vez, creo que no recuerdo...
—¡Sí! —apuntó ella con notable sofoco, tratando claramente de acortar la conversación—, ha pasado bastante tiempo.
Robert acusó su precipitación. También la mirada inclinada al suelo y aquellos rubores que no se difuminaban.
Todo parecía distinto entre ellos.
Más tenso.
Mucho más distante.
Las palabras intercambiadas entre los dos seguían siendo correctas y formales, por supuesto, pero se sentían medidas, embaladas en prudencia.
Por fortuna, la señora Turlington acudió en su auxilio para rasgar con su intervención el velo de silencio e incomodidad que parecía decidido a instalarse sobre ellos.
—Deberíamos iniciar el ascenso —apuntó sonrisa en ristre— antes de que esta brisa fría termine por estorbar de forma imperdonable la excursión —miró al caballero—; señor Hemstorm, haga el favor de seguirnos muy de cerca.
Catherine, forzando su propia sonrisa en respuesta a la de su amiga, permitió que la anciana enlazara su brazo, aunque no sin advertir, con una mezcla de inquietud, nerviosismo y resignación, que efectivamente el señor Hemstorm caminaba a escasa distancia tras ellas.
De ese modo avanzaron por la senda de tierra durante algunos minutos.
El susurro constante de la brisa se deslizaba a través de la vegetación agitando rizos y telas; los murmullos bajos de los integrantes del grupo secundaban cada paso, del mismo modo que lo hacía para Catherine aquella sensación recalcitrante que corroía sus entrañas al ser perfectamente consciente de la presencia silenciosa de Robert caminando tras ella.
¿En qué estaría pensando él? ¿Acaso le dedicaría algún pensamiento o, por el contrario, se limitaría a observar el paisaje y disfrutar con su pertenencia a tan bucólico escenario?
Un suspiro lánguido huyó de entre los labios de Catherine.
Eso debería hacer ella: disfrutar del paisaje, del hermoso ascenso por la ladera, escoltados durante todo el trayecto por el canto vibrante de los pajarillos y por las distintas fragancias que agasajaban la campiña en vísperas de la primavera.
En cambio, lo único que hacía desde que iniciaron el paseo era rememorar una y otra vez fragmentos de las cartas intercambiadas con el caballero del anuncio, palabra por palabra.
Y cuanto más recordaba, más le semejaba posible —e innegable— que Robert fuese el autor.
Aquel Robert que caminaba tras ella, silencioso y taciturno, ¡quién sabía si conocedor, además, de la identidad de aquella con la que se había carteado en los últimos tiempos!
«¡Oh, cielo santo! Lo sabe, estoy convencida de que lo sabe. Por eso ha rehuido mi mirada y por eso parece más parco en palabras de lo habitual».
Con semejantes pensamientos por bandera, ignorando la obviedad de que ella misma hacía precisamente lo propio, continuó caminando un buen trecho más, hasta que, por una de esas disposiciones casi teatrales del azar, la comitiva se fragmentó en pequeños grupos, e incluso la señora Turlington la abandonó momentáneamente para enlazar esta vez su brazo en el del señor Russell.
Y fue entonces cuando él se situó a su lado para acompañarla en sus pasos.
—Me preguntaba, señorita Russell, si acaso la había ofendido o disgustado de algún modo —dijo Robert, con una corrección que, lejos de tranquilizarla, parecía incrementar la distancia entre los dos—, han transcurrido varias semanas sin saber nada de usted; incluso su amiga, la señora Turlington, no supo darme razón alguna de su ausencia en eventos donde esperaba encontrarla.
Hasta hoy, de hecho, parece disgustada con mi presencia.
Catherine tragó seco, esforzándose en no transmitir la inquietud que la dominaba íntimamente. Despacio, continuó caminando.
—Oh, en absoluto, señor Hemstorm, no se trata de nada de eso —dijo, sin mirarlo, fija la vista en la puntera de sus botinas, sintiéndose en grave conflicto moral por saberse mintiendo—, simplemente me he sentido un tanto indispuesta.
Robert frunció el ceño en el acto.
—¿Durante todo este tiempo?
—Todo este tiempo —afirmó.
Robert cabeceó en asentimiento mientras, perdurando su ceño fruncido, hilaba pensamientos en su cabeza con la intención de ponerlos en los labios.
—¿Una migraña, tal vez, o un resfriado estacional? —preguntó de pronto.
Catherine sintió cómo su respiración se detenía apenas un instante, del mismo modo que se detuvieron también sus pasos. El ardor en sus mejillas resultó fatal.
Aquella formulación...
...idéntica a otra que ella había leído ya sobre el papel...
