Capítulo 13
A la atención de una dama... soltera:
Señorita, me alegra mucho saber que también usted se ha animado a participar de fiestas varias, a pesar de que, como dice y siguiendo mi mal ejemplo, no se muestra demasiado inclinada a socializar.
Me satisface comprobar que al menos en estas ocasiones mencionadas no se ha sentido tentada a enarbolar la socorrida excusa de la migraña o el resfriado estacional.
.., es usted muy traviesa, querida señorita.
Con todo, y siendo yo esta vez quien siga el ejemplo de usted de su primera carta, me atrevo a hacerle un ligero reproche: me ha mentido, señorita.
Llegados a este punto, Catherine se vio forzada a tragar seco y realizar una pausa debido al hipido de sorpresa que le sobrevino.
¿Le había mentido? ¿Cuándo? ¿De qué forma?
Aparte de mantener el anonimato —lo mismo que había hecho él—, no había existido falsedad alguna en sus letras.
Al contrario: despojada de identidad se había permitido expresarse de una forma que, en persona, seguramente ni hubiera soñado.
Contrariada, curiosa, encarnados los pómulos, siguió leyendo con mayor viveza, retrocediendo a la línea que causara semejante impresión en su ser.
Me ha mentido, señorita.
Dijo en una ocasión no contar con amistades entre el género masculino, en particular porque no se sentía convencida de la posibilidad de hacer valer una amistad entre un hombre y una mujer sin que alguno de los dos, más pronto que tarde, inclinara la balanza a la orilla del cortejo.
No obstante, en su última carta habla usted de un amigo reciente por el que, en concreto, deseaba asistir a cierto baile.
Asegura que anhelaba seguir conversando con dicho caballero, por lo que da a entender que ya han interactuado en anteriores ocasiones y que estas han sido de su agrado, dice que deseaba seguir conociéndole más y, también, que ansiaba la posibilidad de bailar con él.
¿Qué le ha hecho cambiar de parecer? ¿Qué le ha hecho acceder a una amistad con un integrante de mi propio sexo cuando usted se mostraba reacia, e incluso desconfiada, en este punto? ¿O acaso la balanza ya se ha inclinado?
Catherine pausó la lectura y se sintió obligada a tragar para deslizar el nudo que se había formado de forma repentina en su garganta. ¿Por qué le reprochaba? ¿Por qué esas palabras? ¿Estaba celoso? ¿Enojado? ¿Qué licencia le había sido concedida para emitir recriminaciones?
Descendió la mirada para proseguir con las últimas líneas.
P. D. 1: Y sí, siguiendo su último consejo, confieso haberme animado a asistir recientemente a un baile, y aunque no dispongo de mucha gente inclinada a echarme en falta, creo que ha sido una buena decisión, y sin duda aquella una de las mejores veladas que puedo recordar haber disfrutado en estos últimos años.
Una experiencia que considero repetir próximamente, repitiendo también, espero, la compañía.
Con el ceño fruncido y aprovechando la conclusión de la misiva, Catherine descendió la vitela hasta el regazo para dejarla allí reposada, entre los pliegues del vestido y apenas sostenida entre los dedos.
Una punzada de desconcierto —¡otra más desde el inicio de aquella carta!— fue la que provocó, sin duda, el repentino ceño, amén del gesto de extrañeza y sospecha que se instaló en su semblante.
Desde luego, y a pesar de su brevedad, aquella carta acababa de despertar en su mente una repentina chispa de lucidez, amparada tras ese sexto sentido, tras esa intuición tan solo atribuida al sexo bello.
Levantó de nuevo la carta y otra vez los ojos se deslizaron bajo ceño por el papel, regresando a la línea en cuestión que había avivado su inquietud.
«... aunque no dispongo de mucha gente inclinada a echarme en falta...».
Semejante afirmación ya la había escuchado antes, y de forma literal, en otra parte...
Tragó seco.
¡De labios de Robert Hemstorm!
Un repentino nudo en la boca del estómago le provocó un intenso dolor, algo similar a una oquedad aplastante que, en el proceso de su evolución, apisonaba todas las demás vísceras alrededor.
Impelida por un presentimiento extraño, se levantó de su asiento, sintiéndose impulsada por un resorte invisible, por una mano incorpórea que empujaba su espalda y apuraba sus pasos, y se acercó al bureau donde guardaba, ocultas bajo sus pañuelos de encaje, las anteriores cartas.
Empezó a desdoblarlas una a una con inquietante urgencia, con ansiedad notoria, para leer en su cabeza fragmentos de unas y de otras, de forma alterna.
«En las últimas semanas he podido asistir a dos recitales impecables en los que el repertorio de Beethoven consiguió maravillarme gracias a la destreza de estas damas, si bien fue el último de ellos el que de verdad me erizó el vello de forma particular».
Recordó Catherine el recital de la señora Hamilton, aquel en el que la dama anfitriona interpretó con gran maestría buena parte del repertorio del maestro.
Y aunque su posterior visita a Cypress Court en compañía de la señora Turlington, con su consiguiente interpretación al frente del pianoforte del señor Hemstorm, no podría considerarse un recital en modo alguno, lo cierto fue que Catherine también interpretó en aquella ocasión un tema de Beethoven.
«En otro orden de cosas, no he bailado mucho últimamente porque, además, hace poco que me he mudado...».
Robert Hemstorm se había mudado hacía relativamente poco tiempo a Southampton.
Aquellas coincidencias en verdad resultaban inquietantes, pero Catherine, haciendo uso de una sensatez que había enarbolado siempre como gala y ornato de su existencia, se forzó a creer que debía tratarse tan solo de eso: de meras coincidencias.
¿Pero lo eran en verdad?
De forma sistemática, acercó las cartas al rostro para aspirar su aroma en profundidad.
