Capítulo 11
—S i no le incomoda mi curiosidad, me gustaría preguntarle... ¿de dónde procede usted, señor Hemstorm? He oído que se ha trasladado desde el norte.
Catherine y Robert caminaban emparejados por el sendero boscoso que comunicaba la residencia de los Russell, situada en las afueras, con el pueblo de Southampton.
A ambos lados del camino de tierra, ampliamente horadado por las profundas roderas de los carruajes que a diario lo profanaban, surgía densa la vegetación, y en esos momentos más vigorosa que nunca después de las pasadas jornadas de lluvia y humedad.
Los pajarillos lanzaban al aire sus trinos sonoros, escondidos entre la vasta foresta que los amparaba.
La temperatura era agradable y, en resumidas cuentas, la acuarela que engullía a los dos caminantes, y por la que gustosos se dejaban ambos devorar, conformaba el lienzo perfecto por el que pasear y deleitarse en encantadora compañía.
—Por supuesto que puede preguntar cuanto desee —dijo Robert, quien acompañaba sus pasos peinando las hierbas altas que se doblegaban a su costado, en la linde del camino—, y sí, ha oído usted bien, pues procedo del condado de Derbyshire.
—¡Ah, Derbyshire! —exclamó Catherine, elevando rostro y mirada para observar el cielo que se desplegaba infinito sobre sus cabezas y que podía apreciarse por entre las ramas de los árboles que formaban una cúpula vegetal por encima de ellos—. El Distrito de los Picos ha de ser precioso...
Robert la miró fijamente y con curiosidad, sin descuidar ni uno ni otra sus pasos.
—¿Lo conoce?
Catherine suspiró con largueza, regresando la mirada al camino ante ella.
—No, por desgracia nunca he salido de Southampton —y le semejó a Robert apreciar un velo de tristeza secundando estas palabras, en especial cuando, de inmediato, Catherine se corrigió—; en realidad acabo de mentirle sin pretenderlo, señor Hemstorm —lo miró, en efecto, con expresión contrita—, sí salí de Southampton cuando era niña.
Mi padre llevó a mi madre a pasar una pequeña temporada a Bath para tomar las aguas y tratar así de restablecer su salud.
Robert cabeceó, comprendiendo.
—Espero que surtiera efecto.
Catherine replegó los labios al interior de la boca y forzó una sonrisa mientras inhalaba profundo por la nariz.
Apreció Robert desde su posición cómo a la joven se le vidriaban los ojos y cómo un ligero rubor pincelaba sus pómulos.
—Lamentablemente debo reconocer que no.
Una punzada de compasión reverberó en el pecho masculino.
Entendía bien el sentimiento que debía atormentar a la señorita Russell, pues él mismo había perdido a ambos progenitores; pero por lo que sabía, el padre de la joven se había vuelto a casar y había formado una nueva familia, aunque en el presente otra vez el destino lo hubiera condenado a la viudedad.
Catherine contaba todavía con su padre y con tres hermanas más jóvenes, aunque por lo que la señora Turlington había dado a entender, estas no compusieran el mejor ejemplo de fraternidad para con su hermana mayor.
—Lo lamento, señorita Russell.
Por única respuesta, ella se obligó a esbozar una sonrisa trémula y apretada, al tiempo que parpadeaba, a buen seguro para aplastar las lágrimas que ya se acumulaban en el arco de sus pestañas oscuras.
Durante algunos segundos caminaron en silencio.
Robert se sentía profundamente compadecido ante el pesar que abrigaba la señorita Russell y que a él le habría gustado apartar de ella, por más que se sintiera impotente por no saber cómo hacerlo en esos momentos, cuando apenas existía gran familiaridad entre ellos.
Y aunque su alma clamaba por ofrecerle a la joven un abrazo confortador, el sentido de la honorabilidad y la falta de confianza le impedían a gritos silenciosos hacer cosa semejante.
Catherine, en efecto, caminaba arropada por recuerdos del pasado que procuraba desterrar a las profundidades de la memoria cada vez que osaban emerger de ella.
No le agradaba mostrarse frágil y vulnerable ante el señor Hemstorm, y mucho menos le apetecía pensar que el caballero pudiera considerar sus elevados sentimientos como un intento de coquetería por su parte. ¡De hecho, esto último la horrorizaba profundamente!
Para evitar quizá todo esto, fue la propia Catherine quien rasgó aquel velo de silencio y nostalgia para retomar la conversación, procurando que fuera esta mucho más liviana y agradecida de lo que había sido segundos antes.
—¿No le ha supuesto un cambio muy grande viajar tan lejos de casa? Al fin y al cabo ha cruzado usted un gran territorio y habrá dejado, además, a su familia atrás.
No existía una doble intencionalidad en tales palabras, y tampoco una curiosidad malsana, y Robert así lo comprendió, pues de hecho ya había comenzado a formarse una idea bastante acertada del carácter de la joven que caminaba a su lado.