Con un esfuerzo que no resultó pequeño, retomó sus pasos y volvió ligeramente el rostro hacia él, lo justo para observarlo al sesgo, tímida y desconfiada a la vez.
—Exactamente, señor Hemstorm, una migraña —apuntó en un tono bajo, casi trémulo, como trémula fue la sonrisa con la que pretendió aparentar calma.
Se sentía tan infinitamente avergonzada de pronto—.
Me temo que se trata de una de las pocas justificaciones permitidas para que una señorita pueda ausentarse sin ser juzgada con dureza por ello.
Robert sostuvo su mirada. Los abismos insondables que eran sus ojos, contenidos hasta entonces en una prudente distancia, se fijaron en ella con una intensidad nueva, distinta.
Frank iba a tener razón, después de todo, en lo referente a las coincidencias, consideró.
—Sí, eso he oído —fue cuanto atinó a decir.
Catherine sintió la profundidad de la mirada oscura y trató de asimilarla, soportando asimismo el escalofrío que la sacudió por entero, filtrándose como lo haría un rayo desde la coronilla hasta los talones, para deslizarse en el proceso a lo largo de toda la columna vertebral.
Comprendió entonces que ya no podía sostener por más tiempo aquella incertidumbre sin que esta la consumiera por completo.
Si se equivocaba, tan solo se expondría a que el señor Hemstorm no comprendiera la verdadera naturaleza de su insinuación solapada..., pero tampoco pasaría nada importante con eso.
Nadie se compromete cuando el otro permanece sumido en el desconocimiento.
—Dígame, señor Hemstorm... —comenzó, con una serenidad cuidadosamente elaborada pero ficticia—, ¿cree usted en la posibilidad de una amistad sincera entre un hombre y una mujer?
Robert elevó la comisura de los labios en una sonrisa extraña, sorprendido sin duda por lo directo, e inesperado, de la cuestión.
Aquel punto ya había sido abordado en una ocasión anterior... aunque con otra interlocutora.
¿O tal vez no?
—Es un asunto... discutible, me temo —respondió con cautela. Intensificó entonces su mirada para fijarla en aquellas pupilas que lo observaban brillosas—. ¿Y usted? ¿Cree usted en la amistad entre un hombre y una mujer?
Antes de responder, Catherine inclinó ligeramente la cabeza, desviando la mirada para fingir interés en una rama que mecía la brisa.
Era entonces... o nunca.
—Confieso que siempre he creído que, más temprano que tarde, la balanza tiende a inclinarse... hacia un lado menos inocente.
Robert se detuvo.
Ella lo hizo a la vez.
El pulso masculino se aceleró, pero el rostro permaneció sereno; tan solo el leve temblor en la comisura de los labios reflejó la chispa de certeza que hasta entonces había negado.
Ya no había dudas.
—¿Hacia el lado del cortejo, quizá?
Catherine sintió la fría caricia de la brisa sobre su cabeza, deslizándose por su nuca y erizando todo el vello de su cuerpo, incluso aquel amparado bajo tela.
¿O no se trataba de la brisa?
Alzó lentamente la mirada y, con el brutal rugido de fondo que causaba el tronar de su corazón y ese zumbido constante en los oídos, consecuencia del feroz pulsar de la sangre, susurró:
—Así es.
Y tras esas palabras, tragó seco, manteniéndose a la espera.
No se había equivocado.
Sus sospechas eran ciertas.
Y del mismo modo que comprendió esto, entendió que él lo sabía también.
Ambos acababan de descubrirse.
La brisa de la tarde pareció detener su gélido aliento, la pulsación en el corazón femenino pareció detener su violento galope, el hálito que concedía vida a su ser pareció desvanecerse y abandonar su cuerpo... incluso los pájaros guardaron silencio.
Todo alrededor se paró, el mundo entero se desdibujó como una acuarela diluida para posicionarlos a ellos dos, únicamente, en el centro de todo.
Y en aquel momento de aislamiento emocional, sin pronunciar palabra —pues ninguna era ya necesaria—, Robert tan solo inclinó la cabeza en un gesto sutil que, a pesar de su brevedad y concisión, lo delató.
Tras aquel único cabeceo, tras dedicarle una prolongada mirada, se alejó de ella y del resto del grupo sin volver la vista atrás, adelantándose su silueta elegante y gallarda en ascenso por la vereda para dejarlos a todos a la zaga.
La sensación de vacío en el alma de Catherine resultó indescriptible, del mismo modo que resultó sobrecogedor el intenso picor detrás de los párpados.
Sus pensamientos, que la orillaban de forma inevitable al llanto, quedaron interrumpidos por la aparición de la señora Turlington, quien recuperó el enlace de su brazo para instarla a continuar con el paseo.