Cerró los ojos y se dejó envolver por el poder de los sentidos.
Sándalo, madera y cedro.
Conocía bien aquella fragancia.
El caballero del anuncio y Robert Hemstorm compartían opiniones idénticas, formuladas casi con las mismas palabras.
Compartían afinidades y formas de pensar semejantes.
Ambos se habían mudado de su lugar de origen a un nuevo emplazamiento.
Incluso contaban con una edad muy parecida.
Y, al parecer, los dos usaban los mismos afeites.
Abrió los ojos de golpe, profundamente espantada.
¿Y si el señor Hemstorm era su corresponsal?
Un jadeo escéptico huyó de entre sus labios.
—No puede ser, Catherine, no digas sandeces... —habló muy bajito la tímida voz de su conciencia, pues ni siquiera esa tibia voz podía dar crédito a lo que se esforzaba por poner en sus labios.
Negó con la cabeza una y otra vez, destilando un nerviosismo que se acentuaba conforme lo hacía también su dolor de estómago.
No podía serlo.
Averiguar que Robert Hemstorm era el caballero del anuncio, aquel con el que mantenía esporádica correspondencia, aquel al que había censurado y reprochado y con el que sentía que podía desnudar su alma..., la obligaría a reconocer que se había expuesto de una forma tan temeraria como innecesaria.
Ella, la eterna prudente.
Ella, la hermana juiciosa.
Tragó seco, sintiendo el frío acerado de la duda y el temor en los huesos y hasta en el alma.
No obstante, y cuanto más fríamente pensaba en ello, más sencillo resultaba imaginar aquellas líneas de elegante caligrafía declamadas por la voz grave y viril de Robert Hemstorm.
De ese modo, en su cabeza se formó la imagen del propio Robert siendo quien reproducía, una a una, todas aquellas letras, como quien lee un discurso perfectamente aprendido.
—Oh, Dios..., es él, va a ser él...
La febril imaginación de Catherine —o tal vez se tratara de esa agudeza que la caracterizaba— se atrevió de nuevo a avanzar un paso más allá para considerar...
¿Y si Robert Hemstorm, siendo el caballero del anuncio, sospechaba a su vez que su interlocutora epistolar era ella? ¿Y si lo sabía?
Al fin y al cabo, y del mismo modo que Catherine había encontrado ciertas similitudes entre la palabra dicha y la tinta vertida, también pudo él haber alcanzado ciertas conclusiones.
Los colores del bochorno se asentaron en sus mejillas, entintándolas hasta concederles la apariencia de dos amapolas escarchadas al sol. Esos mismos colores, sumados a un calor abrasador, se instalaron también en su cuello y en su pecho.
Se llevó ambas manos a las sienes, tratando de recordar cuánto de sí misma había mostrado en aquellas cartas.
El calor y los rubores se acentuaron.
Terminó por entender que lo suficiente para retratarse con gran fidelidad.
Había revelado su edad, su condición de soltera, había mencionado su afición por la música, su inclinación a permanecer en casa tocando el piano para su anciano padre y también había mentado la existencia de hermanas más jóvenes.
Definitivamente se había expuesto demasiado.
Otra vez tragó saliva, sintiéndose a cada segundo más profundamente horrorizada.
Con la mano trémula, el corazón al galope y la frente perlada de un sudor frío, Catherine se apresuró a esconder las cartas en el lugar donde las había mantenido ocultas todo aquel tiempo: bajo el mar de pañuelos de encaje, al fondo del cajón de su bureau .
¡Qué umbral de sentimiento tan horroroso! ¡Qué punzadas tan insoportables las de la duda y la desconfianza!
Mirada perdida al frente, manos enlazadas con firmeza frente al talle, fue consciente de cómo la semilla recién plantada de la sospecha asomaba los primeros brotes, que contaban con la forma de un vigoroso temor.
***
Durante las semanas siguientes, Catherine se abstuvo de responder a la última carta del caballero del anuncio.
La correspondencia, al menos por su parte, debía tornarse más cauta... o tal vez incluso suspenderse.
Al menos mientras el recelo, las sospechas y el temor bulleran en su cabeza y en su corazón de la forma en la que lo hacían.
Pero la interrupción de la correspondencia no trajo consigo la posibilidad de alivio.
Al contrario: el silencio principió a pesar tanto o más que la certeza, pues dio pie a cavilaciones.
La inquietud se sentía constante, pues dichas cavilaciones se convertían más claramente en certeza.
En otro orden de cosas, o en el mismo, quizá, tampoco hubo de coincidir con Robert Hemstorm durante las semanas venideras, por más que las invitaciones a cenas, bailes o veladas musicales continuaran llegando a la residencia de los Russell de forma ininterrumpida.
Por más que, según oía decir después a sus hermanas, dicho caballero asistiera a todos estos eventos para permanecer de pie, solo en una esquina, como un baluarte pasado de moda; o entretenido conversando con la anciana señora Turlington.
Cualquiera de estas dos opciones resultaba deprimente para las muchachas Russell.
Aunque sonara a necedad por su parte, y a segura cobardía, Catherine temía de repente encarar a Robert y descubrir en su rostro la certeza que más conseguía inquietarla, por ello se esforzó más de lo habitual en ausentarse de cualquier suerte de evento social.
Rechazó invitaciones, rehusó responder a las tarjetas que le llegaban, pidió a los sirvientes que se excusaran con la señora Turlington —enarbolando bien alto la justificación de sus tan socorridas migrañas— en las tres ocasiones en las que la buena mujer se pasó por la residencia Russell para interesarse por la salud de su amiga; rehusó incluso salir a caminar por miedo a encontrarse con él.
Tan solo deseaba volverse invisible, esconderse y desaparecer.