Catherine Russell no era una persona afecta a murmuraciones, tampoco era vana o frívola en sus percepciones, y mucho menos parecía predispuesta a conducirse en base a segundas intenciones.
Al contrario: parecía un mujer altamente sensible dadas sus elevadas dotes para la música; también juiciosa y tranquila.
—Bueno, teniendo en cuenta que mis padres ya no se encuentran en este mundo y que carezco de hermanos, primos o familia cercana, por haber sido mis progenitores hijos únicos, no dispongo de mucha gente inclinada a echarme en falta.
—A pesar de la dureza de tales palabras, Robert se expresó con una sonrisa amable que pretendía restar gravedad a su confesión.
No obstante, resultó inevitable que Catherine se llevara una mano enguantada a los labios para contener un jadeo.
—¡Oh, lamento oír eso, señor!
—¿Por qué? —preguntó, tranquilamente.
De hecho, una sonrisa estiró los labios de Robert al percatarse de la impresión que acababa de causar en la señorita Russell con sus palabras.
—¡Oh, porque resulta muy triste pensar que a uno no lo eche de menos nadie, una vez que se aleja!
La sonrisa de Robert se ensanchó.
—Piense, sin embargo, que de esta forma resulta mucho más sencillo dejar atrás la vida que se ha conocido para tratar de empezar de nuevo.
Debía reconocer Catherine que existía un punto de razón en esto.
—No he viajado solo, de todos modos —confesó Robert.
Y esta vez la joven no pudo evitar el jadeo que le sobrevino. ¿Existiría una esposa, tal vez? ¿Qué hacía entonces paseando con ella?
Observó un segundo al señor Hemstorm bajo ceño analítico.
No, él no era así. Había demostrado desde el inicio ser un todo un caballero. Un hombre sensato, juicioso y de mente culta. No un crápula licencioso.
Estaba segura de eso a pesar de no haber transcurrido demasiado tiempo desde que se conocían.
Aunque, en realidad y en las profundidades de su alma, sentía como si de algún modo ya lo conociera.
—Me he traído conmigo a un viejo y leal amigo que en la actualidad actúa, además, como administrador de Cypress Court y asesor legal —concluyó.
Rogó Catherine porque no resultara apreciable el suspiro de alivio que le sobrevino.
—Creo que le gustaría a usted —añadió Robert—, es un hombre que suele caer muy bien, de hecho es todo lo opuesto a mí: sociable, alegre, divertido y de conversación entretenida.
—¡Ah, no! —exclamó Catherine, meneando la cabeza en negación—. No puedo permitir que se atribuya a usted mismo semejantes faltas, señor Hemstorm, cuando resulta obligado reconocer que es usted uno de los hombres más interesantes y agradables que conozco.
La miró largamente para terminar dedicándole una sonrisa agradecida.
—¡Vaya! Es usted muy amable, señorita Russell.
—Solo soy sincera, señor —añadió ella—, para bien o para mal me gusta enarbolar la sinceridad como bandera de mi persona.
Paladeó Robert aquella afirmación con sumo interés, pues, de forma inmediata, lo llevó a rememorar una aseveración similar leída poco tiempo atrás en una carta, a través de elegante caligrafía femenina:
«... siempre he sido una mujer sincera, pues por fortuna me han educado en la libertad de expresión y pensamiento...».
No obstante, no le concedió mayor importancia, ya que se trataba de una coincidencia que, aunque inquietante y asombrosa, no pasaba de ser simplemente eso: coincidencia.
Durante un buen rato más caminaron en silencio, disfrutando nuevamente del apacible entorno.
Y de la compañía.
Fue el turno esta vez de Robert de retomar la conversación.
—He recibido invitación a un baile en la residencia de los Gardiner —apuntó—, ¿asistirá usted?
Catherine recordó que, en efecto, hacía de esto un par de días, ya que sus hermanas se mostraban más exaltadas de lo normal ante dicha circunstancia y que los hilos de colores, las cintas y los encajes asomaban en cada rincón de la casa desde que la invitación fuera entregada.
—No lo había pensado, la verdad —reconoció—; debo confesar que no soy muy aficionada a asistir a según qué eventos y, aunque me agradan mucho la música y el baile, hace tiempo que no resulto muy activa en dichos menesteres.
—Lo comprendo, pues en ese punto coincidimos, pero... —Robert se pausó para volver el rostro hacia ella y procurar con fijeza su mirada— ¿podría llegar a considerar asistir?
Aquella pregunta sorprendió a Catherine. ¿Se trataba de lo que ella creía? ¿Le estaba pidiendo...?
—¿Usted irá?
La mirada oscura de Robert permanecía sostenida con fijeza en los iris anhelantes de Catherine.
—Solo si lo hace usted.