A la atención de una dama Capítulo 12
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Capítulo 12

A la atención del caballero del anuncio:

Señor, confieso que me ha hecho mucha gracia que diga usted que no es ya un jovencito y que no se siente con ánimo de competir con los muchos mozalbetes que se pasean por los salones, a modo de coloridos y presumidos pavos reales.

Ciertamente la imagen que ha retratado con sus letras se ha representado en mi cabeza con absoluta fidelidad, arrancándome una carcajada.

Bueno, después de esta carcajada inicial me siento inclinada a seguir confesándome ante usted y admitir en esta ocasión que tampoco yo soy ninguna debutante y que la primavera de mi vida ha quedado, de facto, atrás.

Los colores que ahora predominan en mi existencia son sin duda mucho más tenues y pastel que la coloración extrema que se percibe en esos mismos salones, repletos de plumas y encajes.

Sin embargo, no pretenda encontrar el más mínimo signo de lamentación en mis letras, señor, muy al contrario: pretendo decirle que creo firmemente que, en esta estación de nuestras vidas —que considero sin duda la más hermosa por tratarse de una época libre de prejuicios, prisas o anhelos bobos, una etapa en la que priman por encima de todo lo demás el buen juicio, la sensatez y la sinceridad—, tenemos todo el derecho del mundo a divertirnos y bailar si así lo deseamos.

Y no se trata de competir, ya no permanecemos dentro de ninguna prueba, sino de demostrarnos a nosotros mismos que estamos vivos.

No obstante, como usted, tampoco soy muy afecta a socializar, pero no a causa de mi edad, sino, seguramente, en base a mi carácter.

Confieso sotto voce , amparada tras estas líneas de tinta, que en más de una ocasión me he ayudado de excusas, como una oportuna migraña o algún resfriado estacional, para evitar asistir a más de un evento social.

En lo personal prefiero quedarme en casa leyendo o tocando para mí misma, o para mi padre, en lugar de pasearme de salón en salón donde, estoy convencida, sería observada y evaluada como una yegua en una feria.

Y esta yegua, caballero, prefiere galopar libre por la campiña, sintiendo el viento en la cara y no el hierro en la boca.

Cuento además con hermanas más jóvenes que se sienten más que satisfechas de representar la facción femenina de la familia; así que, en ese aspecto, me siento libre de responsabilidades.

Hubo un tiempo, cuando me encontraba al parecer dentro del mercado del matrimonio, que se me exigía ser la más hermosa, la más educada, la más servicial y atenta, un escaparate apropiado para representar el apellido de mi padre.

.., hoy en día ya no tengo que ser otra cosa más que yo misma, y eso es lo mejor de todo, pues creo que de este modo mejor que nunca, o al menos más sinceramente, puedo honrar el apellido de la familia.

¡Ah! ¿No se lo decía yo? La mejor época de nuestras vidas, sin duda.

Empero, señor, y a riesgo de semejar contradictoria en mis opiniones, le digo también que, si alguna vez nos apetece participar de algún evento festivo, estamos en nuestro completo y absoluto derecho de hacerlo.

¡Y pobre del sector joven si nos mira mal!

No somos parte del mobiliario, somos seres sintientes a los que nadie tiene derecho a arrinconar.

De hecho, recientemente he recibido una invitación a un baile y, aunque en un principio no estaba en mi pensamiento asistir, al final creo que lo haré, pues una reciente amistad se ha permitido incentivarme a hacerlo.

¿A qué negarlo? Me resulta apetecible continuar conversando con este nuevo amigo, conocerlo quizá un poco más y bailar, sabiendo por vez primera que se me invita con sinceridad y no por cortesía o por acatar algún compromiso adquirido previamente para contentar a mi padre.

Y dígame, ¿se permitirá usted seguir mi consejo y accederá a asistir a próximos eventos, ahora que la primavera se siente pronta a estallar en nuestras ventanas y balcones, o seguirá abrigando la idea de que se encuentra ya por completo demodé de la sociedad y de la vida?

P. D. 1: Y sí, señor, le garantizo que después de haber satisfecho mi curiosidad respondiendo a las preguntas que le planteé, y a la vista de que parece ser usted un auténtico erudito y un hombre, por demás, encantador, queda por completo libre de faltas y, en particular, como un caballero sumamente aventajado a mis ojos y entendimiento.

P. D. 2: Por cierto, soy señorita. Si fuera señora tenga por seguro que no le estaría escribiendo a usted.

Tengo un gran y firme concepto de la lealtad y, en especial, de la esperada dentro de un vínculo que considero tan profundo y sincero como debe serlo el matrimonio.

Jamás sería capaz de traicionar, ni en cuerpo ni en mente, a aquel a quien decidiera emparejar mi existencia. Por supuesto espero una honestidad recíproca.

