A la atención de una dama Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

—¡Oh, fijaos, el viejo de Cypress Court!

—se dirigía a sus eternas secuaces, obviamente, aunque por el modo de expresarse, pretendidamente alto, dejaba entrever que también deseaba ser escuchada por la propia Catherine—.

Mirad con qué seguridad cruza el salón en nuestra dirección, está claro que viene a solicitarme un baile, semejante descaro por su parte. .., ¡pobre infeliz!

Sus hermanas corearon sus palabras con risitas bajas, escoltadas de una burla manifiesta. Penny continuó:

—¿Cómo se le ocurre pensar a ese carcamal que aceptaría de algún modo bailar con él, habiendo tantos caballeros jóvenes y apuestos en la reunión?

—Desde luego, con esa cara de palo, destila demasiada confianza... —instigó Fanny.

—¡Estúpido! —rumió Penny—. Veréis cuánto voy a disfrutar dándole el corte de su vida.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Fanny.

—¡Negarle el baile, por supuesto! —Jadeó Penny—. Ya veréis cómo se le bajan los humos a ese viejo solterón. —Y al decir esto, envió una mirada de reojo a Catherine.

No con doble intencionalidad, en absoluto, pues Penny ignoraba, por fortuna, cuánto acerca de Hemstorm pudiera considerar la mayor de las Russell.

Aquella mirada y semejante perfidia resumían lo que Penny pensaba de su propia hermana, y aquellas palabras de desprecio, aquella mención a la edad adulta y a la consiguiente decrepitud en verdad iban dedicadas a Catherine.

La menor se adelantó al grupo, barbilla elevada, labios apretados y arrogancia bien en alto.

Arrolladora en su juventud y altanería, cuadró hombros y se dispuso a mostrarse en todo su esplendor ante aquel a quien pretendía agraviar públicamente.

Empero, y para humillación de la airosa joven, Robert Hemstorm la rebasó sin ni siquiera mirarla, dejándola tan desconcertada como consternada, allí parada en solitario frente a su grupo como un auténtico pasmarote.

Robert continuó caminando, ajeno a la mirada airada que lo persiguió, dejó atrás también a las otras dos Russell para detenerse tan solo una vez que se encontró frente a la señora Turlington y a Catherine.

—Señora Turlington —un cabeceo de cortesía escoltó su tono grave y viril—, señorita Russell.

—Señor Hemstorm, ¡qué maravilloso encontrarlo hoy aquí! —exclamó, feliz, la anciana, quien una vez más dejaba de manifiesto su predisposición hacia aquel caballero, quizá desde hacía tiempo su favorito.

—No podía perderme este baile de ningún modo —dijo, mirando expresamente a Catherine. Y acto seguido—: Señorita Russell, ¿me haría usted el honor de concederme el próximo baile? —Y acompañó sus palabras tendiendo una mano hacia ella.

Catherine, cuyas pupilas brillaban como la luna llena cosida en el terciopelo del firmamento, esbozó una amplia sonrisa.

—Será un honor, señor Hemstorm.

De este modo, ante la mirada feliz y la sonrisa todavía más radiante de la señora Turlington, Catherine ensambló sus dedos en la mano firme que le era ofrecida para erguirse de su asiento y acompañar al caballero al centro del salón, rodeándose de los bailarines que se acercaban a completar la cuadrilla.

Resiguieron los pasos de ambos las miradas incrédulas y airadas de las muchachas Russell y, en particular, los resoplidos indignados de la más joven de ellas.

***

Al menos una decena de parejas se movían en adorable cadencia a lo largo y ancho del salón de los Gardiner.

La dulce melodía que reverberaba en la atmósfera dotaba a los pasos de los bailarines de una elegancia y una gracia que podría compararse a los andares de los ángeles pisando nubes.

Plumas, lazos, gasas y encajes flotaban con languidez, creando la estela esperada en el movimiento de las damas; mientras que uniformes de casaca roja y fracs oscuros los seguían al compás, como sombras fieles.

Robert, ajeno a todo esto y a cuanto más pudiera acontecer en aquel pulsante salón, tan solo poseía ojos y atención para la señorita que se movía frente a él, tan hermosa como una ninfa, tan grácil en sus pasos de baile —¡y seguramente mucho más!— como cualquiera de las debutantes presentes.

Rostro delgado de elevados pómulos, nariz larga, labios voluptuosos, cejas oscuras y exquisitamente perfiladas, ojos grandes y profundos y expresión aguda. Exquisita, serena, inteligente y atractiva.

Catherine Russell era una auténtica dama de las que no precisan afeites o almíbares para resultar deliciosas.

Mientras tomaba la mano enguantada de la joven para girar e intercambiar posiciones, tal como requería la danza, Robert retrocedió mentalmente a la última carta que había enviado a cierta dama desconocida y en la que, precisamente, abordaba una situación como la presente.

«Por supuesto siempre estaré encantado de danzar con cualquier señorita que no disponga de pareja y desee bailar, la caballerosidad debe primar por encima de todo. Y, ciertamente, sentiría como un sueño bailar con la mujer que me haga sentir dentro de ese sueño».

Por su vida que en aquel momento exacto de su existencia, en la residencia de los Gardiner y bajo los suaves acordes de aquella gavota [2] , anclada su vista en la penetrante y firme mirada de Catherine, Robert podría asegurar sentirse ciertamente dentro de una ensoñación.