Capítulo 14
—T e encuentro más taciturno de lo habitual, amigo, ¿puedo preguntarte qué te incomoda?
El tono asiduamente jovial de Frank, amén de su irrupción inesperada en el salón de Cypress Court mientras Robert permanecía en estado meditabundo, engullido por los claroscuros que propiciaban los cortinajes corridos y la ausencia de candelabros, consiguieron sobresaltarlo, por apartarlo de forma abrupta de sus cavilaciones y de su condición ensimismada.
Robert, sin moverse del sofá en el que permanecía sentado con indolencia, exhaló con largueza, se llevó la mano a la frente para sostener con ella el peso implacable de sus pensamientos y se abstuvo de responder, rogando porque su silencio resultara lo suficientemente persuasivo para Frank y su afán de chismorreo.
Además, ¿cómo explicarle a aquel picaflor insensato que hacía semanas que no veía a Catherine Russell y que su sola ausencia conseguía deprimirlo y hasta ponerlo de mal humor?
Seguramente su amigo se reiría de él y lo tacharía de bobo romántico, de nostálgico y a saber qué más lindezas, tal como había sucedido en el pasado una vez que Charlotte lo abandonó de forma repentina para desaparecer de su vida, perfectamente escoltada, eso sí, por su nuevo favorito.
Por supuesto, el silencio de Robert no resultó indicio suficiente para que Frank desistiera de seguir preguntando.
—¿Puede tener que ver esta languidez tuya con cierta dama con la que se te ha visto en los últimos tiempos?
Robert suspiró esta vez y apartó la mano de la frente para observar con ojos soñolientos, de tanto pensar y tanto rumiar pensamientos, a aquel gran tunante: su mejor y más leal amigo.
—No sé a quién te refieres —zanjó.
Frank se carcajeó de forma sonora durante algunos segundos, mientras se tomaba la licencia de servirse un vaso de brandy.
—Pues a la única mujer de la que se te ha visto acompañado desde tu llegada a Southampton, descartando, por supuesto, a esa amable anciana que os escolta, pues asumo que no ha de ser ella la elegida.
Robert espurreó una risotada burlona.
—No, no has de estar tan desesperado, seguramente —apuntó Frank mientras daba un largo trago a su bebida—.
Reconozco tu buen gusto, amigo, pues esa muchacha es una auténtica beldad; Russell se llama, ¿cierto?
No entiendo cómo demonios puede permanecer soltera, considerando además su buena situación.
Por fin Robert se concedió una posición más digna, incorporándose en el sillón hasta alcanzar una postura adecuada.
—Tal vez porque es una mujer especialmente inteligente, sincera y de pensamiento vivaz como para no dejarse persuadir por el primer picaflor sinvergüenza que vierta lisonjas en sus oídos.
Frank enarcó ambas cejas, acusando la pulla.
No obstante, la camaradería entre ambos, amén de la confianza y la amistad existentes, eran tan fuertes que no se sintió afrentado. Al contrario, aceptó el ataque con una amplia sonrisa de familiaridad.
—¡Vaya, otra como la dama misteriosa con la que te escribes, entonces! Pareces poseer un imán especial para las mujeres resolutivas, mi buen Robert.
Ante estas palabras no pudo el aludido evitar fruncir el ceño para observar a su amigo con suspicacia.
—¿Qué acabas de decir?
Frank apreció el tono sombrío, incluso nervioso, de su amigo. No existía desafío en sus palabras, sino que se trataba de una pregunta real.
—Pues que, por lo que dices, tu señorita Russell posee un carácter muy similar, por no decir idéntico, al de tu amiga por vía postal. Independencia de carácter, sinceridad, vehemencia... algo que no suele verse de forma frecuente entre las féminas de nuestra sociedad.
Ceño fruncido, perfectamente pincelado en una expresión suspicaz, Robert lo miró al sesgo.
—No entiendo a dónde pretendes llegar.
Frank permaneció unos segundos en silencio, observando la ausencia de contenido en su vaso, el cual había elevado a la altura de sus ojos para una mejor apreciación.
Finalmente se decidió a servirse otro dedo de licor.
—Bueno, tampoco yo lo sé en realidad —apuntó—, tan solo digo que se trata de una coincidencia bastante notable. ¿Qué más tienen en común?
Ante las palabras de su amigo, se encontró Robert de pronto enumerando mentalmente cuánto sabía de una y de la otra para encontrar, ciertamente, notables similitudes.
Ambas habían rebasado los primeros años de juventud.
Las dos mujeres parecían poco afectas a dejarse ver en distintos actos sociales, apreciando mucho más la posibilidad de permanecer al refugio de la tranquilidad del hogar familiar que en lugares abarrotados de gente.
Ambas contaban, además, con hermanas más jóvenes.
Las dos olían a lavanda fresca.
Sus caracteres se asemejaban tanto que incluso alguien cabal y juicioso como Robert no pudo evitar el escalofrío que le sobrevino.
—Cielo santo... —se encontró susurrando apenas para el cuello de su cravat . Bajo las capas de ropa, el vello corporal se le erizó al completo.
—Y por cierto, ¿cuánto tiempo hace ya que no te acerco ninguna carta en respuesta a ese dichoso anuncio? No creo recordarlo.
Reflexionó Robert que, de facto, habían transcurrido semanas desde la última carta de la dama desconocida.
Era su turno de escribir y no lo había hecho... ni él había pensado en ello desde entonces, a decir verdad.
Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que se sintió dudoso entre dos aguas; por un lado estaba aquella misteriosa dama cuya personalidad lo subyugó desde la primera línea.
Por el otro estaba la propia señorita Russell, cuyo carácter nada tenía que envidiar al de la dama incorpórea, contando ella además con la ventaja de poseer un nombre y un bello rostro.
No, Robert no podía sentirse inclinado por una desconocida existiendo en el mundo una mujer como Catherine Russell.
Mientras daba un largo trago a su vaso con el fin de vaciarlo de nuevo, Frank concluyó:
—No sé qué pensarás tú, amigo, pero a mí tantas coincidencias de repente me resultan un tanto sospechosas... del mismo modo que lo hace el hecho, convertido en certeza, de que la dama del anuncio lleva sin responderte casi el mismo tiempo que tú llevas sin coincidir con la señorita Russell.