Y es por eso, tal vez, que sigo siendo señorita.

***

Catherine permanecía sentada en un ángulo del salón de los Gardiner, felizmente acompañada por la señora Turlington.

El momento resultaría de lo más grato, teniendo en cuenta el buen hacer del cuarteto de cuerda que amenizaba el evento desde el altillo acondicionado para ellos, del gustoso vino de naranja que los lacayos ofrecían a los asistentes —paseándose por la estancia cada tanto con sus bandejas plateadas bien provistas de licores—, de la agradable temperatura del salón —perfectamente libre de corrientes de aire o de un excedente incómodo en las chimeneas—, o del número de asistentes —los suficientes para conformar una velada entretenida pero no tan considerables como para cargar el ambiente de olores y vapores—, de no ser por el hecho de que las Russell más jóvenes habían optado, por alguna extraña razón, por situarse cerca de las dos.

¿Dónde habían dejado a su perpetuo incondicional, el señor Redford?

Al parecer el caballero se encontraba indispuesto tras una reciente caída de caballo. Un incidente sin gravedad, según habían comentado, pero que al menos esa noche lo mantendría alejado del festejo.

Normalmente Penny, Fanny y Mia se dedicaban a recorrer los salones sin permanecer mucho tiempo quietas y calladitas en un punto concreto.

Para vergüenza y desconcierto de su hermana mayor, cuando esta optaba por asistir también a dichos eventos, las muchachas se entretenían bailando sin tino ni gusto alguno con cuantos muchachos tuvieran a bien solicitárselo.

Carecer de invitación masculina no les impedía participar del baile, pues cuando esto sucedía, se dedicaban a hacerlo entre ellas mismas, y con tan escasa moderación que acababan acaparando la mayor parte de miradas y murmuraciones.

Siempre se las ingeniaban para meter la nariz en los corrillos, participar de las conversaciones y hacerse ver, entre risas escandalosas y comentarios expresados demasiado alto, sin comprender que quien más de continuo se muestra no siempre es quien mejor visto está.

Hacía un rato, no obstante, que aquellas tres jovencitas habían dejado de cobrar relevancia para Catherine y, por tanto también, de ocupar su pensamiento y su atención.

Hacía un buen rato, en efecto, que Catherine se encontraba buscando quedamente entre la multitud la silueta de cierto caballero de cabello dorado y porte elegante.

Como recientemente le había escrito al caballero con el que había empezado a cartearse, debía reconocer que deseaba seguir conversando con el señor Hemstorm, que departir con él suponía siempre un gran placer y que, sin duda alguna, Robert Hemstorm había pasado a convertirse en una persona de grata compañía y aún más grata conversación.

Le gustaba coincidir con él, de hecho debía admitir que esto se había convertido en un aliciente para asistir a determinados eventos y, en ese concreto, lo había hecho, además, la posibilidad de poder bailar juntos.

¿No resultaba acaso demasiado apetecible imaginarse en sus brazos, girando y girando sin parar, sabiendo que el resto del salón se volvería de repente invisible cuando sus ojos oscuros se anclaran en los de ella?

No obstante, llevaban ya más de media hora en la estancia y no había rastro de Robert Hemstorm por ninguna parte.

Una punzada de decepción afloró de pronto en el pecho de Catherine, regresando a su ser una emoción que hacía años que no experimentaba.

Pero Robert Hemstorm parecía ser un hombre de palabra, un caballero cumplidor, teniendo en cuenta que él en persona la había animado a asistir al baile, no entendía Catherine que hubiera optado por no ir él.

De suceder esto, debía existir una justificación para su ausencia. Por fuerza debía ser así.

Pero si Robert no asistía, ¿qué iba a hacer ella allí durante el resto de la noche, si tan solo había ido al baile de los Gardiner para poder verlo de nuevo?

Abatida de repente por estos pensamientos, inclinó la mirada para refugiarla en sus manos enguantadas, enlazadas con resignación sobre el regazo.

—¡Oh, Robert Hemstorm, por ahí viene!

La voz cantarina de la señora Turlington la arrancó de golpe de su reciente estado de abatimiento.

Alzó la mirada para descubrir, en efecto, a cierta distancia, la figura del caballero, siempre impecable, siempre masculina y elegante.

Cruzaba el salón con determinación rumbo a ellas.

Mirada firme, gesto serio pero amigable, decisión en sus pasos.

A Catherine se le secó la garganta en el acto.

—¿No es realmente apuesto? —continuó la anciana.

«Lo es», pensó Catherine.

Y por un momento temió haber hecho algo más que simplemente pensarlo, pues la señora Turlington la observaba fascinada y con una gran sonrisa en los labios.

Pero como el malvado que se encuentra siempre presente a la hora de romper cualquier suerte de ensoñación, la voz de Penny se impuso sobre todo lo demás.